LA MILLONARIA PARALÍTICA FUE USADA COMO BROMA EN LA CITA… HASTA QUE EL MECÁNICO LA HIZO ALGO.. 

 

Le sirvo un café mientras le echo un ojo al motor. Fabiola levantó la vista. Un tipo en overall azul, manchado de grasa hasta los codos, se había puesto en cuclillas frente a ella. A su nivel, no miraba la silla. Perdón, su camioneta. Señaló con la barbilla hacia el estacionamiento. La oí desde acá. Suena feo.

 Yo creo que es el alternador. 20 minutos antes, Fabiola Montiel habría dicho que no. 20 minutos antes estaba sentada en un restaurante caro con un tal Gerardo. Canas en las cienes, loción que se olía desde la puerta. Buenos zapatos. ¿Y a qué te dedicas, Fabiola? Textiles. Heredé las fábricas de mi padre.

 Vaya, levantó su copa, bonita y exitosa, y en silla de ruedas. No te olvides de esa parte. Eso no me importa. Mentira. Lo supo cuando fue al baño y lo escuchó en el pasillo. Videollamada. Se reía con la pantalla pegada a la oreja. No, gey, te juro. Sí, está en silla de ruedas. ¿Tú crees que me iba a inventar algo así? Pásenme los 500 que me deben.

500 pesos. Eso valía. Se mordió la lengua y le supo a metal. Pasó rodando junto a la mesa sin verlo, empujó la puerta y salió al estacionamiento. Llovía. Giró la llave de su camioneta adaptada. Nada. Otra vez. Nada. No, no, no, no. le pegó al volante con la palma abierta y le dolió la muñeca. Las luces del taller mecánico de enfrente parpadeaban a través del agua en el parabrisas y entonces el tipo del overall cruzó la calle caminando normal como si no lloviera.

 Ahora estaba ahí en cuclillas con un vaso de cartón que olía a canela. Es de olla, dijo. No es Starbucks, pero calienta. Fabiola agarró el vaso. El cartón estaba blando por la humedad. El tipo tenía grasa metida en las líneas de los nudillos, de esa que ya no sale por más que te talles. Siempre les ofrece café a las desconocidas varadas en la lluvia.

 Solo a las que traen un alternador muerto y cara de mala noche. Se le apretó la garganta, tragó. Fabiola le tendió la mano. Mauricio se limpió la palma en el overall antes de tomársela. Venga, la cruzo al taller. Ahí no llueve. Puedo cruzar sola. Ya sé. No se movió. Pero hay un bache ahí que le va a trabar las ruedas. Tenía razón.

Fabiola lo miró un segundo de más y dejó que empujara la silla. Primera vez en 8 años. En el taller sonaba una norteña en un radio con la antena amarrada con cinta. Olía a solvente y a café quemado. Le ganaba al restaurante por mucho. Mauricio levantó el cofre de la camioneta y silvó. Alternador, como le dije, tiene arreglo. 30 minutos.

 Si no se complica. 30 minutos. Fabiola sopló el café. No debería llevarla a la agencia. Puede le cobran cinco veces más y le dicen exactamente lo mismo. Se metió bajo el cofre. Los controles manuales se los puso adaptaciones del valle, ¿verdad? Fabiola bajó el vaso. ¿Cómo sabe eso? ¿Por cómo está la instalación? Hacen buen trabajo, pero les queda grande la palanca del freno en camionetas de este tamaño.

 ¿Le cansa la muñeca derecha después de manejar un rato largo? 8 años con la silla y nadie le había preguntado eso, ni los doctores, ni los de la agencia, ni el fisioterapeuta. Sí, dijo despacio. Sí, me cansa. Es el ángulo. Está como 2 grados abierto. Se corrige fácil. Sacó la cabeza del cofre. Tenía una mancha de grasa en la ceja.

Si quiere, otro día se lo ajusto. No es gran cosa. ¿Usted sabe de controles manuales? Mauricio volvió al motor. Se tardó en contestar. Le hice unos a mi esposa para su coche. Una tuerca giró cuando ya no podía usar los pedales. Solo la norteña del radio llenando el hueco. Ya no. Cáncer, hace 3 años. Lo siento. Sí. giró otra tuerca.

