“Te recogerán pronto”, pero la niña no tenía idea de que su vida estaba a punto de cambiar.

 

¿Hice algo mal? No, mi niña, no hiciste nada. Entonces, ¿por qué me jama aquí? Ella no lloraba, solo miraba por la ventana del auto negro mientras la ciudad iba desapareciendo detrás de ella, bloque por bloque, edificio por edificio, hasta que no quedó nada conocido. Solo campos, solo silencio, solo el sonido del viento contra el vidrio.

 adora tenía 7 años y medio, un nombre bordado en dorado sobre su mochila rosa y la última frase de su madre todavía resonando dentro del pecho como si fuera un eco que no encontraba dónde terminar. Son solo unos días, mi amor, unos días y ya volvemos por ti. Pero había algo en los ojos de su madre aquella mañana, algo que Isadora con sus 7 años no sabía nombrar todavía, algo que se parecía demasiado a una despedida.

 Y ahora el auto se había detenido frente a una casa pequeña de paredes blancas con manchas de humedad en las esquinas en medio de un pueblo que no tenía nombre conocido para ella. Una abuela que casi no recordaba salió al portal con un delantal floreado y los brazos abiertos, y el chóer, sin decir una sola palabra, depositó la maleta en el suelo y volvió al auto.

 Isadora se quedó parada en la entrada. La mochila rosa pesaba más de lo normal, o quizás era ella la que pesaba más. Giró la cabeza para ver el auto alejarse. Esperó que alguien bajara la ventanilla, que alguien le dijera algo, que alguien la mirara por última vez. Nadie lo hizo. El auto dobló la esquina y desapareció. Y ella siguió mirando ese espacio vacío donde el auto había estado, sin entender todavía que ese momento, ese martes gris de octubre, iba a dividir su vida en dos partes, antes y después.

 Mis compañeros de historia, si ya sienten ese nudo en la garganta, les digo que esto apenas comienza. Este canal existe para traerles historias emocionantes que tocan el alma, historias que no se olvidan. Les sugiero que se unan al canal porque cada día hay una historia nueva esperándoles. Ahora volvamos con Isadora, que ella todavía está mirando esa esquina vacía.

 La abuela se llamaba Dolores, pero todos en el pueblo la llamaban Lola. Tenía las manos ásperas de años de trabajo, el cabello completamente blanco recogido en un moño bajo y una manera de mirar que hacía sentir que te conocía desde antes de nacer. Cuando Isadora entró a la casa, lo primero que sintió fue el olor, un olor a madera vieja, a canela, a ropa lavada con jabón de barra, un olor completamente distinto al apartamento de 400 m² en el que había vivido toda su vida, con sus pasillos de mármol y su olor permanente a flores frescas,

cambiadas cada dos días por el personal de servicio. Tu cuarto está al fondo”, dijo la abuela Lola con una voz suave. Es pequeño, pero tiene una ventana que da al jardín. Cuando florezcan los jazmines, vas a entender por qué es el mejor cuarto de la casa. Isadora no respondió. Cargó su maleta ella sola por el pasillo estrecho, empujando con las dos manos, porque las ruedas no rodaban bien sobre el piso de madera.

 Nadie vino a ayudarla. En su casa siempre había alguien, siempre había una mano extendida antes de que ella necesitara pedirla. Aquí no. El cuarto era en efecto pequeño, una cama de plaza y media con una colcha bordada a mano en tonos azules, un velador de madera con una lamparita de pantalla amarilla, un ropero antiguo con espejo y la ventana.

La ventana daba a un jardín descuidado, pero lleno de vida, con plantas que crecían sin orden, enredaderas que trepaban por la pared y un naranjo viejo en el centro que tenía el tronco tan grueso que dos personas no habrían podido abrazarlo juntas. Isadora dejó la maleta sin abrirla, se sentó en el borde de la cama, sacó el teléfono que le habían dado para emergencias, un teléfono simple, sin redes sociales, solo con el número de sus padres guardado, y lo miró durante un momento largo.

 Marcó, timbró cuatro veces. Cinco. Buzón de voz. Volvió a marcar. Buzón de voz otra vez. Cerró los ojos. Se mordió el labio de abajo con cuidado, como cuando intentaba no llorar delante de personas que no conocía bien. Guardó el teléfono en el bolsillo del pantalón y se quedó mirando el naranjo por la ventana hasta que el cielo se puso anaranjado, y la abuela Lola golpeó suavemente la puerta para avisarle que la cena estaba lista.

 Esa noche comieron sopa de verduras en silencio. No era un silencio incómodo, era el silencio de dos personas que todavía no saben qué decirse, pero que tampoco sienten la necesidad urgente de llenar el espacio con palabras vacías. La abuela no le preguntó cómo estaba. No le preguntó si extrañaba a sus padres, no le preguntó nada, solo puso un plato frente a ella y le dijo, “Come despacio.

 La sopa de verdad se siente solo si la comes despacio.” Isadora comió despacio y algo muy pequeño, casi imperceptible, se acomodó dentro de ella. Pero esa noche, cuando la abuela apagó la luz del pasillo y la casa quedó en silencio, Isadora sacó el teléfono debajo de la colcha. y volvió a marcar una vez, dos veces, tres veces.

 Buzón de voz, buzón de voz, buzón de voz. La cuarta vez no marcó, solo se quedó mirando el número en la pantalla. El nombre guardado decía mamá, con acento con mayúscula, como si el nombre solo ya fuera suficiente para que apareciera. apagó la pantalla y en la oscuridad del cuarto pequeño, con el olor a madera vieja y a canela mezclándose con el aire frío que entraba por la rendija de la ventana, Isadora lloró por primera vez desde que el auto había doblado esa esquina.

 Lloró en silencio, con la colcha bordada apretada contra la boca, porque ya había aprendido en sus 7 años y medio de vida que hay dolores que no se muestran. Nadie le había enseñado eso, simplemente lo sabía. Los días pasaron como pasan los días cuando uno está esperando que terminen despacio con una lentitud que duele, lunes, martes, miércoles, una semana.

 Y los llamados al número de su madre seguían cayendo en el buzón de voz con una regularidad que comenzaba a sentirse como una respuesta en sí misma. El jueves de la segunda semana, la abuela Lola la despertó temprano. “Vas a empezar la escuela hoy”, le dijo con esa voz tranquila que tenía para todo. Isadora la miró desde la almohada. La escuela.

