(Navidad de 1987) La MACABRA CENA DE NAVIDAD que terminó revelando un amor prohibido

La Nochebuena de 1987 descendió sobre la hacienda de los Rivera como un velo de nieve y silencio, un presagio helado que pocos supieron decifrar. La cena, que se prometía ser la celebración más fastuosa en años, guardaba en sus entrañas no solo el calor de las brasas y el aroma de los platillos tradicionales, sino también un secreto tan antiguo como el mezquite que custodiaba el patio central.

Un secreto tan peligroso que su revelación estaba destinada a desgarrar el tejido mismo de la familia, a exponer un amor prohibido bajo el implacable escrutinio de Dios y la tradición. En los pueblos conservadores de Jalisco, donde las costumbres eran férreas como el hierro forjado, la vida se regía por códigos no escritos transmitidos de generación en generación.

La familia Rivera, respetada y temida a partes iguales, encarnaba esa rigidez. Su patriarca, don Sebastián, y su inquebrantable madre, abuela Concepción, eran guardianes celosos de un linaje que se enorgullecía de su pureza y su apego a la fe católica. La hacienda, con sus muros de piedra gruesa y sus amplios corredores, era un microcosmos de ese mundo donde cada paso, cada mirada, cada suspiro estaba bajo atenta vigilancia.

Florencia, la nieta mayor de abuela Concepción, poseía una belleza que no pasaba desapercibida, una mezcla de gracia y melancolía que la hacía parecer un personaje extraído de una novela gótica. Sus ojos, de un color avellana profundo, ocultaban fuegos que poco se atrevían a nombrar. Desde niña, Florencia había sido consciente de su destino, un matrimonio arreglado que consolidaría la posición de la familia.

Y así fue. Apenas hacía tres meses. Su compromiso con Gonzalo, el ascendado más acaudal del valle vecino, había sido anunciado entre Vítores y la bendición de abuela Concepción. Florencia, por fuera la imagen de la obediencia. Por dentro su alma era un tumulto de olas que chocaban contra un acantilado de roca.

Pero antes de Gonzalo, mucho antes de las joyas de compromiso y las promesas vacías, existió Héctor. Héctor, el primo de Florencia, hijo de la hermana menor de don Sebastián, quien se había marchado a Zacatecas hacía muchos años, pero regresaba cada Navidad. Sus encuentros, furtivos y cargados de una electricidad innegable, habían comenzado en la adolescencia, en los rincones olvidados de la hacienda, entre los viejos libros de la biblioteca y bajo la sombra de los duraznos.

Héctor era el antítesis de Gonzalo, un artista errante con manos ásperas de trabajador y ojos que prometían la libertad. No poseía tierras ni fortuna, solo el alma de un poeta y un corazón audaz. Los años de su amor clandestino se habían tejido con hilos de seda y de espinas. Se encontraban al amparo de la luna, en los riachuelos donde solo el canto de los grillos era testigo, o en el viejo granero, donde el aroma aeno y a tierra mojada se mezclaba con el aliento de sus besos.

Se regalaban pequeños objetos, símbolos silenciosos de su conexión. Héctor, con sus manos hábiles, había tallado para Florencia un pajarito de madera de ébano, un colibrí que era su animal favorito. Lo habían jurado, era su talismán, el testigo mudo de su amor infinito. Ella lo guardaba celosamente, envuelto en un pañuelo de seda en el compartimento secreto de su diario.

Pero la noche de la cena de Navidad, la noche que lo cambiaría todo, Florencia había decidido llevar el colibrí consigo oculto en el bolsillo de su vestido de terciopelo verde. Era un acto de rebeldía silenciosa, una provocación al destino o quizás una desesperada súplica al universo para que interviniera. La víspera de Navidad, la temperatura había caído de manera abrupta.

Una niebla densa se había posado sobre los campos de age. Confiriéndoles un aspecto fantasmal. Dentro de la hacienda, sin embargo, el calor era sofocante, no solo por las chimeneas encendidas, sino por la tensión que flotaba en el aire. La abuela Concepción, con su presencia imponente, supervisaba cada detalle.

Su vestido de gala negro, adornado con encajes de azabache, le daba la apariencia de una esfinge antigua, una guardiana de secretos inescrutables. Héctor había llegado ese mismo día desde Zacatecas, su mirada ansiosa buscando a Florencia entre la multitud de parientes que llenaban la casa. Cuando sus ojos se encontraron por primera vez esa tarde, fue como si el tiempo se detuviera.

