Mi esposo me envenenó… un desconocido me salvó llorando al verme…

Nunca pensé que el amor pudiera oler a veneno. Aquella mañana empezó, como tantas otras, con la luz gris entrando por la ventana y el sonido de mi esposo moviéndose en la cocina. Julián siempre se levantaba antes que yo, pero nunca para hacer algo por mí. Por eso me sorprendió cuando lo vi sosteniendo una taza de té, mirándome con una sonrisa que no llegaba a sus ojos.

 “Te hice algo caliente”, dijo. Últimamente te notas cansada. Su voz era suave, casi dulce, “Demasiado. Me incorporé en la cama con una sensación extraña en el pecho, como si algo invisible me advirtiera que tuviera cuidado. Aún así, acepté la taza. No quería empezar el día con una discusión. No, otra vez.

 El primer sorbo me quemó la garganta. El sabor era amargo, metálico. Fruncí el ceño. ¿Qué le pusiste, hierbas?”, respondió rápido. Confía en mí. Confiar. Esa palabra había sido la base de nuestro matrimonio y también su ruina. Bebí otro sorbo intentando ignorar el nudo que se formaba en mi estómago. Segundos después, el mundo comenzó a girar.

 La habitación se deformó. Los sonidos se volvieron lejanos como si estuviera bajo el agua. “Julián, intenté decir, pero mi lengua pesaba demasiado. Mis manos temblaron, la taza cayó al suelo y se hizo añicos. Sentí un dolor agudo recorrerme el pecho, luego un frío intenso. Me descomé golpeando el suelo con el cuerpo.

 Desde allí lo vi todo borroso. Julián se agachó frente a mí. Pensé que iba a ayudarme. En cambio, me miró como se mira algo que ya no importa. Perdóname, susurró. Es lo mejor para los dos. Luego se levantó y se fue. Escuché la puerta cerrarse. Ese sonido me atravesó más que el veneno. Quise gritar, arrastrarme, hacer cualquier cosa, pero mi cuerpo no respondía.

 La oscuridad empezó a envolverme y por primera vez pensé que iba a morir. No sé cuánto tiempo pasó. Sentí un roce en el hombro, luego una voz desesperada. Señora, por favor, despierte. Abrí los ojos. Apenas. Sobre mí había un hombre desconocido. Ropa sencilla, rostro cansado, ojos llenos de lágrimas.

 Estaba arrodillado junto a mí, temblando. No, no, otra vez, murmuró. No puede ser. Intenté hablar, pero solo salió un gemido débil. Él reaccionó de inmediato, sacó su teléfono y llamó a emergencias. Hablaba rápido, con seguridad, describiendo cada síntoma como si los conociera de memoria. Creo que fue envenenamiento, decía.

 Está fría, casi no responde. Por favor, apúrense. Mientras esperaba, me sostuvo la mano. Apretaba fuerte, como si tuviera miedo de soltarme. Aguanté, me decía, no se vaya, ya basta de llegar tarde. Esas palabras se quedaron grabadas en mi mente antes de perder el conocimiento. Desperté en el hospital. Una luz blanca me cegó y el pitido constante de una máquina me devolvió a la realidad.

tenía la garganta seca, el cuerpo pesado. Una enfermera se acercó rápidamente. “Tranquila”, me dijo. “¿Está a salvo mi esposo?”, pregunté con un hilo de voz. Ella bajó la mirada. “La policía está buscándolo. Me explicaron que había sido veneno, una dosis casi letal. 10 minutos más y no lo habría logrado.

 Pregunté quién me había encontrado. Un hombre, respondió el médico. Estaba muy alterado. Lloraba. no quiso dejarla hasta que llegamos. Horas después, la policía tomó mi declaración. Les conté todo. El té, la frase, la mirada vacía de Julián. Cuando se fueron, sentí un vacío enorme. No solo había perdido un matrimonio, había estado a punto de perder la vida por confiar en la persona equivocada.

 Al anochecer, alguien tocó la puerta de mi habitación. Era él, el desconocido. Se quedó de pie nervioso, como si no supiera si debía entrar. Solo quería saber cómo estaba, dijo. Si necesita algo, gracias por salvarme, respondí. No sé cómo agradecerle. Se sentó lentamente y respiró hondo. Me llamo Andrés, dijo.

Y no fue casualidad que supiera qué hacer. Me contó su historia. 6 años atrás, su hermana había muerto exactamente igual. Un esposo atento en público, cruel en privado. Un T nocturno para relajarse. Andrés no llegó a tiempo. Desde entonces cargaba con esa culpa. Cuando entré a su casa oí dijo con la voz rota y la vi en el suelo.

 Fue como verla a ella otra vez. Por eso lloré. Pensé que la había perdido. También lloré con él, no por Julián, sino por todo lo que había ignorado. Las humillaciones, el control, las amenazas disfrazadas de bromas. Había sobrevivido, pero a un precio. Los días siguientes fueron difíciles. Análisis, declaraciones, llamadas.

Confirmaron el intento de homicidio. Julián había vaciado nuestras cuentas y desaparecido. Aún así, yo empezaba a sentir algo nuevo. Fuerza. Andrés volvió varias veces, nunca invadió, nunca preguntó más de lo necesario, a veces solo se sentaba conmigo en silencio. Otras me llevaba café y hablábamos de cosas simples, como si necesitáramos recordarle al mundo que aún existía lo normal.

El amor no debería dar miedo, me dijouna tarde. Si duele así, no es amor. Una semana después, la policía encontró a Julián intentando huir del país. Cuando me lo dijeron, no sentí alegría, solo una paz profunda. Ya no podía hacerme daño. Salí del hospital días más tarde. No regresé a esa casa.

 Empecé de nuevo, un pequeño apartamento, terapia, plantas junto a la ventana. Andrés me ayudó a mudarme. No prometimos nada, no hacía falta. Un mes después, recibí una carta desde prisión. No la abrí. Algunas historias merecen terminar sin una última palabra. A veces recuerdo la taza de té, el suelo frío, la puerta cerrándose y luego recuerdo a un desconocido llorando al verme, negándose a perder a otra mujer por el mismo error.

 No todos los héroes llegan sin heridas. Algunos llegan rotos cargando su propio dolor, pero llegan.