La viuda que se enamoró del esclavo de su marido: el amor prohibido de Guadalajara, 1837

El látigo cayó una vez más sobre la espalda de Mateo y esta vez el grito que salió de su garganta fue diferente. No era de dolor, sino de rabia contenida, que había estado creciendo durante 3 años, alimentándose de humillaciones diarias, de órdenes abusivas, de la negación constante de su humanidad. 3 años llevaba en la hacienda de don Cristóbal Mendoza.
3 años de madrugar antes que el sol tocara los cerros de Guadalajara, tr años viendo como su cuerpo se convertía en cicatrices superpuestas y su espíritu en cenizas que flotaban en el aire caliente del valle. Pero aquel martes de noviembre, cuando el cielo se tiñó de un naranja sangriento al atardecer, algo cambió fundamentalmente en el orden del universo.
Doña Catalina Mendoza bajó las escaleras de la casa principal con un vestido negro que se pegaba a su piel como una sombra viva, como si el luto que llevaba fuera parte de su cuerpo y no simplemente una prenda que pudiera quitarse. Su marido había muerto apenas 48 horas atrás. Apoplegía dijeron los médicos, aunque todos sabían que era resultado de años de exceso, de vino, de comidas copiosas y de una vida vivida sin la menor moderación.
Y ella todavía llevaba el olor de la vela mortuoria en las manos, ese aroma dulce y séreo que se adhería a la piel como si fuera una marca de identidad. A los 32 años, viuda, sin hijos, que heredaran la fortuna familiar y dueña absoluta de una de las haciendas más prósperas de toda la región de Jalisco, Catalina se enfrentaba a un mundo que de repente le parecía vacío, peligroso y lleno de incertidumbres, que no sabía cómo navegar.
El funeral había sido una elaborada ceremonia de tres días en la iglesia de la ciudad, donde docenas de personas, amigos de negocios de Cristóbal, familias influyentes, autoridades civiles y religiosas, habían desfilado por su tumba con expresiones de condolencia que enmascaraban sus verdaderos pensamientos. Catalina sabía lo que estaban pensando, que era joven aún, que era hermosa a su manera, que era rica, que era vulnerable.
Los hombres la miraban con especulación, las mujeres la miraban con envidia y desconfianza. Pero cuando salió al patio de la hacienda aquella tarde, cuando vio a Mateo trabajando en el calor sofocante, descargando barriles de pulque del carromato que acababa de llegar, fue como si un rayo hubiera atravesado su pecho, algo en la forma en que él movía los hombros, en la tensión controlada de sus brazos, en la dignidad casi desafiante que mantenía incluso bajo el yugo de la esclavitud, la golpeó como un puñetazo emocional.
del que no se recuperaría jamás. No era la primera vez que lo veía. Había estado en la hacienda desde antes de que ella llegara a vivir aquí como esposa de Cristóbal hace 8 años. Pero en ese momento particular, con el silencio de la muerte aún flotando en la casa principal como un espíritu inquieto, con el vacío que había dejado su marido sin resolver en su corazón, lo vio de una manera completamente diferente.
Lo vio como un hombre, no como un objeto, no como una propiedad, sino como un ser humano completo, con pensamientos y sentimientos que merecía ser reconocidos. Mateo sintió la mirada antes de verla, como si los ojos de Catalina tuvieran peso físico, como si quemaran su piel. levantó los ojos lentamente con cautela, porque mirar a una mujer blanca de forma directa cuando eras esclavo, era una transgresión que podía resultar en castigo inmediato.
Cuando sus ojos se encontraron con los de la viuda, la vio de pie en el portal de la casa, recortada contra la luz del atardecer, con su vestido negro ondulando levemente en la brisa que bajaba de las montañas. No era una mirada cruel ni desdeñosa como la que tan frecuentemente recibía de don Cristóbal.
Era una mirada que lo veía, verdaderamente lo veía como si existiera, como si importara. Eso fue lo más peligroso que podría haber sucedido en ese momento, porque en una sociedad rígidamente estructurada, donde los hombres como él no tenían derecho a ser vistos, siendo visto, se convertía en el primer paso hacia la ruina.
Los días que siguieron fueron tensos, cargados de una electricidad invisible que hacía que el aire mismo pareciera vibrar. Catalina comenzó a salir más al patio bajo el pretexto de supervisar los cultivos, las bestias de carga, el trabajo general de los peones que mantenían funcionando la hacienda, pero sus supervisiones siempre terminaban en el mismo lugar donde estaba Mateo.
Sus ojos buscaban siempre la misma figura. Mateo trabajando sin descanso, con una resistencia que parecía sobrenatural, como si el sufrimiento mismo le hubiera dado fuerzas adicionales. Una tarde de mediados de noviembre, cuando el calor comenzaba a ceder y las noches se hacían más largas, cuando Catalina sabía que tenía menos probabilidades de ser vista por los sirvientes, ella se acercó a Mateo mientras él cargaba agua desde el pozo hacia los establos.
Su corazón latía tan rápido que temía que pudiera escucharlo. Sus manos temblaban ligeramente mientras se acercaba. ¿De dónde eres?, preguntó su voz bajita, casi un susurro que solo él pudiera escuchar, aunque estaban al aire libre. “Nunca te lo he preguntado.” Mateo se detuvo en seco, el cubo de agua en sus manos. La pregunta era tan directa, tan personal.
que por un momento no supo cómo responder. Mirar a una mujer blanca a los ojos cuando eras esclavo, especialmente cuando estaba haciendo preguntas sobre quién eras realmente era una transgresión grave que podía resultar en azotes severos. Pero algo en el tono de Catalina, algo en la forma en que había hablado, como si realmente quisiera saber la respuesta, lo hizo romper esa regla no escrita que había aprendido a través de años de tortura.
