Once Hijos de los Señores, Ninguno Suyo: La Trágica Historia de la Nodriza — Zacatecas, 1834

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Era el amanecer del 15 de marzo de 1834 en las tierras áridas de Zacatecas. Y por undécima vez, Esperanza daba vida a un hijo que no sería suyo para criarlo. Sus pechos, hinchados de leche maternal no alimentarían a esa criatura que había cargado 9 meses en su vientre, sino que nutrirían al heredero de la casa grande, al hijo legítimo del patrón don Fernando de Mendoza y Villareal, quien había nacido apenas tres días antes en la Alcoba principal de la hacienda, entre sábanas de seda en portada de Manila y bajo la atención de los mejores médicos

de la ciudad. La historia de esperanza comenzó 25 años atrás, cuando siendo apenas una niña de 7 años, fue separada de su madre en el puerto de Veracruz, donde los barcos negreros descargaban su mercancía humana procedente de las costas de África. Su madre, una mujer alta y deporte noble llamada Amara, que había sido princesa en las tierras del actual Senegal, fue vendida a una plantación de caña de azúcar en Morelos, mientras que Esperanza fue adquirida por el padre de don Fernando, don Carlos de Mendoza, quien buscaba una niña pequeña para que

creciera como sirvienta personal de su esposa, doña Constanza. Esperanza creció en los pasillos fríos de la hacienda, entre las cocinas humeantes, donde el aroma del mole poblano se mezclaba con el olor dulzón de la canela y el chocolate que llegaba desde Tabasco, y los patios empedrados donde resonaban los cascos de los caballos andaluces que don Carlos criaba con tanto esmero.

 Aprendió a hablar español sin rastro de acento, a leer las letras que doña Constanza le enseñaba durante las tardes lluviosas y a comportarse con la elegancia que su ama exigía. Era alta para su edad, de piel color canela y ojos oscuros que brillaban con una inteligencia que inquietaba a quienes la rodeaban. Cuando Esperanza cumplió 15 años, don Carlos había muerto y Fernando había heredado no solo las tierras que se extendían hasta donde alcanzaba la vista, sino también los 250 esclavos que trabajaban en los campos de maíz, las

minas de plata y los talleres de herrería que hacían de San Cristóbal una de las haciendas más prósperas del virreinato. Fernando, entonces un joven de 23 años recién llegado de sus estudios en España, se fijó en esperanza con una mirada que ella reconoció inmediatamente como peligrosa. La primera vez que Fernando la tomó fue una noche de octubre cuando los vientos fríos del altiplano hacían crujir las vigas de madera de la casa grande.

Esperanza había sido llamada a su alcoba para encender la chimenea y cuando se disponía a salir, él la detuvo con una mano firme en su brazo. No hubo palabras, no hubo explicaciones, solo la realidad brutal de su condición. Ella era propiedad, él era el dueño. Esa noche, mientras las lágrimas silenciosas rodaban por sus mejillas y se perdían en la almohada de algodón, Esperanza entendió que su destino sería el mismo de tantas mujeres esclavas antes que ella.

Los meses pasaron y el vientre de esperanza comenzó a crecer con su primer embarazo. Don Fernando continuó visitándola regularmente, tratándola con una mezcla extraña de posesión y cierto cuidado que ella no sabía interpretar. Le traía telas finas de la Ciudad de México, le permitía comer en la mesa de la cocina junto con los otros sirvientes de confianza y hasta le regaló un rosario de perlas pequeñas que había pertenecido a su difunta madre.

Pero nunca le habló de amor, nunca le prometió libertad, nunca la miró como algo más que una posesión valiosa. Cuando nació su primer hijo, un niño de piel clara que heredó los ojos verdes de su padre, Esperanza experimentó por primera vez la felicidad pura y devastadora de la maternidad. Lo llamó Diego como su abuelo materno y durante tres meses preciosos lo amamantó y lo cuidó como si fuera realmente suyo.

Pero cuando llegó la época de la cosecha de plata y don Fernando necesitó viajar a la capital del virreinato para vender su producción, se lo llevó consigo. El niño sería criado como hijo natural reconocido, con educación y oportunidades, pero lejos de su madre biológica. El patrón de separación se estableció inexorablemente.

Cada dos años aproximadamente Esperanza daba a luz a un hijo de don Fernando. Los varones eran llevados a la Ciudad de México para ser educados como caballeros, destinados a convertirse en administradores de las propiedades familiares o sacerdotes de la Iglesia Católica. Las niñas permanecían en la hacienda, pero como señoritas de alcurnia,educadas por institutrices francesas que don Fernando contrataba especialmente para ellas y destinadas a casarse con otros ascendados o comerciantes prósperos que aumentaran la influencia y

riqueza de los Mendoza. Esperanza veía crecer a sus hijas desde la distancia, observando como María del Carmen, su segunda hija, aprendía a tocar el pianoforte que habían traído desde París. Y como Ana Cristina, la tercera, bordaba con hilos de oro mientras conversaba en francés con su institutriz. Las veía pasar por los corredores de la casa grande, vestidas con ropas de seda y encajes, con los cabellos peinados en elaborados recogidos, adornados con cintas de colores, y sus corazones se partían en mil pedazos cada vez que

ellas la miraban con la indiferencia que habían aprendido a mostrar hacia la servidumbre. En 1829, cuando México abolió oficialmente la esclavitud bajo el decreto del presidente Vicente Guerrero, Esperanza sintió por primera vez en años un destello de esperanza. Las noticias llegaron a la hacienda a través de los arrieros que transportaban mercancías desde la capital y se extendieron como pólvora entre los trabajadores.

