COMO HERENCIA, LA JOVEN EMBARAZADA RECIBIÓ UNA CASA DE PAJA — Y EL CIELO SORPRENDIÓ A TODOS…

Como herencia, la joven embarazada recibió una casa de paja y el cielo sorprendió a todos. Hay cosas que duelen más que un golpe, que no gritan, no sangran, pero se quedan clavadas en el pecho para siempre. Esta es la historia de una muchacha de 19 años, 7 meses de embarazo, y un padre que la miró como si fuera un error que había que esconder.
Le dieron una casa de paja para que se muriera en silencio. El cielo decidió que no iba a ser así. Bienvenidos y comenten desde qué parte de México o de dónde ven esta historia. Suscríbanse al canal para no perderse ningún relato. Su nombre era Remedios Vargas y su familia era de las que se llaman decentes en el pueblo.
Don Aurelio, su padre, era dueño de la ferretería más grande de San Cristóbal del Monte. Hombre serio, de misa los domingos, de sombrero limpio y palabra pesada. La madre de remedios había muerto cuando ella tenía 12 años y desde entonces la casa la manejaba la tía Consuelo, hermana de don Aurelio, una mujer dura como el pedernal que nunca quiso bien a la muchacha.
Cuando Remedios cumplió 17, llegó al pueblo un hombre llamado Rodrigo. Era hijo de un comerciante de la ciudad. Pasó tres meses vendiendo telas y ella, que nunca había salido de San Cristóbal, se enamoró de sus palabras bonitas y sus promesas. más bonitas todavía. Le prometió matrimonio, le prometió llevársela, le prometió todo lo que una muchacha de pueblo quiere oír.
Cuando Remedios quedó embarazada, Rodrigo desapareció sin despedida, sin carta, sin nada, como si nunca hubiera existido. Ella tardó dos meses en decírselo a su padre, dos meses cargando ese secreto sola, rogándole a Dios que Rodrigo regresara, que todo fuera un malentendido. Pero Rodrigo no volvió. Y el vientre no mentía.
El día que se lo dijo a don Aurelio fue un martes por la tarde. Él estaba sentado en la sala leyendo el periódico con los lentes puestos y una taza de café en la mesita. Remedios se paró frente a él con las manos juntas y le dijo todo. Que estaba embarazada, que Rodrigo se había ido, que tenía miedo. Él no gritó.
Eso fue lo peor. No gritó, no lloró, no se levantó, solo dobló el periódico despacio, se quitó los lentes, los limpió con el pañuelo y la miró con esa cara suya fría, cerrada, como puerta que ya no tiene bisagra. Esta casa ya no es tu casa, dijo. Tres días después, una mañana de jueves, sacaron sus cosas en dos costales.
La tía Consuelo los preparó, tirando la ropa sin doblar como si fuera basura. Don Aurelio no salió a despedirla. El vecino fulgencio, que hacía mandados para la ferretería, la llevó en su camioneta vieja. No le habló en todo el camino, solo manejó. Remedios. Iba sentada en el asiento de adelante con una maleta vieja de cartón apoyada entre las piernas y un sombrero de palma puesto para cubrirse del sol que pegaba fuerte por el parabrisas.
Llevaba la mano libre sobre el vientre, protegiéndolo sin pensar como hacen las madres antes de saber que ya lo son. Iban por un camino de terracería que ella nunca había tomado, alejándose del pueblo, subiendo hacia el cerro que la gente llamaba el cerro del Saú, porque había un árbol de sauce grande y viejo a la mitad de la loma.
El camino era polvo y piedra con baches que hacían rebotar la camioneta. Con cada sacudida remedios apretaba más la mano sobre el vientre. Llegaron a un terreno apartado, rodeado de monte cerrado, y allí, recargada contra la ladera, había una choosa. Ni siquiera se le podía llamar Jacal. Era una construcción vieja de palos y lodo, con techo de zacate sucio y agujereado.
