Historia real: La Promesa Sellada con Sangre — Antonia Salgado (1905, Jalisco) el anillo maldito

Historia real, la promesa sellada con sangre. Antonia Salgado, 1905, Jalisco. El anillo no se pudo quitar. Hola a todos. Bienvenidos una vez más a este canal donde exploramos las historias más oscuras y perturbadoras del México antiguo. Si aún no lo han hecho, les invito a suscribirse y activar la campanita para no perderse ningún relato.
Y cuéntenme en los comentarios desde dónde nos están viendo y a qué hora están escuchando esta historia. Me encanta saber que nos acompañan desde diferentes partes del mundo y en distintos momentos del día. Ahora sí, prepárense porque lo que están a punto de escuchar es una historia real que ocurrió hace más de un siglo en Jalisco y les aseguro que no la olvidarán fácilmente. Patr su parte uno.
El año de 1905 llegó a Jalisco con una sequía que parecía presagiar desgracias. Los campos de agendían bajo un sol implacable, y las haciendas que dominaban el paisaje se aferraban a sus pozos y manantiales como si fueran tesoros más valiosos que el oro mismo. En esa tierra de polvo y ambición, dos familias habían mantenido durante generaciones una rivalidad velada, los Salgado y los Cortazar.
La hacienda de San Rafael, propiedad de los Salgado, se alzaba en las afueras de Arandas, un pueblo cuyo nombre ya comenzaba a asociarse con la producción de tequila. La construcción de cantera rosa y techos de teja roja dominaba un valle donde los trabajadores se movían como hormigas bajo el sol, cortando pencas de agentos precisos que habían perfeccionado sus padres y sus abuelos antes que ellos.
Don Cristóbal Salgado, patriarca de la familia, era un hombre de 60 años, cuyo rostro curtido reflejaba décadas de trabajo bajo ese mismo sol. había construido su fortuna con mano dura pero justa, o al menos eso decían quienes dependían de él para sobrevivir. Antonia Salgado era la única hija de don Cristóbal, nacida de su segundo matrimonio después de que una fiebre se llevara a su primera esposa y a los tres hijos varones que había tenido con ella.
A sus 22 años, Antonia era considerada una de las jóvenes más hermosas de la región. alta, de piel morena, clara, que testimoniaba la mezcla de sangrespañola e indígena en sus venas, ojos oscuros y profundos, y un cabello negro que le caía en ondas hasta la cintura cuando se lo soltaba, cosa que solo hacía en la intimidad de su habitación.
Pero más que su belleza, lo que distinguía a Antonia era su carácter. No era la típica muchacha sumisa que se esperaba en aquella época. Había aprendido a leer y escribir con fluidez. Conocía los números mejor que muchos hombres de negocios. Y cuando su padre discutía con los capataces sobre la producción, ella escuchaba desde la ventana del comedor y luego en privado le hacía sugerencias que don Cristóbal a menudo seguía sin admitirlo públicamente.
La hacienda de los Nogales, propiedad de los Cortazar, se encontraba a apenas 8 km de San Rafael, pero las familias habían mantenido una distancia que iba más allá de la geografía. Todo había comenzado 30 años atrás con una disputa por los derechos de agua de un arroyo que corría entre ambas propiedades. El conflicto había llegado a los tribunales de Guadalajara, se había prolongado durante años y aunque finalmente se había resuelto con un acuerdo que satisfizo a nadie, había dejado una cicatriz de desconfianza entre ambas familias. Don
Rodrigo Cortázar, cabeza de la familia rival, tenía dos hijos, Federico el mayor, de 26 años y Emilio de 24. Federico había estudiado en Guadalajara, donde había aprendido las nuevas técnicas de destilación que estaban revolucionando la producción de tequila. Era un joven de ambiciones modernas que hablaba de exportar su producto a Estados Unidos y Europa, de crear una marca que trascendiera las fronteras de Jalisco.
Físicamente, Federico no era especialmente apuesto, de estatura mediana, complexión robusta, con un bigote espeso que intentaba compensar una mandíbula débil y ojos pequeños que siempre parecían estar calculando algo. Pero tenía la confianza de quien ha nacido con privilegios y la astucia de quien sabe cómo usarlos. El destino o quizás la necesidad económica disfrazada de destino hizo que las dos familias se encontraran en la iglesia de Arandas durante la misa de Corpus Cristi de ese año.
La iglesia de San Diego de Alcalá, con sus muros blancos y su fachada barroca, estaba abarrotada de fieles. El aire denso olía a incienso, cera de vela y sudor humano. Tonia estaba arrodillada en el banco de la familia Salgado, situado en el lado derecho del altar, cuando sintió una mirada insistente. Al girar levemente la cabeza, se encontró con los ojos de Federico Cortázar, quien ocupaba el banco de su familia en el lado opuesto.
No fue amor a primera vista. Antonia sintió incomodidad ante esa mirada que la estudiaba como si fuera una yegua en un mercado. Federico, por su parte, veía en Antonia no solo a una mujer hermosa, sino unaoportunidad. La unión de las dos haciendas más importantes de la región podría crear un imperio del tequila capaz de competir con las grandes casas de tequila y amatitán.
Después de la misa, en el atrio de la iglesia donde los feligreses se detenían a conversar bajo la sombra de los laureles, don Rodrigo se acercó a don Cristóbal con una cordialidad que sorprendió a todos los presentes. Cristóbal, hace demasiado tiempo que nuestras familias han mantenido distancias absurdas por problemas que ni siquiera fueron nuestros, dijo don Rodrigo, extendiendo su mano con una sonrisa que no llegaba completamente a sus ojos.
Lon Cristóbal vaciló solo un momento antes de estrechar esa mano. Era un hombre orgulloso, pero también pragmático. La sequía había afectado su producción y rumores de que el gobierno planeaba nuevos impuestos sobre el agían despierto por las noches. Una alianza con los Cortázar, que tenían contactos políticos en Guadalajara, podría ser ventajosa.
Tienes razón, Rodrigo. Los viejos rencores solo envenenan el presente”, respondió don Cristóbal, notando de reojo como su hija observaba el intercambio con expresión indescifrable. Esa noche, durante la cena en la hacienda de San Rafael, don Cristóbal le comunicó a Antonia la invitación que había recibido.
Los Cortazar organizarían una reunión en los Nogales la siguiente semana y esperaban que los Salgado asistieran. Antonia, sentada frente a su plato de mole de olla que apenas había probado, sintió un nudo en el estómago. “Padre, ¿desde cuándo hacemos negocios con los Cortazar?”, preguntó con un tono que buscaba ser casual, pero que no ocultaba del todo su reselo.