Una descarga eléctrica, una chispa que solo ellos podían sentir, pero que la abuela Concepción, con su sabiduría ancestral, parecía presentir en el aire cargado. Ella, desde su sillón de respaldo alto, observó el breve, casi imperceptible cruce de miradas y una arruga de sospecha se profundizó en su frente. No pronunció palabra, pero el eco de su silencio se sentía como una amenaza.

La cena comenzó puntualmente a las 8 de la noche. La larga mesa de madera maciza pulida con esmero estaba cubierta con un mantel bordado y engalanada con velas y flores de nochebuena.Los platillos abundaban tamales, mole poblano, romeritos, ponche caliente. Las risas y las conversaciones llenaban el gran comedor, pero para Florencia y Héctor el ruido era un murmullo distante, un velo que apenas cubría el latido furioso de sus propios corazones.

Florencia estaba sentada junto a Gonzalo, su prometido, cuya mano se posaba posesivamente en su muslo bajo la mesa. El tacto de Gonzalo le producía un escalofrío que no tenía nada que ver con el amor, sino con el deber. Al otro lado de la mesa, casi directamente frente a ella, estaba Héctor con su barba incipiente y sus ojos oscuros clavados en ella.

Cada vez que Gonzalo se inclinaba para susurrarle algo al oído, el rostro de Héctor se endurecía y Florencia sentía un punzante dolor en el pecho. A mitad de la cena, en un momento de distracción general, cuando un tío contaba una anécdota particularmente ruidosa, Florencia, sintiendo el peso del pajarito de ébano en su bolsillo, intentó ajustarlo, moverlo a un lugar más seguro.

Sus dedos, torpes, temblorosos por la tensión, hicieron que el pequeño objeto se le escapara. El colibrí cayó al suelo con un suave golpe que en medio del estruendo festivo pasó casi inadvertido. Casi. Pero la vista de la abuela Concepción era tan aguda como su juicio. Unas de luz de una vela reflejado en la superficie pulida del suelo de terrazo captó el brillo oscuro del ébano.

Sus ojos, ya fijados en Florencia y en la interacción tensa con Héctor, notaron el pequeño objeto. En un instante, el jolgorio en la mesa pareció desvanecerse para ella como si una cortina de seda cayera, dejando solo un enfoque implacable en el pájaro tallado. Abuela Concepción se inclinó con una lentitud deliberada, su mano huesuda y temblorosa de la edad, pero firme en su propósito, recogió el colibrí.

lo sostuvo entre sus dedos largos, examinándolo con una intensidad escalofriante. Florencia sintió que el aire abandonaba sus pulmones. Héctor, al otro lado de la mesa, se quedó inmóvil como una estatua, sus ojos fijos en el objeto que ahora estaba en las manos de la matrona. Un silencio repentino y pesado cayó sobre la mesa, como si una mano invisible hubiera silenciado las risas y las conversaciones.

Todos los ojos se volvieron hacia Abuela Concepción, quien aún sostenía el colibrí. Este, dijo Abuela Concepción, su voz baja, casi un susurro, pero que resonó en el comedor como el tañido de una campana de iglesia. Este pajarito lo conozco. Su mirada se elevó lentamente desde el colibrí hasta el rostro pálido de Florencia.

 Luego se detuvo en Héctor, sus ojos llenos de una comprensión fulminante. La abuela había visto a Héctor tallar uno idéntico hacía años para un regalo de cumpleaños a su hermana, la madre de Florencia. La diferencia es que este era más refinado, más íntimo. Era un diseño que él no le mostraría a cualquiera. Un escalofrío recorrió la columna vertebral de Florencia.

La abuela Concepción se puso de pie, su silla rasgando el suelo con un sonido estridente. Caminó lentamente hacia Florencia, el colibrí de ébano un arma silenciosa en su mano. ¿De dónde sacaste esto, Florencia? Su voz era ahora un susurro frío cargado de una autoridad innegable. Florencia intentó hablar, pero las palabras se atoraron en su garganta, reemplazadas por un nudo de pánico.

Gonzalo, ajeno a la magnitud de lo que ocurría, miró a Florencia con una ceja arqueada, esperando una respuesta. Héctor, viendo el terror en los ojos de Florencia, sintió una rabia ardiente. Se levantó bruscamente de su asiento, el sonido de la silla al caer rompiendo la quietud. Yo lo hice, Abuela Concepción.