 “Pero si solo voy a estar unos días más.” La abuela no respondió de inmediato. Fue hasta el ropero, sacó un uniforme azul marino doblado con cuidado, lo puso sobre la cama y dijo, “Los días se van haciendo semanas y uno no los vive. Levántate, que te hice tostadas con dulce de membrillo. Fue la no respuesta más completa que Isadora había recibido en su vida.

 Se levantó, se puso el uniforme, era el primero que usaba. En su colegio anterior en la ciudad, el uniforme era opcional y la mayoría de los niños iban con ropa de marca. Aquí el uniforme era obligatorio y eso, de alguna manera extraña, hacía que todos parecieran iguales o casi iguales. La escuela no 14 del pueblo de San Marcos del Monte era un edificio de un solo piso, pintado de amarillo, con un patio de tierra en el centro y un eucalipto enorme en la esquina que daba sombra a tres salones al mismo tiempo.

Había exactamente 142 alumnos en toda la escuela. En el colegio anterior de Isadora había 142 alumnos solo en su grado. La maestra se llamaba señorita Carmen. Tenía unos 30 años, ante ojos redondos y una voz que sonaba como si siempre estuviera a punto de reírse de algo. Presentó a Isadora frente a toda la clase con una sonrisa amplia.

 Chicos, les presento a Isadora, que viene a acompañarnos una temporada. Espero que la hagan sentir bienvenida. 30 pares de ojos. La miraron al mismo tiempo y Isadora no se movió, no sonró, solo sostuvo la mirada hacia el fondo del salón y esperó que le dijeran dónde sentarse. La mandaron al banco del medio, al lado de una niña de trenzas castañas llamada Renata, que la miró de arriba a abajo con los ojos entrecerrados y le susurró, sin molestarse demasiado en bajar la voz, “Esa mochila es de verdad o es de las falsas que parecen de verdad.”

Isadora no respondió. Renata se encogió de hombros y volvió a mirar al frente. Ese fue el comienzo. El recreo fue peor. No de manera dramática, no con gritos ni con escenas. Peor de la manera silenciosa en que son peores las cosas que más duelen. Nadie se acercó. Isadora se paró bajo el eucalipto con su mochila rosa colgada al hombro y vio como los grupos se formaban solos, naturalmente, como si hubieran existido siempre.

 Y ella era el único punto sin grupo, sin lugar, sin nadie que dijera su nombre. Escuchó fragmentos de conversaciones sobre ella. Dicen que la dejó la abuela Lola, la de la Casa Blanca de la calle Rivadavia. Sí, esa. Dicen que sus papás la mandaron porque no la querían tener. Una voz, otra voz. Y la risa que siguió.

Isadora apretó la tira de la mochila con los dedos, miró el piso de tierra, contó los segundos que faltaban para que sonara el timbre y en ese momento, parada sola bajo ese eucalipto en un patio que no era el suyo, con un uniforme que no era el que conocía, en un pueblo cuyo nombre todavía le costaba pronunciar, Isadora entendió algo que nadie le había dicho con palabras, que la soledad no duele igual en todos los lugares.

 En su casa grande, la soledad era un cuarto vacío. Aquí, rodeada de 30 niños, la soledad era invisible y estaba en todas partes al mismo tiempo. El timbre sonó. Ella fue la primera en entrar al salón. Esa tarde, al volver a la casa de la abuela Lola, no dijo nada sobre la escuela. La abuela tampoco preguntó, solo le puso un vaso de leche con cacao sobre la mesa y siguió tejiendo en el sillón de la sala como si el mundo fuera un lugar completamente tranquilo.

 Isadora bebió la leche despacio, miró por la ventana el naranjo del jardín y pensó en sus padres, en dónde estarían, en por qué el teléfono seguía sin sonar, en qué había querido decir su madre con esa frase que ahora sonaba diferente cada vez que la recordaba. Son solo unos días. ¿Cuántos días eran unos días? 10, 20, ¿cuándo exactamente alguien venía a buscarla? Guardó la pregunta dentro.

 La guardó junto con todas las otras preguntas que no tenían a quién hacérselas y abrió el cuaderno de tarea con un lápiz que la abuela le había prestado, porque el suyo se había quedado en la maleta y todavía no había terminado de desempacar. Todavía no, porque desempacar era admitir que iba a quedarse y eso todavía Isadora no estaba lista para admitirlo.

Esa noche, antes de dormirse, miró el techo del cuarto pequeño y contó los días desde que había llegado. Nueve. Llevaba 9 días. Y sus padres no habían llamado ni una sola vez. 9 días. Y el silencio del teléfono había empezado a volverse tan familiar como el olor a canela de la casa. Eso era lo que más le asustaba, no el silencio en sí, sino que estaba empezando a acostumbrarse a él.

cerró los ojos y en algún lugar muy adentro, en ese lugar donde los niños guardan las cosas que todavía no pueden decir en voz alta, algo se cerró también, como una puerta suave, sin ruido, pero cerrada al fin. Dos semanas se convirtieron en tres, tres, en cuatro. Y un día, sin que nadie lo anunciara, llegó noviembre.

 El aire cambió. Las mañanas en San Marcos del Monte tenían ahora ese frío que se mete por debajo de la ropa, aunque uno esté abrigado, ese frío que huele a tierra mojada y a humo de leña. La abuela Lola sacó del ropero un abrigo café con botones dorados que había pertenecido a alguien más, alguien cuyos hombros eran un poco más anchos que los de Isadora y se lo puso encima sin preguntar si le gustaba.

 le quedaba grande y Sadora no dijo nada. Se miró en el espejo del ropero, vio ese abrigo que no era suyo cubriéndola desde los hombros hasta las rodillas, y pensó que así se sentía todo en ese lugar, un poco grande, un poco ajeno, un poco de otra persona, pero se lo puso igual porque hacía frío y porque la abuela lo había doblado con cuidado antes de dárselo.

 Y ese gesto, ese doblar con cuidado, era una manera de decir algo que las palabras todavía no alcanzaban. En la escuela las cosas no habían mejorado, no habían empeorado tampoco, simplemente estaban en ese estado gris en que quedan las cosas cuando nadie las resuelve ni las termina suspendidas. Renata seguía mirándola con esos ojos entrecerrados de quien evalúa constantemente.