“Las circunstancias cambian, hija, y un hombre inteligente sabe adaptarse”, respondió don Cristóbal, cortando un trozo de carne con movimientos deliberados, sin mirarla directamente. Además, no son negocios necesariamente, es una cortesía, un gesto de buena voluntad. Pero Antonia no era tonta. Había escuchado las conversaciones susurradas entre su padre y el contador de la hacienda.
sabía que las deudas crecían y que la cosecha del año anterior había sido decepcionante. Y sabía también, porque era observadora y porque conocía los códigos sociales de su mundo, que cuando dos familias con hijos solteros decidían repentinamente ser amistosas después de décadas de frialdad, raramente se trataba solo de negocios.
La semana siguiente llegó con la puntualidad inexorable del destino. Antonia se preparó para la visita a los nogales con una mezcla de curiosidad y aprensión. Su doncella Consuelo, una mujer zapoteca de unos 40 años que había servido a la familia desde antes del nacimiento de Antonia, la ayudó a vestirse con un traje de seda color marfil con encajes en el cuello y las mangas.
apropiado para una ocasión formal, pero no ostentoso. “Señorita, está usted muy nerviosa”, observó Consuelo mientras le abrochaba los pequeños botones de Nácar en la espalda del vestido. “¿Se nota tanto?”, preguntó Antonia intentando sonreír. Para quien la conoce desde que nació, “Sí”, respondió Consuelo con esa franqueza que solo los años de confianza permiten.
Pero recuerde lo que siempre le he dicho. Usted tiene más fuerza de la que cree y esa fuerza viene de aquí. Añadió tocando ligeramente el pecho de Antonia sobre el corazón. El viaje a los nogales se hizo en el carruaje familiar, tirado por dos caballos andaluces que don Cristóbal había comprado en Guadalajara años atrás.
El camino de terracería serpenteaba entre campos de agales, levantando nubes de polvo que se adherían a todo. Antonia iba sentada junto a su padre, mirando el paisaje que conocía también y que de pronto le parecía extrañamente diferente, como si lo viera por última vez, o como si presintiera que después de ese día nada volvería a ser igual.
La hacienda de los nogales era más grande que San Rafael, construida en un estilo más antiguo, con gruesos muros de adobe y piedra que databan del siglo anterior. Un arco de entrada conducía a un patio central donde una fuente de cantera labrada murmuraba con el agua que fluía de sus caños en forma de cabezas de león. Don Rodrigo salió a recibirlos personalmente, acompañado de sus dos hijos.
Federico llevaba un traje negro de tres piezas que parecía demasiado formal para una tarde de domingo en el campo, pero que evidentemente había elegido para impresionar. Emilio, el hermano menor, iba vestido de manera más casual, con pantalones de montar y una camisa blanca, y tenía un aire más relajado que su hermano, casi desinteresado en todo el asunto.
“Bienvenidos, bienvenidos a nuestra humilde casa”, dijo don Rodrigo con una afabilidad que sonaba ensayada. “Pasen, por favor. Mi esposa ha preparado una merienda especial para la ocasión. Los condujeron a través de corredores adornados con antiguos retratos de familia y muebles de madera oscura hasta llegar a un salón amplio que daba a un jardín posterior.
Doña Margarita Cortázar, una mujer delgada de unos 50 años con el cabello completamente blanco recogido en un moño severo, recibió a los invitados con la cortesía fría de quien cumple con una obligación social. En una mesa larga había sido dispuesta una variedad de platillos típicos, tamales de dulce y de carne, buñuelos, cajeta de celaya, chocolate espumoso servido en tazas de barro y una variedad de panes dulces.
La conversación inicial fue banal y precavida, como suele ser entre antiguos adversarios que intentan fingir amistad. Se habló del clima, de la sequía, de los cambios que estaba experimentando el país bajo el gobierno de don Porfirio Díaz, de las nuevas leyes que afectaban la producción agrícola. Federico se sentó estratégicamente junto a Antonia y comenzó a dirigirle preguntas sobre sus intereses, sobre cómo ocupaba su tiempo, sobre si había viajado a Guadalajara recientemente.
Antonia respondía con educación, pero sin entusiasmo, consciente de que cada palabra que pronunciaba estaba siendo evaluada no solo por Federico, sino por toda su familia. podía sentir los ojos de doña Margarita sobre ella, midiendo, juzgando, decidiendo si era suficientemente apropiada para convertirse en nuera.
Era una sensación desagradable, como estar en un escenario representando un papel que no había elegido. “He oído que usted sabe leer y escribir muy bien”, comentó Federico con un tono que pretendía ser halagador, pero que llevaba un matiz de sorpresa apenas disimulada, como si la educación en una mujer fuera algo pintoresco.
El padre consideró que la educación era importante”, respondió Antonia manteniendo la voz neutral. “Admirable, admirable”, dijo Federico asintiendo con la cabeza. “Aunque por supuesto las labores propias de una dama de casa también son importantes, ¿no le parece?” Antonia sintió la tensión en esa pregunta, el recordatorio velado de cuál se suponía que debía ser su lugar.
Antes de que pudiera responder, don Cristóbal intervino cambiando sutilmente el tema hacia cuestiones de producción y mercado, alejando la conversación de territorios potencialmente conflictivos. Después de la merienda, Federico sugirió mostrarle a Antonia los jardines de la hacienda.
Fue una sugerencia imposible de rechazar sin causar ofensa. Don Cristóbal asintió con una leve inclinación de cabeza y doña Margarita, cumpliendo con las apariencias, sugirió que Emilio los acompañara como carabina apropiada. Los tres jóvenes salieron al jardín posterior, donde rosales descuidados competían con bugambilias salvajes por el espacio y la luz.
Mi madre es muy tradicional”, se disculpó Federico una vez que estuvieron fuera del salón con una sonrisa que pretendía ser encantadora. Espero que no le moleste que mi hermano nos acompañe. “En absoluto,” respondió Antonia, aliviada de no estar a solas con él. Emilio caminaba unos pasos detrás, observando más que participando, con las manos en los bolsillos y una expresión que sugería que preferiría estar en cualquier otro lugar.
Federico condujo a Antonia por un sendero de grava hacia un mirador que ofrecía vistas de los campos de agendían hasta donde alcanzaba la vista. Antonia, comenzó Federico usando su nombre de pila sin el título de respeto que hubiera sido apropiado, dado que apenas se conocían. Creo que ambos somos lo suficientemente inteligentes para entender lo que está sucediendo aquí.
Antonia se detuvo y lo miró directamente esperando que continuara. Nuestras familias han estado enfrentadas durante demasiado tiempo por razones que ya no tienen sentido. Pero más allá de eso, tanto tu padre como el mío enfrentan desafíos en estos tiempos cambiantes. Los impuestos aumentan, la competencia de las grandes destilerías crece y los mercados se vuelven más complicados.
hizo una pausa como si estuviera pronunciando un discurso ensayado. Juntos nuestras familias podrían crear algo verdaderamente grande, una empresa que no solo sobreviva, sino que prospere. ¿Y qué papel tengo yo en esta gran empresa? preguntó Antonia, manteniendo su voz calmada, aunque sentía crecer la indignación en su pecho.