De las tierras calientes, señora respondió su voz profunda y cuidadosa. Veracruz. Veracruz fue mi hogar. Fui capturado cuando tenía 16 años en un pueblo pequeño cerca de la costa. Estaba trabajando en un mercado cuando los cazadores de esclavos llegaron. Catalina sintió el peso de esas palabras como si fueran rocas que cayeran sobre su pecho.
16 años. Apenas un muchacho cuando lo arrancaron de su tierra. Ahora tendría, ¿qué? 30 años, 35. Nunca sabría su edad exacta, porque en México, como en toda América Latina, los hombres como él no merecían la dignidad de tener cumpleaños registrados. Los esclavos no tenían derechos, ni siquiera el derecho a envejecer oficialmente.
“¿Cuál es tu nombre?”, preguntó Catalina, aunque ya lo sabía perfectamente bien. Había escuchado a su marido llamarlo Mateo cientos de veces, generalmente mientras gritaba órdenes o insultos. ¿Cuál es realmente tu nombre? ¿O es solo lo que te llaman aquí? Mateo, señora, respondió. Ese es mi nombre, lo que me dieron cuando llegué a la hacienda de don Cristóbal hace 3 años, el nombre que tenía antes.
Ya no importa, ya no soy esa persona. Mateo, repitió Catalina como si probara el sabor de esa palabra en su boca, como si buscara encontrar algo en ella que tuviera significado más profundo. Mateo, eres un hombre fuerte, muy fuerte. hizo una pausa y luego preguntó algo que sabía que era peligroso preguntar. Mi marido te maltrataba, ¿verdad? He visto las cicatrices en tu espalda.
La pregunta fue tan directa, tan vulneradora de los códigos sociales que los rodeaban, que Mateo bajó los ojos. No podía responder directamente, no debía responder. Hacerlo sería una forma de insubordinación, de reconocer públicamente que su amo había hecho algo malo, lo cual era prácticamente imposible en una sociedad donde los amos tenían derechos absolutos sobre sus esclavos.
Todos lo hacían. Continuó Catalina respondiendo su propia pregunta como si hubiera lanzado una línea de salvamento a alguien que se ahogaba. Los amos de los que he oído hablar es lo que conocía, es lo que le enseñaron sus padres y los padres de sus padres. una cadena de violencia que atraviesa generaciones como si fuera lo natural del mundo.
Hizo una pausa, sus ojos buscándolos de Mateo. Yo no soy así. Quiero que lo sepas. No soy así. Esas palabras flotaron entre ellos como un puente peligroso que atravesaba un abismo que parecía infranqueable. Y ambos sabían profundamente que cruzarlo significaría la ruina para los dos. pero de maneras muy diferentes.
Para Catalina sería el escándalo, la pérdida de su reputación, probablemente la expulsión de la sociedad. Para Mateo sería mucho peor. Sería muerte, prácticamente segura. Pero en ese momento, en ese patio al atardecer, con el sonido de los pájaros en los árboles y el olor del polvo cálido en el aire, ambos permitieron que el puente se construyera un poco más.
Esa noche Catalina no durmió. Se quedó en la cama que había compartido con Cristóbal durante 8 años. la cama donde había cumplido su deber marital sin sentir prácticamente nada, donde había yacido en la oscuridad, contando los segundos que duraban sus encuentros maritales. Ahora Viuda con libertad por primera vez en su vida adulta, descubrió que esa libertad ardía con un deseo que la quemaba desde adentro como fuego.
era pecado, era escándalo supremo, era completamente imposible y sin embargo era lo único que podía pensar. se levantó de la cama y caminó por la habitación, viendo su reflejo en el espejo de la pared. Una mujer de 32 años, bonita, pero no hermosa, con ojos que reflejaban inteligencia y ahora, por primera vez, algo que se parecía al deseo.
Se tocó el cuello, las manos, preguntándose qué se sentiría si fueran las manos de Mateo las que la tocaran en lugar de sus propias manos. Por la mañana, cuando salió al patio, sus ojos buscaron a Mateo instintivamente. Cuando lo vio trabajando, cuando sus miradas se cruzaron por un segundo que duró una eternidad, ambos supo que todo había cambiado.
No había marcha atrás, solo adelante, hacia un destino queambos podían ver acercándose como una tormenta inevitable. Los días que siguieron pasaron en una tensión sofocante que se volvió casi insoportable. Catalina inventaba excusas cada vez más transparentes para estar cerca de Mateo. Necesitaba inspeccionar los establos personalmente para asegurarse de que los caballos estuvieran bien cuidados.
requería su ayuda específica para reparar una puerta en la casa que supuestamente nadie más podía arreglar adecuadamente. Precisaba que moviera barriles desde un lado de la hacienda al otro. una tarea que podría haber sido realizada por cualquier trabajador, pero que ella insistía que Mateo hiciera.
Y Mateo, con una paciencia que rayaba en la tortura, cumplía cada orden, mientras sus ojos hablaban lo que su boca no podía decir, lo que su cuerpo no podía expresar sin riesgo de muerte. había aprendido el lenguaje del silencio, del significado oculto en las miradas, de la comunicación que sucedía en los espacios entre las palabras.