Los demás niños habían dejado de hablar de ella en voz alta, pero eso no significaba que la hubieran aceptado. Significaba que simplemente habían decidido ignorarla, que es una forma de rechazo más difícil de señalar con el dedo, porque no deja marcas visibles. La señorita Carmen había notado que Isadora era inteligente.

respondía bien en clase, leía rápido, hacía las cuentas con una facilidad que sorprendía para su edad. Un día, después de que Isadora resolviera un problema de matemáticas que ningún otro alumno había podido terminar, la maestra la miró con una sonrisa distinta, más seria, más genuina, y le dijo en voz baja mientras los demás copiaban.

Eres muy capaz, Isadora. más de lo que crees. Isadora no supo qué hacer con ese comentario. Lo guardó como guardaba todo. Pero esa tarde, al volver a casa, caminó un poco más erguida. Fue durante la tercera semana de noviembre cuando ocurrió lo de Renata. Habían tenido que hacer un trabajo en pareja sobre animales del ecosistema local.

 La señorita Carmen había asignado las parejas sin preguntar y a Isadora le había tocado con Renata. Durante dos días trabajaron sentadas una al lado de la otra, sin hablar más de lo estrictamente necesario. Renata le dictaba. Isadora escribía. Isadora proponía. Renata evaluaba con ese silencio suyo que podía significar aprobación o desprecio.

 Nunca se sabía bien cuál. El tercer día, cuando estaban terminando de dibujar el mapa del ecosistema, Renata dejó el lápiz sobre la mesa y dijo sin mirarla, “¿Por qué tu mamá no viene a buscarte?” El salón estaba casi vacío, solo quedaban tres parejas terminando sus trabajos. La señorita Carmen había salido un momento al pasillo y no levantó la vista del mapa.

 Siguió coloreando el río con el lápiz azul. Está ocupada, dijo. Ocupada haciendo qué, trabajando. Renata guardó silencio un momento, luego dijo con esa manera suya de decir las cosas que sonaban a pregunta, pero eran en realidad afirmaciones. Mi mamá dice que cuando los padres mandan a los hijos lejos es porque algo está mal, que los niños que están bien no los mandan a ningún lado.

 Isadora apretó el lápiz azul con los dedos. El río quedó más oscuro de lo que había planeado, demasiado azul, casi negro en el centro. “Tu mamá no sabe nada de mi familia”, dijo Isadora. La voz le salió más firme de lo que esperaba, sin temblor, sin lágrimas, solo firme, como una línea recta. Renata la miró por primera vez en toda la conversación y algo en su expresión cambió apenas un milímetro, como si esa firmeza la hubiera tomado por sorpresa.

 No dijo nada más. Terminaron el trabajo en silencio. Pero esa noche, en el cuarto pequeño, con la lamparita amarilla encendida y el olor a jazmín, que ya había empezado a entrar por la rendija de la ventana, exactamente como la abuela había prometido. Isadora no pudo evitar que la frase de Renata se quedara dando vueltas dentro de su cabeza.

Cuando los padres mandan a los hijos lejos es porque algo está mal. ¿Qué estaba mal? No lo sabía. Y eso era lo peor, no saber, imaginar, llenar el silencio con versiones propias de la historia, ninguna de las cuales tenía final conocido. Marcó el número de su madre. Buzón de voz marcó el de su padre.

 Esta vez, después de tres timbres, alguien atendió y Sadora se quedó sin aire. Hola. La voz de su padre sonó lejana, rara, como si hablara desde otro planeta. como si el tiempo que había pasado hubiera puesto más distancia que kilómetros entre ellos. Papá. Su propia voz sonó pequeña, más pequeña de lo que ella era. Hubo una pausa breve pero real.

 Isadora no era una pregunta. Era como si la estuviera reconociendo, como si hubiera necesitado un segundo para ubicarla dentro de algo más grande que la estaba ocupando por completo. ¿Cuándo vienen a buscarme? Otra pausa, esta más larga. Y en esa pausa Isadora escuchó ruidos de fondo, voces, el sonido de papeles, un ambiente que sonaba a urgencia a algo que no podía detenerse.

 Pronto, mi amor, muy pronto. ¿Estás bien? La abuela te está cuidando? Sí, pero Isadora, escúchame. Estás en el mejor lugar posible ahora mismo. Tienes que confiar en nosotros. ¿Puedes hacer eso? ¿Puedes confiar en nosotros? Ella quería decir que no, que confiar era difícil cuando el teléfono sonaba en el vacío 20 veces antes de que alguien atendiera.

 Que confiar era difícil cuando los días se volvían semanas y nadie explicaba nada. que confiar era difícil cuando una niña en la escuela te decía que si te habían mandado lejos era porque algo estaba muy mal y tú no podías decirle que se equivocaba porque en el fondo, muy en el fondo, tenías miedo de que tuviera razón. quería decir todo eso, pero dijo, “Sí, papá, puedo.

” Y la llamada terminó dos minutos después con una promesa vaga de hablar pronto y un te quiero que sonó real pero distante, como una foto de alguien que conociste hace mucho tiempo. Adora apagó la pantalla del teléfono, se quedó mirando el techo y entendió con esa claridad brutal que a veces tienen los niños para entender las cosas que los adultos creen que no entienden, que pronto no tenía fecha, que pronto era una palabra que los adultos usaban cuando no querían decir no sé o todavía no, o las cosas están complicadas y no sé cómo explicártelo sin que te asustes

más de lo que ya estás. Tane pronto era el nombre del silencio cuando el silencio necesitaba sonar algo. Mis compañeros de historia, si están sintiendo lo que siente Isadora en este momento, si conocen ese pronto que nunca termina de llegar, les pido que comenten aquí abajo la palabra compañeros de historia para que yo sepa que están aquí, que estamos viviendo esta historia juntos.

 Diciembre llegó sin que nadie lo invitara. Con diciembre llegaron las fiestas del pueblo, las luces de colores colgadas de lado a lado en la calle principal, el olor a buñuelos que salía de las casas los domingos por la mañana y algo que Isadora no había esperado, la transformación de la abuela Lola, porque la abuela Lola en diciembre era una persona completamente distinta a la abuela Lola de octubre.

 En octubre había sido serena, tranquila, casi silenciosa. En diciembre era un torbellino de actividad silenciosa. Cocinaba desde las 6 de la mañana. Decoraba la casa con guirnaldas que sacaba de cajas de cartón guardadas encima del ropero. Tejía sin parar. Cantaba en voz baja mientras hacía las cosas. Canciones viejas que Isadora no reconocía, pero que tenían una melodía que se te pegaba sin pedirte permiso.