“El papel más importante”, respondió Federico, interpretando completamente mal el tono de su pregunta. “¿Serías la unión, el símbolo de esta nueva alianza?” Y, por supuesto, la señora de esta casa algún día con todas las comodidades y el respeto que eso conlleva. Antonia guardó silencio por un momento, mirando hacia los campos.
En el fondo sabía que esto era inevitable. Las mujeres de su clase y su tiempo no tenían muchas opciones. El matrimonio era un contrato, un arreglo entre familias, un intercambio de propiedades y apellidos. El amor, si llegaba, era un accidente afortunado, no una condición necesaria. Su propia madre se lo había dicho muchas veces antes de morir, cuando Antonia tenía solo 14 años.
El amor se construye con el tiempo, hija. Al principio solo hay deber y respeto,pero si ambos son personas decentes, el cariño puede crecer. Es una propuesta muy práctica”, dijo finalmente Antonia, eligiendo sus palabras con cuidado, pero también muy repentina. “Por supuesto, por supuesto,”, se apresuró a decir Federico, “no espero una respuesta inmediata.
Tómate el tiempo que necesites, pero quiero que sepas que mis intenciones son completamente honorables y que haré todo lo posible para que seas feliz.” Durante el camino de regreso a San Rafael, don Cristóbal no mencionó directamente lo que ambos sabían que había sido el verdadero propósito de la visita.
En cambio, habló sobre las propuestas de negocios que don Rodrigo le había hecho, sobre las posibilidades de expansión, sobre cómo una alianza entre las haciendas podría beneficiar no solo a las dos familias, sino también a todos los trabajadores que dependían de ellas. Antonia escuchaba en silencio, observando como las sombras se alargaban sobre los campos mientras el sol descendía hacia el horizonte.
Sabía que su padre esperaba que ella entendiera lo que no estaba diciendo explícitamente, que la supervivencia de San Rafael, el futuro de todos los que trabajaban allí, podría depender de este matrimonio. Esa noche Antonia no pudo dormir. Se quedó junto a la ventana de su habitación, mirando las estrellas que brillaban con una claridad imposible en el cielo sin nubes.
La luna menguante proyectaba sombras plateadas sobre el patio de la hacienda. Escuchó el canto de un tecolote en la distancia y recordó la vieja superstición que decía que el canto del tecolote anunciaba muerte o desgracia. intentó sacudirse esa idea de la cabeza diciéndose que eran solo supersticiones tontas, pero el sentimiento de inquietud permanecía como una sombra que no podía dispersar. Parte dos.
Los días que siguieron a esa primera visita trajeron consigo una serie de eventos que se desarrollaron con la inexorabilidad de una maquinaria ya puesta en marcha. Federico comenzó a visitar la hacienda de San Rafael con frecuencia, siempre con algún pretexto relacionado con negocios, pero quedándose el tiempo suficiente para conversar con Antonia bajo la vigilante mirada de consuelo o de algún otro miembro de la familia.
Traía regalos que, aunque apropiados, según las costumbres de Cortejo, tenían un aire calculado. Libros de poesía que él claramente no había leído, pañuelos de seda traídos de Guadalajara, una vez incluso, un broche de plata con turquesas que Antonia aceptó por cortesía, pero que nunca usó. Antonia se encontró atrapada en una posición imposible.
Por un lado, no sentía nada por Federico más allá de una vaga incomodidad. Su forma de hablar, siempre orientada hacia los negocios y el progreso material, le resultaba tediosa. La manera en que la miraba, como si fuera una adquisición valiosa más que una persona, la hacía sentir como un objeto. Pero por otro lado entendía las presiones que pesaban sobre su padre y sobre toda la hacienda.
No era una muchacha ingenua que se dejara llevar por fantasías románticas. Sabía que en su mundo, en su tiempo, el matrimonio era ante todo un asunto práctico. Durante esas semanas, la única persona con quien Antonia podía hablar con franqueza era Consuelo. La doncella había sido más que una sirvienta, había sido confidente, consejera y, en cierta forma una segunda madre.
Después de la muerte de la madre biológica de Antonia. Una noche, mientras Consuelo cepillaba el largo cabello de Antonia antes de dormir, la joven finalmente expresó sus dudas. No lo amo, Consuelo. Ni siquiera me agrada particularmente, dijo Antonia mirando su reflejo en el espejo del tocador.
El amor es un lujo que pocas de nosotras podemos permitirnos, señorita, respondió Consuelo con su pragmatismo característico. La pregunta no es si lo ama ahora, sino si él será bueno con usted, si la tratará con respeto, si cumplirá sus obligaciones como esposo. ¿Y cómo puedo saber eso? Apenas lo conozco. Observe cómo trata a quienes están debajo de él. aconsejó consuelo.
Un hombre que es cruel con sus sirvientes o con sus caballos también será cruel con su esposa cuando nadie esté mirando. Un hombre que miente en los negocios mentirá en todo. Antonia tomó ese consejo en serio. Durante las visitas de Federico. comenzó a prestar atención no solo a cómo la trataba a ella, sino a cómo trataba a los mozos que cuidaban su caballo, a los sirvientes que le servían chocolate, incluso a su propio hermano.
Lo que observó no la tranquilizó. Federico era cortés en su presencia, pero había una impaciencia en su tono cuando se dirigía a quienes consideraba inferiores, un desdén apenas disimulado. Una vez, cuando un mozo tropezó al sujetar su caballo, Federico le soltó un insulto cortante que hizo que el joven agachara la cabeza avergonzado.
Sin embargo, los eventos adquirieron un impulso propio. A finales de marzo, don Rodrigo visitó a don Cristóbal con una propuesta formal.Los dos hombres se encerraron en el despacho de Don Cristóbal durante horas. Cuando finalmente salieron, ambos tenían expresiones satisfechas de hombres que han cerrado un buen negocio.
Esa noche, durante la cena, don Cristóbal le comunicó a Antonia lo que ella había presento. Federico Cortazar ha pedido formalmente tu mano y yo le he dado mi consentimiento”, dijo su padre intentando que su voz sonara ceremonial y alegre. Pero Antonia detectó el alivio subyacente, el peso que se quitaba de encima. Es un buen partido, hija.
Los Cortazar son una familia respetable y Federico es un joven emprendedor con un futuro prometedor. Antonia dejó sus cubiertos con cuidado a los lados del plato, tomándose un momento antes de responder. ¿Y mi opinión no cuenta en esto? preguntó, manteniendo su voz baja pero firme. Don Cristóbal suspiró y por primera vez en días miró a su hija con algo parecido a la tristeza en sus ojos.