Esa noche, en los cuartos de adobe, donde dormían los esclavos, se respiraba una electricidad diferente, una sensación de que quizás, solo quizás las cadenas invisibles que los ataban a esa tierra podrían romperse. Pero don Fernando era un hombre astuto y conocía bien las leyes. Técnicamente liberó a todos sus esclavos, pero inmediatamente los contrató como peones de hacienda con deudas tan enormes por concepto de vivienda, alimentación y herramientas de trabajo, que era imposible pagarlas en una vida entera. Esperanza descubrió que

debía más de 500 pesos por los años de manutención, una suma que jamás podría reunir con el salario de tres reales mensuales que ahora recibía oficialmente. La farsa de la libertad fue más cruel que la esclavitud abierta. Ahora tenía que fingir gratitud por el mismo trato que antes recibía por fuerza.

 Tenía que sonreír cuando don Fernando le entregaba sus miserables monedas mensuales, descontando, por supuesto, los gastos de comida, alojamiento y las ropas básicas que necesitaba. La realidad era que su situación no había cambiado en absoluto, excepto que ahora existía la ilusión de que elegía permanecer allí. Para entonces, Esperanza había parido ocho hijos de don Fernando.

 Los varones mayores habían sido enviados a estudiar al colegio de Sanil de Fonso en la capital, donde se codeaban con los hijos de la aristocracia criolla y aprendían latín, filosofía y administración. Las niñas vivían en la hacienda como pequeñas princesas, ignorantes de quién era realmente la mujer morena, que a veces las observaba desde la cocina con lágrimas en los ojos.

Don Fernando se había casado en 1831 con doña Isabella Contreras y Montemayor, hija de una familia de comerciantes españoles establecidos en Guadalajara. Isabella era una mujer pálida y delicada, educada en un convento de monjas clarizas que había llegado a la hacienda con un séquito de doncellas y baúles llenos de ajuares bordados.

Desde el primer día mostró un desprecio apenas disimulado hacia Esperanza y hacia los niños mestizos que corrían por los patios de la hacienda. Sabía perfectamente cuál era la situación, pero mientras don Fernando mantuviera las apariencias y no reconociera públicamente a esos hijos, ella estaba dispuesta a tolerarlo.

El embarazo de doña Isabella fue tratado como un evento de importancia nacional en la hacienda. Se contrataron las mejores parteras de Zacatecas. Se trajo un médico desde la capital que se instaló en la hacienda durante los últimos dos meses del embarazo y se preparó la alcoba principal con todo tipo de lujos y comodidades.

Mientras tanto, Esperanza cargaba su undécimo hijo en condiciones muy diferentes. Dormía en el mismo catre de siempre, en la habitación pequeña y húmeda que compartía con otras dos sirvientas, y trabajaba en las cocinas hasta el último día de su embarazo. La ironía del destino quiso que ambas mujeres dieran a luz con apenas tres días de diferencia.

Doña Isabella trajo al mundo a un niño enfermizo y prematuro que lloraba constantemente y que no lograba alimentarse adecuadamente del pecho de su madre, quien además había sufrido complicaciones durante el parto que la dejaron muy debilitada. El médico, don Aurelio Vázquez, diagnosticó que la leche materna de la señora era insuficiente y de mala calidad y recomendó buscar inmediatamente una nodriza.

Esperanza acababa de dar a luz a un niño sano y robusto cuando recibió la orden de don Fernando. Debía entregar inmediatamente a su hijo recién nacido al cuidado de una esclava vieja llamada Remedios, que había criado a varios de los otros niños mestizos de la hacienda, y presentarse en la casa grande para amamantar al heredero legítimo.

Sus pechos, llenos de la leche destinadaa nutrir a su propio hijo, ahora debían alimentar al niño de la esposa legítima de su amo. La primera vez que Esperanza cargó al hijo de doña Isabella, sintió una mezcla confusa de instintos maternales y resentimiento profundo. El bebé era pequeño y frágil, con la piel muy pálida y los rasgos delicados de su madre.

lloraba con una intensidad desesperada que le partía el alma y cuando se prendió de su pecho con hambre voraz, Esperanza no pudo evitar sentir ternura por esa criatura inocente. Pero al mismo tiempo, cada gota de leche que el niño tomaba era leche que no alimentaba a su propio hijo, que lloraba de hambre en los establos bajo el cuidado inadecuado de remedios.

Doña Isabella observaba las sesiones de amamantamiento con una mezcla de gratitud forzada y disgusto mal disimulado. No podía soportar la idea de que una mujer de raza inferior estuviera nutriendo a su hijo con su cuerpo, pero tampoco podía permitir que el heredero de los Mendoza muriera de inanición. Estableció reglas estrictas.

 Esperanza debía bañarse y cambiarse de ropa antes de cada sesión. No podía hablar durante el amamantamiento, excepto para responder preguntas directas, y bajo ninguna circunstancia debía mostrar afecto hacia el niño más allá del cuidado puramente funcional. Pero los bebés no entienden de jerarquías sociales ni prejuicios raciales.

El hijo de doña Isabella, a quien llamaron Fernando como su padre, comenzó a responder a la voz de esperanza, a calmarse con su presencia y a buscar sus brazos cuando lloraba. Durante los primeros meses, Esperanza pasaba la mayor parte del día y la noche en la casa grande, durmiendo en una habitación pequeña junto a la Nurser para poder alimentar al niño cada vez que lo necesitara.

Mientras tanto, su propio hijo Langui decía en los establos remedios, ya anciana y con problemas de vista, no podía cuidarlo adecuadamente. El niño, a quien Esperanza había llamado Gabriel en honor al arcángel, perdía peso constantemente y desarrolló una tos persistente que empeoraba con las noches frías del altiplano zacatecano.

esperanza. Solo podía visitarlo brevemente durante las tardes cuando el pequeño Fernando dormía y cada vez que lo veía, su corazón se comprimía de dolor al observar como su hijo se debilitaba día tras día. Una noche de junio, cuando Gabriel tenía apenas 4 meses de edad, Esperanza despertó sobresaltada por un presentimiento terrible.

