Mi dinero son 200.000 pesos y una orden: ‘¡Cámbiate de ropa, sal por la ventana, rápido!’

Mi dinero eran 200,000 y una orden que todavía me zumbaba en los oídos. Cámbiate de ropa. Sal por la ventana rápido. Lo dijo sin levantar la voz, como si me pidiera un vaso de agua, pero sus ojos estaban tensos, clavados en la puerta, y eso fue lo que me hizo obedecer sin discutir. El sobre marrón pesaba más de lo que debería, no por el dinero, sino por todo lo que representaba.
Era lo último que me quedaba de una vida que ya estaba a punto de desaparecer. Hasta esa tarde yo era una persona normal. Tenía problemas, sí, como todos, pero nada que justificara escapar por una ventana en plena noche. Había vendido el viejo taller de mi padre hacía una semana. Nadie entendía por qué lo hice tan rápido ni por qué acepté menos de lo que valía.
La verdad era simple y vergonzosa. Necesitaba dinero urgente. 200,000 pesos exactos. Ni uno más ni uno menos. Una deuda vieja heredada de esas que aparecen cuando crees que todo está más o menos en orden. La llamada llegó a las 10 de la mañana. Voz masculina, educada, impersonal. Me dio una dirección, un horario y una advertencia.
Llevar el dinero en efectivo y no comentar nada con nadie. Es solo un trámite”, dijo. Yo quise creerle porque creer siempre es más fácil que sospechar. El edificio estaba en una calle secundaria de esas que parecen olvidadas por la ciudad. Fachada gris, timbre roto, un portón que no cerraba bien.
Subí las escaleras porque el ascensor tenía un cartel de fuera de servicio que parecía permanente. Cada piso olía a humedad y a algo rancio, como si el lugar llevara años acumulando secretos. Cuando entré al departamento, supe que había cometido un error. Había demasiada gente, cuatro hombres, todos distintos entre sí, pero con la misma mirada calculadora.
Nadie se levantó a saludarme. Me indicaron una silla sin palabras. Yo me senté abrazando el sobre contra mi pecho, sintiéndome absurda y pequeña. Hablaron entre ellos como si yo no estuviera. Números, nombres que no reconocía, frases a medias. Uno de ellos abrió el sobre sin pedirme permiso y empezó a contar el dinero.
Lo hizo despacio con una sonrisa que me puso la piel de gallina. Falta, dijo. Mi corazón se detuvo. No puede faltar, respondí con la voz más firme de lo que me sentía. Está todo volvió a contar. 200,000 pesos. Exactos. No falta dinero admitió al final. Falta otra cosa. No pregunté que no quise saber.
En ese momento apareció él. No sé de dónde salió. Simplemente estaba ahí apoyado contra la pared con el celular en la mano, observando la escena como si fuera ajena. Cuando nuestras miradas se cruzaron, negó apenas con la cabeza. Fue un gesto mínimo, pero cargado de advertencia. Aprovechó un momento de distracción, una discusión absurda entre los otros para acercarse a mí.
sin mirarme, murmuró, “Ese dinero no es para ellos y tú no deberías estar aquí.” Antes de que pudiera reaccionar, alguien levantó la voz. El ambiente se volvió espeso, peligroso. Uno de los hombres cerró la puerta con llave. Otro se paró frente a ella como bloqueando cualquier idea de salida.
Fue entonces cuando él me tomó del brazo con naturalidad y me llevó hacia el pasillo. Nadie dijo nada. Tal vez pensaron que éramos conocidos. Tal vez no les importó. Entramos en una habitación pequeña con una cama deshecha y una ventana que daba al callejón trasero. Y ahí fue cuando me dio la orden. Cámbiate de ropa. Sal por la ventana rápido. Creí que estaba loco.
Estábamos en un cuarto piso. Miré hacia afuera y sentí vértigo. Abajo, un contenedor de basura, una escalera de incendios oxidada, sombras que se movían con el viento. ¿Por qué? Pregunté. Porque si sales por la puerta no llegas ni al pasillo respondió. No preguntes. Confía. Confiar. Siempre había confiado demasiado. Quizás por eso estaba ahí.
Me cambié con manos torpes. Ropa simple, anónima. Guardé el sobre bajo la camiseta, apretándolo contra la piel como si pudiera protegerme. Escuchamos un golpe seco, luego otro. Voces elevándose. Ahora dijo el aire nocturno me cortó la respiración cuando salí por la ventana. El metal frío de la escalera se clavó en mis palmas.
Bajé despacio al principio, luego más rápido, impulsada por el miedo. No miré atrás, no miré abajo, solo bajé. Cuando toqué el suelo, corrí. No pensé en dirección ni en destino. Corrí hasta que las piernas me ardieron y los pulmones me dolieron. Me detuve en una esquina maluminada, apoyada contra una pared tratando de no vomitar. Seguía viva.
El dinero seguía conmigo. Mi celular vibró. Un número desconocido. ¿Saliste?, preguntó su voz. “Sí, respondí mirando a mi alrededor. ¿Y tú?” Hubo un silencio breve. Eso no importa ahora. Escucha con atención. Ese dinero no era el final. Era una prueba. Sentí un nudo en el estómago. Prueba de qué? de que eras obediente, de que no hacías preguntas, pero te equivocaste de lugar y de gente y ahora ellos creen que sabes más de loque sabes.
Me pasé una mano por el cabello temblando. Entonces, ¿qué hago? Vete de la ciudad. Esta noche, no mañana. No confíes en nadie. Si te buscan, no niegues nada, pero tampoco confirmes. Y pase lo que pase, no intentes volver a tu vida anterior. Colgó antes de que pudiera decir nada más. Me quedé mirando la pantalla apagada, sintiendo que todo lo que había sido hasta ese día se desmoronaba.
Pensé en el taller de mi padre, en la casa que ya no tenía, en las personas que creían conocerme. Todo eso quedaba atrás. Caminé hasta la terminal de buses con el corazón acelerado. Compré el primer pasaje que salía sin importar el destino. Mientras esperaba, observé a la gente a mi alrededor. Parejas discutiendo, niños dormidos, viajeros cansados.
Nadie sabía que yo estaba huyendo. Nadie imaginaba que llevaba mi vida entera escondida bajo la ropa. Cuando el bus arrancó, apoyé la frente contra el vidrio. Las luces de la ciudad se alejaron lentamente. No sabía que me esperaba ni cuánto tiempo podría seguir corriendo. Solo sabía una cosa con absoluta claridad.
Mi dinero eran 200,000 pesos y una orden desesperada. Y haberla obedecido me había salvado la vida. M.
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