Tu opinión me importa, Antonia, pero también tengo que pensar en el futuro de todos los que dependen de esta hacienda. En tiempos difíciles, a veces debemos hacer sacrificios por el bien mayor”, hizo una pausa. “¿Te ha tratado mal Federico? ¿Te ha faltado al respeto de alguna manera?” “No, admitió Antonia.
Es un hombre violento, un borracho, un libertino. No que yo sepa. Entonces, ¿cuál es tu objeción?” Antonia no tenía una respuesta que su padre pudiera entender. ¿Cómo explicar esa sensación de inquietud? ¿Esa voz interior que le advertía que algo no estaba bien? ¿Cómo decir que simplemente no quería esta vida sin sonar como una niña caprichosa e irresponsable? Ninguna, padre, dijo finalmente con una voz que sonó derrotada incluso a sus propios oídos.
Don Cristóbal se levantó de la mesa, rodeó hasta donde estaba sentada su hija y puso sus manos sobre los hombros de ella. Sé que esto no es fácil, hija, pero te prometo que haré todo lo que esté en mi poder para asegurar que tengas un buen matrimonio. El contrato matrimonial incluirá provisiones para tu seguridad y bienestar. No estarás desamparada.
la besó en la frente con una ternura que raramente mostraba. Confía en mí. El compromiso se anunció oficialmente la semana siguiente durante una misa especial en la iglesia de Arandas. Federico llegó con su familia y ante el altar le entregó a Antonia un anillo de compromiso, una banda de oro con tres pequeños diamantes engastados.
El anillo era bonito, pero no excepcional, apropiado para una familia de ascendados prósperos, pero no ostentosamente ricos. Lo que nadie notó en ese momento, lo que parecía un detalle insignificante era que el anillo le quedaba un poco ajustado a Antonia. Cuando Federico se lo deslizó en el dedo anular de la mano izquierda, hubo que empujarlo ligeramente para que pasara por el nudillo.
“Te queda perfecto”, dijo Federico con una sonrisa. Y Antonia no lo contradijo, aunque sentía la presión del metal contra su piel. Los preparativos para la boda comenzaron de inmediato. Se fijó la fecha para el 15 de junio, apenas dos meses y medio después. Doña Margarita Cortázar, asumiendo el papel de futura suegra con el entusiasmo de quien organiza una campaña militar, tomó control de la mayoría de los arreglos.
Había que encargar el vestido de novia que sería confeccionado por las mejores costureras de Guadalajara. Había que preparar la lista de invitados que incluiría a todas las familias importantes de la región. Había que organizar el banquete que se llevaría a cabo en la hacienda de los Nogales y que debía ser lo suficientemente impresionante para dejar claro que esta unión era un evento de importancia.
Antonia se movía a través de estos preparativos como si estuviera en un sueño o más bien en una pesadilla de la que no podía despertar. Asistía a las pruebas del vestido, asentía cuando le preguntaban su opinión sobre el menú, sonreía cuando era apropiado sonreír, pero internamente una parte de ella se iba retirando, protegiéndose, construyendo muros emocionales que la ayudarían a sobrevivir lo que estaba por venir.
El anillo de compromiso, mientras tanto, comenzó a causarle molestias. Al principio fue solo una ligera hinchazón, probablemente causada por el calor de abril en Jalisco. Pero a medida que pasaban las semanas, la hinchazón empeoraba. El anillo que al principio estaba ajustado, ahora parecía estar incrustado en su dedo.
Antonia intentó quitárselo varias veces, usando jabón para lubricar, sumergiendo la mano en agua fría para reducir la hinchazón, pero el anillo no se movía. Cada intento solo resultaba en más dolor y en que su dedo se pusiera aún más rojo e hinchado. “Deberías decirle a don Cristóbal”, le sugirió Consuelo una noche después de ver a Antonia intentar nuevamente quitarse el anillo sin éxito.
“¿Y qué va a hacer?”, respondió Antonia con frustración. Si les digo que el anillo no me queda bien, pensarán que estoy buscando excusas para cancelar el compromiso.¿Y no lo estás? Preguntó Consuelo suavemente. Antonia miró a su doncella con sorpresa. Era la primera vez que alguien verbalizaba lo que ella misma apenas se atrevía a pensar.
Incluso si quisiera, ya es demasiado tarde, dijo Antonia. Los contratos están firmados, las invitaciones enviadas, todo está arreglado. Retractarme ahora sería una deshonra para mi padre y para toda mi familia. Consuelo guardó silencio, pero sus ojos decían lo que no podía expresar con palabras, que a veces la deshonra es preferible a un destino peor.
A mediados de mayo, faltando solo un mes para la boda, la situación del anillo se había vuelto seria. El dedo de Antonia estaba constantemente hinchado. La piel alrededor del anillo había adquirido un tono rojizo y púrpura y comenzaba a experimentar un dolor constante que le hacía difícil dormir. Finalmente se dio y le mencionó el problema a su padre.
Don Cristóbal, preocupado, mandó llamar a don Esteban Villarreal, el médico del pueblo. Don Esteban era un hombre mayor, formado en la antigua escuela de la medicina que trataba la mayoría de las dolencias con sangrías y cataplasmas. Examinó el dedo de Antonia con expresión seria. “La circulación está comprometida”, diagnosticó.
Si el anillo no se quita pronto, podría haber daño permanente en el dedo. En el peor de los casos, podríamos estar hablando de gangrena. La palabra gangrena causó una alarma inmediata, don Esteban intentó él mismo quitar el anillo usando aceite y una técnica que involucraba enrollar hilo dental alrededor del dedo para comprimir el tejido hinchado y permitir que el anillo se deslizara.
Pero incluso eso falló. El anillo estaba como soldado al dedo de Antonia. “Hay solo dos opciones”, dijo finalmente don Esteban. “O cortamos el anillo o hizo una pausa significativa. Amputamos el dedo. Amputar!”, exclamó don Cristóbal horrorizado. “Eso es absurdo. Corte el anillo. El problema es que es oro macizo, muy grueso.
No tengo las herramientas adecuadas aquí. Tendríamos que llevarla a Guadalajara, a un joyero que tenga las herramientas apropiadas para cortar metal sin dañar el dedo. Don Cristóbal asintió tomando una decisión rápida. Prepararemos el viaje para mañana mismo. Pero cuando se le informó a Federico sobre el plan, su reacción fue inesperada y reveladora.
Cortar el anillo?, preguntó con evidente disgusto cuando visitó la hacienda esa tarde. Ese anillo ha estado en mi familia durante tres generaciones. Perteneció a mi bisabuela. Antonia, que había esperado preocupación por su salud, sintió una oleada de incredulidad ante su respuesta. Federico, mi dedo está en serio peligro, dijo, mostrándole la hinchazón que ahora era imposible de ignorar.
