Padre Soltero Tocó Una Melodía Al Piano — La CEO Se Paralizó Al Oír La Canción De Su Primer Amor

El piano estaba allí desde antes de que el edificio tuviera nombre. Negro, brillante, perfectamente afinado, pero condenado al silencio. Nadie lo tocaba. Era un símbolo de estatus, no un instrumento. Hasta que esa mañana un padre soltero decidió sentarse frente a él sin imaginar que una sola melodía iba a cambiarlo todo.

 Tomás llegó temprano, como siempre a las 6:30 en punto, con su hija Lucía dormida sobre su hombro y una mochila gastada colgándole del brazo. El guardia ya lo conocía y apenas levantó la vista al verlo entrar. Tomás trabajaba limpiando oficinas desde hacía 4 años, desde que la vida le enseñó que los sueños no pagan la leche ni los útiles escolares.

 Lucía despertó cuando entraron al vestíbulo. Sus ojos se abrieron grandes al ver el piano. “Papá”, susurró. “Ese es de verdad.” Tomás sonrió con tristeza. “Sí, pero no es para nosotros.” Lucía se bajó de su brazo y se acercó unos pasos como si el piano pudiera desaparecer si lo tocaba. Tú tocabas uno igual. dijo cuando yo era más chiquita.

 Tomás sintió el golpe en el pecho. Asintió despacio. Hace mucho tiempo. El vestíbulo estaba vacío, silencioso, solo el murmullo lejano de la ciudad despertando. Tomás miró el reloj. Tenía unos minutos antes de empezar su turno. Dudó. Luego respiró hondo. Solo una canción, dijo. Y luego nos vamos. Se sentó. Lucía se acomodó a su lado balanceando las piernas.

 Cuando los dedos de Tomás tocaron las teclas, algo que había estado dormido durante años despertó. La melodía fluyó suave, íntima. No era una canción famosa, era una que nadie más conocía, una que había compuesto cuando era joven, cuando creía que el amor podía con todo. Cada nota llevaba un recuerdo, risas nocturnas, café frío, promesas hechas sin miedo.

 En el piso 22, Elena Márquez dejó caer su pluma. La CEO del grupo empresarial más poderoso del país sintió que el suelo se movía bajo sus pies. Esa melodía no podía ser. Su corazón comenzó a latir con violencia. ¿Quién está tocando eso?, preguntó con la voz quebrada. Nadie supo responderle.

 Elena caminó rápido hacia el ascensor. Cada paso era una batalla contra el pasado. La música se colaba por los pasillos, subía por los conductos, la alcanzaba sin piedad. Era la canción que solo una persona había tocado para ella, la canción de su primer amor. Las puertas del ascensor se abrieron y allí estaba Tomás, más cansado, más delgado, con ojeras profundas y ropa sencilla.

 Pero era él, el mismo hombre que una vez le prometió un futuro lleno de música. Elena se quedó paralizada. El mundo alrededor desapareció. Solo existían sus manos moviéndose sobre el piano. La canción terminó. Lucía aplaudió con cuidado. Papá, me gusta cuando tocas esa. Tomás sonrió hasta que levantó la vista. La vio Elena.

 Sus dedos se congelaron en el aire. Se levantó de golpe. “Perdón”, dijo rápido. No debí tocar. Ya nos vamos. Tomó la mochila, buscó la mano de Lucía, pero Elena habló. No, su voz fue firme, pero temblaba. Esa canción continuó. Solo tú la tocabas así. Tomás la miró. 10 años desaparecieron de golpe. Elena Lucía los observaba confundida.

 Papá, ¿quién es Tomás? Tragó saliva. Alguien que conocía hace mucho. Elena se acercó despacio como si temiera que él se desvaneciera. Te busqué, dijo. Durante años. Desapareciste sin decir nada. Tomás apretó la mandíbula. Porque tu padre me dijo que si volvía a acercarme a ti, me destruiría, que tú no querías volver a verme, que todo había sido un error.

Elena negó con la cabeza, con lágrimas en los ojos. Me dijo lo mismo de ti, que me habías usado, que te fuiste porque querías algo mejor. El silencio fue insoportable. Lucía tiró suavemente del pantalón de Tomás. Papá, ella es la señora de la foto que guardas. Tomás cerró los ojos. Elena sintió que el corazón se le rompía.

 ¿Qué foto? Tomás respiró hondo. Lucía, ve a sentarte un momento. Sí. La niña obedeció mirando con curiosidad. Elena habló con voz baja. Tienes una hija. Tomás asintió 8 años y la mamá murió. Elena llevó una mano a su boca. Lo siento, de verdad. Tomás asintió. Ella conocía la canción. Decía que le daba calma. Elena miró a Lucía, algo en su pecho se apretó.

 Es hermosa, es lo mejor que tengo. Elena respiró profundo, luego miró alrededor. Empleados empezaban a aparecer, murmurando, observando la escena. “Toca otra vez”, dijo Tomás. La miró incrédulo. No, aquí, aquí, repitió para todos. Tomás dudó, luego miró a Lucía. Ella sonrió y asintió con entusiasmo. Se sentó de nuevo.

 Esta vez la música fue más fuerte, más honesta. Llenó el vestíbulo, subió por las paredes, detuvo a todos los que pasaban. Algunos grababan, otros lloraban sin saber por qué. Elena cerró los ojos, dejó que las lágrimas corrieran libres. Cuando la última nota se apagó, nadie habló durante varios segundos. Elena dio un paso al frente.

 TomásRivera dijo con voz clara, “A partir de hoy no eres parte del personal de limpieza. Quiero que seas el pianista oficial de esta empresa.” Un murmullo recorrió el vestíbulo. Tomás se levantó lentamente. No entiendo. Quiero financiar tu regreso a la música. Continuó. Conciertos, grabaciones, todo. Tomás negó con la cabeza. No puedo aceptar caridad.

 Elena lo miró directo a los ojos. No es caridad, es justicia. Y su voz se suavizó. Tal vez una segunda oportunidad. Lucía corrió hacia su padre. Eso significa que tocarás siempre, papá. Tomás la abrazó. Eso parece. Elena se agachó frente a la niña. ¿Te gustaría venir a escucharlo cuando quieras? Lucía asintió feliz. Elena se puso de pie y miró a Tomás.

 La canción nunca fue solo nuestra”, dijo, “Pero aún puede ser parte de lo que viene.” Tomás miró el piano, luego a su hija, luego a Elena. Por primera vez en muchos años sonrió sin miedo. Y mientras el edificio retomaba su ritmo, la música volvió a sonar. No como un recuerdo doloroso, sino como el inicio de una nueva historia. M.