Una tarde, Isadora la encontró en la cocina haciendo alfajores. Había harina en la mesada en el delantal y en una pequeña mancha blanca sobre la mejilla izquierda de la abuela, que ella no sabía que tenía. Isadora se paró en la entrada de la cocina y la miró durante un momento sin decir nada. La abuela levantó la vista.

 ¿Vas a mirar o vas a ayudar? Isadora entró a la cocina. Esa tarde hicieron alfajores juntas. La abuela le enseñó a estirar la masa con el palo de amasar sin presionar demasiado, a cortar los círculos con el borde de un vaso, a poner exactamente la cantidad justa de dulce de leche para que no se desbordara al armar el alfajor.

 Le enseñó con paciencia, sin apurarse, sin reírse cuando Isadora lo hacía mal, solo diciéndole, “Así no, mirá así.” Y guiando sus manos con las suyas ásperas y seguras. Cuando terminaron, había una fuente entera de alfajores sobre la mesa. La abuela tomó uno, le dio un mordisco, asintió con la cabeza y dijo, “Los tuyos quedaron mejor que los míos.

” No era verdad, pero Isadora lo guardó igual. Esa noche llamó a su madre y esta vez, después de dos timbres, atendió. La conversación fue corta. Su madre sonaba cansada con esa clase de cansancio que no viene de no haber dormido, sino de cargar algo pesado durante mucho tiempo. Le preguntó cómo estaba. Isadora le dijo que bien.

Le preguntó si comía bien. Isadora le dijo que sí. Le preguntó si la abuela la cuidaba. Isadora le dijo que sí, que esa tarde habían hecho alfajores. Hubo una pausa del otro lado de la línea. Y entonces, inesperadamente, su madre se ríó. Una risa corta, suave, casi sorprendida. Alfajores.

 Tu abuela siempre hacía alfajores en diciembre. ¿Los conocías? Los crecí comiendo, mi amor. Isadora procesó eso. Su madre había crecido comiendo los alfajores de la abuela Lola. Su madre había sido niña en esa casa. Había dormido quizás en ese cuarto, mirado ese naranjo desde esa ventana, olido ese mismo olor a canela. ¿Por qué nunca me trajiste antes? Preguntó Isadora. Silencio.

 Porque la vida se complica, Isadora, y uno va dejando para después las cosas que más importan sin darse cuenta, hasta que el después llega de una manera que uno no eligió. Era la respuesta más honesta que su madre le había dado desde que todo aquello empezó. y también era la más difícil de entender.

 Isadora la guardó entera, sin comprenderla del todo, sabiendo que era el tipo de cosa que con los años iba a ir abriéndose sola, como una flor que necesita tiempo. La llamada terminó con un te quiero que esta vez sonó diferente, más cerca, más real. Isadora se quedó con el teléfono apoyado en el pecho, mirando el techo.

 Afuera, por la ventana entreabierta, llegaba el olor a jazmínes, mezclado con el frío de diciembre y el sonido lejano de una música de fiesta desde la calle principal. Y por primera vez desde que había llegado a San Marcos del Monte, Isadora no contó los días que llevaba. No pensó en cuándo iban a venir a buscarla.

 No imaginó el auto negro doblando la esquina en sentido contrario. Solo respiró. Solo estuvo ahí, en ese cuarto pequeño que empezaba a oler como suyo, con la colcha bordada en azul y la lamparita amarilla y el naranjo afuera. Y respiró. Fue solo un momento, pero fue real. Y a veces un momento real es suficiente para que algo empiece a cambiar.

 Enero llegó con calor y con una novedad que Isadora no esperaba. Renata se le acercó un lunes en el recreo, sola, sin el grupo de siempre, y le dijo, sin preámbulo ni explicación, “¿Querés venir a mi casa el sábado? Mi mamá hace torta frita cuando llueve y el fin de semana dicen que llueve.” Isadora la miró. buscó en esa cara la trampa, el ángulo, el motivo oculto.

 No encontró nada de eso, solo encontró a una niña de trenzas castañas que quizás durante todos esos meses también había estado observando desde su propio lado de la distancia. “Está bien”, dijo Isadora. Y eso fue todo. No hubo abrazos ni declaraciones de amistad. Solo ese está bien, que era en realidad una puerta abriéndose apenas lo suficiente para que pasara un poco de luz.

 El sábado llovió y la torta frita de la mamá de Renata era la mejor cosa que Isadora había comido en mucho tiempo, aunque nunca lo dijo en voz alta. Algunas cosas no necesitan decirse, solo necesitan saberse. El frío volvió en marzo, no el frío de octubre, que había sido una sorpresa, una cosa nueva que dolía porque todo dolía.

 Entonces, este frío de marzo era distinto. Era un frío conocido. Era el frío de un lugar que ya tenía nombre dentro de ella, que ya tenía olor y textura y una colcha bordada en azul para cubrirse. Isadora había cumplido 8 años en febrero. La abuela Lola le había hecho una torta de chocolate con ocho velas y le había cantado el feliz cumpleaños sola.

 Con esa voz suya que era más intención que afinación. Y eso había sido todo. No había globos, no había invitados, no había mesa llena de regalos envueltos en papel brillante como en los cumpleaños de antes, donde venían 20 niños del colegio, aunque la mitad ni siquiera fueran amigos de verdad. Solo la torta, solo las ocho velas, solo la abuela cantando desafinada con los ojos llenos de algo que no era tristeza exactamente, pero se le parecía.

 y Renata, que había aparecido a las 5 de la tarde con un dibujo que había hecho ella misma. Isadora y Renata bajo el eucalipto de la escuela con sus uniformes azul marino y sus mochilas y el sol enorme y amarillo sobre sus cabezas, como solo los niños dibujan el sol sin miedo a que sea demasiado grande. Isadora había puesto ese dibujo en el velador al lado de la lamparita amarilla. Seguía ahí en marzo.

Sus padres habían llamado el día de su cumpleaños. Primero su madre, luego su padre, luego los dos juntos en una llamada que sonó extraña con ecos y silencios técnicos que hacían que las voces llegaran partidas. Le cantaron el feliz cumpleaños. Le dijeron que la querían. Le dijeron que pronto, esa palabra otra vez pronto.