Sí lo veo,”, respondió él con un tono que sugería que consideraba esto un inconveniente menor. “Pero cortar el anillo debe haber otra manera. Es una pieza de valor sentimental y también monetario. Don Cristóbal, que había estado presente durante este intercambio, intervino con una voz tensa.
Federico, el médico ha sido muy claro. Si no se quita el anillo, mi hija podría perder el dedo. O peor, Federico pareció considerar esto, calculando claramente los costos y beneficios en su mente. Entiendo la urgencia. dijo finalmente, pero antes de tomar una medida tan drástica como cortar el anillo, ¿por qué no consultamos con otro médico? Quizás alguien más experimentado pueda encontrar una manera de quitarlo sin destruir la joya.
Era una sugerencia razonable en apariencia, pero el tono en que fue expresada, la prioridad implícita que daba al objeto sobre la persona, encendió algo en Antonia. Por primera vez en todo este proceso sintió no solo resignación, sino verdadera rabia. Así que el anillo es más importante que mi bienestar, dijo con una voz peligrosamente calmada.
No es eso, Antonia. No distorsiones mis palabras, respondió Federico, mostrando por primera vez un destello de irritación. Simplemente estoy sugiriendo que no actuemos con precipitación, pero el daño estaba hecho. Antonia vio con claridad cristalina lo que le esperaba en este matrimonio. Ser siempre secundaria a los intereses de la familia Cortazar, a las propiedades, al dinero, al prestigio.
Su salud, su felicidad, sus deseos siempre estarían en segundo lugar. Esa noche Antonia tomó una decisión. no podía cancelar el matrimonio, no directamente, no sin causar un escándalo que destruiría a su padre y a todos los que dependían de la hacienda, pero podía quizás crear circunstancias que obligaran a los Cortazar a ser ellos quienes rompieran el compromiso.
Si Federico resultaba ser tan superficial y materialista como parecía, tal vez encontraría una manera de hacer que él fuera quien se retractara. Era un plan arriesgado y probablemente condenado al fracaso, pero era lo único que tenía. Parte 3. Los últimos días de mayo y los primeros de junio transcurrieron bajo una tensión creciente.
El viaje a Guadalajara para consultar aotro médico y posiblemente a un joyero especializado se programó para el 5 de junio, 10 días antes de la boda. La comitiva incluiría a don Cristóbal, Antonia Consuelo y a Insistencia de los Cortázar, también a Federico y su madre, doña Margarita. La presencia de los Cortázar convertía lo que debería haber sido una urgencia médica en algo más parecido a una negociación familiar tensa.
El viaje a Guadalajara requería dos días completos en carruaje con una parada nocturna en la hacienda de unos conocidos de Don Cristóbal en las afueras de Tlaquepaque. Durante el viaje, Antonia mantuvo su mano izquierda envuelta en un pañuelo de lino, tanto para proteger el dedo hinchado como para evitar que los demás vieran constantemente el problema.
El dolor se había vuelto constante, un latido pulsante que seguía el ritmo de su corazón, recordándole con cada palpitación su situación atrapada. Federico cabalgaba junto al carruaje en su caballo, intercambiando ocasionalmente palabras con don Cristóbal sobre asuntos de negocios, pero evitando cuidadosamente cualquier mención del anillo o del propósito real de este viaje.
Era como si al no hablar de ello pudiera hacer que el problema desapareciera. Doña Margarita, sentada en el carruaje frente a Antonia mantenía una expresión de desaprobación perpetua, como si toda esta situación fuera de alguna manera culpa de Antonia por haber permitido que su dedo se hinchara de manera tan inconveniente.
La hacienda donde pasaron la primera noche pertenecía a don Aurelio Mendoza, un amigo de la juventud de don Cristóbal. Don Aurelio era viudo y vivía con sus tres hijas solteras, todas mayores de 30 años, que gestionaban la propiedad con una eficiencia que hubiera impresionado a cualquier administrador profesional. Durante la cena, las hermanas Mendoza mostraron una curiosidad natural por la próxima boda, haciendo preguntas sobre los preparativos, admirando desde la distancia el anillo de compromiso cuando Antonia, presionada, tuvo que
desenvolver su mano brevemente. “Qué hermoso”, exclamó la mayor de las hermanas Guadalupe. Y qué bien ajustado está, como si hubiera sido hecho específicamente para ti. Antonia forzó una sonrisa, pero no pudo evitar un comentario cargado de ironía. Sí, también ajustado que se ha vuelto parte permanente de mí.
Solo Consuelo, parada discretamente detrás de la silla de Antonia, captó el tono amargo de esas palabras. Las hermanas Mendoza las interpretaron como un comentario romántico sobre la unión eterna del matrimonio. Después de la cena, mientras los hombres tomaban brandy y fumaban puros en la biblioteca de don Aurelio, Consuelo ayudó a Antonia a prepararse para dormir en la habitación de invitados que les habían asignado.
Fue entonces cuando Antonia vio su oportunidad de intentar una vez más quitarse el anillo, pero esta vez con más desesperación. Sumergió la mano en una jofaina de agua fría durante 20 minutos hasta que sus dedos estuvieron entumecidos. Luego aplicó aceite de oliva generosamente y comenzó a girar el anillo, ignorando el dolor intenso que cada movimiento causaba.
Señorita, se está lastimando. Protestó Consuelo, viendo como la piel alrededor del anillo comenzaba a agrietarse y sangrar ligeramente. Tengo que quitármelo, Consuelo. Tengo que hacerlo. Om, jadeaba Antonia con lágrimas de dolor y frustración corriendo por sus mejillas, pero el anillo no cedía.
Era como si estuviera fusionado con su carne, como si se hubiera convertido en parte de su cuerpo. Finalmente, exhausta y derrotada, Antonia se dejó caer en la cama, sollozando mientras consuelo le limpiaba suavemente las heridas con agua y después aplicaba un ungüento calmante. “Es una maldición”, susurró Antonia entre sollozos.
“Este anillo es una maldición. No diga esas cosas, señorita. respondió Consuelo, aunque su voz carecía de convicción. “Mañana llegaremos a Guadalajara y los médicos sabrán qué hacer.” Pero esa noche Consuelo tuvo un sueño perturbador. Soñó que el anillo en el dedo de Antonia crecía y se expandía, envolviendo primero la mano, luego el brazo, hasta que todo el cuerpo de la joven quedaba cubierto por una armadura de oro que la aprisionaba por completo.