En lugar de puerta había un costal de Xle colgado de un clavo. Las paredes tenían grietas por donde entraba el viento. El suelo era tierra apelmazada y húmeda. Fulgencio bajó los costales sin decir palabra, subió a la camioneta y se fue. Remedios se quedó parada frente a aquella cosa con la maleta en la mano y el sombrero todavía puesto. Mirándola.
El viento movía el costal de la entrada. A lo lejos, un pájaro gritó en el monte. El olor era a tierra mojada y a encierro, al lugar donde nadie había vivido en mucho tiempo. Tenía 19 años, 7 meses de embarazo y estaba completamente sola en el cerro. Entró despacio. El interior era oscuro y chico.
Había una tabla vieja recargada en la pared que tal vez servía de cama, un cajón de madera sin tapa en la esquina y en el rincón del fondo un montón de paja vieja y seca apilada contra la pared, cubierta de polvo y telarañas. El techo era tan bajo que con estirar el brazo casi se tocaba. Por los agujeros del zacate se colaban rayos de luz que iluminaban el polvo flotando en el aire.
Se sentó en el suelo, no en la tabla, en el suelo. Con la espalda en la pared fría, puso las manos sobre el vientre y sintió al bebé moverse. Ese movimiento suave que llevaba semanas sintiéndose y por primera vez desde que salió de casa de su padre lloró. Lloró sin ruido, sinoos, solo con las lágrimas cayendo solas.
Lloró por ella, lloró por el bebé, lloró por la madre que no tenía, lloró por el hombre que la abandonó y por el padre que la echó. Lloró hasta que no quedó nada y cuando se acabaron las lágrimas se quedó mirando el rincón del fondo, la pila de paja vieja. Había algo que brillaba debajo. Al principio pensó que eran ojos de animal.
Dio un respingo y se pegó más a la pared, pero los ojos no se movían, no parpadeaban, solo brillaban con ese filo metálico quieto que tiene el hierro viejo cuando le pega la luz. Se levantó despacio con esa pesadez que da el embarazo en los últimos meses y se acercó. Apartó la paja con el pie. Debajo había una argolla de hierro gruesa, oscura de óxido, sujeta a una tabla que no era parte del suelo natural.
Era una tabla clavada, diferente al resto, más reciente. Se arrodilló con dificultad. Pasó la mano por la argolla, estaba fría y pesada. Tiró suavemente, no se movió, tiró más fuerte y de pronto la tabla chirrió, un sonido seco que llenó la chosa y le heló la sangre. Soltó y retrocedió el corazón disparado. Esperó. Nada pasó.
Se quedó mirando aquella argolla por un largo rato. Algo dentro de ella, más fuerte que el miedo, le decía que aquello no estaba allí por casualidad. Pero era tarde, el sol empezaba a bajar. Tomó ropa de los costales, tapó los agujeros que pudo con lo que encontró, acomodó la tabla vieja para dormir y se envolvió en lo que tenía.
El frío de la noche entró por todos lados. El monte sonaba, crujía, respiraba. Remedio se quedó despierta con los ojos abiertos, el vientre encima de ella como un mundo propio, rezando en voz muy baja. A la mañana siguiente, con la luz del día, volvió a la argolla. Esta vez jaló con fuerza con las dos manos, inclinando todo el peso del cuerpo hacia atrás.
La tabla crujió, se resistió y luego se dio de golpe con un golpe sordo. Levantó una nube de polvo que la hizo toser. Cuando se dispersó, vio lo que había debajo, un hueco en la tierra, hondo, oscuro, y dentro, apilados con cuidado, costales de tela amarrada con mecate grueso. El corazón le latió tan fuerte que lo sintió en los oídos. Sacó el primer costal.
Era pesado más de lo que esperaba y tuvo que sentarse en el suelo para abrirlo con cuidado, desatando el nudo con los dedos torpes del nervio. Cuando la tela se abrió y vio el contenido, se quedó sin aliento. Monedas, monedas de oro, muchas apiñadas hasta el borde, viejas con un peso de un lado y un águila del otro.