Las conversaciones, cuando finalmente sucedían eran breves, pero intensas. Catalina le contó sobre su infancia, sobre cómo su padre la había seleccionado para casarse con Cristóbal cuando ella tenía apenas 18 años, sobre cómo nunca le consultaron, sobre cómo había pasado 8 años en un matrimonio que nunca fue amor. Mateo le contó fragmentos de su propia vida.
Sobre su madre que vendieron a otro amo cuando él tenía 10 años, sobre el hermano que murió en las minas. sobre los sueños que había tenido antes de ser capturado, sueños de libertad y de una vida que tuviera sentido. Pero la servidumbre notó. Las criadas susurraban en la cocina mientras preparaban la comida, sus voces bajitas, pero cargadas de malicia y excitación ante el escándalo que podría explotar en cualquier momento.
Los peones intercambiaban miradas significativas durante el trabajo, levantando las cejas, moviendo sus cabezas, de forma que comunicaba entendimiento completo de lo que estaba sucediendo en Guadalajara. una ciudad donde la reputación de una persona era moneda más valiosa que la plata que circulaba en los mercados.
Los rumores viajaban más rápido que los caballos galopando a través de las calles empedradas. Había una familia importante que vivía a solo tres casas de distancia y la hija de esa familia era amiga de la infancia de Catalina. Esta amiga había sido a la hacienda para expresar sus condolencias por la muerte de Cristóbal y había notado la forma en que Catalina miraba a Mateo.
Lo había visto en un instante, en una mirada que duraba demasiado tiempo, en una voz que cambiaba cuando hablaba de negocios relacionados con el esclavo. amiga, movida por una combinación de preocupación genuina y de los celos que siempre había sentido hacia Catalina, comenzó a difundir rumores. Pero Catalina no se importaba. O al menos eso era lo que se decía a sí misma cada vez que el miedo la despertaba en la madrugada, cuando el silencio de la hacienda se volvía ensordecedor, cuando su corazón latía tan fuerte que creía que podía escucharlo incluso a través de
las paredes de adobe, se repetía que sus sentimientos no eran pecaminosos, que simplemente estaba mostrando compasión hacia un ser humano que había sufrido. Se repetía que nada había sucedido, que nada sucedería. Se repetía todas las mentiras que necesitaba creer para seguir adelante cada día.
Una noche de diciembre, una noche fría cuando Guadalajara parecía estar en el borde del invierno, cuando la lluvia golpeaba las tejas de barro de la hacienda, como si quisiera penetrar hasta el alma del lugar, como si el cielo mismo estuviera expresando la angustia que ambos sentían. Catalina no pudo contenerse más. El peso del secreto, del deseo reprimido, de la conexión que existía entre ellos.
se hizo demasiado grande para soportar. Dejó su habitación con paso decidido, cuidando de no hacer ruido en las escaleras, llevando una vela que tiritaba en la oscuridad, aunque amenazaba con apagarse con cada movimiento que hacía una manta tejida que alguna vez perteneció a su madre, un objeto que parecía apropiado para llevar, como si su madre pudiera protegerla incluso ahora.
y el peso de un deseo que se había vuelto completamente insoportable, que la consumía más rápido que cualquier enfermedad física podría haberlo hecho. Bajo las escaleras de la casa principal descalza, sintiendo el frío del piso de piedra bajo sus pies desnudos, cada paso un acto de rebeldía contra todo lo que le habían enseñado sobre lo que era correcto y apropiado.
se dirigió hacia los establos, el único lugar donde Mateo dormía, donde podría encontrarlo sin ser vista por toda la casa. Su respiración se aceleró con cada paso que se acercaba. Cuando finalmente entró al cuarto oscuro de los establos, vio su silueta tendida en el piso sobre un colchón de paja que era más cómodo que lo que la mayoría de los esclavos podía esperar, pero que seguía siendouna prisión disfrazada, un recordatorio constante de su estatus.
Cuando Mateo la vio entrar, se incorporó como si hubiera sido electrocutado por un rayo invisible, sus ojos abiertos de par en par, su cuerpo temblando. Señora, no debe estar aquí.” susurró con urgencia, aunque no hizo ningún movimiento para alejarla, porque sus propios deseos traicionaban lo que su razón le decía que debía hacer, lo que su sentido de supervivencia le exigía que hiciera.
“Si alguien la ve, lo sé”, respondió Catalina, su voz temblando como las llamas de la vela que todavía llevaba, amenazando con caerse de sus manos. Sé que es una locura completa. Sé que es un pecado grave que la Iglesia condenaría sin dudar. Sé que nos destruiría a ambos si alguien se entera de lo que estoy a punto de hacer.
se acercó un paso hacia él, luego otro, como si estuviera caminando hacia el borde de un acantilado. Pero también sé que eres el único hombre en esta hacienda, en esta ciudad, en todo México, que me ve como algo más que un objeto que heredar, vender o transferir de un hombre a otro. Y eso, Mateo, eso me está consumiendo desde adentro, me está quemando viva y no puedo seguir viviendo con este silencio.
Mateo extendió la mano lentamente, como si tuviera miedo de que ella desapareciera si hacía movimientos bruscos, como si fuera una aparición que podía evaporarse en cualquier momento. Cuando sus dedos finalmente tocaron los de Catalina, ambos sintieron como si todo el mundo se hubiera detenido completamente, como si el tiempo mismo retuviera el aliento, como si hasta Dios mismo dudara de si continuar observando este momento.
