“Para que mamá nunca estuviera sola.” El cuadro tenía cámaras. Me estaba grabando .

para que mamá nunca estuviera sola. La frase estaba escrita en un papel amarillento doblado con cuidado y escondido detrás del cuadro. Lo encontré por accidente la noche en que regresé a la casa para vaciarla antes de ponerla en venta. Al leerla sentí una punzada extraña en el pecho, como si alguien hubiera pronunciado mi nombre en voz baja a mis espaldas.

 El cuadro llevaba colgado más de 15 años en el mismo lugar, justo en el pasillo que conectaba la sala con la cocina. Siempre me había parecido inquietante. Una mujer sentada frente a una ventana oscura con el rostro apenas definido y los ojos demasiado brillantes. Mamá decía que la hacía sentir acompañada.

 Yo nunca entendí como algo tan triste podía darle consuelo. La casa estaba en silencio absoluto. Demasiado silencio. Desde que mamá murió, ese silencio se había vuelto pesado, casi físico, como una presencia que se apoyaba en mis hombros. caminaba despacio tratando de no hacer ruido, aunque no había nadie más allí, o eso creía.

 Fue entonces cuando escuché un zumbido suave, apenas perceptible. Venía del pasillo, me detuve frente al cuadro y acerqué el oído. El sonido era constante, eléctrico, algo no estaba bien. Me incliné y observé el marco con atención. En una esquina casi invisible entre la madera oscura había un pequeño punto negro. No era un defecto, no era polvo, era una lente.

 Sentí que la sangre me abandonaba el rostro. Toqué el marco, estaba tibio. Tiré con cuidado y el cuadro se movió unos centímetros, dejando ver un cable delgado que se perdía dentro de la pared. Mi respiración se volvió errática. Con un tirón más firme, descolgé el cuadro por completo. Detrás había un hueco mal disimulado. Tres cámaras pequeñas, perfectamente instaladas, apuntaban en diferentes direcciones la sala, la cocina y el pasillo que llevaba al dormitorio de mamá.

 Una lucecita roja parpadeaba en cada una. Me estaban grabando. Di un paso atrás y choqué contra la pared. El corazón me latía tan fuerte que me dolía. Miré alrededor esperando ver a alguien, aunque sabía que estaba sola, o al menos sola físicamente. Los recuerdos comenzaron a golpearme uno tras otro. Mamá pidiéndome que no moviera el cuadro.

 Mamá hablando sola por las noches. Mamá sonriendo hacia el pasillo vacío como si alguien le devolviera la mirada. Yo siempre pensé que era la soledad, el miedo, la edad. Nunca sospeché la verdad. Busqué el origen de los cables. Me llevó casi una hora encontrar el pequeño monitor escondido en el armario de la despensa. Detrás de cajas viejas y manteles olvidados.

Estaba encendido. En la pantalla aparecía la imagen del pasillo y yo, de pie pálida, con los ojos abiertos de par en par. Apagué el monitor de golpe, pero antes de que la pantalla se apagara por completo, vi una carpeta con archivos organizados por fechas, años de grabaciones. Mis manos temblaban cuando volví a encenderlo.

 Abrí el archivo más antiguo. Allí estaba mamá más joven cocinando, tarareando una canción. Hablaba en voz alta como si alguien estuviera sentado frente a ella. A veces se detenía y miraba directamente a la cámara sonriendo. No había miedo en su rostro, había alivio. Revisé más grabaciones, días, meses, años.

 Mamá celebrando cumpleaños sola, pero poniendo dos platos en la mesa. Mamá despidiéndose antes de dormir diciendo, “Hasta mañana.” Mamá llorando en silencio, convencida de que alguien la veía y la escuchaba. Entonces encontré un archivo con mi nombre. Lo abrí con un nudo en la garganta. Era yo entrando a la casa 5co años atrás. Estaba apurada, irritada.

 La cámara captó cada palabra dura que dije, cada suspiro cansado. Vi a mamá a sentir comprensiva, pero cuando me di la vuelta, su sonrisa se desmoronó. Se quedó quieta mirando al cuadro y susurró, “Al menos tú no te vas.” Cerré el archivo entre solozos. Seguí avanzando hasta llegar al último vídeo. Estaba fechado dos días antes de su muerte.

 Mamá estaba sentada en su sillón favorito. Se veía frágil, cansada, pero serena. Miraba directamente a la cámara. Si estás viendo esto, dijo, significa que ya no estoy. Hizo una pausa como si escuchara una respuesta. No te asustes. No quise hacer nada malo. Respiré hondo, incapaz de apartar la mirada. Después de que tu padre murió, las noches se volvieron interminables. Continuó.

 El silencio dolía. Entonces él volvió. Mi cuerpo se tensó. Nunca te hablé de tu hermano dijo en voz baja. Se fue cuando eras muy pequeña. Volvió solo para ayudarme. Él instaló las cámaras. Dijo que así nunca estaría sola, que siempre habría alguien mirando, cuidando. Mamá sonrió con tristeza. Sé que suena extraño, pero funcionó.

 Yo hablaba y alguien escuchaba. Yo miraba y alguien estaba allí. No me sentí abandonada otra vez. Sus ojos se humedecieron. Si estás enojada, perdóname. No quise asustarte, solo quise quedarme un poco más. El vídeo terminó. Me quedé sentada en elsuelo durante horas sin moverme. La idea de un hermano desconocido, de años de vigilancia silenciosa, de una soledad tan profunda que necesitó cámaras para aliviarse, me aplastaba el pecho.

 Apagué todo, desconecté las cámaras, arranqué los cables, dejé el cuadro apoyado contra la pared, cubierto con una sábana. Esa noche dormí con la luz encendida, sobresaltándome con cada crujido. Justo antes de quedarme dormida, mi teléfono vibró. Mensaje de un número desconocido. Gracias por volver.

 A mamá le gustaba saber que alguien estaba en casa. No respondí, no pude. A la mañana siguiente, cuando el sol iluminó el pasillo, colgué el cuadro de nuevo. Sin cámaras, sin cables, solo el marco y la pintura. Me senté frente a él unos minutos. respirando despacio. “No estás sola”, dije en voz baja, sin saber a quién se lo decía realmente.

 La casa ya no se sentía vacía.