Las tomó una por una, mirándolas, pasándolas entre los dedos. Eran reales, eran pesadas, eran oro. Volvió al hueco. Había cuatro costales. El segundo también tenía monedas. El tercero tenía piedras de colores rojas y verdes y una casi transparente que brillaba como si tuviera luz propia. El cuarto tenía monedas de plata, más oscuras, más gastadas, pero igual de pesadas.
se quedó sentada allí en el suelo de tierra, rodeada de aquel tesoro, con las manos temblando y el bebé moviéndose dentro de ella, y no supo si reír o llorar o rezar. Luego llegó el miedo. Era una muchacha sola, embarazada, sin nombre, sin marido, sin nadie que la defendiera. El oro no le iba a servir de nada si venían a quitárselo o algo peor.
Cerró los costales, los volvió al hueco, acomodó la tabla. cubrió todo con paja y polvo y se quedó sentada encima pensando. Esa noche escuchó pasos eran lentos, pesados, afuera de la chosa, pisando ramas secas con cuidado, como alguien que no quiere ser oído, pero tampoco se aleja.
Remedios se quedó quieta sin respirar. Los pasos se detuvieron cerca de la entrada. El costal de Xle se movió levemente, como si alguien lo hubiera rozado. Luego silencio, luego pasos alejándose. Esperó hasta que el monte se quedó quieto del todo. Después se abrazó las rodillas y se puso a rezar en serio, con los labios moviéndose solos, rezando como le había enseñado su madre antes de morirse, con esa fecilla que no tiene palabras bonitas, pero que sube derecho al cielo.
Al día siguiente, al amanecer, caminó al pueblo. Eran dos horas de bajada por el camino de tierra, con los pies hinchados del embarazo y el sol empezando a pegar. Llevaba una moneda escondida en el reboso, envuelta en un trapo viejo, apretada contra el pecho. Entró a la tienda de abarrotes de Doña Paz, una mujer de pelo recogido y delantal floreado, que la miró sin disimulo cuando cruzó la puerta.
Remedios no dijo nada del embarazo, nada de donde venía. Pidió sal, masa, jabón, frijoles, una vela. Cuando llegó la hora de pagar, sacó la moneda del reboso y la puso en el mostrador. Doña Paz la miró, la tomó, la volteó, la mordió levemente, sus cejas se juntaron. ¿De dónde sacó esto, muchacha? Guardada, respondió Remedios, sosteniendo su mirada.
La mujer la estudió un momento, luego fue al fondo, sacó un manojo de billetes y dio el cambio sin preguntar más. Cuando Remedios ya iba saliendo, se detuvo. ¿Conoce a algún carpintero por aquí de los que trabajan bien y no andan contando lo que ven? Doña Paz secó las manos en el delantal. Está don Emigio Salinas.
Vive pasando el río cerca del mesquite grande. Es viudo, hombre serio, no es de chismes. Encontró a don Emigdio tres días después. Su casa estaba al final de un camino angosto entre plataneras, sencilla, pero bien hecha, con las paredes encaladas de blanco y el tejado sin agujeros. Él estaba en el patio lijando una puerta apoyada en dos caballetes con las mangas arremangadas y vir los brazos.
Era un hombre de unos cinquent y tantos años de espalda ancha y cabello gris cortado corto. Tenía las manos grandes y llenas de cicatrices de trabajo y una manera de moverse lenta y segura que no era pereza, sino calma. Cuando vio llegar a remedios, se detuvo, dejó la lija y esperó. ¿Es usted don Emigdio? Soy yo.
Doña Paz me dijo que trabaja bien y que es discreto. Tengo una chosa en el cerro del Saú que necesita arreglo. Él la miró sin apuro, sin prisa, y luego bajó los ojos al vientre visible bajo el reboso y los subió de nuevo a su cara sin juicio, sin lástima. ¿Cuándo quiere que vaya a ver? Mañana. Si puede, puedo. Al día siguiente, don Emigdio apareció temprano con un costal de herramientas al hombro.
Recorrió la chosa despacio golpeando paredes, probando vigas, mirando el suelo. No dijo nada en un buen rato. Cuando terminó, se plantó frente a remedios. Se puede arreglar, dijo. Pero hay que trabajarle de verdad. ¿Cuánto? Depende. Si quiere hacerlo bien, necesita madera, teja, cal, clavos, dos semanas de trabajo, tal vez tres.