En ese momento, en ese cuarto oscuro que olía a paja mojada, a animales, a tierra y al olor distintive de ambos cuerpos después de un día de trabajo y emoción, no eran amo y esclavo, no eran blanca y negro, no eran los personajes rígidamente definidos que la sociedad les obligaba a hacer. Eran solamente dos personas destrozadas por un mundo que les había robado todo lo que importaba.
el derecho a elegir sus propias vidas, a amar libremente, a simplemente existir sin que alguien más, algo más grande que ellos mismos, definiera cada aspecto de sus vidas. Lo que sucedió esa noche en la oscuridad fue el comienzo del fin, aunque ninguno de los dos lo sabía aún. Fue el primer momento real en que ambos permitieron que la verdad de lo que sentían se materializara, se hiciera tangible y peligrosa e irreversible.
En la oscuridad, lejos de las miradas censoras de la ciudad, lejos de los jueces que Dios suponadamente enviaba a través de los sacerdotes, se permitieron ser humanos por primera y última vez en sus vidas. Esa noche, mientras la lluvia continuaba golpeando el techo, mientras el resto de la hacienda dormía sin saber lo que estaba sucediendo en los establos, ellos se permitieron algo que en el México de 1837 era la cosa más revolucionaria, más peligrosa, más radicalmente imposible que cualquiera de ellos podría haber
imaginado. permitieron amar sin restricciones, sin miedo, sin la voz de la sociedad susurrando en sus oídos. Una semana después, cuando Catalina se despertó por la mañana y sintió el ahora familiar Mareo que la recorría cuando tuvo que salir corriendo de su habitación para vomitar en la maceta de flores que guardaba en la ventana de su cuarto, supo que estaba embarazada.
no del cuerpo, sino del peso de un secreto que crecía dentro de ella más rápido que cualquier criatura viva podría hacerlo, que se expandía exponencialmente, que hacía que cada respiración se sintiera como si estuviera inhalando fuego. Se despertaba por la mañana con náuseas que tenían poco que ver con la comida y mucho que ver con el terror puro que la perseguía cada momento del día.
Mateo lo notó primero con la perspicacia de alguien que había aprendido a observar cuidadosamente el mundo para poder sobrevivir en él. Notó la forma en que ella se tocaba el vientre cuando creía que nadie la veía como si estuviera tocando pruebas vivas de su traición. Notó la palidez de sus mejillas, la urgencia desesperada en sus ojos cada vez que se encontraban como si estuviera buscando la salvación en su rostro.
Ella comenzó a enfermarse visiblemente. Una mañana vomitó en el patio donde los peones trabajaban. Un espectáculo que confirmó los peores susurros que circulaban en la ciudad, los rumores que habían estado creciendo como hongos venenosos en un suelo húmedo. Las lenguas de Guadalajara no descansaban. Se hablaba en las iglesias durante la misa, en los mercados donde las mujeres compraban frutas y verduras, en las casas de las familias prominentes donde tomaban café, que doña Catalina estaba comportándose de manera extraña desde la
muerte de su marido, que pasaba demasiado tiempo cerca del esclavo Mateo, que había algo sucio y pecaminoso sucediendo en esa hacienda que todos podían ver, pero nadie se atrevía a mencionar en voz alta. El obispo habíacomenzado a hacer preguntas. Las monjas en el convento habían comenzado a rezar rosarios especiales por la salvación de su alma.
Las mujeres, que habían sido sus amigas, comenzaban a crear distancia, a cruzar la calle cuando la veían venir, a murmurar entre ellas cuando pensaban que no podía escucharlas. En medio de este caos social que se avecinaba, don Rodrigo Sánchez llegó. Era el primo hermano de Cristóbal. Ese Cristóbal que ahora estaba muerto y enterrado.
Ese Cristóbal que todavía parecía controlar la hacienda desde su tumba. Rodrigo llegó una mañana de enero cuando el cielo estaba gris y el aire se sentía pesado con lluvia próxima. Él ahora ostentaba el título oficial de administrador de los asuntos de la hacienda durante el periodo de duelo de Catalina.
Una posición que le había sido dada cuando el testamento de Cristóbal fue leído, una posición que le permitía ejercer control sobre casi todo lo que sucedía en el lugar. Rodrigo era un hombre brutal de unos 40 años, con los ojos fríos de alguien que veía a toda la gente sin excepción como inversiones o propiedades que podían ser vendidas al mejor postor.
Sus manos eran grandes y callosas, sus modales sin refinamiento, su ambición tan transparente como el vidrio. llevaba las riendas de su caballo con una mano casual, mientras la otra descansaba de forma amenazante en la empuñadura de su espada. Cuando bajó del caballo, sus botas golpearon el piso de la hacienda con autoridad.
Cuando Rodrigo vio a Mateo trabajando en el patio, limpiando los establos con movimientos que reflejaban la práctica exhaustiva de años, algo brilló en su mirada. Una combinación de envidia reprimida y sospecha que hizo que Catalina sintiera un frío mortal recorrer su espina dorsal como si la muerte misma acabara de caminar a su lado.
Rodrigo caminó lentamente hacia donde Mateo trabajaba, observándolo con la intensidad de un carnicero examinando carne en el mercado. ¿Este negro? preguntó señalando a Mateo con la barbilla con un gesto deliberadamente desdeñoso. Su voz cargada de una mezcla de desdén y especulación. Parece muy bien alimentado para un esclavo.