 Yo también. Fabiola bebió el café. No preguntó más. Sabía que el dolor de otro no se toca hasta que te lo acercan. ¿Y usted? Mauricio habló desde adentro del cofre con la voz medio ahogada. La noche mala fue por el alternador o por algo de antes una cita. Mala, pésima. Se rió, pero sin ganas. Soy la millonaria en silla de ruedas, muy buena para las apuestas, muy mala para cenar.

 Mauricio salió del cofre, la miró como si estuviera decidiendo algo. No preguntó. El tipo era un idiota. Ni siquiera sabe qué pasó. No necesito saberlo. Si la dejó irse sola bajo la lluvia, es un idiota. No hace falta más. Fabiola abrió la boca, la cerró. Siempre es así de directo. Mi esposa decía que era un defecto.

 Se limpió las manos con un trapo que algún día fue rojo. Pruebe a encender. Fabiola se transfirió a la camioneta, giró la llave. El motor arrancó a la primera. 30 minutos dijo Mauricio. Como le dije, “¿Cuánto le debo?” Un alternador a las 10 de la noche bajo la lluvia. se rascó la barbilla. Un café ya me lo pagó. Se despidieron en la puerta del taller.

Fabiola manejó a casa. Llovía menos. A medio camino se descubrió sonriendo y no supo desde cuándo. Al llegar buscó el teléfono para llamar a Jimena. No estaba, se lo había dejado en el taller. Se le quedó junto a la caja de herramientas. Mauricio le extendió el teléfono. Tiene como 20 llamadas perdidas de alguien que se llama Shime.

 Mi hermana Fabiola lo guardó en su bolsa. Es capaz de reportarme como desaparecida si no le contesto en dos horas. ¿Quiere pasar? Estaba por pedir unos tacos. No debería haberse quedado. Se quedó. El carrito estaba a media cuadra. Mauricio trajo cuatro de bistec en un plato de plástico que se pandeaba por el peso, dos aguas de jamaica en bolsa con popote y una salsa verde en un vasito de unicel que según él solo pica tantito.

Usted y yo tenemos definiciones muy distintas de tantito. Fabiola se limpió los ojos con el dorso de la mano. Esto es veneno puro. Es sabor, se rió. Mauricio también. Y algo raro pasó. Nada grande. No más dejó de esquivarle la mirada. ¿Puedo enseñarle algo? la llevó al fondo del taller.

 Bajo una lona gris que tenía un agujero del lado izquierdo había un Mustang del 68 color arena donde no estaba lijado. Sin motor. Era de mi padre, dijo Mauricio. Lo llevo 3 años armando. Va lento porque las piezas cuestan un ojo. Va a quedar muy bien. Va a quedar algo ahorita. No más es un cascarón con ruedas. Se frenó. Perdón, ¿no fue un chiste de ruedas? Fabiola levantó una ceja.

 Yo tengo como 10. El de la rampa es el mejor. Mauricio soltó el aire. Ella pasó la mano por la puerta del coche. La pintura estaba lijada, áspera en los bordes, suave en el centro. “Mi accidente fue hace 8 años”, dijo sin saber bien por qué. Un tráiler en la carretera a Aguas Calientes. Mi esposo me dejó 6 meses después.

 Mauricio dejó de secarse las manos. Dijo que él no había firmado para esto. Se encogió de hombros como si el matrimonio fuera un contrato con letra chiquita. Sí, firmó para eso. Exactamente para eso. Bueno, pues él no lo leyó. Mauricio se sentó en el banco de trabajo. Tardó un rato. Estela se tardó 14 meses en morirse. La voz le bajó.

 Y cada día de esos 14 meses yo le daba gracias a Dios por uno más. Si su esposo no pudo con una silla de ruedas. Negó con la cabeza. No merecía el asiento de junto. Fabiola se quedó callada mirando una mancha de aceite en el piso que parecía la forma de un país. La puerta del taller se abrió de golpe.

