La higiene en la época de Jesús: ¿Cómo sobrevivían sin baños

Es el amanecer en Jerusalén, año 30 de nuestra era. El sol aún no ha salido completamente. Las calles están en penumbras. Un hombre sale de su casa de adobe, descalzo caminando por una calle sin pavimento. Todavía no hay alcantarillado, no hay retretes como los conocemos, no hay papel higiénico.
Y sin embargo, esta ciudad está viva. Miles de personas viven aquí. comen, duermen, menstrúan, defecan, se enferman, se lavan, sobreviven. ¿Cómo lo hacían? Hoy vas a descubrir la higiene en la época de Jesús. No la versión romantizada de las películas, la real, la física, la que nadie te cuenta, porque la Biblia no habla de esto, pero la arqueología sí.
Jerusalén está construida sobre roca caliza en medio de un clima semiárido. Durante el verano apenas llueve. El calor es intenso y el agua, el agua es escasa. Para que esta ciudad funcione, cada persona necesita agua para beber, cocinar, lavar ropa, limpiarse el cuerpo y cumplir con los rituales de pureza que exige la ley judía.
Pero no hay grifos, no hay tuberías en las casas, no hay agua corriente. Durante siglos, la única fuente natural cercana es el manantial de Gijón, ubicado fuera de las murallas. Es una fuente intermitente que brota cada pocas horas, pero a medida que Jerusalén crece, el gijón ya no es suficiente. Entonces llegó la ingeniería.
En el siglo aes de Cristo, el rey Ezequías construyó un túnel subterráneo de más de 500 m para llevar agua del Gión hasta la piscina de Siloé dentro de la ciudad. Fue una obra maestra de la época, pero eso no bastó. Hacia finales del periodo del segundo templo, en tiempos de Jesús, la población de Jerusalén había explotado.
Decenas de miles de personas vivían apretadas entre calles estrechas. El Jijón ya no podía abastecer a tanta gente. Así que los reyes asmoneos construyeron un acueducto monumental que traía agua desde las piscinas de Salomón a kilómetros de distancia con una pendiente de apenas 1 5 m por kilómetro. Este sistema permitió que Jerusalén sobreviviera, pero el agua seguía siendo un recurso limitado.
No había suficiente para bañarse a diario. No había suficiente para desperdiciar. Cada gota contaba y eso lo cambiaba todo. No había baños diarios. Olvidemos la ducha matutina, olvidemos el jabón líquido. En la época de Jesús, la mayoría de las personas no se bañaban todos los días, no porque fueran sucios, sino porque era físicamente imposible.
El agua escaseaba, los ríos estaban lejos, los pozos eran comunitarios. Calentar agua requería leña, que también costaba dinero, y las casas eran pequeñas, sin espacio para tinas o sistemas de drenaje. Entonces, ¿cómo se limpiaban? Lo más común era el lavado parcial. Las personas se lavaban las manos antes de comer, los pies al regresar de caminar por calles polvorientas y la cara al despertar.
Los sacerdotes del templo estaban obligados a lavarse manos y pies antes de cada servicio religioso, usando una fuente especial en el atrio. Era un acto de pureza ritual, no solo de higiene. Pero para el resto de las personas, especialmente los pobres, el lavado era irregular, básico y a menudo incompleto. No había jabón como lo conocemos hoy.
Existía una mezcla primitiva de aceite de oliva, cenizas vegetales alcalinas y agua que funcionaba como agente limpiador. Los romanos ya conocían estas técnicas y algunas comunidades judías también las usaban. En lugar de jabón, las personas se untaban aceite de oliva en la piel para aflojar la suciedad y el sudor y luego lo raspaban con un instrumento curvo de madera llamado Estrillil.
Pero era un lujo. La mayoría simplemente frotaba su piel con agua, arena o trapos. Aquí es donde la religión se cruza con la higiene. Los judíos de la época practicaban la inmersión ritual en baños llamados MCvot, plural de Micb. Estos no eran baños de limpieza física, sino de pureza espiritual. Arqueólogos han descubierto más de 300 micbot del periodo del segundo templo, solo en Jerusalén y sus alrededores.
40 de ellos estaban ubicados cerca de las escaleras monumentales que llevaban al monte del templo para que los peregrinos pudieran purificarse antes de entrar. Un MIGve debía cumplir reglas estrictas. Debía llenarse con agua viva, es decir, agua de lluvia, manantial o río, no transportada en vasijas. debía tener un volumen mínimo y la persona debía sumergirse completamente.
Las mujeres se sumergían después de la menstruación y el parto, los hombres después de emisiones seminales o contacto con cadáveres. Cualquiera que tocara un leproso, un animal muerto o alimentos impuros debía purificarse. Pero estos baños no limpiaban la suciedad física, simplemente cumplían una función religiosa.
La ropa era de lana o lino, tejidos que atrapan olores mucho más que las telas modernas. Lavarla era un trabajo agotador. Las prendas se lavaban en ríos o en grandes tinas, frotándolas con arena o sales alcalinas. Y aquí viene lo perturbador. En algunas comunidades, incluyendo las romanas y posiblemente algunas judías, se usaba orina fermentada como detergente.