Sus músculos están bien desarrollados. Su postura es casi orgullosa. Lo tratas demasiado bien, prima. ¿Acaso no sabes que eso es lo que causa problemas? Catalina controló cada músculo de su cara con la precisión de una actriz consumada, sabiendo que una reacción equivocada, una defensa demasiado rápida del esclavo, podría confirmar exactamente todo lo que Rodrigo sospechaba.
Es un trabajador útil y confiable, respondió con calma medida. Mi marido lo consideraba valioso para la hacienda. He visto su eficiencia en el trabajo y he decidido continuar. con los mismos protocolos. “Ya veo”, respondió Rodrigo y sus ojos se entrecraron. “Ya veo.” Caminó alrededor de Mateo como si fuera ganado en una feria.
Su presencia física amenazante, su cercanía claramente incómoda. “¿Cuánto le costó a tu marido, si no me equivoco? ¿Cuál fue el precio pagado por esta pieza de mercancía? No es información que recuerde con exactitud, respondió Catalina, pero su voz traicionaba la tensión que palpitaba bajo su piel como el latido de un corazón enfermo.
Fue una transacción hace años. Los detalles específicos se me escapan. Rodrigo sonríó. Una sonrisa que no llegaba a sus ojos, solo a sus dientes amarillos. Interesante, muy interesante. Se dio la vuelta para enfrentar directamente a Catalina, sus ojos fijos en ella con la intensidad de un depredador que acaba de identificar a su presa.
Porque he estado en Guadalajara haciendo preguntas, prima, preguntas sobre ti, sobre cómo has estado viviendo tu vida desde la muerte de mi primo Cristóbal. Parece que hay rumores, rumores bastante desagradables, debo decir, sobre ti y este esclavo en particular. Hizo una pausa deliberada, dejando que sus palabras penetraran profundamente.
Dicen que lo ves de una manera que no es en absoluto apropiada para una mujer de tu posición social. Dicen que pasas tiempo a solas con él, que le hablas de formas que van más allá de lo que un amo hablaría con su propiedad. Dicen que tus ojos lo buscan cuando no crees que nadie está mirando.
El corazón de Catalina dejó de latir completamente. Sintió como si alguien le hubiera quitado todo el aire de los pulmones en un solo gesto, como si estuviera siendo ahogada en aire seco. No sé de qué hablas. respondió, pero su voz sonaba hueca, asustada, como la voz de alguien que sabe que todo se está desmoronando. “Oh, creo que sí sabes perfectamente”, continuó Rodrigo y su voz adoptó un tono más amenazante.
Una viuda sola, sin protección de un hombre, que controle sus acciones, sus pensamientos, sus movimientos. Un hombre de color fuerte, bien construido, trabajador incansable. ¿Ves como esto se escucha para los oídos de la ciudad? Se acercó más a ella. Su presencia física intimidante, su aliento cálido en sucara.
Las lenguas de Guadalajara están muy ocupadas especulando sobre lo que sucede aquí cuando cae la noche, cuando la hacienda se vuelve oscura y nadie puede ver qué está ocurriendo. Y si esos rumores llegaran a oídos del obispo, si la Inquisición decidiera investigar lo que consideraría una abominación moral contra la naturaleza, si las autoridades civiles se enteraran de que una viuda prominente ha sido deshonrada por un hombre de color.
Rodrigo dejó que la amenaza se suspendiera en el aire entre ellos. Bueno, sería muy inconveniente para todos, ¿no crees? para ti, especialmente, para tu posición, para tu fortuna, para tu alma. Mateo, desde la distancia segura donde estaba trabajando, vio exactamente en qué momento la palidez cubrió el rostro de Catalina, como si la muerte misma le hubiera tocado la piel, como si un fantasma hubiera pasado a través de su cuerpo.
Sus ojos buscáron los de él a través del patio. Y en ese momento de conexión silenciosa, Mateo supo que todo había terminado antes de haber realmente comenzado. Supo que su tiempo en Guadalajara, su tiempo con Catalina, su tiempo de esperanza de cualquier tipo de vida diferente, se había desvanecido como el rocío matutino bajo el sol implacable.
Esa noche, después de que Rodrigo finalmente se fue a dormir en una de las habitaciones de invitados de la hacienda, después de que la casa se sumió en un silencio profundo y perturbador, Catalina tomó una decisión que dividiría su vida en dos partes claramente separadas. la mujer que había sido antes de esa noche y la mujer que se vería obligada a ser a partir de ese momento.
Se acercó a Rodrigo en la sala de la hacienda, donde él estaba tomando copas de vino añejo junto al fuego de la chimenea que crepitaba suavemente, proyectando sombras danzantes en las paredes de adobe. Sus manos estaban frías cuando se sentó frente a él, pero forzó una sonrisa que parecía casi natural. “Tienes razón”, dijo. Su voz sorprendentemente firme, como si estuviera hablando sobre el clima o la cosecha.
Tienes razón sobre los rumores y tienes razón en que son peligrosos, no solo para mí, sino para la reputación de toda la familia Mendoza. Tenemos enemigos políticos, tenemos competidores en los negocios, tenemos gente que nos envidia. Un escándalo de este tipo sería catastrófico. Se inclinó hacia delante, sus ojos buscándolos de Rodrigo.