 Su voz era firme, desafiante, a pesar del temblor interno. Es mío. La abuela Concepción sonrió, una sonrisa fría y sin alegría. Lo sé, Héctor, lo sé. Pero, ¿por qué lo tiene Florencia en el bolsillo de su vestido de Nochebuena? El día de su compromiso formal. La pregunta de la abuela Concepción fue una apuñalada en el corazón de la festividad, desnudando la verdad que todos habían evitado nombrar.

Gonzalo se levantó de golpe, su rostro enrojecido por la incredulidad y la furia. Don Sebastián, el padre de Florencia, se levantó también con una expresión de horror que se extendía por su rostro. La madre de Florencia, doña Jimena, se cubrió la boca con las manos, sus ojos desorbitados. Abuela Concepción no esperó una respuesta.

Su mirada una vez más se clavó en Florencia. Hace años encontré una caja en el desván, continuó. Su voz gélida, cada palabra una gota de veneno. Una caja pequeña con cartas atadas con un listón rojo. Cartas con la letra de Héctor dirigidas a ti, Florencia. Las guardé. Las he guardado todos estos años esperando el momento en que esta maleza venenosa floreciera.

sacó de su propio bolso de mano, que siempre llevaba consigo una pequeña caja de cedro. Al abrirla, reveló un manojo de cartas amarillentas atadas con un listón rojo descolorido.Las arrojó sobre la mesa, donde aterrizaron con un leve suspiro, esparciendo su vergüenza en medio de los platillos festivos. Las cartas eran la prueba irrefutable, el diario de un amor prohibido, escrito con la tinta de la pasión y el peligro.

Los parientes se agolparon para ver susurros de incredulidad y juicio llenando el comedor. Las blasfemias no dichas resonaban en el aire. La Navidad se había transformado en un infierno dulce. Don Sebastián, con el rostro contorsionado por la ira y la vergüenza, se abalanzó sobre Florencia, agarrándola del brazo con fuerza.

 ¿Qué has hecho, hija mía? ¿Has deshonrado a nuestra familia? Has mancillado nuestro nombre. Florencia no puso resistencia. Sus ojos se encontraron con los de Héctor. En esa mirada silenciosa hubo una promesa, una disculpa y un dolor tan profundo que trascendía las palabras. Héctor, en un acto de valentía desesperada, intentó acercarse a ella, pero fue interceptado por varios tíos y primos, quienes lo detuvieron con rudeza.

Gonzalo, furioso y humillado, se acercó a Florencia y le arrancó el anillo de compromiso de su dedo, lanzándolo contra el suelo con un tintineo metálico. “Esto es una farsa, una burla”, gritó su voz resonando con una rabia contenida. “La hacienda Rivera está enlodada.” La abuela Concepción, erguida como una estatua de mármol, alzó la mano.

Silencio, ordenó, y el comedor, que momentos antes había sido un hervidero de indignación, se sumió en un silencio sepulcral. Florencia, Héctor, ¿saben lo que esto significa? Han profanado no solo la tradición, sino también la palabra de Dios. Las palabras de la abuela Concepción eran una sentencia. La nochebuena de 1987 no terminó con abrazos y regalos, sino con gritos, lágrimas y la expulsión.

Héctor fue escoltado fuera de la hacienda, su promesa de volver a Florencia, si es que pudiera, solo un susurro ahogado por el viento gélido de la noche. Florencia fue encerrada en su habitación, bajo llave, su ventana mirando hacia la oscuridad del campo, hacia un futuro incierto desgarrado. Aquel fue el final de una era para los Rivera, el momento en que las férreas cadenas de la tradición se tensaron hasta el punto de la ruptura.

Lo que siguió a esa noche fue una boráine de decisiones implacables, la anulación del compromiso de Florencia con Gonzalo, la desheredación parcial de Héctor y un exilio tácito para ambos. Pero el amor, esa maleza que había florecido en los rincones prohibidos, podría ser erradicado tan fácilmente por la condena familiar y el juicio social.

O acaso la semilla del infierno dulce, una vez plantada, encontraría la manera de brotar de nuevo, aún más fuerte, en algún lugar lejos de los muros de la hacienda, bajo un cielo que prometiera ser su único testigo? Lo que nadie sabía esa noche es que la historia de Florencia y Héctor, lejos de terminar, apenas comenzaba, marcada por el estigma de su amor y la sombra inquebrantable de la Hacienda Rivera y la vida.

 Como siempre, tenía más giros de los que la abuela Concepción pudo prever.