Tengo con qué pagar. Él asintió. Empieza el lunes. Fue entonces cuando sus ojos cayeron sobre el rincón donde Remedios había tapado el hueco con paja. Don Emigdio siguió su mirada. ¿Hay algo ahí? Nada, dijo ella, solo paja vieja. Él no dijo más, pero en sus ojos ella vio que no le había creído.
El lunes llegó con una carreta y comenzó. Trabajaba desde temprano hasta que el sol se iba en silencio con esa disciplina de quien lleva años haciendo lo mismo y ya no necesita pensarlo. Remedios hacía la comida, frijoles de olla con chile y tortillas de comal. Y él comía sin hablar, agradecía con un gesto y volvía al trabajo.
Poco a poco empezaron a hablar. Fue él quien abrió primero. Una tarde, descansando a la sombra del sauce del cerro, le dijo que su mujer, doña Elvira, había muerto 3 años atrás de un mal en el pecho que los médicos no supieron curar, que sus dos hijos se habían ido al norte a buscar trabajo y que casi no escribían, que la casa que tenía junto al río la había construido para ella y que a veces se le hacía muy grande y muy callada.
Remedios escuchó sin interrumpir. Cuando él terminó, la miró. ¿Y usted cómo llegó a este cerro? Ella le contó, no todo, pero lo suficiente. Le habló de su padre, de Rodrigo, de los costales que Fulgencio dejó en el polvo. Don Emigdio escuchó con los ojos fijos en el horizonte. Cuando ella terminó, estuvo callado un momento.
“El hombre que abandona a una mujer embarazada no es hombre”, dijo. Y el padre que echa a su hija tampoco merece ese nombre. En ese silencio entre los dos se entendieron dos personas a quienes la vida había arrinconado, cada quien a su manera. Las semanas pasaron, la chosa fue cambiando, las paredes se afirmaron, el techo de Zacate fue reemplazado por teja de barro.
Don Emigdio hizo una puerta de madera con cerrojo de fierro, niveló el suelo, cubrió la tierra con tablas, hizo una ventana pequeña que dejaba entrar la luz de la mañana. Poco a poco aquel lugar dejó de ser un refugio de animales y empezó a parecerse a algo habitable. Pero el miedo no se fue. Todas las noches antes de dormirse, remedios iba a la esquina, levantaba la tabla, miraba los costales, seguían ahí y seguía sintiéndose que alguien andaba por el cerro de noche.
Pisadas que no eran de animal, silencios que se sentían observando. Una tarde, don Emigdio levantó unas tablas viejas que quedaban en el rincón y se quedó mirando el suelo con una expresión extraña. Esta tierra fue removida dijo hace poco. La sangre le bajó a remedios de la cara. Alguien cabó aquí y volvió a tapar. Se levantó y la miró directo.
Si hay algo que no me está contando, es mejor que hable ahora. Ella lo miró. Miró sus manos callosas, sus ojos honestos, su cara de hombre que no tiene cara de mentiroso ni de ladrón y quiso contarle, pero el miedo fue más fuerte. Debe ser un tlacuache”, dijo. Escarban mucho. Él sostuvo su mirada un segundo más, luego asintió despacio.
“Está bien, pero si necesita ayuda, solo diga. Esa noche Remedios no durmió pensando en lo que había dicho. Alguien había vuelto al hueco. Alguien sabía. Dos días después, por la mañana, llegó su padre. No vino solo. Venía con el tío Bernardo y con un hombre joven que ella no conocía, los tres a caballo.
Don Emigdio estaba en el techo terminando unas tejas. Cuando vio a los tres hombres, bajó despacio y se plantó en la entrada. Buenos días. ¿En qué les puedo servir? Don Aurelio lo miró de arriba a abajo. Vengo a ver a mi hija que allá decide si quiere verlo. Respondió don Emigdio sin moverse. Remedios salió.