Cuando despertó antes del amanecer, con el corazón acelerado, decidió que al llegar a Guadalajara buscaría a un curandero tradicional. Además del médico occidental, a veces pensó, “Los males que aquejaban a una persona no eran solo del cuerpo.” Llegaron a Guadalajara al atardecer del día siguiente.
La ciudad, capital del estado de Jalisco, era un contraste dramático con el mundo rural de las haciendas. Calles adoquinadas llenas de carruajes, edificios de dos y tres pisos con balcones de hierro forjado, el sonido constante de campanas de iglesias, vendedores ambulantes pregonando sus mercancías, damas elegantes paseando bajo sombrillas para protegerse del sol incluso a esa hora tardía.
Se hospedaron en el hotelfrancés, un establecimiento elegante ubicado cerca del centro de la ciudad. frecuentado por la clase alta de la región, don Cristóbal había concertado una cita para la mañana siguiente con el Dr. Armando Villa Gómez, considerado uno de los mejores médicos de Guadalajara, formado en la Universidad Nacional y que había estudiado también en Francia.
El consultorio del Dr. Villa Gómez estaba ubicado en un edificio colonial restaurado con una sala de espera decorada con muebles europeos y cuadros de paisajes franceses que contrastaban extrañamente con el intenso sol mexicano que entraba por las ventanas. El Dr. Villa Gómez era un hombre de unos 40 años de modales precisos y profesionales.
Examinó el dedo de Antonia con una linterna especial. palpando cuidadosamente el tejido hinchado, midiendo el diámetro del anillo con un pequeño instrumento calibrado. “La situación es seria, pero no desesperada”, anunció después de su examen. “La circulación está comprometida, pero aún no hay signos de necrosis tisular, sin embargo, no podemos esperar mucho más.
” “¿Puede quitarlo sin cortar el anillo?”, preguntó Federico antes de que don Cristóbal pudiera hablar, revelando cuál era su prioridad principal. El Dr. Villa Gómez lo miró con una expresión que mezclaba sorpresa y desdén profesional. Señor, con todo respeto, el bienestar de la paciente debe ser la consideración primaria.
El anillo es un objeto y puede ser reemplazado o reparado. Un dedo perdido por gangrena. No, por supuesto, por supuesto, se apresuró a decir Federico, sintiéndose reprendido. Solo preguntaba si era posible. He visto casos similares”, continuó el doctor. “La hinchazón es causada parcialmente por una reacción del cuerpo al metal constante, exacervada por el calor y posiblemente por una ligera infección inicial que ha cronificado.
Puedo intentar un procedimiento, elevar la extremidad, aplicar compresas frías con sales específicas que reduzcan dramáticamente la hinchazón durante un periodo breve y durante ese tiempo intentar deslizar el anillo. Pero debo advertirles, si esto no funciona en uno o dos intentos, tendremos que cortar el anillo.
Cada intento adicional causa más trauma al tejido. Hagamos lo que sea necesario, dijo don Cristóbal. firmeza. El procedimiento se llevó a cabo allí mismo, en una habitación anexa al consultorio que servía como pequeña sala de tratamiento. Antonia se recostó en una camilla mientras el Dr. Villa Gómez aplicaba compresas heladas mezcladas con sales de Epson y otros compuestos.
El frío era tan intenso que era casi doloroso, pero Antonia apretó los dientes y soportó. Después de 20 minutos, el doctor examinó nuevamente el dedo. “La hinchazón ha disminuido significativamente”, observó con satisfacción. “Ahora intentaremos removerlo.” Con Antonia mordiéndose el labio inferior hasta casi sangrar, el doctor aplicó un lubricante especial y comenzó a trabajar el anillo girándolo lentamente, ejerciendo presión constante pero controlada.
Por un momento pareció que iba a funcionar. El anillo se movió ligeramente, apenas un milímetro, pero se movió. La esperanza floreció en el pecho de Antonia. Pero entonces, justo cuando el anillo estaba a punto de pasar sobre el nudillo, el dedo comenzó a hincharse nuevamente, como si el cuerpo de Antonia se rebelara contra la remoción.
El efecto de las compresas frías se estaba disipando rápidamente. El doctor intentó trabajar más rápido, pero el anillo se quedó atascado exactamente en el nudillo, causándole a Antonia un dolor tan agudo que no pudo evitar gritar. Suficiente”, ordenó el Dr. Villa Gómez deteniéndose inmediatamente. “No puedo continuar sin causar daño serio.
” Aplicó nuevamente compresas frías para reducir la hinchazón que su intento había exacerbado. Y cuando el dolor de Antonia se hubo calmado a un nivel tolerable, le vendó cuidadosamente el dedo con gasas medicadas. Lo siento, señorita Salgado, pero mi recomendación profesional es inequívoca. El anillo debe ser cortado y debe ser lo pronto, idealmente hoy mismo o mañana a más tardar.
Conozco a un joyero aquí en Guadalajara, el señor Bustamante, que tiene las herramientas apropiadas y la experiencia necesaria. Puedo acompañarlos a su taller si lo desean. En la sala de espera, donde la familia había estado aguardando con ansiedad, se produjo una discusión tensa. Federico seguía resistiéndose a la idea de destruir el anillo familiar.
Doña Margarita, por primera vez mostrando algo parecido a la preocupación materna, aunque por su hijo más que por su futura nuera, sugirió que quizás deberían posponer la boda hasta que se resolviera toda esta situación desafortunada. “No podemos posponer,”, objetó don Cristóbal. Las invitaciones están enviadas, todo está preparado.
El escándalo sería enorme. ¿Y qué hay del escándalo de que la novia llegue al altar con un dedo vendado y deformado? Contraatacó doña Margarita con frialdad.O peor, sin dedo, fue Antonia quien finalmente habló con una voz que había ganado una nueva cualidad, algo duro y determinado que nunca antes había estado allí.
Suficiente. Todos están hablando de mí como si yo no estuviera presente. Dr. Villagómez, por favor, lléveme con el joyero. Cortaremos el anillo. Antonia, comenzó Federico, pero ella lo interrumpió. Si este anillo es tan importante para ti que prefieres arriesgar mi salud antes que dañarlo, entonces quizás debería reconsiderar este matrimonio por completo.
Había una firmeza en su voz que sorprendió a todos, incluyéndola a ella misma. Tú decides, Federico, el anillo o yo. Era un ultimátum claro, lanzado en presencia de testigos, imposible de ignorar, sin quedar completamente en ridículo. Federico miró a su madre, luego a don Cristóbal, buscando algún tipo de apoyo o salida, pero no encontró ninguna.
Por supuesto que tú, Antonia, dijo finalmente, aunque el resentimiento era evidente en su tono. No seas dramática. Nunca dije que prefería el anillo. Entonces vamos al joyero, dijo Antonia poniéndose de pie sin esperar respuesta. El taller del señor Bustamante estaba ubicado en la calle de San Francisco, en el corazón del distrito comercial de Guadalajara.