¿Por qué? Porque la orina contiene amoníaco que descompone la grasa y la suciedad. Se recolectaba en tinajas, se dejaba fermentar y luego se usaba para lavar. Era efectivo, era repugnante, pero funcionaba. Después la ropa se secaba al sol, que ayudaba a desinfectar y blanquear las fibras. En 2023, arqueólogos descubrieron algo extraordinario en Jerusalén, un retrete de piedra caliza del siglo 7 antes de Cristo, encontrado en una mansión de la ciudad de David.
Era un asiento tallado con un agujero colocado sobre una fosa séptica poco profunda. Ese hallazgo confirmó algo importante. Sí, existían retretes en la época de Jesús, pero solo en casas de élite, solo para los muy ricos. El análisis de los sedimentos del foso reveló huevos de parásitos intestinales, especialmente de disentería y lombrices.
Esto significa que incluso las familias ricas con acceso a retretes privados sufrían enfermedades causadas por contaminación fecal, pero esos retretes eran excepcionales. La inmensa mayoría de la población no tenían nada parecido. Para la mayoría había dos opciones, el pozo negro familiar o la fosa comunitaria. Un pozo negro era una simple excavación en el patio trasero de la casa, a veces cubierta con una tabla de madera o piedra. Allí se arrojaban las eces.
Con el tiempo el pozo se llenaba y debía ser cubierto. Entonces se cababa otro. En áreas más densas de la ciudad, algunas calles tenían fosas comunitarias a las afueras donde los vecinos iban a defecar. No había privacidad, no había puertas, solo un agujero compartido. Pero la realidad es que la mayoría de las personas simplemente iba al campo.
La ley judía, descrita en el libro de Deuteronomio, instruía a los soldados que cuando salieran del campamento para hacer sus necesidades, debían llevar una estaca para cabar un hoyo, defecar y luego cubrir las eces. Era una regla de higiene militar. Pero en la vida civil, muchos simplemente buscaban un lugar apartado fuera de las murallas de la ciudad, entre las rocas o los arbustos, y hacían sus necesidades allí.
No había papel higiénico, se usaban piedras, trozos de cerámica rota llamados pesoy, trapos o simplemente la mano izquierda que luego se lavaba con agua. Por eso la mano izquierda era considerada impura en muchas culturas del Medio Oriente. Nunca se usaba para comer. Los romanos tenían una solución diferente.
Los retretes públicos llamados Forikae eran grandes salas con bancos de piedra a lo largo de las paredes con múltiples agujeros cortados en ellos. La gente se sentaba lado a lado, sin separaciones, sin privacidad, defecando mientras conversaba. Debajo de los asientos había canales con agua corriente que arrastraban los desechos hacia afuera de la ciudad.
Sonaba civilizado, pero era peligroso. Los canales de desagüe eran el hogar de ratas, insectos y gases inflamables. A veces los gases de metano en las alcantarillas se encendían y causaban explosiones que quemaban a las personas sentadas en los retretes. Además, no había papel higiénico. Se usaba una esponja atada a un palo llamada Tersorium, que se compartía entre todos los usuarios.
Después de usarla, se enjuagaba en un canal de agua salada que corría frente a los asientos. Sí, leíste bien. La misma esponja era usada por múltiples personas y para quienes no tenían acceso a retretes, ni pozos negros, ni siquiera tiempo para salir de la ciudad, quedaba una última opción, la calle.
Las personas usaban orinales de cerámica o metal dentro de sus casas durante la noche. Por la mañana simplemente arrojaban el contenido por la ventana. Las calles de Jerusalén no tenían alcantarillado. Los desechos humanos, los restos de comida, las cenizas y la basura simplemente se acumulaban en las calles empedradas o de tierra.
El olor debió ser insoportable, especialmente en verano. Para las mujeres, la higiene tenía una dimensión adicional, la menstruación. Según la ley judía descrita en el libro de Levítico, una mujer menstruante era considerada nidda, ritualmente impura durante 7 días. Durante ese tiempo no podía tocar a su esposo, no podía entrar al templo y cualquier cosa que tocara también se volvía impura.
Después de que terminara el sangrado, debía contar 7 días limpios, sin ninguna mancha de sangre. Solo entonces podía sumergirse en un mic B y recuperar su pureza ritual. En la práctica, esto significaba que las mujeres pasaban casi dos semanas al mes en estado de impureza. No había toallas sanitarias desechables, no había tampones.
Las mujeres usaban trapos de lino o lana que doblaban y colocaban entre sus piernas, sujetos con fajas o cinturones. Después de usarlos, los lavaban y los reutilizaban. Lavar esos trapos era un trabajo constante y agotador. Debían ser frotados con agua fría para evitar que la sangre se fijara en las fibras, luego lavados con agua caliente y sales alcalinas. Y finalmente secados al sol.
Algunas mujeres más pobres simplemente no tenían suficientes trapos y debían quedarse en casa durante sus periodos sentadas sobre paja o arena para absorber el sangrado. Pero más allá de la logística física, la menstruación traía consigo un estigma social. Las mujeres menstruantes eran vistas como contaminantes.