 Isadora había soplado las velas y había pedido un deseo. No lo dijo en voz alta, pero era el mismo deseo desde hacía 5 meses. El mismo sin variantes. En la escuela las cosas habían cambiado de una manera que no se podía señalar con el dedo, pero que se sentía en el aire. Renata y ella se sentaban juntas en el recreo.

 A veces se les unía a Tomás. un niño de pelo rizado y rodillas siempre raspadas, que hablaba demasiado rápido y se reía de sus propios chistes antes de terminarlos y a veces también lucía, que era la más callada del grado y que leía durante los recreos con una concentración tan absoluta que el mundo podía terminar a su alrededor sin que ella se enterara.

No era un grupo grande, pero era un grupo. Y tener un grupo, aunque fuera pequeño, cambia la manera en que uno ocupa el espacio. Isadora había aprendido eso en San Marcos del Monte. Había aprendido otras cosas. También había aprendido que el naranjo del jardín de la abuela daba naranjas en junio y que la abuela hacía mermelada con ellas que duraba todo el año en frascos de vidrio alineados en la alacena.

 Había aprendido que el piso de madera de la casa crujía distinto, dependiendo de donde uno pusiera el peso y que si caminaba por el borde derecho del pasillo no hacía ruido, lo cual era útil cuando quería ir al baño de noche sin despertar a nadie. Había aprendido que la abuela Lola rezaba en voz muy baja antes de dormir, sentada al borde de su cama, y que ese murmullo llegaba hasta el cuarto de Isadora y tenía algo de arrullo, algo de conversación con alguien invisible que evidentemente escuchaba.

 Había aprendido que vivir sin privilegios no era lo mismo que vivir sin cosas importantes. Eso había sido lo más difícil de aprender y también lo más valioso. Pero el dolor del silencio seguía ahí debajo de todo lo demás, quieto, esperando, porque las cosas que no se resuelven no desaparecen, solo se quedan más abajo, más adentro, más silenciosas.

 Y a veces, cuando uno menos lo espera, suben. Subieron un miércoles de marzo en el patio de la escuela durante un recreo que empezó como cualquier otro. Isadora, Renata, Tomás y Lucía estaban sentados bajo el eucalipto cuando se acercó un grupo de niños de grado más arriba, de los que a veces cruzaban el patio con esa manera de caminar que tienen los que creen que el espacio les pertenece un poco más que a los demás.

 El que habló primero se llamaba Bruno. 12 años, cabello oscuro, una sonrisa que no llegaba a los ojos. Oye, le dijo a Isadora, es verdad que tus papás son millonarios, pero igual te dejaron tirada acá con la vieja. Renata levantó la vista de inmediato. Tomás dejó de hablar a mitad de una frase yora no respondió. Te pregunto algo,”, insistió Bruno con ese tono que usan los que necesitan que el otro reaccione para sentirse poderosos.

 ¿Es verdad o no? No te conozco, dijo Isadora. La voz igual que aquella vez con Renata, firme, sin temblor, como una línea recta en medio de algo que intentaba doblarla. Bruno se rió. Se rió con los dos que lo acompañaban. No importa que no me conozcas. Todo el pueblo sabe que te dejaron acá sola. tu familia debe tener vergüenza de vos o algo así.

 Y ahí, en ese momento, algo que había estado muy quieto, muy adentro de Isadora, dejó de estarlo. No fue un llanto, no fue un grito, fue algo más profundo y más tranquilo que ambas cosas. fue la certeza súbita y absoluta de que ese niño estaba equivocado. No porque ella supiera con exactitud por qué sus padres la habían mandado, no porque tuviera todas las respuestas, sino porque en algún lugar muy adentro, en ese lugar donde los niños guardan lo que saben sin poder explicar cómo lo saben, estaba segura de que la habían mandado aquí por

amor, aunque ese amor tuviera una forma que todavía no entendía del todo. “Mi familia no tiene vergüenza de mí”, dijo Isadora. Y yo no tengo vergüenza de mi familia. Bruno abrió la boca para decir algo más, pero Renata se paró de golpe con sus trenzas castañas y sus rodillas sin raspar y esa manera suya de mirar que evaluaba constantemente, se paró y dijo en voz perfectamente clara, “Bruno, andate. Nadie te habló.” Silencio.

 Bruno la miró. miró a Isadora, miró a Tomás, que también se había parado, y a Lucía, que había cerrado el libro, y observaba con esa atención tranquila suya, que a veces era más aterradora que cualquier grito. Se fue. Sin decir nada más. Se fue. Isadora miró a Renata. Renata se volvió a sentar como si nada.

 Abrió su cuaderno y dijo, “¿Dónde habíamos quedado?” Y siguieron así no más, como si defendera a alguien fuera la cosa más natural del mundo. Esa tarde, al volver a la casa, Isadora entró a la cocina donde la abuela Lola estaba pelando papas y se sentó frente a ella en silencio. La abuela siguió pelando papas sin preguntar nada y Isadora estuvo así un momento mirando las manos de la abuela, ese movimiento preciso y sin apuro del cuchillo sobre la piel de cada papa. abuela”, dijo finalmente.

“Mhm, ¿por qué me mandaron aquí? ¿Vos sabés?” La abuela dejó la papa y el cuchillo sobre la mesada, se secó las manos en el delantal, miró a Isadora con esos ojos que veían demasiado. “¿Querés la verdad o querés una respuesta que te deje tranquila esta noche?” Isadora pensó en eso. La verdad.

 La abuela asintió despacio. Tu padre está en un problema muy grande con su empresa. No voy a explicarte los detalles porque son cosas de adultos y porque todavía no es el momento. Pero es un problema que tiene enemigos. Y esos enemigos, cuando alguien tiene un problema así, a veces buscan la manera de llegar a lo que más quiere esa persona para presionarlo.

Isadora escuchó cada palabra. Te mandaron aquí”, continuó la abuela, porque aquí nadie sabe quién sos realmente, porque en este pueblo tu apellido no significa nada todavía, porque lejos de la ciudad, lejos de todo lo que tiene tu padre, estás a salvo. El silencio que siguió fue distinto a todos los silencios anteriores.

 Era un silencio lleno, un silencio que pesaba porque tenía contenido, porque había información dentro de él que Isadora necesitaba tiempo para ordenar. ¿Están bien ellos?, preguntó por fin. Están trabajando para estarlo. ¿Por qué no me lo dijeron? La abuela la miró con algo que se parecía a la tristeza, pero también a la comprensión.

