Necesito un novio para mañana” — un millonario oye el secreto de su limpiadora

Necesito un novio para mañana. Un millonario oye el secreto de su limpiadora. Clara apretó el teléfono contra su oído mientras empujaba el carrito de limpieza por el pasillo brillante del edificio. Eran casi las 9 de la noche y la mayoría de las oficinas estaban vacías. El eco de sus pasos la hacía sentirse más sola de lo habitual.

Respiró hondo antes de hablar, bajando la voz como si las paredes pudieran juzgarla. Necesito un novio para mañana”, susurró. “Solo para una cena nada más. Mi mamá no va a dejar de preguntar. Te prometo que no habrá drama.” Colgó sin esperar respuesta y apoyó la frente en el carrito. No se dio cuenta de que al final del pasillo un hombre observaba en silencio.

 Alejandro Vázquez había salido tarde de una reunión interminable. El dueño del edificio, el millonario que todos conocían por revistas y conferencias, acababa de escuchar una confesión que no iba dirigida a él, pero que lo había dejado inmóvil. Alejandro no era un hombre curioso por naturaleza, pero aquella frase tenía algo distinto.

 No sonó a capricho, sino a cansancio. Vio a Clara entrar en el ascensor y por impulso apuró el paso para alcanzarla. El trayecto fue corto y silencioso. Clara miraba el suelo, Alejandro, el reflejo en el espejo. Cuando las puertas se abrieron, ella salió rápido con las mejillas encendidas, segura de que él había oído algo.

 Esa noche, Alejandro llegó a su ático con una sensación extraña. Tenía todo lo que el dinero podía comprar y, aún así, la soledad se sentía más grande que nunca. pensó en la voz de Clara, en la forma en que había dicho mañana, como si el tiempo la persiguiera. Intentó convencerse de olvidarlo, pero no pudo.

 Al día siguiente, Clara trabajó con un nudo en el estómago. Era el cumpleaños de su madre y la cena familiar se sentía como una prueba imposible. Sus tías, sus primos, todos tenían opiniones sobre su vida. Tan inteligente y sola. Se te va a pasar el tren, deberías apuntar más alto. Clara había aprendido a sonreír y cambiar de tema, pero ese día no tenía fuerzas.

Cuando entró a limpiar la sala de juntas del último piso, no esperaba encontrar a nadie. Alejandro estaba de pie junto a la ventana, mirando la ciudad. Se giró al oír el ruido del cubo. “Buenos días, Clara”, dijo con una calma que la desarmó. Ella se tensó. “Buenos días, señor Vázquez.

” Alejandro, por favor, dudó un segundo. Ayer escuché lo que dijiste por teléfono. No quise hacerlo, pero ocurrió. Clara sintió que el corazón se le subía a la garganta. Lo siento mucho. Fue inapropiado. No volverá a pasar. No tienes que disculparte, respondió él. En realidad pensé que quizá podría ayudarte. Ella lo miró confundida.

 Ayudarme ser ese novio”, dijo Alejandro directo. Solo por la cena nada más. Clara soltó una risa nerviosa, convencida de que era una broma. “¿Usted? ¿Por qué? Porque sé lo que es que te miren esperando algo de ti”, contestó. “¿Y por qué? Honestamente no tengo a nadie con quien cenar hoy.” El silencio se alargó.

 Clara pensó en todas las razones para decir que no. La diferencia entre ellos era abismal, pero también pensó en el cansancio, en las miradas de lástima, en la presión constante. “No quiero problemas”, dijo al fin. “Ni que esto se vuelva raro.” “Será lo que tú decidas que sea, aseguró Alejandro.

 Con respeto, aceptó, aunque el miedo no desapareció. Esa noche Alejandro llegó puntual pequeño departamento de Clara. El coche elegante llamó la atención de los vecinos. Clara salió con un vestido sencillo, prestado y el cabello recogido. Se sentía fuera de lugar, pero cuando Alejandro la miró, no vio juicio, solo admiración. Gracias por confiar en mí”, le dijo mientras abría la puerta del coche.

Durante el trayecto hablaron de cosas simples, de la música que escuchaban de niños, de comidas favoritas, de sueños que habían quedado en pausa. Clara descubrió que Alejandro no hablaba como los hombres arrogantes que había imaginado. Él, por su parte, se sorprendió de lo fácil que era reír con ella.

 La cena fue un desfile de preguntas. La madre de Clara observaba a Alejandro con cautela como si temiera que desapareciera en cualquier momento. Las tías sonreían demasiado. Alejandro respondió con paciencia, contó anécdotas sin presumir y elogió la fortaleza de Clara sin exagerar. ¿Y a qué te dedicas, Alejandro? Preguntó alguien.

 A construir cosas, respondió. Pero Clara es quien realmente mantiene todo en orden. Clara sintió un calor inesperado en el pecho. No era una mentira humillante, era una verdad dicha con respeto. Cuando la cena terminó, Clara acompañó a Alejandro al coche. El aire nocturno estaba fresco. “Gracias”, dijo ella.

 “Oh, fue más fácil gracias a ti. Para mí también lo fue”, admitió él. Hacía tiempo que no me sentía así de normal. se quedaron mirándose un segundo más de lo necesario. No hubo beso, solo una promesa silenciosa de no romper algo queaún no entendían. Los días siguientes, Alejandro empezó a buscarla con la mirada cada vez que entraba al edificio.

Clara, sin darse cuenta, caminaba más ligera. No hablaron del acuerdo, simplemente empezaron a coincidir. Un café rápido, una charla en el ascensor. Risas que llegaban sin esfuerzo. Una tarde, Clara recibió una llamada del hospital. Su madre había tenido una leve complicación. Clara salió corriendo sin saber cómo iba a llegar.

 Alejandro la vio desde el lobby y no preguntó demasiado. Tomó las llaves y la acompañó. En la sala de espera, Clara se quebró. Alejandro se sentó a su lado sin invadir, sin prometer lo imposible. “No tienes que ser fuerte todo el tiempo”, le dijo en voz baja. En ese momento, Clara entendió que lo que sentía ya no era parte de un trato.

 La madre se recuperó pronto y con esa calma nueva, Clara tomó una decisión importante. Aplicó a un curso nocturno que había postergado por años. Quería algo más por ella, no por nadie más. Un mes después, Clara dejó el uniforme, no porque Alejandro se lo pidiera, sino porque había conseguido un mejor trabajo administrativo dentro de la empresa.

Alejandro se enteró por terceros y sonríó orgulloso desde lejos. Una noche se encontraron en la terraza del edificio. La ciudad brillaba abajo. ¿Te acuerdas de aquella frase en el pasillo?, preguntó Alejandro. Necesito un novio para mañana. Clara rió. Sí. Nunca pensé que alguien la escucharía. Yo tampoco pensé que cambiaría tantas cosas, dijo él.

 Esta vez no quiero ser un favor. Quiero saber si quieres intentarlo de verdad. Clara lo miró sin miedo. Quiero. Respondió, pero despacio. Alejandro asintió. No había prisa. A veces el amor no llega con grandes declaraciones, sino con una frase dicha en voz baja en un pasillo vacío. Y a veces quien la escucha no es quien esperabas, pero sí quien necesitabas. M.