Por eso, necesito tu ayuda para resolverlo. Necesito tu discreción y tu inteligencia práctica. Rodrigo alzó una ceja intrigado a pesar de su arrogancia, esperando escuchar lo que su prima tenía que decir. El problema es Mateo continuó Catalina en cada palabra saliendo de su boca como si fuera vidrio roto, que cortara su lengua desde adentro.
cada sílaba, un pequeño pedazo de su alma que se desprendía y caía al suelo. Debe irse. Debe ser vendido, lejos de aquí, lo más lejos posible de Guadalajara. Si él desaparece, los rumores desaparecerán también. Cuando la gente descubra que ya no está aquí, la gente olvidará. Su atención se dispersará hacia otros escándalos y yo podré continuar con mi vida de manera apropiada, de la manera que la sociedad espera.
Quizás incluso consideraría matrimonio nuevamente si encontrara a alguien adecuado, alguien de mi clase, alguien que pudiera proteger mi reputación. Lo que Rodrigo no vio en ese momento porque estaba demasiado ocupado celebrando mentalmente su victoria, trazando los planes de cómo podría beneficiarse personalmente de esta situación, fue como las manos de Catalina temblaban tan violentamente contra su falda que tuvo que sostenerlas firmemente con la otra mano para que no se notara.
Él no vio como sus ojos se cerraban por instantes demasiado largos, como si estuviera muriendo en pequeños fragmentos con cada palabra que pronunciaba. “Excelente pensamiento, prima, verdaderamente excelente”, respondió Rodrigo con una sonrisa depredadora que le mostró todos sus dientes. Exactamente el tipo de acción práctica que una mujer de sentido debe tomar.
Tengo como resulta un amigo en Veracruz, un comerciante de considerable experiencia que trata con otros comerciantes de esclavos en toda América. Es un negocio lucrativo, créeme, pero también es discreto. Los enviarán al sur, probablemente al Yucatán o incluso más allá hacia Centroamérica. Hay plantaciones de caña de azúcar que funcionan constantemente necesitando trabajadores.
Nunca volverá a pisar Guadalajara. Nunca volverá a estar cerca de ti. Catalina asintió porque no podía hacer nada más. No podía hablar. Si hubiera abierto la boca, habría gritado. Si hubiera permitido que sus emociones salieran a la superficie, se habría desmoronado completamente en el piso de la sala frente a este hombre que estaba destruyendo todo lo que le quedaba de humanidad.
Y en ese momento, en ese instante congelado en el tiempo, la mujer que había sido hace apenas semanas, la que había sentido algo tanpuro y devastador en los brazos de Mateo, en la oscuridad, la que había permitido que sus muros emocionales se derrumbaran completamente, murió. Lo que quedó fue una viuda de nuevo sola, pero esta vez no solo, sino abandonada.
No por la muerte, sino por su propia traición. una viuda que sabía exactamente lo que había hecho y lo que le costaría ese acto. Mateo no supo qué le sucedía hasta el amanecer, cuando los hombres de Rodrigo, tres de ellos, todos con armas visibles, todos con la autoridad de la ley del lado de ellos, lo arrancaron del cuarto de los establos, donde había pasado la noche esperando que Catalina regresara, esperando que encontrara una manera de comunicarle que se irían juntos.
que encontrarían un lugar donde vivir, donde el color de sus pieles y sus diferencias de clase no importaran. Pero Catalina nunca llegó en el caos, en los gritos de los hombres que lo agarraban con brutalidad, en el terror absoluto de ser arrancado de un lugar que se había convertido en su mundo entero en solo semanas, Mateo vio a Catalina de pie en el portal de la casa principal.
Llevaba el mismo vestido negro que había usado el día que su marido murió, como si estuviera de luto nuevamente, como si acabara de enterrar a otra persona, a sí misma. Sus ojos se encontraron con los de él por una fracción de segundo que se sintió como una eternidad. En ese instante de conexión pura, Mateo vio todo.
Su miedo, su arrepentimiento, su impotencia. vio exactamente lo que ella había hecho y por qué lo había hecho. Vio el sacrificio que ella había hecho de él mismo para salvarse a sí misma. Ella no pudo mantener la mirada. Su cabeza se giró hacia el lado. Sus ojos se desviaron hacia las montañas distantes, como si no pudiera soportar ver el resultado de sus acciones.
Y en ese gesto, en esa desviación de ojos, en esa negación de su propia humanidad y de la suya, Mateo comprendió la verdad más profunda y más devastadora, que el amor entre ellos había sido un lujo que ninguno de los dos podía permitirse en un mundo que no estaba diseñado para personas como ellos, que el mundo siempre sería más fuerte que el corazón, que ella había elegido al final el mundo sobre él.
Lo llevaron a través de Guadalajara encadenado una procesión de humillación y vergüenza pública que recorrió las mismas calles que Catalina caminaba cada domingo hacia la iglesia. Pasaron por la plaza donde ella compraba flores para adornar las mesas de la hacienda. Pasaron por la fuente donde años atrás había sido presentada a la sociedad como una joven prometida radiante de Cristóbal Mendoza ante las miradas aprobadoras de cientos de personas que ahora lo veían siendo llevado hacia la esclavitud aún más profunda.
vieron a gente que lo conocía, gente que había trabajado con él en la hacienda, gente que había sido testigo de su dignidad a pesar de sus cadenas. Todos miraban hacia otro lado. Era más seguro así. Era más fácil fingir que no lo veían, que no reconocían que alguien que conocían estaba siendo llevado a la muerte lenta de las plantaciones del sur, en el puerto de Veracruz.