Había estado soñando con su madre, con Amara, quien le hablaba en la lengua de su infancia que apenas recordaba, pero cuyas palabras llegaban a su alma con claridad cristalina. Tu hijo te necesita, hija mía. Ve con él antes de que sea demasiado tarde. Esperanza se levantó sigilosamente de su catre y salió de la casa grande envuelta en un reboso de lana.

La hacienda dormía bajo un manto de estrellas que brillaban con intensidad en el aire limpio de la montaña. Sus pies descalzos conocían cada piedra del camino hacia los establos, cada irregularidad del suelo que había pisado miles de veces durante los años. Cuando llegó al lugar donde dormía Gabriel, encontró a Remedios profundamente dormida en su petate, roncando sonoramente.

Pero Gabriel Gabriel yacía inmóvil en su pequeña cuna de madera, con los labios azulados y la piel fría. Sus ojitos, que habían heredado el color miel de los de esperanza, estaban cerrados para siempre. El niño había muerto durante la noche, probablemente de neumonía, sin que nadie se diera cuenta.

 Esperanza tomó el cuerpecito de su hijo entre sus brazos y sintió que algo se quebraba para siempre en su interior. No gritó, no lloró, simplemente se sentó en el suelo de tierra apisonada y meció a su bebé muerto mientras cantaba en voz muy baja una canción de cuna que su propia madre le había cantado durante los primeros años de su vida antes de que el barco negro la separara para siempre.

Cuando amaneció, don Fernando encontró a Esperanza sentada en la misma posición con Gabriel en sus brazos y la mirada perdida en algún punto del infinito. No había que explicar nada. La escena hablaba por sí misma. Don Fernando, que a pesar de su crueldad no era completamente insensible, sintió una punzada de algo parecido a la culpa.

ordenó que se preparara un ataúd pequeño de madera de pino y que se cabara una tumba en el cementerio de esclavos en la loma detrás de los establos. El entierro fue una ceremonia breve y sencilla. Solo asistieron algunos de los trabajadores de la hacienda, Remedios, que lloraba desconsoladamente por no haber podido cuidar mejor al niño, y el padre Miguel, el sacerdote que visitaba la hacienda una vez al mes para oficiar misas y administrar sacramentos.

Don Fernando observó desde la distancia montado en su caballo, pero no se acercó. Doña Isabella ni siquiera se enteró de que había habido un funeral. Estaba demasiado ocupada organizando la fiesta del bautismo de su hijo Fernando, que se celebraría la semana siguientecon gran pompa.

 Después del entierro de Gabriel, algo fundamental cambió en esperanza. Continuó amamantando al hijo de doña Isabella con la misma eficiencia de siempre, pero su corazón se había endurecido como piedra volcánica. Ya no cantaba mientras trabajaba, ya no sonreía a los otros sirvientes, ya no mostraba ninguna emoción visible. Se había convertido en una máquina de funciones básicas: alimentar, limpiar, obedecer, sobrevivir.

El pequeño Fernando prosperaba bajo su cuidado. Era un niño hermoso y saludable que crecía rápidamente y mostraba signos de inteligencia precoz, pero Esperanza se resistía a sentir afecto por él. Cada vez que el niño le sonreía, ella recordaba a Gabriel y el dolor se renovaba. Cada vez que Fernando balbuceaba sus primeras palabras o daba sus primeros pasos, Esperanza pensaba en todos los momentos perdidos con su propio hijo, en todas las sonrisas que nunca vería, en todas las palabras que nunca escucharía de sus labios. Doña

Isabella comenzó a notar el cambio en el comportamiento de esperanza y no le gustó. Quería que la nodriza de su hijo fuera una mujer alegre y cariñosa, no esa figura sombría y silenciosa que cumplía con sus deberes de manera mecánica. habló con don Fernando sobre la posibilidad de buscar otra nodriza, pero él se negó rotundamente.

Esperanza había demostrado ser confiable y eficiente, y además el niño ya estaba acostumbrado a ella. Cambiar de nodriza podría afectar negativamente el desarrollo del heredero. Los meses pasaron lentamente. Esperanza veía crecer al pequeño Fernando mientras su propio dolor se convertía en una herida que nunca cicatrizaba completamente.

El niño comenzó a caminar, a decir sus primeras palabras, a mostrar preferencia por los juguetes y los dulces que le traían de la ciudad. Era inteligente y curioso, siempre haciendo preguntas sobre el mundo que lo rodeaba. Y a pesar de todos sus esfuerzos por mantener la distancia emocional, Esperanza no podía evitar sentir cierto cariño por esa criatura que había crecido con la leche de su cuerpo.

Cuando Fernando cumplió 2 años, doña Isabella anunció que estaba embarazada nuevamente. Esta vez el embarazo transcurrió sin complicaciones y dio a luz a una niña perfectamente sana a la que llamaron Isabel María. La niña nació con abundante cabello negro y los ojos oscuros de su padre y desde el primer día demostró tener un temperamento vigoroso y decidido.

 Doña Isabella pudo amamantarla sin problemas, lo que significó que los servicios de esperanza como nodriza ya no eran necesarios. Don Fernando le informó del cambio con la misma indiferencia con que habría comunicado cualquier decisión administrativa. Esperanza volvería a sus labores normales en la cocina y la casa grande y recibiría el mismo salario miserable de siempre.

El pequeño Fernando, que ya caminaba y hablaba con fluidez, fue confiado al cuidado de la institutriz francesa M de Moisé Yedubois, quien había llegado recientemente desde París con credenciales impecables y un acento que impresionaba mucho a doña Isabella. El día de la separación fue devastador para esperanza, aunque se cuidó mucho de no demostrarlo.

