Te parecés a Maradona pero él nunca tomaría colectivo Diego se quitó lentes y todo el bus se congeló

3 de octubre de 1997, Buenos Aires. El Ferrari de Maradona se quedó sin batería en Avenida Corrientes. Diego subió a un colectivo línea 60. Una anciana lo miró y dijo, “Te pareces a Maradona, pero él nunca viajaría así. Lo que pasó en los siguientes 40 minutos, todos los pasajeros lo contaron durante 20 años.
Bienvenidos a Historias de Maradona. Si estas historias te inspiran, suscríbete, dale like y activa la campanita para más episodios increíbles. Ahora sí, comencemos. Era 3 de octubre de 1997, un viernes cerca de las 5 de la tarde en Avenida Corrientes Altura 300 y500 en Buenos Aires, Argentina, y Diego Armando Maradona estaba parado al lado de su Ferrari F300 rojo, completamente muerto, sin batería.
sin forma de arrancarlo, bloqueando tráfico en una de las avenidas más transitadas de la ciudad en plena hora pico. Diego había salido de almuerzo con sponsors en Puerto Madero. Había tomado dos copas de vino más de las que debía. Había olvidado que su Ferrari tenía problema eléctrico que su mecánico le había advertido esa mañana.
Y ahora a las 5 de la tarde de viernes, con millones de porteños tratando de llegar a casa para el fin de semana, su auto de $150,000 era pieza de metal inútil bloqueando tráfico. Los bocinazos eran ensordecedores. Algunos conductores gritaban insultos por ventanas, otros gritaban palabras de ánimo porque habían reconocido a Diego.
Diego llamó a su asistente, no respondió. Llamó a su mecánico. Buzón de voz, llamó a grúa. Media hora de espera, mínimo, tal vez una hora con este tráfico. Diego miró su reloj. Tenía entrenamiento con Boca Juniors a las 7. Si esperaba grúa, llegaría tarde. Podía tomar taxi, pero viernes por la tarde en Buenos Aires, significaba que conseguir taxi era casi imposible.
Entonces vio algo que no había visto en años. Parada de colectivo a 20 m de distancia. Línea 60. La misma línea que tomaba cuando tenía 14 años para ir desde 19 Villa Fiorito, a entrenamientos de argentinos juniors. La misma línea que su padre tomaba cada mañana para ir a fábrica. la misma línea que había jurado nunca más tener que tomar una vez que tuviera dinero.
Diego miró el Ferrari muerto, miró la parada de colectivo, se rió. ¿Por qué no? Dejó el Ferrari con luces de emergencia prendidas, cerró las puertas con llave, caminó a la parada. Había siete personas esperando, una mujer mayor de 70 años con bolsa de compras, dos estudiantes con mochilas, un hombre de traje cansado con maletín, una madre joven con bebé, dos trabajadores de construcción con ropa sucia de cemento.
Nadie lo reconoció inmediatamente. Diego llevaba gorra de béisbol, lentes de sol, ropa casual. Lucía como cualquier tipo esperando colectivo. El colectivo 60 llegó 3 minutos después, viejo, ruidoso, con ventanas que no cerraban bien, asientos de plástico gastado, olor a diésel y humanidad. Diego subió, se paró frente a la máquina que cobraba, pasaje, y se dio cuenta que no tenía monedas, solo tenía billete de 100 pesos en su billetera.
El chóer, hombre de 50 años con cara cansada de manejar esta ruta durante 20 años, lo miró. Tres pesos. Diego le extendió el billete de 100. El chóer se río sin humor. No tengo cambio de eso. Nadie tiene cambio de eso a esta hora. Diego se quedó parado bloqueando la entrada, sintiéndose ridículo. Yo pago dijo voz detrás de él.
Diego se giró. La mujer mayor con bolsa de compras estaba extendiendo 3 pesos. No es problema, hijo. Todos hemos olvidado monedas alguna vez. Diego tomó las monedas sintiendo vergüenza genuina. Gracias, señora. Se lo devuelvo. La mujer agitó su mano. No te preocupes. Andá, sentate. El colectivo está lleno. Diego puso las monedas en la máquina.
El ticket salió. caminó hacia atrás del colectivo. Todos los asientos estaban ocupados. Se agarró de barra vertical parado en pasillo mientras colectivo arrancaba con sacudida, violenta. La mujer mayor que había apagado su pasaje estaba sentada en asiento cerca de donde Diego estaba parado. Lo miraba con expresión curiosa.