 Porque los adultos cuando quieren proteger a alguien, a veces olvidan que proteger no es lo mismo que desaparecer, que el silencio, aunque venga del amor, duele igual. Isadora sintió que algo dentro de ella se movía, no se rompía, no explotaba, se movía como cuando un hueso que estaba en el lugar equivocado vuelve a su sitio y duele exactamente lo justo.

¿Cuándo vuelvo?, preguntó. Cuando sea seguro. ¿Y cuándo es eso? No lo sé, Isadora. Ojalá lo supiera. La honestidad de esa respuesta valía más que todas las promesas vagas que le habían dado hasta entonces. Isadora lo sintió así, lo guardó así. Esa noche no llamó a sus padres, no porque estuviera enojada, sino porque necesitaba quedarse un momento con lo que sabía ahora, dejarlo posarse, dejar que se asentara en el fondo como se asienta la tierra después de que el agua la revuelve.

 miró el naranjo por la ventana durante mucho tiempo y pensó en su padre en algún lugar de la ciudad peleando una batalla que ella no podía ver, pero que ahora tenía forma, y pensó en su madre con ese cansancio que no era de no dormir, sino de cargar algo pesado. Y pensó en sí misma, en esta hisadora de 8 años con un abrigo café de botones dorados que le quedaba grande, con un dibujo en el velador y una amiga de trenzas que se paraba.

 cuando alguien intentaba doblegarla y pensó que quizás, solo quizás, este lugar que no había elegido le había dado cosas que el lugar que había elegido no le habría dado nunca. No era una conclusión feliz, no era una conclusión triste tampoco, era simplemente una verdad con varios filos de esas que uno aprende a sostener con cuidado para no cortarse.

Cerró los ojos. Afuera, el viento movía las ramas del naranjo y hacían ese sonido suave, ese sonido que ya era parte de sus noches, que ya era parte de lo que reconocía como propio. Pronto, esa palabra que tanto había dolido, quizás pronto ahora no dolía igual. Quizás pronto ahora sonaba algo que valía la pena esperar.

 El otoño volvió, no el mismo otoño de hacía un año, ese otoño de llegada que había olido a desconocido y había pesado como algo ajeno. Este era otro otoño. Era el otoño de alguien que ya sabe dónde están las grietas del piso de madera, que ya conoce el sonido exacto, que hace la puerta de la cocina cuando el viento sopla desde el norte, que ya sabe que la abuela Lola pone una manta extra sobre la cama sin que nadie se la pida.

Siempre la noche antes de que llegue el frío de verdad, como si su cuerpo midiera el tiempo de una manera que los termómetros no alcanzan a registrar. Isadora tenía ahora 8 años y 8 meses. Había llegado con 7 años y medio y una mochila rosa con el nombre bordado en dorado. La mochila seguía siendo rosa, el nombre seguía siendo el mismo, pero la niña que la cargaba era otra, no completamente otra.

 Era la misma en lo esencial, en el fondo, en esa cosa que uno es antes de que el mundo empiece a tocarla. Pero había capas nuevas. Capas que solo se forman cuando uno vive algo que no eligió y lo atraviesa de todas formas. La escuela había empezado el nuevo año con algunos rostros nuevos y los mismos de siempre.

 Renata seguía ahí con sus trenzas castañas y su manera de mirar que ya no evaluaba a Isadora, sino que simplemente la veía, que es una diferencia enorme, aunque desde afuera parezca lo mismo. Tomás seguía hablando demasiado rápido y riéndose antes de terminar sus chistes. Lucía seguía leyendo en los recreos, aunque ahora a veces levantaba la vista y decía algo inesperadamente preciso que dejaba a todos en silencio durante un segundo.

 Y la señorita Carmen había vuelto a ser su maestra, porque en la escuela no 14 de San Marcos del Monte los grados eran pequeños y los maestros a veces acompañaban al mismo grupo dos años seguidos, lo cual significaba que la señorita Carmen ya sabía que Isadora era inteligente y callada y que guardaba las cosas y que cuando respondía en clase lo hacía con una certeza tranquila que no era soberbia, sino simplemente confianza.

 una confianza que se había ido construyendo ladrillo por ladrillo durante todos esos meses. Un martes de abril, la señorita Carmen le pidió que se quedara después de clase. Isadora esperó en su banco mientras los demás salían. Renata le lanzó una mirada interrogante desde la puerta yora movió la cabeza levemente. Ya te cuento. Renata asintió y salió.

 La señorita Carmen se sentó en el borde de su escritorio, cosa que nunca hacía. y la miró con esa sonrisa seria y genuina que Isadora ya reconocía. “Quiero proponerte algo.” dijo. “Hay una competencia regional de matemáticas en mayo. Es para niños de 9 y 10 años, pero el director me autorizó a inscribirte aunque tengas ocho.

 ¿Qué decís vos?” Isadora procesó eso. Contra niños más grandes. Contra niños más grandes. ¿Y usted cree que puedo? La señorita Carmen la miró sin pestañear. Yo no te lo propondría si no creyera que podés. Isadora miró la mesa. Pensó en la niña que había llegado a ese pueblo sin querer estar ahí, que había cargado sola su maleta por un pasillo estrecho, que había parado bajo un eucalipto en un patio ajeno sin saber dónde poner los pies.

 Sí, dijo, quiero participar. La señorita Carmen sonrió de verdad. Bien, empezamos a prepararnos la semana que viene. Esa tarde, al llegar a la casa, Isadora entró a la cocina y le contó todo a la abuela Lola, mientras esta revolvía algo en una olla grande. La abuela escuchó sin interrumpir, sin exclamar, sin hacer ese ruido exagerado de sorpresa que hacen algunos adultos cuando los niños les cuentan cosas como si no creyeran del todo que los niños son capaces.

Cuando Isadora terminó, la abuela siguió revolviendo la olla un momento más. Luego dijo, “Tu madre era muy buena en matemáticas.” Isadora la miró. En serio, ganó un premio en la escuela cuando tenía 10 años. Yo todavía tengo el diploma en alguna caja. Isadora se quedó en silencio. Había algo extraño y hermoso en eso.

 Su madre, niña, en esta misma cocina, quizás, con ese mismo olor a canela y a madera, siendo buena en matemáticas, siendo una versión de sí misma que Isadora nunca había conocido. Porque cuando uno conoce a sus padres ya son adultos y uno no piensa que alguna vez fueron niños que ganaron diplomas y comieron alfajores y miraron el mismo naranjo por la misma ventana.