Su padre la miró el vientre, luego la cara. En el pueblo andan diciendo que encontraste dinero, que pagaste a un carpintero para arreglar esto. ¿De dónde salió? Trabajo, dijo Remedios. ¿Qué trabajo? Dijo el tío Bernardo desde atrás. Embarazada y en este cerro. No inventes. Lo que yo haga con lo que es mío no es asunto de nadie, respondió ella y le sorprendió lo firme que salió la voz. Don Aurelio dio un paso.
Esta tierra es mía. Yo te la di. Me la dio para que me muriera en ella. Dijo Remedios. No me morí. El silencio que siguió pesó como piedra. Tienes tres días, dijo don Aurelio al final para explicarme de dónde salió ese dinero. Si no, vengo por ti y te regreso a la casa y ahí te quedas encerrada hasta que nazca esa criatura.
Don Emigdio se interpuso. Ya escuchó a su hija. Lo que ella tiene es suyo. Le pido que se vaya. Don Aurelio lo miró largo. Luego miró a su hija una última vez y se fue. Cuando el ruido de los caballos se perdió, las piernas de remedios temblaron y tuvo que apoyarse en la pared. ¿Está bien? Preguntó don Emigdio.
No, respondió ella y empezó a llorar. Él no dijo nada, solo se sentó en el umbral y esperó a que pasara sin incomodar, sin preguntar. Cuando se le acabaron las lágrimas, remedios, le contó todo. El hueco, los costales, las monedas, las piedras, el miedo, las pisadas de noche, la tierra removida, todo. Don Emigdio escuchó sin interrumpirla.
Cuando terminó, se quedó callado un tiempo largo mirando el monte. hizo bien en guardar el secreto. Dijo por fin, si lo hubiera contado antes, ya no estaría aquí. ¿Qué hago? Pensó. Hay que mover parte del tesoro esta noche, dejar algo en el hueco para que si su padre manda a alguien a revisar, encuentre casi nada. Lo importante lo escondemos en otro lado.
Conozco una cueva detrás de la quebrada del norte. Nadie va por allá. Esa noche trabajaron juntos. Don Emigdio trajo un farol y dos costales de arpillera. Sacaron tres de los cuatro costales, los cargaron por el monte siguiendo el farol y los escondieron en la cueva entre piedras y raíces cubiertos con ramas.
El cuarto costal lo volvieron al hueco tapado como siempre. Regresaron casi al amanecer. Remedios estaba agotada, con los pies hinchados y el vientre pesado. Se sentó en la cama y por primera vez en semanas sintió algo parecido a alivio. Don Emigd Dios se detuvo en la puerta a punto de irse. Remedios.
Su padre va a volver y la próxima vez no va a venir solo con dos hombres. No puede quedarse aquí sola con el bebé que viene. Ya lo sé. Él se quedó callado un momento. Hay una cosa que resuelve todo esto de un solo golpe, dijo despacio. Pero no quiero que se sienta obligada a nada. Dígame. Se volteó y la miró. En sus ojos había algo serio y quieto, sin prisa.
Si usted acepta casarse conmigo, su padre no puede hacer nada. La tierra pasa a ser de los dos. El bebé nace con nombre y yo vivo aquí para que ningún hombre le ponga una mano encima. El silencio que siguió fue largo. Don Emigdio dijo remedios de espacio. Usted tiene 50 y cuántos años. Yo tengo 19. Lo sé, dijo él.
No le estoy pidiendo amor de novela, le estoy pidiendo compañía y respeto y ofrezco lo mismo. Ella lo miró. Miró sus manos, sus ojos, la manera que tenía de pararse firme, sin amenazar. Pensó en lo que era estar sola, pensó en el bebé que venía y pensó en algo que llevaba semanas viendo sin ponerle nombre, que don Emigdio era bueno, no perfecto, no joven, no lo que ella había imaginado cuando era niña, pero bueno.
Y en ese cerro, en ese momento de su vida, bueno, era lo más valioso que podía existir. No es por obligación, dijo, es porque usted se lo merece y yo también. Él respiró hondo. Entonces, sí, se casaron un viernes en la iglesia del pueblo con el padre Cipriano, que los miró a los dos con esa cara de sacerdote que ya lo ha visto todo y nada le sorprende.