Exactamente tres semanas después de ser arrancado de la hacienda bajo la vigilancia de los hombres de Rodrigo, Mateo fue subido a un barco junto con otros 80 esclavos, hombres y mujeres, todos arrancados de vidas que les habían empezado a pertenecer. El viaje fue horrible. La bodega del barco era una tumba flotante donde la gente moría de enfermedades, de desesperación, de la negativa de su cuerpo, a continuar existiendo bajo estas condiciones.
Mientras el navío se alejaba lentamente de la costa, mientras Veracruz desaparecía en la distancia, Mateo permaneció en la cubierta inferior del barco, encadenado junto con los otros hombres, mirando hacia el interior del país, a través de una pequeña ventana, hacia las montañas de Guadalajara, que se desvanecían completamente en la distancia, como un sueño que se olvida al despertar por la mañana.
Catalina nunca se casó con Rodrigo, aunque él lo propuso formalmente apenas una semana después de que Mateo fuera vendido. encontró la manera de rechazarlo sin perder su reputación, alegando que era demasiado pronto después de la muerte de su marido, que necesitaba más tiempo para sanar adecuadamente, que tal vez Dios tenía otros planes para ella que no incluían volver a casarse tan rápido.
Rodrigo, ofendido por el rechazo, pero consciente de que una mujer que rechazaba matrimonio era más difícil de controlar de lo que había anticipado originalmente, decidió que no valía la pena invertir más tiempo o esfuerzo en ella. Se fue a administrar sus propias tierras en otra región, llevándose los beneficios de sus maquinaciones, dejando a Catalina sola en la hacienda, que había sido su prisión durante años.
Catalina permaneció en la hacienda pasando los años en una existencia monástica, administrando sus propias tierras con una eficiencia quesorprendió incluso a los comerciantes más escépticos que hablaban de sus negocios. se volvió más rica con el tiempo. Sus inversiones florecieron, su poder en la región creció exponencialmente, se volvió más poderosa, más respetada y, sin embargo, más sola con cada año que pasaba.
Fue respetada en Guadalajara, incluso temida a veces. Las mujeres jóvenes de las familias importantes la estudiaban tratando de aprender los secretos de cómo administrar una hacienda con éxito, cómo prosperar sin necesidad de un hombre. Los hombres la cortejaban constantemente, atraídos por su dinero, sus tierras, su independencia.
Pero ella rechazaba cada propuesta de matrimonio con una amabilidad fría que no dejaba lugar para la esperanza de una segunda propuesta. Pasaron años, 10 años, 20 años, 30 años. La Catalina joven de 32 años se convirtió en una mujer de 60, luego de 65, luego de 70. Sus cabellos negros se volvieron gris, luego completamente blancos.
Sus manos, que una vez habían tocado la cara de Mateo en la oscuridad, se volvieron secas y manchadas con la edad. Pero sus ojos, esos ojos inteligentes que habían visto tanto, que habían visto más de lo que cualquier mujer debería ver, nunca perdieron la expresión de alguien que estaba cargando un peso imposible.
Los sirvientes que habían trabajado en la hacienda durante esos años, especialmente los que habían estado allí en 1837, recordaban cosas. Recordaban la forma en que doña Catalina a veces se quedaba mirando hacia el patio donde Mateo solía trabajar durante las tardes tranquilas. Recordaban como sus ojos tenían esa expresión peculiar de alguien que estaba viendo algo que nadie más podía ver, como si estuviera viendo un fantasma y tal vez lo estaba, porque el fantasma de Mateo habitaba ese lugar, habitaba su memoria, habitaba cada rincón de la
hacienda. Los criados más viejos susurraban que en las noches más oscuras, cuando no había luna, cuando el silencio de la hacienda era casi insoportable, la escuchaban llorar en su habitación, que a veces llamaba un nombre Mateo, Mateo, Mateo, como si pudiera traerlo de vuelta con la fuerza de su arrepentimiento, como si pronunciar su nombre lo suficiente veces, con suficiente emoción, pudiera crear una puerta de tiempo que le permitiera regresar y vivir la vida que ambos habían imaginado en esas pocas semanas de conexión robada. Pero no
había magia en el mundo, no había forma de viajar hacia atrás, solo había la dirección unidireccional del tiempo, llevando a ambos cada vez más lejos el uno del otro. Mateo en el sur, en las plantaciones de caña de azúcar del Yucatán, nunca olvidó a la mujer que lo amó lo suficiente como para sacrificarlo. Trabajó bajo un sol implacable que lo quemaba desde el exterior mientras la tristeza lo quemaba desde adentro.
Pasó años, 5, 10, 15 en esa plantación, viendo morir a hombres que habían llegado con él en el mismo barco miserable, viendo nacer a niños que eran esclavos desde el momento en que tomaban su primer aliento, viendo cómo la vida se les extraía lentamente día tras día. Pero nunca olvidó el color de los ojos de Catalina.
Nunca olvidó el sonido de su voz cuando susurró su nombre en la oscuridad. Nunca olvidó el contacto suave de sus dedos en la noche de diciembre, cuando llovía fuerte y el mundo parecía estar a punto de terminar. El recuerdo de Catalina se convirtió en su compañía más fiel mientras cortaba caña de azúcar, hasta que sus manos se cubrieron con callos tan gruesos que casi parecían armadura, se permitía recordar mientras trabajaba bajo la supervisión brutal de hombres que lo trataban peor que a los animales.