 Un tipo de gorra grasienta entró medio pateando la puerta. Oye, Mau, ¿tienes cambio de Se frenó? miró a Fabiola de arriba a abajo con una curiosidad de mal gusto. Ah, espera, yo te conozco. Tú eres la de la apuesta, ¿no? La del restaurante con Gerardo. ¿Qué apuesta? Dijo Mauricio. El tipo se rió. Pues la de Gerardo gey.

Apostó 500 a que sacaba a cenar a la de la silla de vete. ¿Qué? ¿Que te largues ya? El tipo miró a Mauricio, se fue sin cerrar la puerta. Fabiola, no. No agarró las ruedas con fuerza. Se le pusieron blancos los nudillos. No me mire así. Así como como si fuera algo que hay que proteger, como si necesitara que alguien me rescate del hombre malo.

 Mauricio dio un paso. No la estoy mirando así. Claro que sí, todos lo hacen. Primero ven la silla, después sienten lástima, después se sienten bien consigo mismos por ser buenas personas con la pobre inválida. Fabiola, yo no. Gracias por el alternador, Mauricio, y por los tacos, pero no necesito otro hombre que me vea como su buena acción del día.

se transfirió a la camioneta antes de que él pudiera decir nada. Arrancó, no miró el retrovisor. Mauricio se quedó parado en la entrada del taller con las manos colgando y la boca abierta en la mitad de una frase que ya no iba a ningún lado. Dos días. Fabiola reorganizó el closet. Se peleó con Jimena por teléfono por lo de una factura.

No durmió bien. Reorganizó el closet otra vez. Estás insoportable”, dijo Jimena al tercer día. ¿Me vas a decir qué te pasa o voy a tener que adivinarlo? No me pasa nada. ¿Te estás comiendo el tercer plato de cereal a las 11 de la noche? ¿Algo te pasa? Fabiola dejó la cuchara en el plato. Sonó fuerte. Conocí a alguien.

 En la cita pensé que había sido un asco. No, en la cita. Después un mecánico me arregló la camioneta y nada. Le dije cosas feas y me fui. Jimena se cruzó de brazos. Le gritaste al mecánico que te arregló la camioneta gratis bajo la lluvia. Es más complicado que eso. No, Fabi, no lo es. Llevas 8 años castigando a todo el mundo por lo que hizo Gustavo.

 Y este señor no es Gustavo. ¿No lo conoces? No me importa. Dame la dirección, Jimena, ni se te ocurra. Taller Pizarro, ya lo busqué. Sale en Google Maps y todo. Shimena, voy mañana. Shimena. Fue al día siguiente. Entró al taller con sus tacones sonando en el concreto como si fuera la dueña del local.

 Mauricio estaba debajo de un Tsuru. Lo único que vio fueron unos zapatos que no pintaban nada ahí. Mauricio Pizarro. ¿Quién pregunta? Jimena Montiel, hermana de Fabiola. Ella no sabe que estoy aquí. Si se entera me mata, pero eso es mi problema. Entonces, ¿para qué vino? Porque mi hermana lleva 8 años esperando que alguien la vea a ella y no a la silla.

Jimena se agachó para verle la cara bajo el coche. ¿Y por qué usted tiene cara de que tampoco ha dormido bien estos días? Mauricio no contestó. Salió de debajo del coche, se limpió las manos, le tomó un rato. ¿Dónde vive? El ruido venía del garaje. Fabiola dejó el libro. Sábado 7 de la tarde.

 Nadie debería estar en el garaje. Agarró el teléfono por si acaso. Se asomó por la puerta que conectaba la casa con la cochera. Dos piernas salían de abajo de su camioneta. Tenis gastados. Overol azul. Una caja de herramientas abierta en el piso con las llaves todas revueltas. Mauricio, las piernas dejaron de moverse.