“Perdón por mirarte así”, ella dijo. “pero te parecés muchísimo a Maradona”. Diego sonrió detrás de sus lentes de sol. Me lo dicen seguido. La mujer negó con la cabeza. Es increíble el parecido. Pero obviamente no sosel. Maradona nunca viajaría en colectivo. Tiene Ferraris, tiene chóeres. Gente como él no usa transporte público.
¿Por qué no? Diego preguntó genuinamente curioso. Porque es millonario? ¿Porque es famoso? ¿Porque puede pagar lo que sea? ¿Por qué subiría a colectivo cuando puede ir en auto de lujo? Diego se encogió de hombros. Tal vez extraña el colectivo. Tal vez recuerda cuando era pibe y esta era única forma de moverse por la ciudad. Tal vez el colectivo le recuerda de dónde viene.
La mujer lo estudió más cuidadosamente. Hablas como él también. Ese acento. Sos de zona sur, Villa Fiorito. Diego dijo sin pensar. La mujer jadeó suavemente.Maradona es de Villa Fiorito. Ya sé. Crecía ahí también. Dos cuadras de su casa. Conocí a su mamá, doña Tota, comprábamos en mismo almacén. Ahora la mujer lo miraba con real intensidad.
Sácate los lentes. Diego vaciló. Entonces lentamente se quitó los lentes de sol y la gorra. La mujer se llevó mano a su boca. Dios mío, sos vos. ¿Sos realmente vos? Varios pasajeros giraron sus cabezas. El murmullo comenzó. Es Maradona. No puede ser. Sí, es él. ¿Qué hacen colectivo? Diego se puso dedo en labios. Por favor.
Solo necesito llegar a Boca. Mi auto se rompió. No quiero circo. La mujer mayor asintió comprensivamente. Sentate, le dijo al hombre de traje sentado junto a ella. Dale tu asiento. El hombre protestó. Yo también pagué. Sos joven. Él es Diego Maradona. Dale tu asiento. El hombre refunfuñando, se puso de pie.
Diego se sentó junto a la mujer mayor. Gracias, señora. ¿Cómo se llama? Marta, Marta Ramírez. Viví en Villa, Fiorito, 40 años. Ahora vivo con mi hija en Flores. Voy a visitarla cada viernes. Tomo este colectivo, misma línea, misma hora. Durante 10 años nunca imaginé que un día viajaría sentada junto a vos. Diego sonríó.
El placer es mío, doña Marta. Cuénteme de Villafi Fiorito, ¿cómo está ahora? Los siguientes 20 minutos, mientras colectivo avanzaba lentamente por tráfico denso de Buenos Aires, Marta le contó todo. Le contó que Villa Fiorito todavía era pobre, que calles todavía eran de tierra, que niños todavía jugaban fútbol descalzos, que familias todavía luchaban.
Pero también le contó que había esperanza, que su sobrino, inspirado por historia de Diego, había estudiado, había ido a universidad, ahora era maestro. Que la canchita donde Diego había jugado de niño, ahora tenía nombre oficial, potrero Diego Armando Maradona, que cada pibe que jugaba ahí soñaba con ser como él.
Diego escuchaba con lágrimas formándose en sus ojos. Y vos, Marta, preguntó, ¿cómo estás realmente? No, el Diego de televisión, el Diego de verdad. Diego no respondió inmediatamente. Miró por ventana sucia del colectivo. Vio Buenos Aires pasar, la ciudad que lo había visto nacer, la ciudad que lo había celebrado, la ciudad que lo había juzgado.
Estoy cansado, Marta, muy cansado. He vivido 1000 vidas en 36 años. He sido héroe, he sido villano, he ganado todo, he perdido todo y a veces, como hoy, solo quiero ser tipo normal tomando colectivo, sin guardaespaldas, sin cámaras, solo yo y la ciudad. Marta puso su mano arrugada sobre la mano de Diego.
¿Sabes que te hace especial, Diego? No son los goles, no son los campeonatos, es que nunca olvidaste de dónde venís. Hoy con todo tu dinero, tu fama, tu Ferrari roto en avenida Corrientes, subiste a colectivo como cualquiera de nosotros. Eso es lo que te hace uno de nosotros para siempre. El colectivo hizo parada. Dos personas bajaron, tres subieron.