No podían cocinar para sus familias. No podían servir comida, no podían tocar objetos sagrados. Algunas familias más estrictas incluso exigían que las mujeres durmieran en habitaciones separadas durante su periodo. Era una experiencia solitaria, vergonzosa y físicamente incómoda. La falta de higiene adecuada tenía consecuencias mortales.
El análisis arqueológico de los sedimentos de los retretes antiguos de Jerusalén ha revelado huevos de parásitos intestinales, lombrices, tricocéfalos y oxiuros. Estos parásitos se transmitían a través de la contaminación fecal. Las manos sucias tocaban los alimentos. El agua contaminada se bebía. Las moscas aterrizaban en la comida después de posarse en las eces.
Los síntomas incluían diarrea crónica, dolor abdominal, desnutrición y anemia. En niños pequeños las infecciones parasitarias podían ser fatales. La disentería era endémica en Jerusalén. Esta enfermedad, causada por bacterias y parásitos que infectos provocaba diarrea severa, fiebre, deshidratación y muerte, especialmente en niños.
Se propagaba rápidamente en ciudades asinadas donde las esces humanas contaminaban el suministro de agua. Durante las fiestas de peregrinación, Pascua, Pentecostés y Tabernáculos, decenas de miles de personas llegaban a Jerusalén. La población de la ciudad se multiplicaba, los pozos negros se desbordaban, el agua escaseaba aún más y las enfermedades explotaban.
La ropa de lana y lino, usada durante días o semanas sin lavar, era el hogar perfecto para piojos y pulgas. Estos parásitos se alimentaban de sangre humana y causaban picazón constante, irritación de la piel e infecciones secundarias cuando las personas se rascaban hasta sangrar. Las pulgas también transmitían enfermedades más graves, incluida la peste bubónica.
Aunque las grandes epidemias de peste llegarían siglos después. Las moscas eran omnipresentes. Se posaban en los excrementos humanos y animales en las calles. Luego aterrizaban en la comida transmitiendo bacterias mortales. No había forma de escapar de ellas y luego estaba la lepra. Aunque el término bíblico Tarat probablemente incluía varias enfermedades de la piel, no solo la lepra propiamente dicha, el estigma era brutal.
Cualquier persona con una erupción cutánea sospechosa debía ser examinada por un sacerdote. Si era declarada impura, era expulsada de la comunidad. Debía vivir fuera de las murallas de la ciudad, cubrirse la boca y gritar impuro, impuro si alguien se acercaba. Era un exilio social total. A pesar de todas estas dificultades, hay algo sorprendente.
Israel antiguo era probablemente uno de los lugares más limpios del mundo antiguo. ¿Por qué? Porque las leyes de pureza ritual descritas en el libro de Levítico, aunque tenían un propósito religioso, funcionaban como un código de salud pública. Lavarse las manos antes de comer reducía la transmisión de enfermedades.
Aislar a los enfermos evitaba contagios. Enterrar los excrementos disminuía la contaminación fecal. Evitar ciertos alimentos, cerdo, mariscos, reducía el riesgo de enfermedades transmitidas por alimentos. Los judíos no sabían nada sobre bacterias o virus, pero sus leyes religiosas los protegían de manera efectiva.
En Egipto, Mesopotamia, Grecia y Roma, las prácticas de higiene variaban enormemente. Los egipcios valoraban la limpieza y se bañaban regularmente en el Nilo. Pero el río también estaba contaminado con parásitos que causaban esquistosomiasis. Los griegos se bañaban en gimnasios públicos, pero a menudo compartían el agua sin cambiarla, convirtiéndola en un caldo de cultivo para enfermedades.
Los romanos construyeron acueductos y baños públicos impresionantes, pero sus retretes compartidos y esponjas comunitarias eran focos de infección. Israel, con sus leyes de pureza y su énfasis en el lavado ritual, probablemente tenía tasas más bajas de enfermedades infecciosas que sus vecinos. Pero eso no significa que vivieran en un paraíso sanitario.
Cae la noche sobre Jerusalén. Las calles se vacían, las familias se reúnen en sus casas pequeñas y oscuras. El olor a aceite de lámparas se mezcla con el humo de las cocinas. Mañana todo volverá a comenzar. Las mujeres cargarán cántaros de agua desde los pozos comunitarios. Los hombres caminarán por calles polvorientas.
Los niños jugarán descalzos entre la suciedad. No habrá duchas matutinas, [música] no habrá retretes privados, no habrá jabón antibacterial, solo habrá supervivencia. Porque en la época de Jesús la higiene no era un lujo, era una batalla diaria contra el agua escasa, los parásitos, las enfermedades y el estigma social. Y sin embargo, sobrevivieron, construyeron una de las civilizaciones más influyentes de la historia humana.
No a pesar de estas dificultades, sino en parte gracias a ellas, porque las leyes de pureza que parecían arbitrarias eran en realidad un escudo invisible contra la muerte. Y esa es la historia que nadie cuenta.
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