Era un local pequeño, pero impecable, con vitrinas que exhibían joyas exquisitas, anillos con esmeraldas, collares de perlas, broches de oro y plata trabajados con una maestría que hablaba de generaciones de conocimiento transmitido. El señor Bustamante era un hombre anciano de unos 70 años con manos que temblaban ligeramente por la edad, pero que todavía mostraban la destreza de un artesano consumado.
Después de que el Dr. Villa Gómez le explicara la situación, el señor Bustamante examinó el anillo con una lupa de joyero. Soro de 18 kilates, muy puro, muy bien trabajado, comentó con apreciación profesional. Una pieza hermosa, de verdad. Puedo cortarlo de manera que el daño sea mínimo. Después, con tiempo y habilidad, podría repararse.
No quedaría exactamente como antes, pero sería un trabajo respetable. ¿Cuánto tiempo tomaría repararlo?, preguntó Federico. Tres semanas, quizás cuatro. respondió el joyero. Tendría que soldar las partes cuidadosamente, pulir, ajustar el tamaño para que no vuelva a causar problemas. Federico hizo cuentas mentalmente. Tres o cuatro semanas desde hoy los llevaba más allá de la fecha de la boda.
Y si lo cortamos después de la boda, sugirió. La ceremonia es en 10 días. Seguramente puede resistir 10 días más. El doctor Villa Gómez intervino con voz firme. Médicamente hablando, eso sería una imprudencia extrema. La infección podría agravarse rápidamente. No puedo en conciencia recomendar tal cosa.
Pero, ¿es posible, verdad?, insistió Federico. Posible, aunque no recomendable. Muchas cosas son posibles, señor, respondió el doctor con frialdad. También es posible que cruce la calle con los ojos vendados y no me atropelle un carruaje, pero sería una estupidez intentarlo. La tensión en el pequeño taller era palpable.
El señor Bustamante, sintiendo que estaba en medio de un conflicto familiar que iba mucho más allá de un simple anillo atascado, se retiró discretamente a la trastienda con el pretexto de buscar sus herramientas de corte. Antonia miró a Federico. Realmente lo miró, quizás por primera vez sin las cortinas de cortesía social y expectativas familiares nublando su visión.
vio a un hombre que priorizaba las posesiones materiales sobre las personas, que calculaba cada situación en términos de costo beneficio, que veía su matrimonio no como una unión de dos personas, sino como una transacción comercial que no podía permitirse que se descarrilara por inconvenientes menores como la salud de su futura esposa. Y en ese momento, con una claridad absoluta, Antonia tomó una decisión.
No voy a casarme contigo, Federico, dijo en voz baja, pero clara. El silencio que siguió fue total, incluso los sonidos de la calle parecieron desvanecerse. ¿Qué dijiste?, preguntó Federico como si no hubiera escuchado correctamente. Dije que no voy a casarme contigo repitió Antonia con más firmeza.
He sido una cobarde hasta ahora, dejándome llevar por lo que otros esperaban de mí, por lo que era conveniente, por el deber y las obligaciones. Pero si tu reacción ante mi sufrimiento es preocuparte más por un anillo que por mí, entonces prefiero enfrentar cualquier escándalo, cualquier deshonra antes que pasar el resto de mi vida atada a alguien que me ve como una propiedad más.
Antonia, estás siendo irracional”, intervino doña Margarita con voz tensa. “Esto es el dolor hablando, el estrés de la situación.” “No, madre”, contradijo don Cristóbal, y su voz sorprendió a todos por su tono de orgullo mezclado con tristeza. “Mi hija está siendo perfectamente racional por primera vez en semanas.
” Federico, recuperándose de la sorpresa inicial, intentó una última maniobra.Antonia, si esto es por el anillo, ya dije que lo cortaríamos. No sé qué más quieres que haga. Lo dijiste solo cuando no te quedó otra opción, cuando te puse entre la espada y la pared, respondió Antonia. Y en tu voz, en tus ojos, veo el resentimiento.
Siempre me culparás por la destrucción de tu preciada reliquia familiar. Y esto es solo el principio. ¿Qué pasará cuando haya decisiones más importantes? Cuando nazcan hijos y haya que elegir entre lo que es mejor para ellos y lo que es mejor para el negocio familiar. Ya sé cuál será siempre tu respuesta.
Federico abrió la boca para replicar, pero no encontró palabras porque ambos sabían que ella tenía razón. “Los contratos están firmados”, dijo finalmente con una voz que había perdido su confianza. Mi familia ya ha invertido mucho en esta alianza, entonces mi padre les compensará por los gastos incurridos”, respondió Antonia, mirando a don Cristóbal, quien asintió lentamente.
“Pero no habrá boda.” Doña Margarita se puso de pie con dignidad ofendida. “Federico, vámonos. No voy a quedarme aquí para ser humillada por esta niña caprichosa.” Sí, madre. respondió Federico, pero antes de irse volvió hacia Antonia con una mirada que ella nunca olvidaría, una mirada de odio puro.
Te arrepentirás de esto. Mi familia no olvida las ofensas. Después de que los Cortazar salieran del taller, el señor Bustamante emergió de la trastienda, fingiendo no haber escuchado nada. procedió a cortar el anillo con sus herramientas especializadas. Un proceso delicado que tomó casi una hora.
Cuando finalmente el metal se dio y el anillo se abrió, revelando la piel enrojecida y maltratada debajo, Antonia sintió no solo alivio físico, sino una liberación que iba mucho más profunda. “Libre”, susurró mirando su mano desnuda. El doctor Villa Gómez limpió y vendó cuidadosamente el dedo, dio instrucciones sobre los cuidados necesarios y recetó un unüento antibiótico para prevenir infección.
Mientras salían del taller con el anillo cortado envuelto en papel en el bolsillo de don Cristóbal, quien había insistido en pagarlo y conservarlo, diciendo enigmáticamente que algún día podría necesitar recordar esto. El sol de Guadalajara ya se ocultaba tiñiendo el cielo de naranjas y púrpuras. En el camino de regreso al hotel, don Cristóbal finalmente habló.
La hacienda sufrirá por esto, Antonia. Sin la alianza con los Cortázar, las cosas serán más difíciles. Lo sé, Padre, y lo siento. No te disculpes, dijo él, deteniéndose y tomando las manos de su hija entre las suyas. Hice mal en presionarte hacia este matrimonio. Me dejé cegar por la conveniencia, por el miedo al futuro y casi te sacrifiqué en el proceso.
Tu madre nunca me lo hubiera perdonado. Esa noche en el hotel francés, Antonia durmió profundamente por primera vez en semanas, pero su paz sería breve. Parte cuatro. El viaje de regreso a Arandas se realizó dos días después, dándole tiempo a Antonia para que su dedo comenzara a sanar. La hinchazón había disminuido considerablemente, aunque la piel todavía mostraba las marcas del anillo como una sombra de lo que había sido.