El pequeño Fernando, que había pasado dos años de su vida pegado a ella, no entendía porque su nana esperanza ya no podía cargarlo ni jugar con él. lloraba inconsolablemente y se escapaba de la Nurser para buscarla en las cocinas, donde ella trabajaba ahora pelando verduras y preparando las comidas familiares.

Cada vez que el niño aparecía en la puerta de la cocina con los brazos extendidos hacia ella, Esperanza tenía que hacer un esfuerzo sobrehumano para no tomarlo en brazos y huir corriendo de esa hacienda Ma de Moisés Yedubo era una mujer estricta de unos 40 años, soltera y completamente dedicada a su profesión.

Había educado a los hijos de familias aristocráticas en Francia y en Cuba y traía métodos pedagógicos muy avanzados para la época, pero no entendía el apego emocional que el niño había desarrollado hacia su nodriza y consideraba que era importante romper esos vínculos inapropiados lo antes posible. Los niños de buena familia no deben encariñarse excesivamente con la servidumbre”, le explicaba a doña Isabella durante sus reportes semanales sobre el progreso educativo de Fernando.

Es fundamental establecer desde temprana edad las diferencias sociales apropiadas. El joven Fernando debe aprender cuál es su lugar en la sociedad y cuál es el de las personas que lo rodean. Para acelerar el proceso de separación, M de Moisés Yedubo instituyó un régimen estricto que mantenía al niño ocupado desde el amanecer hasta la noche.

Lecciones de francés, aritmética básica, catecismo, equitación, música y dibujo llenaban cada hora del día. Cuando Fernando preguntaba por esperanza, la institutriz le respondía con firmeza que las damas y caballeros no se asociaban con la servidumbre, excepto para darórdenes. Pero los niños pequeños son persistentes en sus afectos.

Fernando desarrolló la costumbre de levantarse muy temprano antes del amanecer para bajar sigilosamente a las cocinas cuando sabía que Esperanza estaría encendiendo los hornos y preparando el desayuno de la familia. Esos encuentros furtivos se convirtieron en los momentos más preciosos del día para ambos.

 Esperanza le contaba cuentos en voz muy baja mientras amasaba el pan o le cantaba canciones mientras preparaba el chocolate caliente que tanto le gustaba a don Fernando. Una mañana de octubre, cuando Fernando tenía 3 años, Ma de Moisés Yedu Boys bajó temprano para supervisar la preparación de un desayuno especial que había ordenado para celebrar el cumpleaños de doña Isabella.

encontró al niño sentado en el regazo de esperanza, escuchando embelezado una historia sobre príncipes y dragones mientras ella trenzaba masa para hacer pan dulce. La escena la escandalizó profundamente. “Esto es intolerable”, gritó en francés antes de cambiar al español para que Esperanza pudiera entender.

 “Suelte inmediatamente al niño Fernando. Don Fernando debe enterarse de esta insubordinación.” Esperanza se puso de pie lentamente, bajando a Fernando al suelo con suavidad. El niño se aferró a sus faldas, confundido por los gritos de la institutriz y el tono amenazante de su voz. Esperanza lo miró a los ojos y le habló con la misma ternura de siempre.

Ve con Mad de Moisés Yed Boys, Fernando, es hora de tus lecciones. Pero el niño se negó a moverse. En cambio, abrazó con más fuerza las piernas de esperanza y comenzó a llorar. No quiero ir, Nan Esperanza. Quiero quedarme contigo. ¿Por qué ya no puedes cuidarme? La pregunta atravesó el corazón de esperanza como una lanza afilada.

Durante un momento se le ocurrió decir la verdad, porque tu madre no quiere que una mujer como yo sienta cariño por ti, porque para tu familia yo no soy más que un animal útil, porque en este mundo hay diferencias que tú aún no puedes entender. Pero en lugar de eso, se arrodilló a su altura y le acarició el rostro con ternura.

 Porque tú eres un niño muy especial, Fernando, y necesitas aprender cosas importantes que yo no puedo enseñarte. Ma de Moisés Yedubois es muy sabia y te ayudará a convertirte en el hombre que debe ser. Pero yo te quiero a ti, soyó el niño. Tú me cantabas para dormir. Tú me contabas cuentos. Tú me dabas abrazos cuando tenía pesadillas.

Esperanza sintió que las lágrimas amenazaban con brotar de sus ojos, pero se controló. Y yo también te quiero, pequeño. Pero el amor a veces significa dejar ir a las personas que queremos para que puedan ser felices. Ma de Moisés Yeduis observaba la escena con una mezcla de impaciencia y cierta incomodidad. No era una mujer completamente insensible y podía ver el genuino afecto entre la nodriza y el niño, pero tenía órdenes claras de don Fernando y doña Isabella, y su reputación profesional dependía de que las cumpliera.

Vamos. Fernando dijo en un tono más suave pero firme. Es hora de desayunar y luego tenemos lecciones de francés. Si eres un buen niño, esta tarde podremos montar a caballo. Fernando se separó lentamente de esperanza, secándose las lágrimas con el dorso de la mano. Antes de seguir a la institutriz, se volvió una vez más hacia ella. Me vas a olvidar, Nana Esperanza.

Jamás, mi niño. Jamás. Esa fue la última conversación larga que Esperanza tuvo con Fernando. Mad de Moisés Yedubo informó inmediatamente del incidente a doña Isabella, quien a su vez se lo comunicó a don Fernando esa misma noche. La reacción del patrón fue suft y decisiva. Esperanza fue trasladada inmediatamente a trabajar en los campos de maíz, lejos de la casa grande, donde no tendría oportunidad de encontrarse casualmente con el niño.