 ¿Puedo ver el diploma? La abuela apagó el fuego de la olla. Después de cenar buscamos la caja. Encontraron el diploma esa noche en el fondo de una caja de cartón que olía a tiempo guardado envuelto en papel de diario amarillento. Era un diploma de cartulina celeste con letras doradas que decía: Primer lugar, Olimpiada Escolar de Matemáticas, 1987.

Marcela Aguilar Bos. Aguilar Boss, el apellido de su madre de soltera, el apellido que Isadora llevaba como segundo apellido y que en la ciudad no significaba nada especial para ella, pero que en este pueblo, en esta casa, en este diploma de cartulina celeste, era la prueba de que había una línea que la conectaba con algo más antiguo y más profundo que cualquier edificio de mármol o cualquier auto negro.

 Lo sostuvo con las dos manos. La abuela la miraba desde el sillón. Ella no sabe que lo guardé, dijo la abuela en voz baja. Nunca le conté por qué. Porque hay cosas que uno guarda no para mostrarlas, sino para saber que existen. Isadora dobló el diploma con cuidado, lo volvió a envolver en el papel de diario y lo dejó sobre la mesita.

 Luego miró a la abuela y dijo algo que no había planeado decir, algo que salió solo desde adentro, desde ese lugar donde estaban todas las cosas que había ido guardando durante casi un año. Abuela, gracias por cuidarme. La abuela Lola no respondió de inmediato. Se quedó mirándola durante un momento con esos ojos que veían demasiado, y luego dijo con una voz que era más suave que de costumbre, pero igual de firme.

Gracias a vos por dejarme hacerlo. Eso fue todo. No hubo abrazo largo, ni llanto, ni declaración, solo esas dos frases que se complementaban como dos piezas de un mismo rompecabezas que habían estado separadas hasta ese momento. Pero algo entre ellas se completó esa noche, algo que no necesitaba nombre para ser real.

 Dos semanas después, un sábado a la mañana, sonó el teléfono de la casa. No el teléfono pequeño de emergencias de Isadora, el teléfono fijo de la abuela, ese aparato negro de dial que estaba sobre la mesita del pasillo y que casi nunca sonaba. La abuela atendió, escuchó, dijo tres palabras, colgó, fue hasta el cuarto de Isadora, que estaba leyendo en la cama con los pies bajo la colcha bordada, y se paró en la puerta.

Isadora. Algo en el tono hizo que Isadora levantara la vista de inmediato. Tus padres llegan el jueves. El libro cayó sobre la cama. Isadora la miró. El jueves de esta semana. El jueves de esta semana. El silencio que siguió duró exactamente 3 segundos. Luego Isadora preguntó con una voz que intentaba ser tranquila y no lo era del todo.

 Los dos, los dos, cuatro días. Cuatro días que pasaron de una manera completamente distinta a todos los días anteriores, porque antes el tiempo pasaba despacio por el peso de la espera, ahora pasaba rápido por el peso de la anticipación, que es otra clase de peso, más liviana, pero más agitada, más difícil de controlar.

 Isadora no durmió bien ninguna de esas cuatro noches, no de angustia, de algo que no sabía cómo llamar todavía, algo que era alegría y miedo y expectativa, y también debajo de todo una pregunta que no había podido hacerse en voz alta, pero que existía. ¿Iba a ser igual que antes? ¿Iban a volver a la ciudad como si nada hubiera pasado? o lo que había pasado todo este tiempo, todos estos meses, iba a estar ahí entre ellos como algo que había que nombrar primero antes de poder seguir.

El jueves llegó con sol, un sol de otoño que no calienta del todo, pero que ilumina con una claridad particular. Esa claridad que hace que las cosas se vean más nítidas que de costumbre, más definidas, como si el mundo quisiera que uno no se perdiera ningún detalle. Isadora estaba en el portal de la casa cuando el auto dobló la esquina.

 No era el auto negro de antes, era un auto más común, más discreto, sin chóer. Lo manejaba su padre. Paró frente a la casa. Las puertas se abrieron. Su madre salió primero. Estaba más delgada. Tenía ojeras que no había tenido antes y el cabello recogido de una manera más simple, sin el cuidado de peluquería de siempre.

 Pero tenía los ojos puestos en Isadora desde antes de que sus pies tocaran el suelo. Y en esos ojos había algo que Isadora reconoció de inmediato porque lo había visto una sola vez aquella mañana en que la habían mandado, pero que ahora era distinto porque antes se había parecido a una despedida y ahora se parecía a un regreso. Su padre salió por el otro lado.

 También estaba diferente, más cansado, más real de alguna manera. como si los meses hubieran quitado algo que antes lo cubría y que Isadora no había sabido que estaba ahí hasta que no estuvo. Caminaron hacia ella. Isadora no corrió. Se quedó parada en el portal con el abrigo café de botones dorados que seguía quedándole grande, pero que ya no sentía ajeno, y los esperó.

 Los dejó llegar. Los dejó cerrar esa distancia que no era solo de metros, sino de tiempo, de silencio, de todas las llamadas que habían caído en el buzón de voz. y de todas las noches que había contado los días bajo la lamparita amarilla. Su madre llegó primero y la abrazó sin decir nada.

 La abrazó con los dos brazos y fuerte, con esa clase de abrazo que dice todo lo que no se pudo decir antes. Y Isadora dejó que la abrazara, cerró los ojos y respiró el olor de su madre, que era distinto al de antes, más simple, sin perfume caro, pero reconocible de todas formas, porque hay olores que no cambian, aunque todo lo demás cambie.

 Su padre puso una mano sobre su cabeza. Hola, mi amor. Hola, papá. Entraron a la casa. La abuela Lola había puesto café y alfajores sobre la mesa. Se saludó con su hija con un abrazo breve y sin palabras que contenía décadas de historia que Isadora no conocía, pero que podía sentir en el aire, como esa clase de conversaciones que existen entre personas que se quieren, aunque a veces no sepan cómo decírselo.

