(Oaxaca, 1975) La HISTORIA PROHIBIDA de los hermanos criados como extraños

En la ancestral tierra de Oaxaca, donde los susurros de los códices se confunden con el lamento del viento entre los maguelles y el polvo de los siglos sellas secretos implacables, se gestó una historia tan prohibida que su sola mención era una blasfemia. Corría el año 1975 y bajo el velo de una aparente normalidad rural, dos almas estaban destinadas a un encuentro que desafiaría no solo las férreas costumbres del pueblo, sino las mismísimas leyes de la sangre y el destino.

¿Qué podría ser tan terrible, tan profundamente inaceptable, que el tiempo y la memoria se confabularan para borrarlo, dejando solo una dolorosa cicatriz en el corazón de quienes osaron vivirlo. Todo comenzó en el pequeño y olvidado poblado de San Bartoloco Coyotepec, un lugar donde el sol castigaba la tierra y las miradas de los vecinos eran tan penetrantes como el mezcal sin añejar.

Allí, en la casa de adobe más grande de la plaza, vivía Gloria. Era una joven de 22 años, con ojos que guardaban el fuego de la bugambilla y una cabellera oscura como la noche oaxaqueña. Había sido criada por su tía Estela, una mujer de ferrecia y lengua afilada, quien siempre le recordaba su lugar y la mantenía bajo una estricta vigilancia, como si en ella se ocultara alguna semilla de pecado inconfesable.

Gloria sentía el peso de esa mirada constante, la sensación de que llevaba una carga invisible, un estigma que ni ella misma comprendía. En la misma tierra, a unos kilómetros, en un rancho aislado entre nopaleras y espinos, habitaba Santiago, un joven de 23 años, con la piel curtida por el sol y unas manos fuertes acostumbradas a la tierra.

Su silencio era tan profundo como el pozo del patio, pero en sus ojos había una melancolía que delataba un alma soñadora y sensible. Lo había criado su tío Benito, un hombre rudo y taciturno, que apenas sí cruzaba palabra con él, delegándole las faenas del campo y la responsabilidad de una soledad tan vasta como la milpa.

Santiago creció con la vaga noción de que sus padres habían muerto en un accidente hacía muchos años, pero nunca se le permitió preguntar más allá de esa escueta, ¿verdad? Sentía una ausencia, un vacío que ninguna faena o distracción lograba llenar. Gloria y Santiago se conocían. Claro, en un pueblo tan pequeño era imposible no hacerlo.

Se veían en la misa dominical, en el mercado, en las fiestas patronales, pero siempre de lejos. La tía Estela había prohibido explícitamente a Gloria acercarse a los de rancho y particularmente a Santiago, refiriéndose a él con un desdén que Gloria nunca comprendió del todo. Los llamaba gente de otro palo, de otra estirpe, una mentira, pensaba Gloria, pues las familias del pueblo estaban todas entrelazadas por generaciones de matrimonios.

Sin embargo, cada vez que sus miradas se cruzaban, un escalofrío recorría la espalda de Gloria, una conexión innegable, una resonancia que trascendía las prohibiciones de su tía. Una chispa, la fatalidad, o tal vez el destino, tejió su tela en la feria anual de San Antonino, cuando los colores de los rebos y el aroma anicuatole inundaban la plaza.

Gloria había logrado escapar de la vigilancia de su tía por un par de horas con la excusa de ayudar a su amiga a vender dulces. Fue allí, entre la multitud y el bullicio, que Santiago se acercó a ella. No fue con palabras, sino con una mirada profunda cargada de una extraña familiaridad. le ofreció una flor silvestre, una margarita arrancada del camino, un gesto sencillo, pero que para gloria significó una ruptura de todas las barreras invisibles que la rodeaban.

Ella la tomó. Sus dedos se rozaron y una corriente eléctrica casi dolorosa los atravesó. Desde ese día, los encuentros se volvieron clandestinos. Pequeñas conversaciones robadas al atardecer bajo la sombra de un viejo pirul o en el camino al río, cuando el sol se ponía tiñiendo el cielo de ocres y púrpuras. Hablaban de sus sueños, de la vida en el pueblo, de la opresión de sus tutores.

Se reconocían en la soledad del otro, en el anhelo de algo más, en la extraña sensación de pertenecerse mutuamente. La prohibición de Estela se volvió un incentivo más. una barrera que alimentaba la fuerza de su incipiente atracción. ¿Por qué la tía Estela temía tanto esa cercanía? ¿Qué secreto se ocultaba tras su insistencia en mantenerlos separados? Un día, mientras Gloria leía a Santiago un fragmento de un libro viejo que había encontrado escondido en el ático de su casa, un libro que su tía le había prohibido tocar, la tarde les jugó una

mala pasada. Las páginas amarillentas hablaban de amores trágicos, de destinos entrelazados más allá de la razón. Santiago, impulsado por una fuerza que no podía contener, tomó el rostro de gloria entre sus manos ásperas. Sus miradas se encontraron profundas, hambrientas. El aire se volvió denso, cargado de una electricidad ineludible.