 El trabajo en los campos era brutal. especialmente para una mujer que había pasado años trabajando en el interior de la casa. Esperanza se levantaba antes del amanecer para caminar hasta las parcelas más alejadas de la hacienda, donde pasaba 12 horas bajo el sol implacable del altiplano cortando maíz maduro con una osidada que le destrozaba las manos.

Sus compañeros de trabajo eran en su mayoría hombres indígenas y mestizos que hablaban poco español y la veían con desconfianza, preguntándose qué habría hecho para merecer ese castigo después de años de trabajar en la casa grande. Por las tardes, cuando regresaba exhausta a su nuevo alojamiento en los barracones de los trabajadores del campo, Esperanza podía ver a veces desde la distancia las ventanas iluminadas de la casa grande.

 imaginaba a Fernando cenando en el gran comedor con sus padres, usando los cubiertos de plata que ella había pulido tantas veces o durmiendo en la cuna de caoba que ella había mecido durante sus primeros meses de vida. Se preguntaba si el niño la recordaría, si preguntaría por ella, si habría aprendido ya a no mencionarlapara evitar la desaprobación de su familia.

 Los meses se convirtieron en años. Fernando creció y se convirtió en un niño inteligente y bien educado que hablaba francés con fluidez, montaba a caballo como un experto y podía recitar largos pasajes de latín de memoria. Ocasionalmente, Esperanza lo veía desde lejos cuando él paseaba por los jardines de la hacienda o practicaba esgrima con el maestro que don Fernando había contratado para enseñarle las artes marciales propias de un caballero.

El niño había crecido hasta convertirse en un muchacho alto y esbelto, con los rasgos aristocráticos de su padre y la inteligencia vivaz que había mostrado desde pequeño. Pero a medida que Fernando crecía, también parecía haber interiorizado las lecciones sobre su lugar en la jerarquía social. Ya no buscaba esperanza con la mirada cuando pasaba cerca de los campos.

 Ya no preguntaba por ella durante las comidas familiares. Se había convertido en lo que su familia quería que fuera, un joven señorito que entendía perfectamente las diferencias de clase y las mantenía sin cuestionarlas. En 1840, cuando Fernando cumplió 8 años, don Fernando decidió enviarlo a estudiar a la capital siguiendo la tradición familiar.

El niño sería interno en el colegio de Sanil de Fonso, donde recibiría la educación clásica apropiada para un futuro administrador de grandes propiedades. La despedida se realizó con gran ceremonia en el patio principal de la Hacienda con todos los trabajadores y sirvientes formados en filas para despedir al joven amo.

 Esperanza se encontraba en la última fila, casi invisible entre los trabajadores del campo. Cuando Fernando pasó frente a ella montado en su caballo, vestido con un traje nuevo de viaje que había sido encargado especialmente en la Ciudad de México, sus miradas se cruzaron por un instante. Por un momento que duró menos de un segundo, Esperanza creyó ver un destello de reconocimiento en los ojos del niño, una chispa de la conexión que habían compartido años atrás.

 Pero Fernando siguió adelante sin detenerse, sin una palabra, sin un gesto de despedida. Esa noche, mientras yacía en su catre en el barracón de trabajadores, Esperanza lloró por primera vez desde la muerte de Gabriel. Lloró por el niño que había alimentado con la leche de su cuerpo y el amor de su corazón.

 Lloró por los años perdidos de su propia vida. Lloró por los 10 hijos que había parido y que nunca fueron realmente suyos para amar. Lloró hasta que no le quedaron más lágrimas y luego se durmió con el sonido del viento que soplaba desde las montañas, llevándose consigo los últimos vestigios de esperanza que aún albergaba su corazón destrozado.

Fernando regresó de sus estudios 5 años después, convertido en un joven de 13 años que había heredado completamente la arrogancia y el sentido de superioridad de su clase social. Había crecido hasta convertirse en una versión joven de su padre, alto, guapo, inteligente y completamente convencido de su derecho natural a dominar sobre aquellos que consideraba inferiores.

Durante las vacaciones que pasaba en la Hacienda, trataba a todos los trabajadores con la misma indiferencia cortés que había aprendido de su padre, sin mostrar reconocimiento especial hacia ninguno de ellos, incluida Esperanza. Para entonces, Esperanza tenía 41 años y el trabajo brutal en los campos había cobrado su precio en su cuerpo.

 Sus manos estaban deformadas por la artritis. Su espalda se había encorbado por años de trabajar inclinada bajo el sol y una tos persistente que había desarrollado durante los inviernos fríos en los barracones sin calefacción la despertaba todas las noches. Sabía que le quedaban pocos años de vida útil como trabajadora de campo y después de eso no quería pensar en lo que pasaría después de eso.

 Una tarde de diciembre de 1845, mientras Esperanza recogía los últimos mazorcas de maíz de la cosecha anual, vio acercarse a Fernando Montado en su caballo favorito. Ya era un joven de 17 años, a punto de cumplir la mayoría de edad y asumir responsabilidades administrativas en la hacienda. se había convertido en un hombre guapo con la Constitución atlética que había desarrollado durante años de entrenamiento físico y los modales refinados que había aprendido en el colegio capitalino.

Fernando detuvo su caballo a unos metros de donde ella trabajaba y la observó en silencio durante varios minutos. Esperanza continuó con su trabajo, fingiendo no notar su presencia, pero consciente de cada segundo de esa mirada que la estudiaba con una intensidad que la incomodaba. ¿Tú eres esperanza, ¿verdad?”, preguntó finalmente Fernando con una voz que había cambiado completamente desde la última vez que ella lo había escuchado.

Esperanza se enderezó lentamente, sintiendo el dolor familiar en la espalda, y lo miró a los ojos por primera vez en años. “Sí, joven Fernando, soy Esperanza. Fuiste mi nodriza cuandoera pequeño.” No era una pregunta, sino una afirmación. Esperanza asintió sin decir nada, esperando a ver hacia dónde se dirigía esa conversación.