 Se sentaron los cuatro alrededor de la mesa pequeña de la cocina y entonces, por primera vez en casi un año, la familia de Isadora estaba en el mismo cuarto. No era igual que antes. Era diferente, más silenciosa, más cuidadosa, más consciente de sí misma, pero estaba. Su padre habló primero. le explicó con palabras elegidas para que una niña de 8 años pudiera entender sin simplificar tanto, que dejara de ser verdad lo que había pasado, que la empresa había enfrentado una situación muy seria, que había personas que habían intentado

usarlos para presionarlo, que la decisión de mandarla había sido tomada en cuestión de horas, sin tiempo para explicar bien, sin tiempo para preparar nada, que el silencio de los teléfonos no había sido abandono. sino precaución, porque cada llamada podía ser rastreada y ellos no podían arriesgarse a que alguien supiera dónde estaba ella.

 “Estaban protegiéndome”, preguntó Isadora. “Sí, ¿y no pudieron decirme eso?” Su padre la miró y en esa mirada había algo que Isadora no había visto antes en él. Vergüenza. No la vergüenza de quien hizo algo malo, la vergüenza de quien hizo algo con la mejor intención y se equivocó de todas formas. No, y eso fue un error. Debimos haber encontrado la manera de decirte algo, aunque fuera poco.

 El silencio que te dimos fue demasiado Isadora, y lo sabemos. Su madre apretó su mano sobre la mesa yora miró esa mano. Luego miró a su padre, luego miró la fuente de alfajores en el centro de la mesa. Los alfajores que ella y la abuela habían aprendido a hacer juntas en diciembre con harina en la mesada y una mancha blanca en la mejilla de la abuela que ella no sabía que tenía.

 “Yo aprendí a hacer alfajores”, dijo su madre. Parpadeó. “Sí, la abuela me enseñó. Los míos quedaron mejor que los de ella, aunque ella dice que no. Miró a la abuela que estaba bebiendo su café con esa expresión tranquila de siempre. ¿Verdad, abuela? La abuela dejó la taza sobre la mesa. Los tuyos quedaron mejor que los míos, repitió con la misma convicción de la primera vez.

 Su madre soltó una risa corta y suave y su padre también. Y algo en esa risa compartida, pequeña, inesperada, hizo que el aire de la cocina cambiara. No borró nada, no resolvió nada de golpe, pero aflojó algo que había estado tenso durante demasiado tiempo. Esa tarde, mientras sus padres hablaban con la abuela en la sala, Isadora fue sola al jardín.

 Se paró frente al naranjo, ese naranjo viejo con el tronco tan grueso que dos personas no habrían podido abrazarlo juntas. y lo miró durante un momento largo. Había llegado a este jardín en octubre con 7 años y medio. Y una pregunta que no podía responder, ¿por qué la habían dejado ahí? Ahora sabía la respuesta. Era una respuesta complicada con partes que todavía dolían y partes que con el tiempo quizás dejarían de doler y partes que probablemente nunca iba a entender del todo, porque había cosas en las decisiones de los adultos que los

adultos mismos no entendían del todo cuando las tomaban. Pero sabía algo más también, algo que la respuesta sola no le habría dado. sabía que había atravesado algo, que había estado sola en un lugar que no había elegido y había encontrado la manera de estar ahí de todas formas, que había aprendido a cargar su propia maleta, a comer despacio, a reconocer el olor de una casa que no era la suya hasta que se volvió suya, a pararse firme cuando alguien intentaba doblarla, a tener amigos que se paran junto a uno, a

buscar en un diploma viejo de cartulina celeste la línea que la conectaba con algo más antiguo que ella misma. Sabía que el amor a veces viene en formas que duelen, que el silencio de quien te quiere puede ser tan difícil como el silencio de quien no te quiere nada. que proteger y estar presente no son lo mismo y que los dos importan y que a veces las personas que más te quieren no saben hacer las dos cosas al mismo tiempo.

 Y eso también es verdad y también hay que aprender a sostenerlo. Sabía que San Marcos del Monte iba a quedarse dentro de ella para siempre, no como una herida, como una raíz. puso la mano sobre la corteza del naranjo, fría, áspera, real, y dijo en voz muy baja, sin saber bien a quién se lo decía, si al árbol o al jardín, o a esa versión de ella misma que había llegado aquí con los ojos secos y el corazón apretado, y había aprendido de a poco a abrirse.

Gracias. Esa noche sus padres durmieron en la casa de la abuela, su madre en el cuarto de la abuela. su padre en el sofá de la sala, que era corto para él y crujía cuando se movía, pero que aceptó sin quejarse con una humildad que Isadora notó y guardó. Antes de apagar la lamparita amarilla, Isadora miró el velador. El dibujo de Renata seguía ahí.

Isadora y Renata bajo el eucalipto con el sol enorme y amarillo sobre sus cabezas. Lo iba a llevar con ella cuando se fuera. Eso ya estaba decidido. Apagó la luz. Afuera, el viento movía las ramas del naranjo, ese sonido que ya era suyo, que se iba a quedar con ella aunque ya no estuviera aquí para escucharlo.

 Cerró los ojos y por primera vez en casi un año Isadora Aguilar Bos durmió de un tirón sin contar días, sin esperar timbres, sin sostener nada apretado contra el pecho. Solo durmió. Como duerme alguien que terminó de esperar. Como duerme alguien que sabe, aunque le haya costado casi un año aprenderlo, que hay personas que te quieren incluso cuando no saben mostrártelo bien, que hay lugares que te forman aunque nunca los hayas elegido, que hay dolores que no te rompen, sino que te construyen, y que el tiempo, ese tiempo que había

pasado tan despacio cuando dolía, en realidad nunca se pierde del todo, porque todo lo que uno vive mientras espera también cuenta, también forma parte de quien uno es. Todo cuenta siempre. Mis compañeros de historia llegamos al final del camino de Isadora. Y si esta historia les tocó el corazón, si en algún momento sintieron ese nudo en la garganta o reconocieron algo de su propia vida en ella, les pido que me lo cuenten en los comentarios.

 Cuéntenme qué sintieron. Cuéntenme si conocen ese silencio que duele, aunque venga del amor. Sus palabras son lo que hace que este canal siga existiendo. Y si todavía no forman parte de esta familia de compañeros de historia, les sugiero que se unan al canal, porque cada semana hay una nueva historia esperando. Una historia que va a quedarse con ustedes mucho después de que terminen de verla.

Ahora, antes de irse, miren la pantalla. Hay una historia ahí que va a tocar su corazón de una manera que no esperan. No la dejen pasar, se los prometo. Gracias por quedarse hasta el final con Isadora. Gracias por ser mis compañeros de historia.