Entonces, en un acto que se sintió tannatural como respirar y tan condenatorio como el mismo infierno, sus labios se unieron. El beso fue un relámpago, un fuego que quemaba y a la vez curaba, un dulce abismo al que ambos cayeron sin reservas. Pero en el instante en que sus bocas se separaron, una sombra se cernió sobre ellos.

La tía Estela, con el rostro transfigurado por la furia y la desesperación apareció al final del sendero, observándolos con unos ojos que parecían haber visto al mismo demonio. La voz de Estela rasgó el silencio de la tarde, una acusación amarga que resonó entre los árboles. Pronunció palabras terribles que Gloria no entendió del todo, pero cuyo significado se le clavó en el alma como una espina venenosa.

Mencionó la sangre, la desgracia, el pecado de sus ancestros. Santiago intentó defender a Gloria, pero Estela lo detuvo con una mirada de puro desprecio, como si él fuera la encarnación de la misma iniquidad. Gloria fue arrastrada de vuelta a casa, el corazón latiéndole como un colibrí atrapado. Esa noche, la tía Estela, con la voz ahogada en soyosos y enojo, le reveló una parte de la verdad, una verdad fragmentada y dolorosa.

Ustedes, le dijo Estela, son de la misma sangre. sea. Son primos hermanos y este amor es un anatema que traerá la desgracia sobre esta casa y sobre todos nosotros. La noticia golpeó a Gloria con la fuerza de un rayo. Rimos. La explicación era un golpe devastador, pero a la vez una extraña justificación para la inexplicable prohibición y la intensidad de su conexión.

Aún así, el amor entre primos, aunque socialmente mal visto y complicado por los rumores del pueblo, no era un pecado tan mortal como Estela lo había pintado. Había algo más. La furia y el pánico de su tía eran demasiado grandes para una simple relación entre parientes. Gloria, con el alma desgarrada, se negó a aceptar esa explicación incompleta.

Su corazón gritaba que la verdad era más profunda, más oscura. Santiago, por su parte, fue confrontado por su tío Benito, quien le propinó una paliza brutal, no solo por haber deshonrado a Gloria, sino por haber revivido un fantasma que la familia había sepultado bajo tierra hacía décadas. En medio de los golpes y los insultos, Benito le escupió una verdad a medias, una historia de tragedia y abandono de un padre y una madre que murieron en circunstancias sospechosas, dejando a dos niños huérfanos.

Pero Benito se negó a nombrar a la hermana de Santiago, diciendo que esa parte de la historia no le concernía a él, que era una desgracia que el pueblo había olvidado. Santiago se sintió confundido. ¿Quién era su hermana? ¿Por qué nunca se le había hablado de ella? La semilla de la duda se sembró en su mente.

 Los días se convirtieron en semanas de un sufrimiento insoportable. Gloria y Santiago fueron separados. Estela no permitía que Gloria saliera de casa si no era bajo su estricta supervisión. Y Santiago fue enviado a trabajar a los campos lejanos de un ascendado con la prohibición explícita de pisar San Bartolo Coyotepec. Pero la distancia, en lugar de apagar el fuego, lo avivaba.

Gloria y Santiago se encontraban en sueños, en pensamientos, en la desesperación de su separación. La promesa de su beso, el infierno dulce de su amor, se negaba a morir. Gloria, impulsada por una intuición feroz, empezó a buscar respuestas. Desconfiaba de la historia de su tía, del terror en sus ojos. Había algo más.

 Con la audacia de la desesperación, Gloria comenzó a espiar a su tía. Una noche vio a Estela entrar a una habitación sellada con tablas. una habitación que Gloria recordaba haber estado cerrada desde que era niña. La tía salió minutos después con el rostro bañado en lágrimas y un viejo baúl de madera bajo el brazo. Gloria esperó hasta el amanecer, hasta que el sueño venció a Estela.

 Con el corazón en la garganta, forzó la cerradura de la habitación prohibida. El polvo milenario cubría todo. En un rincón, debajo de una pila de telas viejas, encontró una caja de metal oxidado. Dentro había cartas, fotografías y un certificado de nacimiento. Y otro, y otro más. Las manos de gloria temblaban al leer los documentos.

eran los certificados de nacimiento de ella misma y de Santiago y de una tercera niña. Los nombres de los padres eran los mismos en los tres, un hombre llamado Samuel y una mujer llamada Micaela. Sus padres, los padres de Santiago. Y de la tercera, una pequeña fallecida al nacer que nunca conoció la luz del sol. Samuel y Micaela.