Imaginaba que estaba en los establos de la hacienda en Guadalajara con Catalina susurrando su nombre en la oscuridad. En las noches más oscuras, cuando el sufrimiento físico era insoportable, cuando sus músculos gritaban de dolor después de 18 horas de trabajo bajo el sol, cuando su espíritu parecía haberse reducido a nada más que un punto diminuto de luz que apenas parpadeaba en la inmensidad de la oscuridad, recordaba ese momento en el cuarto oscuro de los establos.
recordaba cómo fue visto por primera vez verdaderamente cuando fue amado, aunque solo fuera por un instante robado a un mundo que les negaba el derecho a ese sentimiento. Hubo un momento en el que Mateo tuvo una oportunidad de escapar. Fue en el 15º año de su cautiverio en Yucatán, cuando un grupo de esclavos organizó una rebelión durante la noche.
Pudieron haber corrido hacia las montañas, hacia la libertad, hacia nuevas vidas. Pero Mateo no corrió. Optó por quedarse. Optó por enfrentar las consecuencias de la rebelión fallida, porque en realidad no tenía ningún lugar al que ir. Guadalajara le había arrebatado la única razón que tenía para vivir. ¿Para qué huir si no había nada esperándolo en el camino? ¿Para qué buscar libertad si la libertad sin la persona que amaba eratan vacía como el cautiverio.
Así que permitió que lo castigaran. Permitió que el látigo desgarrara su espalda nuevamente, añadiendo nuevas cicatrices a las viejas. permitió que lo encadenaran de maneras aún más brutales. Y en cierto sentido, en cierto sentido profundo, que no habría podido explicar a nadie, permitió que parte de sí mismo muriera también.
La tragedia de su historia, la historia de Mateo y Catalina, no fue simplemente el amor prohibido, aunque eso era lo que los trobadores cantarían años después. Eso era lo que los románticos usarían para llorar. sobre la injusticia del mundo. La tragedia más profunda y más devastadora fue que ambos eligieron al final, cuando enfrentados con la elección final, el mundo sobre el uno al otro.
Porque en 1837 en Guadalajara, en un México que todavía no había decidido qué hacer con las divisiones que lo desgarraban, no había espacio para que dos personas como ellos escribieran un final diferente. El mundo fue más fuerte que su amor. La sociedad fue más fuerte que su corazón. Las cadenas fueron más fuertes que sus dedos entrelazados en la oscuridad.
Catalina en sus últimos años se convirtió en una leyenda local. La mujer que administraba su propia hacienda, que no necesitaba a un hombre, que era respetada incluso cuando no era amada. Pero esa reputación fue construida sobre la arena movediza de su traición a Mateo. Cada día de poder que disfrutó fue comprado por el precio de su humanidad.
murió en 1889, a los 85 años en la misma hacienda donde había visto a Mateo por primera vez trabajando en el patio. En sus últimas palabras, los sirvientes que estaban presentes en su lecho de muerte juraron que susurró un nombre, Mateo, como si finalmente después de 52 años le estuviera pidiendo perdón. Mateo, si es que había sobrevivido a su cautiverio en Yucatán y los registros sugieren que no lo hizo, que murió alrededor de 1860 después de 23 años en las plantaciones, nunca supo que Catalina murió.
Nunca supo que ella ha pasado el resto de su vida llorando por lo que había hecho. Nunca supo que ella había pagado a su manera por traerlo de vuelta. Lo que ambos dejaron atrás fue una ausencia. Una ausencia en la hacienda de Guadalajara, una ausencia en el corazón de la otra persona, una ausencia que hablaba más fuerte que cualquier palabra podría haber hablado, que gritaba desde las piedras mismas de la hacienda, desde el patio donde una vez se habían rozado las manos, desde los establos donde una vez habían respirado juntos en la
oscuridad. Su historia fue olvidada, como son olvidadas tantas historias de personas sin poder. Pero la hacienda permaneció y los criados antiguos y luego sus hijos y luego los hijos de sus hijos contaban historias en sus surros sobre la viuda que amaba a su esclavo, sobre el esclavo que amaba a su ama, sobre cómo el mundo los separó, porque el mundo no tenía lugar para un amor como el suyo.
En las noches tranquilas, en la hacienda, cuando el viento golpea las tejas de barro de cierta manera, algunas personas juran escuchar dos voces llamándose mutuamente a través del tiempo y la distancia. La voz de una mujer que dice casi sin sonido, “Te amo.” Y la voz de un hombre que responde, “También casi sin sonido, yo también te amo.
” Pero tal vez eso es solo el viento. Tal vez es solo la imaginación. Tal vez es solo la forma en que los humanos necesitamos creer que el amor verdadero, incluso cuando es prohibido, incluso cuando es traicionado, incluso cuando es destruido por fuerzas más grandes que cualquier individuo, se encuentra de alguna manera más allá de la muerte, más allá del tiempo, más allá de las barreras que el mundo construyó entre ellos, porque ese era el verdadero final de su historia.
que a pesar de todo, a pesar de las decisiones que tomaron, a pesar de las traiciones y los sacrificios, el amor que compartieron fue real. Fue quizás la cosa más real que cualquiera de los dos experimentó en sus vidas. Y ese amor, ese amor que fue tan puro y tan desperado y tan imposible, es lo que permanece, es lo que persiste, es lo que nos llama a través de los siglos, recordándonos que incluso en un mundo lleno de injusticia, incluso cuando todo está configurado contra nosotros, el amor humano verdadero, profundo, sacrificial sigue
siendo lo más revolucionario, lo más peligroso, lo más real que jamás podemos experimentar.
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