Padre Soltero Devuelve Billetera Perdida — Al Día Siguiente, Una Jueza Lo Cita

Daniel apuró el paso mientras ajustaba a su hija contra el pecho. Lucía dormía profundamente con la mejilla apoyada en su hombro y los brazos colgando sin fuerza. El aire de la noche era frío y la calle estaba casi vacía, iluminada solo por faroles amarillentos que parpadeaban. Había sido un día largo.

 Entregas atrasadas, un cliente que no quiso pagar y la llamada de la escuela recordándole que Lucía necesitaba materiales nuevos. Daniel sentía el cansancio clavado en los huesos, pero siguió caminando, contando mentalmente los pasos hasta llegar a casa. Fue entonces cuando vio algo oscuro en el suelo, cerca de la parada del autobús.

 Se detuvo, miró a su alrededor, no había nadie. Se agachó con cuidado para no despertar a Lucía y tomó el objeto. Era una billetera de cuero, pesada, elegante, muy distinta a la suya, que apenas cerraba. Dudó un segundo antes de abrirla. Cuando lo hizo, el corazón le dio un golpe seco. Estaba llena de billetes ordenados, tarjetas bancarias, documentos oficiales.

 Demasiado dinero, demasiada tentación. Daniel cerró la billetera de inmediato y tragó saliva. Pensó en el alquiler atrasado, en la nevera medio vacía, en los zapatos rotos de Lucía. pensó en lo fácil que sería guardar solo una parte, lo suficiente para respirar tranquilo por unos meses. Nadie lo había visto. Nadie lo sabría.

 Lucía se movió y murmuró algo en sueños. Ese pequeño sonido fue como un golpe de realidad. Daniel apretó la billetera y siguió caminando. En el pequeño apartamento acostó a Lucía con cuidado y volvió a la cocina. Encendió la luz y abrió la billetera otra vez. vio una identificación con foto. Valeria Montes, jueza del Tribunal Superior, Daniel frunció el ceño incómodo.

 Nunca había tenido trato con jueces y la sola palabra le imponía respeto y miedo. Entre los compartimentos encontró una foto de un niño sonriente. Eso terminó de romper cualquier duda. Suspira profundo. Sabía lo que tenía que hacer, aunque doliera. A la mañana siguiente, después de dejar a Lucía en la escuela, se dirigió a la dirección que figuraba en la tarjeta.

 El edificio era grande, moderno, con guardias en la entrada. Daniel se sintió fuera de lugar con su chaqueta gastada y sus zapatos viejos. Aún así, explicó por qué estaba allí. El guardia lo miró con desconfianza, pero tras una llamada le permitió pasar. La puerta se abrió y apareció Valeria Montes. Su expresión era tensa, cansada.

Cuando Daniel extendió la billetera, ella se quedó inmóvil unos segundos. La tomó, la abrió, revisó cada compartimento. Al ver que todo estaba intacto, sus ojos se humedecieron. cerró la billetera con manos temblorosas y lo miró como si no supiera qué decir. Le agradeció en voz baja. Insistió en darle dinero como recompensa, pero Daniel negó con la cabeza.

 Dijo que solo había hecho lo correcto, que no podía aceptar nada. Mencionó a su hija sin dar demasiados detalles. Valeria lo observó con atención, como si estuviera evaluando algo más que sus palabras. finalmente asintió y le agradeció otra vez con una mirada distinta, más humana. Daniel se fue pensando que ese episodio había terminado, pero al día siguiente, mientras trabajaba, recibió una notificación oficial.

 Debía presentarse en el tribunal a la mañana siguiente. El documento llevaba la firma de la jueza Valeria Montes. Las manos le empezaron a sudar. El miedo le apretó el pecho. Pasó el resto del día distraído, imaginando mil escenarios. Esa noche casi no durmió. Al amanecer dejó a Lucía con una vecina y se dirigió al tribunal.

 El edificio era imponente, silencioso. Cuando escuchó su nombre, caminó hasta la sala con el corazón desbocado. Valeria estaba sentada en el estrado, seria, distante, como si no lo conociera. Daniel sintió que las piernas le flaqueaban. La jueza le pidió que se acercara y reconociera la billetera sobre la mesa.

 Daniel explicó cómo la había encontrado y devuelto. Habló con honestidad, sin adornos. La sala estaba en completo silencio. Entonces Valeria se levantó. Su voz era firme, clara. habló de valores, de decisiones que se toman cuando nadie observa, de ejemplos que enseñan más que cualquier castigo. Explicó que la billetera contenía documentos cruciales para un caso delicado y que devolver la íntegra había evitado una injusticia grave.

 Dijo que Daniel no estaba allí como acusado, sino como ejemplo. Ordenó que se leyera un reconocimiento oficial. Daniel apenas podía respirar. La secretaria anunció que por recomendación del tribunal, Daniel sería incluido en un programa de empleo estable con beneficios sociales. Además, su hija recibiría una becaa. Daniel sintió que el mundo se le venía encima, no por miedo, sino por alivio.

Los ojos se le llenaron de lágrimas sin poder evitarlo. Al salir de la sala, Valeria lo alcanzó en el pasillo. Ya no hablaba como jueza, sino como persona. me confesó que también era madresoltera, que entendía el peso de las decisiones difíciles. Le dijo que devolver esa billetera le había recordado por qué creía en la justicia.

 Daniel no supo que responder, solo asintió con la voz quebrada. Esa noche abrazó a Lucía con fuerza. No le habló de tribunales ni de juezas. Solo le dijo que hacer lo correcto, incluso cuando cuesta, siempre deja algo bueno. Lucía sonrió y se quedó dormida en sus brazos. Daniel cerró los ojos por primera vez en mucho tiempo sin miedo al mañana.