“Recuerdo algunas cosas”, continuó Fernando con un tono pensativo que contrastaba con la autoridad natural que había heredado de su padre. “Recuerdo que me cantabas canciones. Recuerdo que me contabas cuentos sobre príncipes y dragones. Recuerdo que siempre olías a canela y vainilla porque trabajabas en las cocinas.

” Esperanza sintió que algo se movía en su pecho, un eco débil de las emociones que había enterrado años atrás. Usted era un niño muy bueno, joven Fernando, muy inteligente y curioso. ¿Por qué dejaste de cuidarme? La pregunta la tomó completamente por sorpresa. Durante todos esos años había asumido que Fernando había olvidado por completo su época como su nodriza o que al menos había aprendido a no mencionar esos recuerdos como parte de su educación social.

El hecho de que no solo los conservara, sino que hiciera preguntas sobre ellos, la desconcertó profundamente. Porque usted creció, joven Fernando. Ya no necesitaba una nodriza, necesitaba maestros y educadores que pudieran enseñarle las cosas importantes que yo no sabía. Fernando la estudió con una mirada que le recordó dolorosamente al niño pequeño que había sido lleno de preguntas y curiosidad sobre el mundo.

 Pero yo no quería que te fueras. Recuerdo que lloraba mucho cuando ya no podía verte. Esperanza cerró los ojos por un momento tratando de contener las emociones que amenazaban con desbordarse. Cuando los abrió, Fernando seguía mirándola con esa misma intensidad. A veces, continúa el joven, cuando estaba en el colegio en la ciudad de México, soñaba contigo.

Soñaba que me cantabas aquella canción que decía algo sobre pajaritos en el cielo. ¿La recuerdas? Esperanza recordaba. Recordaba cada canción que le había cantado, cada cuento que le había contado, cada momento de ternura que habían compartido durante esos dos años preciosos. Pero también recordaba el dolor de la separación, la brutalidad de su traslado a los campos, los años de silencio y olvido forzado.

La recuerdo, joven Fernando, ¿podrías podrías cantármela otra vez? La petición era tan inesperada, tan fuera de lugar en el contexto de la relación amosirvienta que se suponía debía existir entre ellos, que Esperanza no supo cómo responder. Durante un momento, se sintió transportada años atrás, cuando Fernando era un bebé en sus brazos y ella le cantaba para calmarlo durante las noches de tormenta.

 Pero luego recordó dónde estaba, quién era ella ahora y quién era él. recordó las lecciones que la vida le había enseñado sobre los límites infranqueables entre las clases sociales, sobre los peligros de permitir que los sentimientos trascendieran esos límites. No sería apropiado, joven Fernando. Usted es un caballero y yo soy solo una trabajadora de campo.

 Su familia no aprobaría ese tipo de familiaridad. Fernando permaneció en silencio durante varios minutos y Esperanza pudo ver una lucha interna reflejada en su rostro. Era como si dos versiones de sí mismo estuvieran en conflicto. El niño que había amado genuinamente a su nodriza y el joven aristócrata que había sido entrenado para mantener las distancias sociales apropiadas.

“Tienes razón”, dijo finalmente y su voz había recuperado el tono formal y distante que era esperado de alguien en su posición. Ha sido una conversación interesante. Que tengas un buen día, Esperanza. Se alejó al galope sin mirar atrás, dejando a Esperanza sola en el campo con sus recuerdos y una sensación renovada de pérdida.

Esa breve conversación había sido como abrir una herida que había pensado completamente cicatrizada. El niño que había amado seguía ahí en algún lugar dentro del joven señorito, pero estaba enterrado bajo capas de educación social y expectativas familiares que hacían imposible cualquier conexión real.

 Los años siguientes pasaron con la monotonía dolorosa de la rutina. Esperanza continuó trabajando en los campos hasta que su cuerpo ya no pudo soportar más el trabajo físico. Para entonces tenía 46 años, pero aparentaba mucho más. La vida dura había grabado surcos profundos en su rostro, había encorbado su espalda y había llenado sus manos de callosidades y deformaciones.

Su tosa había empeorado hasta convertirse en algo que la despertaba todas las noches y a menudo escupía sangre después de los ataques más severos. Don Fernando, que ahora tenía más de 50 años y había comenzado a mostrar signos de la enfermedad que eventualmente lo mataría, decidió que Esperanza ya no era útil como trabajadora de campo.

 En lugar de despedirla completamente, lo cual habría sido una sentencia de muerte segura para una mujer de su edad y condición, le asignó tareas menores en la hacienda. alimentar a los pollos, limpiar los establos, lavar la ropa de los trabajadores.Era trabajo menos demandante físicamente, pero también significaba que su salario se reducía a la mitad.

Esperanza sobrevivía a base de tortillas de maíz, frijoles y las verduras que podía cultivar en un pequeño huerto detrás de los barracones. Su salud continuó deteriorándose y sabía que le quedaba poco tiempo de vida. Una noche de marzo de 1850, cuando se cumplían 16 años desde el nacimiento de Fernando, Esperanza despertó de un sueño extraño en el que había visto a su madre, Amara, esperándola al final de un camino iluminado por una luz dorada.

 En el sueño, su madre le decía que ya había sufrido suficiente, que había cumplido con su destino en esta tierra y que era hora de descansar. Esperanza se levantó de su catre sintiendo una extraña sensación de paz que no había experimentado en décadas. Sabía, con una certeza, que no podía explicar que esa sería su última noche en la hacienda San Cristóbal.