Uno de los que subió era hombre de 30 años con camiseta de boca. Vio a Diego, se congeló. Maradona, ¿estás en colectivo? Diego asintió. Mi auto se rompió. El hombre se rió. Se rió tan fuerte que todo el colectivo lo miró. El mejor jugador del mundo en colectivo 60. Esto es lo más argentino que he visto en mi vida. se sentó en asiento vacío cruzando el pasillo.
“Diego, ¿me podés firmar la camiseta?” Diego buscó en sus bolsillos. “No tengo lapicera.” “Yo tengo”, dijo estudiante con mochila. Le extendió Birome. Durante siguientes 10 minutos, Diego firmó. Firmó la camiseta del hombre de boca. Firmó cuaderno del estudiante. Firmó ticket de colectivo de Marta. Firmó pedazo de periódico que trabajador de construcción tenía.
Firmó la mano de niño pequeño porque madre no tenía papel. Y mientras firmaba, conversaba, preguntaba nombres, preguntaba historias, trataba a cada persona no como fan, sino como amigo sentado en colectivo compartiendo viaje. El chóer, que había estado escuchando todo por espejo, retrovisor, habló por altavoz del colectivo.
Atención, pasajeros, hoy tenemos honor de llevar a Diego Maradona. Es viernes por la tarde. Todos estamos cansados, todos queremos llegar a casa, pero recordaremos este viaje resto de nuestras vidas. Bienvenido a casa, Diego. El colectivo entero aplaudió. Diego se puso de pie, hizo reverencia dramática, se sentó otra vez.
Todos rieron. El colectivo continuó. Parada tras parada, gente subía, gente bajaba y cada persona nueva que subía era informada por pasajeros existentes. Maradona está acá en asento 14, viajando como uno de nosotros. Algunos no creían hasta que lo veían. Otros simplemente asentían como si tuviera sentido perfecto que el mejor jugador del mundo tomara colectivo público un viernes por la tarde.
40 minutos después de haber subido, Diego llegó a su parada cerca de la bombonera. Se puso de pie. “Gracias a todos”, dijo en voz alta. “Este ha sido mejor viaje en colectivo de mi vida”. Marta se puso de pie también. Yo bajo acá también necesito caminar dos cuadrasmás, pero bajo acá. Diego y Marta bajaron juntos.
El colectivo se alejó con todos los pasajeros agitando manos por ventanas. Diego caminó con Marta a las dos cuadras hasta casa de su hija. Hablaron de Villa Fiorito, de viejos tiempos, de cómo la vida cambia, pero esencia permanece. En la puerta de casa de su hija, Diego se detuvo. Doña Marta, ¿cuánto le debo por el pasaje? 3 pesos.
Diego sacó su billetera. Sacó billete de 100 pesos. Esto es por el pasaje y por la conversación, por recordarme quién soy. Marta empujó el dinero de regreso. No necesito tu plata, Diego. Necesitaba esta conversación tanto como vos. Necesitaba recordar que los famosos también son humanos. Que los millonarios también extrañan colectivo.
Que no importa cuán alto llegues, siempre podés volver a tierra.
News
Gemelos de viudo multimillonario no dormían hasta que la nueva criada hizo algo impensable
Gemelos de viudo multimillonario no dormían hasta que la nueva criada hizo algo impensable En la mansión más fría de…
Multimillonario pilla a la criada con sus gemelos que no hablaban y lo que oye lo hace llorar
Multimillonario pilla a la criada con sus gemelos que no hablaban y lo que oye lo hace llorar En la…
Millonario Descubre a una Empleada Pobre Bailando con su Hija Parálisis_ Lo que Sucede Sorprende
Millonario Descubre a una Empleada Pobre Bailando con su Hija Parálisis_ Lo que Sucede Sorprende Diego Santa María, uno de…
Furioso Millonario Árabe Se Iba — Hasta Que El Árabe De La Empleada De Limpieza Lo Dejó Paralizado
Furioso Millonario Árabe Se Iba — Hasta Que El Árabe De La Empleada De Limpieza Lo Dejó Paralizado Torre Picasso,…
El jefe de la mafia coreana se inclina ante la abuela de la criada negra
El jefe de la mafia coreana se inclina ante la abuela de la criada negra Nadie en el barrio de…
Su Esposo La Echó De Casa Por Ser Infértil. Entonces, Un Padre Soltero Le Dijo: “VEN CONMIGO”.
Su Esposo La Echó De Casa Por Ser Infértil. Entonces, Un Padre Soltero Le Dijo: “VEN CONMIGO”. La nieve caía…
End of content
No more pages to load






