La Encontró Herida en el Desierto… y Desató una Guerra por Amor y Venganza 

El desierto no perdona. Eso lo aprendió Geo Robos desde niño, cuando su padre le enseñó a montar a caballo bajo el sol inclemente del norte de México. Ahí, entre polvo, silencio y horizontes infinitos, Cael se convirtió en hombre, no por elección, sino por necesidad. Vivía solo en un rancho olvidado por el tiempo, a más de una hora del pueblo más cercano.

 No tenía esposa, ni hijos, ni vecinos cercanos. Solo su caballo relámpago, su rifle viejo y una rutina marcada por el amanecer y el atardecer. Gael había elegido esa vida para huir. Huir de un pasado que nunca dejó de respirar detrás de él. Aquella tarde el viento soplaba extraño. El cielo estaba demasiado quieto, como si algo estuviera a punto de romperse.

Gael regresaba al rancho cuando vio algo que no pertenecía al paisaje. Un cuerpo. Detuvo el caballo de golpe. Era una mujer. Estaba tirada entre los matorrales con la ropa rasgada y una herida en el costado. Su respiración era débil, pero seguía viva. Él miró alrededor. El desierto estaba en silencio, pero él sabía que eso no significaba seguridad.

Bajó del caballo y se acercó con cautela. Oye, ¿me escuchas? Preguntó. La mujer abrió los ojos lentamente. Eran oscuros, llenos de miedo y determinación. “No, no me deje aquí”, susurró. “Por favor, Gael no preguntó nada más.” La cargó como pudo y la subió al caballo. El desierto no daba segundas oportunidades.

En el rancho limpió la herida y la acomodó en la única cama que tenía. Ella despertó horas después empapada en sudor. ¿Dónde estoy?, preguntó sobresaltada. En un lugar donde nadie suele venir, respondió Gael. Soy Gael. Ella dudó un segundo. Marina dijo finalmente, “Gracias por no dejarme morir.” Gael notó que evitaba dar más detalles.

Esa noche no durmió. Desde la ventana observaba el horizonte con el rifle apoyado en la pared. Había aprendido a reconocer señales, huellas, sonidos, silencios demasiado largos. Y entonces lo escuchó. Un motor lejano, pero real. Al amanecer, Marina ya podía sentarse. Gael le llevó agua y pan. ¿Quién te hizo esto?, preguntó sin rodeos.

Marina bajó la mirada. Gente que no perdona errores, respondió, y que no se detiene. Gael asintió lentamente. Entonces, tienes un problema. Porque yo tampoco dejo que entren a mi tierra. Ese mismo día encontraron las primeras huellas de camionetas cerca del rancho. No era coincidencia. Los hombres llegaron al tercer día.

Cuatro camionetas armadas sin placas. Gael observaba desde lo alto de una colina. Marina estaba dentro de la casa temblando. No debí traer problemas a tu vida dijo ella cuando él regresó. Mi vida ya estaba rota antes de que llegaras”, respondió. Solo que ahora tiene sentido. El primer enfrentamiento fue rápido y violento. Gael conocía el terreno.

 Usó el polvo, las rocas, el sol a su favor. Disparos secos, gritos. Los hombres se retiraron, pero no se fueron. Esa noche Marina confesó la verdad. Había sido pareja de Iván Calderón. un traficante poderoso que usaba ranchos abandonados para mover armas y personas. Marina descubrió algo que no debía, una fosa en el desierto.

“Quise huir”, dijo llorando, “pero me encontraron.” Gael cerró los ojos. Iván Calderón repitió, “Pensé que estaba muerto.” Marina lo miró sorprendida. “¿Lo conoces?” Gael respiró hondo. Fue el hombre que destruyó a mi familia. El pasado volvió a unirlos. Iván había matado al padre de Gael años atrás por negarse a vender su tierra.

Gael sobrevivió, pero juró desaparecer. Ahora el destino los enfrentaba otra vez. Durante días se escondieron, se defendieron, huyeron entre cañones y caminos olvidados. El miedo los unió. El silencio también. Entre disparos y noches frías nació algo más, una cercanía inevitable. Una noche, bajo un cielo lleno de estrellas, Marina tomó la mano de Gael.

Si salimos vivos de esto, dijo, “¿Qué harás?” Gael la miró. Por primera vez, “No lo sé. El ataque final llegó al amanecer. Iván en persona. Salga, vaquero! Gritó desde afuera. Esto no tiene por qué terminar mal. Gael salió con el rifle en mano. Ya terminó hace años, respondió. Solo que no lo sabías. El tiroteo fue brutal.

 Polvo, sangre, gritos. Marina escapó por detrás mientras Gael enfrentaba a Iván. El disparo final resonó como un trueno. Iván cayó. Silencio. Días después, la policía llegó. Demasiado tarde, como siempre. Marina decidió declarar. Gael decidió quedarse. Meses después, el rancho volvió a tener vida. No huían, ya se quedaban. Porque el amor que nace en el desierto no necesita promesas.

solo verdad y esa la habían ganado con sangre y fuego.