Su cuerpo le decía que había llegado al final de sus fuerzas, que la enfermedad que la había estado consumiendo durante años finalmente reclamaría su vida. Pero antes de partir había algo que necesitaba hacer, algo que había estado guardando en su corazón durante todos esos años de silencio y resignación. Se dirigió lentamente hacia la casa grande, moviéndose como una sombra entre los patios familiares que conocía de memoria.

 La hacienda dormía profundamente. Ni siquiera los perros guardianes la molestaron, como si reconocieran que su misión era de naturaleza espiritual y no representaba una amenaza para nadie. encontró a Fernando en su habitación durmiendo profundamente en la cama de Caoba, que había sido tallada especialmente para él cuando regresó de sus estudios en la capital.

 Ya era un hombre de 20 años, a punto de casarse con la hija de otra familia aristocrática de Guadalajara y había asumido muchas de las responsabilidades administrativas de la hacienda, conforme la salud de su padre se deterioraba. Esperanza se sentó en la silla junto a la cama, la misma silla donde se había sentado tantas noches cuando él era bebé, velando su sueño y cantándole canciones de cuna cuando tenía pesadillas.

Lo observó dormir durante largo tiempo, memorizando sus rasgos, recordando al niño que había sido y lamentando al hombre en que se había convertido. Finalmente comenzó a cantar en voz muy baja, casi susurrando la canción de cuna que Fernando le había pedido que recordara años atrás en aquel encuentro en los campos de maíz.

 “Duérmete, mi niño, duérmete, mi sol, duérmete, pedazo de mi corazón.” Los pajaritos en el cielo van cantando canciones, van cantando de amores, van cantando de ilusiones. Fernando despertó gradualmente, emergiendo del sueño con la sensación de que había escuchado esa voz antes, en algún lugar muy lejano de su memoria. Cuando abrió los ojos y vio a Esperanza sentada junto a su cama, su primera reacción fue de confusión y alarma.

Esperanza, ¿qué haces aquí? ¿Cómo entraste a mi habitación? Pero mientras hacía las preguntas, una parte más profunda de su mente reconocía la canción que ella había estado cantando. Y con ese reconocimiento llegó una avalancha de recuerdos que había enterrado durante años. Se vio a sí mismo como un bebé en los brazos de esta mujer, sintiendo el calor de su cuerpo y la seguridad de su presencia.

Recordó las noches cuando tenía pesadillas y solo ella podía calmarlo, las tardes cuando le contaba historias que hacían volar su imaginación, las mañanas cuando la buscaba en las cocinas para robarle unos minutos de atención antes de que comenzaran sus lecciones. Esperanza lo miró con una ternura que él no había visto en ningún otro rostro en años.

 Vine a despedirme, Fernando, y a cantarte una última canción de cuna. Despedirte. ¿A dónde vas? A donde van todas las almas cansadas cuando han cumplido su tiempo en esta tierra, mi niño. Fernando se incorporó en la cama, completamente despierto ahora y alarmado por el tono de despedida en la voz de esperanza. A la luz de la luna que entraba por la ventana, pudo ver lo demacrada que estaba, lo enferma que se veía y por primera vez en año se sintió genuinamente preocupado por otra persona que no fuera de su familia inmediata.

Estás enferma. ¿Necesitas un médico? Puedo hacer que venga el doctor Martínez desde Zacatecas. Esperanza sonrió y en esa sonrisa, Fernando pudo ver un eco de la mujer que había sido años atrás, antes de que la vida y el trabajo la desgastaran hasta convertirla en una sombra de sí misma. Es muy tarde para médicos, Fernando, pero me alegra saber que aún queda algo del niño bueno que fuiste en el hombre en que te has convertido.

No entiendo de qué hablas. Yo siempre he sido el mismo. No, mi niño. Tú eras diferente cuando eras pequeño. Tenías un corazón grande y generoso. Veías a las personas como personas, no como objetos o herramientas. Esperaba que nunca perdieras eso, perosupongo que era inevitable. Fernando se sintió incómodo con la dirección que estaba tomando la conversación.

Durante años había sido entrenado para no cuestionar la estructura social en la que vivía, para aceptar como natural y correcto que algunas personas nacieran para mandar y otras para obedecer. Esperanza. Yo, las cosas son como son. Hay un orden en el mundo. Hay jerarquías que deben respetarse. No puedo cambiar eso.

 No te estoy pidiendo que cambies el mundo, Fernando. Solo te estoy pidiendo que recuerdes que las personas como yo también tenemos corazones que pueden partirse, sueños que pueden destruirse, hijos que pueden morir, hijos que pueden morir. No entiendo. esperanza respiró profundamente, preparándose para contar una historia que había guardado en secreto durante 16 años.

 Cuando tú naciste, Fernando, yo también tuve un hijo. Se llamaba Gabriel. Nació tres días después que tú, pero mientras yo te alimentaba con la leche que debería haber sido suya, él se moría de hambre en los establos. murió a los 4 meses de edad, solo y desnutrido, mientras yo cuidaba al hijo de la señora grande. Fernando sintió como si hubiera recibido un golpe físico en el estómago.

 La información era tan brutal, tan devastadoramente clara en sus implicaciones, que no pudo procesarla inmediatamente. Eso, eso no puede ser cierto. Mi padre nunca habría permitido. Tu padre ordenó que amamantara al heredero legítimo. Las consecuencias para mi propio hijo eran irrelevantes. Yo era una herramienta, Fernando, una máquina para producir leche.

 El hecho de que tuviera mis propios sentimientos maternales, mis propias necesidades, mi propio hijo, eso no importaba. Fernando se quedó en silencio durante largo tiempo tratando de reconciliar esta nueva información con la imagen que había construido de su familia y de sí mismo. Siempre había sabido de manera abstracta que la vida de los trabajadores de la hacienda era difícil, pero nunca había considerado los costos humanos específicos de los privilegios de los que él había disfrutado.