 ¿Cómo entró a mi garaje? Su hermana me dio el código del portón. Salió de debajo de la camioneta, tenía grasa en la nariz y en una oreja. Antes de que me diga algo, no vine a rescatarla. Entonces, ¿qué hace debajo de mi camioneta? Se puso de pie. Tenía en las manos una pieza de metal curva del tamaño de una mano abierta. No era de fábrica.

 Tenía marcas de lima en los bordes y los tornillos nuevos. Es un control manual. Le dio vuelta a la pieza. Lo hice yo. El ángulo está calibrado para su camioneta. La palanca es más corta. El recorrido del freno más suave. No le va a cansar la muñeca. Fabiola miró la pieza, las marcas de Lima, los bordes pulidos a mano. Usted hizo esto para mí.

 Es lo que hago, Fabiola. Arreglo cosas. Se sentó en el piso del garaje a su nivel, como aquella noche. No vine a salvarla. Vine porque hace 3 años que no quiero arreglar nada para nadie. Y con usted, con usted me dieron ganas otra vez. Ninguno dijo nada. De algún lado llegó el ladrido de un perro dos veces y luego nada. Le dije cosas horribles.

 Dijo Fabiola bajito. Sí. Dije que me veía como un proyecto. Sí, me equivoqué. También tenía un poco de razón. Mauricio se rascó la nuca. Soy mecánico. Veo algo que no jala bien y quiero meterle mano. Pero usted no está descompuesta, Fabiola. La silla no la descompone. El imbécil de la apuesta no la descompone. Lo que sí estaba mal era el ángulo de su palanca de freno.

 Kit se limpió la nariz con el dorso de la mano. Se embarró más grasa. Eso sí lo puedo arreglar. Fabiola se rió. No de cortesía. De verdad. Se le salió una lágrima y se la limpió con la manga, enojada de que se le hubiera salido. Eso es lo más raro que alguien me ha dicho. Estela me decía lo mismo. Se quedaron callados, no incómodos, callados y ya.

Instálelo dijo Fabiola. El control. Sí. Y después me va a llevar a dar una vuelta. Yo manejo. Mauricio se paró. Le costó porque tenía las rodillas tiesas de estar en el piso. ¿A dónde? Al puesto de tacos. Me debe una salsa que no sea un arma biológica. Esa no existe. Pues invéntela. Le tendió la mano. Él se la tomó.

 Mano llena de grasa contra mano tibia. Y quédese un rato. Se quedó. 6 meses después. El taller Pizarro tenía una rampa nueva en la entrada. Concreto gris. Barandal de tubu galvanizado. No era bonita, pero estaba derecha y no se resbalaba cuando llovía. Típico de Mauricio. Fabiola cruzó la rampa con dos vasos de café de la cafetería de la esquina.

 Jimena juraba que era mejor que el de olla del taller. Mauricio no estaba de acuerdo, pero se los tomaba sin quejarse. Llegó la jefa, dijo el ayudante, un chamaco que no podía tener más de 19. No le diga, jefa. Mauricio salió de debajo de un zuru. Se lo cree. Soy inversionista. Es peor. Es lo mismo con factura. Se sentaron en el banco de siempre junto al Mustang del 68, que ya tenía motor, y una capa de pintura arena que todavía olía a fresco.

Comieron tacos del mismo carrito. Fabiola ya le entraba a la salsa sin llorar. No lo iba a admitir. Oye, se limpió los dedos en una servilleta que se rompió a la mitad. ¿Te acuerdas del primer café? El del alternador. Ese. ¿Sabías que esa fue la peor noche de mi vida? Mauricio le quitó una mancha de salsa de la mejilla con el pulgar.

Tenía las manos casi limpias por una vez y la mejor mía en 3 años. Que par. Fabiola negó con la cabeza. La peor de una y la mejor del otro. Mauricio le agarró la mano, se la llevó a la boca y le besó los nudillos. Despacio. Le raspó la barba de dos días en los dedos. Afuera empezó a llover. Adentro los dos se quedaron sentados con los vasos vacíos y el radio tocando algo que ninguno conocía, pero que ninguno apagó. M.