Los nombres que su tía Estela se negaba a pronunciar, a quienes siempre se refería como los malditos, los caídos en desgracia. Pero la verdad más terrible estaba en las fechas, en las edades. Gloria apenas un año mayor que Santiago. Y lo más escalofriante, en el certificado de Santiago, el nombre de la madre era diferente.

O mejor dicho, no era el nombre de su madre Micaela, sino el nombre de su tía Estela. ¿Cómo era posible? La cabeza de gloria daba vueltas.Samuel y Micaela eran sus padres. Samuel y Estela eran los padres de Santiago. No, no podía ser. La historia de Estela era una telaraña de mentiras y medias verdades. Samuel y Micaela, sus padres, habían muerto en un accidente de carro.

 Eso le había dicho su tía. Pero las cartas en la caja contaban una historia diferente, una historia de amor prohibido, de un matrimonio clandestino en un pueblo lejano, de una fuga desesperada. Y luego una tragedia. Un periódico amarillento de Zacatecas, fechado en 1973 revelaba la verdad con una frialdad desalmada. Un joven matrimonio, Samuel y Micaela, encontrado sin vida en la sierra.

Habían huído de su pueblo natal en Jalisco, donde la unión entre primos hermanos había sido vista como uno probio. Pero en sus cartas hablaban de un amor puro de su primera hija Gloria, a quien habían dejado con Estela para protegerla de la habladuría del pueblo, mientras ellos buscaban un nuevo comienzo. Y luego un segundo embarazo.

Santiago. Gloria sintió que el mundo se le venía encima. No eran primos, eran hermanos, hermanos de sangre, hijos de la misma madre y el mismo padre, criados como extraños bajo el yugo de una mentira para proteger el honor de una familia que no merecía ser protegida. La tía Estela, en su desesperación por borrar la mancha del pecado de sus padres, el de casarse siendo primos y haber tenido hijos, había adoptado a Gloria como suya.

 mientras que a Santiago lo había entregado a su propio hermano Benito, para que lo criara lejos, casi como un extraño, ocultando su verdadera identidad a ambos. La tercera hija, su hermana menor, nunca había nacido. Era la mentira final para justificar el misterio. El aire se volvió frío en la habitación. Gloria con el corazón roto y la mente enredada en esta maraña de engaños cayó de rodillas.

Su amor por Santiago, ese fuego inextinguible, no era ya un anatema entre primos, sino una aberración de la naturaleza, un amor incestuoso prohibido por todas las leyes divinas y humanas. La verdad, aunque liberadora en su claridad, era un golpe mortal para su alma. La revelación no les había traído la libertad, sino una condena aún más terrible.

Con la caja en sus manos, Gloria supo que tenía que encontrar a Santiago. Tenía que contarle la verdad, por dolorosa que fuera, por mucho que destrozara sus corazones, por mucho que hiciera de su infierno dulce un lugar de tormento eterno. La encontró en el rancho de su tío, trabajando bajo el sol inclemente, su espalda doblada por el esfuerzo, su alma marcada por la tristeza.

Gloria se acercó con el rostro descompuesto, las pruebas de su parentesco en las manos temblorosas. Santiago la vio y en su mirada se encendió la esperanza, la alegría de verla de nuevo, a pesar de las prohibiciones. Pero el rostro de Gloria era una máscara de dolor, de un horror que él nunca había visto en ella.

Ella le mostró los papeles, las fotos, las cartas. Le habló con voz quebrada de Samuel y Micaela, de la mentira que había tejido su tía, de la dolorosa verdad que los unía por la sangre de sus padres. Santiago escuchó y a cada palabra su corazón se encogía, sus ojos se llenaban de una desesperación abismal. La luz se apagó en su mirada, sustituida por una oscuridad tan profunda como la tumba.

Los hermanos, criados como extraños, ahora se miraban con los ojos llenos de un amor que había mutado en un dolor insoportable, en una vergüenza que los ahogaba. Su amor no era un secreto que pudieran guardar, sino un pecado que no podían cometer. La maleza venenosa de la verdad había crecido, sofocando la flor de su amor prohibido.

¿Qué harían ahora? Podrían sobrevivir a esta revelación que los condenaba al ostracismo, a la soledad eterna, al recuerdo de un infierno dulce que nunca debió haber existido. La tierra de Oaxaca, testigo silencioso de siglos de historias, guardaba ahora un secreto más, uno que, aunque trágico, era un grito mudo de amor y desesperación, suspendido en el aire, esperando el desenlace de su condena. M.