“Lo siento”, dijo finalmente y las palabras sonaron inadecuadas incluso para él. No sabía. Nunca me dijeron. No te estoy contando esto para que te sientas culpable, Fernando. Tú eras un bebé, no tomaste esas decisiones. Te lo cuento para que entiendas que cada privilegio tiene un costo y generalmente ese costo lo pagan personas que no tienen voz para quejarse.

Esperanza se levantó lentamente de la silla y Fernando pudo ver el esfuerzo que le costaba mantenerse en pie. Debo irme ya. Tu familia no aprobaría que me encontraran aquí. Espera. Fernando se levantó también, moviéndose hacia ella con una urgencia que no había sentido en años. No te vayas todavía. Hay tantas cosas que quiero preguntarte, tantas cosas que quiero entender.

 Ya no hay tiempo para preguntas, mi niño, pero hay una cosa que puedo darte antes de irme. Esperanza extendió su mano temblorosa y tocó gentilmente el rostro de Fernando, como había hecho tantas veces cuando él era pequeño y necesitaba consuelo. Por un momento, los años desaparecieron y él volvió a ser el niño de 3es años que lloraba en los establos porque su nana ya no podía cargarlo.

 Te doy mi perdón, Fernando, por todo lo que has hecho y por todo lo que harás. Por las decisiones que tomarás que lastimen a otros, por las veces que no verás el sufrimiento que tienes enfrente. Por los momentos cuando elijas la comodidad de la ignorancia sobre la incomodidad de la verdad. Te perdono porque te amé cuando eras pequeño y porque sé que en algún lugar dentro de ti todavía existe el niño bueno que fuiste.

 No me dejes susurró Fernando, y en su voz había un eco de la desesperación infantil que había sentido cuando Mad Moisé Yedu Boys lo había separado de ella años atrás. No sé cómo vivir con esto que me has dicho. No sé cómo continuar sabiendo lo que se ahora. Vivimos porque no tenemos otra opción, Fernando.

 Vivimos y tratamos de ser un poco mejores cada día, un poco más compasivos, un poco más conscientes del dolor de otros. Eso es todo lo que podemos hacer. Esperanza se dirigió hacia la puerta, moviéndose como si cada paso le costara un esfuerzo enorme. Fernando la siguió, pero se detuvo en el umbral de su habitación, consciente de que si la seguía más lejos, estaría cruzando líneas sociales que había aprendido a no cruzar.

Esperanza la llamó cuando ella estaba en el corredor. Me amaste, quiero decir, realmente me amaste como si fuera tu hijo. Esperanza se volvió una última vez para mirarlo y Fernando pudo ver lágrimas brillando en sus ojos a la luz de la luna. Te amé más que a mi propia vida, Fernando. Te amé como solo una madre puede amar.

Te amé tanto que estuve dispuesta a dejar morir a mi propio hijo para mantenerte vivo. Ese fue mi regalo y mi maldición. Y con esas palabras desapareció en las sombras del corredor, dejando a Fernando solo con el peso deuna verdad que cambiaría para siempre la manera como se veía a sí mismo y al mundo que lo rodeaba.

Esperanza regresó a su catre en los barracones, pero no para dormir. Pasó las horas restantes de la noche recordando cada momento de felicidad que había experimentado en su vida. Los primeros años con su madre en África, los breves momentos de ternura con cada uno de sus hijos, las noches cantándole a Fernando cuando era bebé.

 Cuando llegó el amanecer, cerró los ojos por última vez con una sonrisa en los labios, habiendo encontrado finalmente la paz que había eludido durante tantos años. La encontraron al día siguiente, rodeada por las pocas pertenencias que había acumulado durante una vida de servitud. Un rosario de perlas pequeñas que don Fernando le había regalado años atrás, una camisa diminuta que había tejido para Gabriel y que había conservado como reliquia y un pedazo de papel donde había escrito con la caligrafía cuidadosa que doña Constanza le había

enseñado en su juventud, los nombres de sus 11 hijos. Fernando asistió al funeral, algo completamente inusual para un miembro de la familia propietaria. Se quedó en la parte trasera del pequeño grupo que se reunió en el cementerio de trabajadores y cuando el padre Miguel terminó de decir las oraciones, se acercó a la tumba recién cabada.

Adiós, Nana Esperanza”, susurró usando por primera vez en años el título cariñoso con el que la había llamado cuando era niño. “Gracias por amarme. Prometo tratar de ser digno de ese amor.” Años después, cuando Fernando se convirtió en el único dueño de la hacienda tras la muerte de su padre, instituyó cambios que sus contemporáneos consideraron radicales y peligrosos.

mejoró las condiciones de vivienda de los trabajadores, estableció una escuela para sus hijos y creó un sistema de pagos que permitía a las familias ahorrar dinero y eventualmente comprar su libertad económica. nunca explicó públicamente las razones de estos cambios, pero quienes lo conocían bien notaron que siempre tenía una mirada melancólica cuando pasaba por el cementerio donde descansaba una mujer llamada Esperanza, quien había amado a 11 nunca fueron realmente suyos y cuyo amor había plantado en el corazón de un

hombre las semillas de la compasión que eventualmente florecerían en justicia para muchos otros. La historia de Esperanza Morales se perdió en los anales escritos de la historia mexicana, como se perdieron tantas otras historias de mujeres que amaron sin condiciones, sufrieron sin quejas y murieron sin reconocimiento.

Pero en los rincones silenciosos de Zacatecas, donde el viento del altiplano susurra entre las piedras antiguas, todavía se pueden escuchar ecos de canciones de cuna cantadas por una voz que amó demasiado, perdonó demasiado generosamente y encontró al final de todo, la paz que había buscado durante una vida entera de servicio y sacrificio. Yeah.