Remedios fue con su mejor vestido, el único que todavía cerraba sobre el vientre. Don Emigdio se puso camisa blanca y pantalón limpio y se peinó el cabello gris con agua. Cuando el padre preguntó si aceptaba, ella dijo sí con la voz firme. Cuando le preguntó a él, don Emigdio la miró y dijo, “Sí de la misma manera, quieto y seguro, como todo lo que hacía.
Dos descartados, un viudo y una muchacha con la deshonra encima, casados un viernes por la mañana, sin flores, sin música, sin nadie aplaudiendo. Y sin embargo, cuando salieron de la iglesia tomados de la mano, Remedios sintió algo que no esperaba. Dignidad. Don Aurelio se enteró por el pueblo.
No volvió, no mandó recado. El silencio de su parte fue el único lenguaje que siempre supo usar. Con el tiempo, poco a poco, fueron canjeando las monedas. Don Emigdio conocía a un hombre en la ciudad de Oaxaca que compraba piezas viejas sin hacer muchas preguntas. Iban cada dos meses con unas pocas monedas envueltas en trapo y volvían con dinero suficiente.
Compraron el terreno del cerro con papeles y todo. Arreglaron la casa de verdad con ladrillo y cemento y ventanas de vidrio. Don Emigdio construyó un cuarto extra para el bebé con una cuna de madera que hizo con sus propias manos. El bebé nació el 14 de diciembre de 1956. en esa casa ya convertida en hogar, con una partera del pueblo que llegó a tiempo y con don Emigdio esperando afuera en el frío sin moverse de la entrada.
Fue niña, la llamaron esperanza porque eso era. Cuando la partera se la puso en los brazos por primera vez caliente y llorando, Remedios miró a don Emigdio en la puerta y él la miró a ella. Y en ese momento los dos supieron que Dios no hace las cosas como uno las planea, las hace como las necesita. Años después, cuando Esperanza tenía ya 5 años y corría descalsa por el terreno del cerro que era de ellos, Remedio se sentaba en el portal por las tardes y miraba el monte.
Don Emigd Dios siempre llegaba a sentarse a su lado con una taza de café caliente y se quedaban así viendo caer el sol. Una tarde él le preguntó en qué pensaba, “En que me dieron una casa de paja para que me muriera”, dijo ella. “Y mire lo que hay ahora.” Él sonríó. Esa sonrisa suya quieta y real. Dios tiene maneras extrañas.
“Sí”, respondió Remedios, “y no todas se entienden en el momento. El oro de la cueva nunca se acabó del todo. Usaron lo que necesitaban. Nunca más.” Cuando Esperanza se casó, le dieron una parte para que empezara bien. El resto sigue allí detrás de la quebrada, entre las piedras y las raíces, durmiendo como siempre durmió.
Nadie supo jamás quién lo enterró allí, ni en qué historia de dolor o de miedo lo llevó a esconder todo en una choza olvidada en el monte. Pero esa persona, quien quiera que haya sido, sin saberlo, le dejó un regalo a una muchacha de 19 años que llegó al cerro con una maleta vieja, un sombrero de palma y nada más, y que necesitaba que el cielo le dijera que no se había olvidado de ella, porque eso fue lo que fue.
suerte, no casualidad, un recordatorio de que el cielo ve lo que los hombres ignoran y que a veces lo que te dan para hundirte es exactamente lo que necesitas para empezar a vivir. Dicen en San Cristóbal del Monte que doña Remedios vivió hasta los 80 y tantos años, siempre en esa casa del cerro del Saús, que fue primero vergüenza y luego orgullo.
Dicen que don Emictio murió antes que ella, tranquilo y en su cama, con la mano de ella en la suya. Y dicen que Esperanza, ya grande y con sus propios hijos, encontró un día en el cajón de la madre una moneda de oro vieja gastada con un peso de un lado y un águila del otro, y que la guardó para siempre, sin saber bien por qué, pero sabiendo que era lo más valioso que le habían dejado. No.
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