Consuelo aplicaba religiosamente el ungüento resetado y cambiaba las vendas dos veces al día. La noticia de la ruptura del compromiso los había precedido. Los Cortázar habían regresado a los Nogales inmediatamente después del incidente en el taller y doña Margarita no había perdido tiempo en hacer circular su versión de los eventos.
Para cuando Antonia y don Cristóbal llegaron a San Rafael, los rumores ya se habían extendido por toda la región como un incendio en un campo de ago. Según la narrativa de los Cortázar, Antonia había sido quien había instigado toda la situación del anillo como pretexto para romper un compromiso que nunca había querido.
había humillado públicamente a Federico, acusándolo de ser insensible y materialista, y había actuado con una falta de consideración escandalosa hacia las convenciones sociales y el honor familiar. En la versión de doña Margarita, convenientemente omitida, estaba la parte donde Federico había priorizado un objeto sobre la salud de su prometida.
El impacto social fue inmediato y severo. Las familias que habían confirmado su asistencia a la boda comenzaron a enviar notas de disculpa, retractándose. Las mujeres respetables de Arandas, que antes saludaban cordialmente a Antonia después de misa, ahora cruzaban de calle al verla o le daban la espalda ostensiblemente. se convirtió en el tema de conversación en cada salón, en cada mercado, en cada plaza de la región.
Pero algo más estaba sucediendo, algo que al principio pasó desapercibido entre el escándalo social. Federico Cortázar no había tomado bien el rechazo. Su orgullo herido y su sentido de humillación pública se habían transformado en algo más oscuro, más peligroso. Comenzó a beber más de lo habitual, pasando tardes enteras en lascantinas de Arandas, donde se lamentaba amargamente sobre la traición de Antonia ante cualquiera que quisiera escuchar.
Me usó, decía a sus compañeros de bebida. Aceptó el compromiso, aceptó el anillo de mi familia y luego me descartó como si fuera basura. destruyó una reliquia de tres generaciones y destruyó mi reputación en el proceso. Sus amigos, algunos genuinamente comprensivos y otros simplemente disfrutando del drama, alimentaban su resentimiento.
Le recordaban cómo había sido humillado públicamente, como toda la región ahora lo veía como el hombre que no había sido suficientemente bueno para Antonia Salgado. Y con cada copa de tequila, con cada repetición de la historia, la versión de los eventos en la mente de Federico se distorsionaba más, alejándose de la realidad y acercándose a una narrativa donde él era la víctima inocente de una mujer cruel y manipuladora.
Emilio, el hermano menor de Federico, observaba esta espiral descendente con creciente preocupación. A diferencia de Federico, Emilio había visto la situación con más claridad. había estado presente en el taller del joyero. Había escuchado el ultimátum de Antonia y aunque sentía lealtad hacia su hermano, no podía negar que ella había tenido razones válidas para romper el compromiso.
“Hermano, necesitas dejar esto atrás”, le aconsejó Emilio una noche mientras ayudaba a Federico a regresar tambaleante de una cantina a la hacienda. No vale la pena destruirte por esto. Tú no entiendes, farfuyó Federico. Ella me hizo quedar como un tonto. Todo el mundo se ríe de mí. Nadie se ríe de ti. Y si lo hacen, que se rían, el tiempo lo olvidará todo.
Pero Federico no podía olvidar. Su obsesión con la afrenta crecía cada día. comenzó a cabalgar cerca de los límites de la hacienda San Rafael, observando desde la distancia, calculando algo que ni él mismo había articulado completamente todavía. Mientras tanto, en San Rafael, Antonia intentaba reconstruir algún tipo de normalidad.
Su dedo sanaba lentamente, pero bien. El Dr. Villagómez había hecho un excelente trabajo y no parecía que hubiera daño permanente, pero las cicatrices emocionales y sociales eran otra cosa. Se sentía atrapada en la hacienda, sabiendo que cada vez que fuera al pueblo enfrentaría miradas de juicio y susurros a sus espaldas. Lon Cristóbal, fiel a su palabra, había enviado a los Cortázar una compensación monetaria por los gastos de la boda cancelada, una suma considerable que había requerido vender algunas cabezas de ganado y endeudarse más de lo que
hubiera querido. Los Cortázar habían aceptado el dinero, pero habían dejado claro que consideraban el asunto lejos de estar resuelto. Don Rodrigo había enviado una carta formal declarando que la familia Salgado había actuado de mala fe y que rompía todas las relaciones comerciales y sociales con ellos.
Era a finales de junio, justo una semana después de la fecha en que hubiera sido la boda, cuando las cosas tomaron un giro ominoso. Antonia había desarrollado el hábito de cabalgar temprano por las mañanas, antes de que el sol se volviera insoportable por las tierras de la hacienda. Era su momento de soledad, de reflexión y también su forma de desafiar sutilmente el confinamiento social que las circunstancias le habían impuesto.
Consuelo no aprobaba estas salidas solitarias. “No es seguro, señorita”, le advertía cada mañana. Los tiempos están cambiando. Hay forajidos en los caminos y además, además los cortázar no son de fiar. Estoy en tierras de mi padre Consuelo. ¿Qué puede pasarme aquí? respondía Antonia, aunque ella también sentía una inquietud que no podía explicar completamente.
La mañana del 25 de junio amaneció con una niebla inusual, densa y húmeda, que cubría los campos como un sudario. Antonia salió como de costumbre, montada en su yegua a Laana Canela, una bestia noble de 8 años que conocía cada sendero de la hacienda. cabalgó hacia el sur, hacia la zona donde un arroyo marcaba el límite entre San Rafael y las tierras comunales que separaban la hacienda de los nogales.
No vio al jinete hasta que fue demasiado tarde. Federico apareció de entre la niebla, bloqueando el sendero montado en su semental negro. Su aspecto era descuidado, con varios días de barba crecida, ojos enrojecidos e hinchados y un olor a alcohol que llegaba incluso a través del aire matutino húmedo. “Antonia”, dijo, y su voz tenía una cualidad extraña, pastosa, pero también peligrosa.
“¡Qué conveniente encontrarte aquí, tan lejos de la casa, tan sola.” El corazón de Antonia comenzó a latir más rápido. Instintivamente tiró de las riendas de canela intentando girar, pero Federico espoleó su caballo cerrando la distancia entre ellos. No huyas, solo quiero hablar. No tenemos nada de qué hablar, Federico, por favor, déjame pasar.
Dejar que pases. Su risa fue amarga. Como tú me dejaste a mí, ¿verdad? simplemente desechado, humillado, arruinado.No te arruiné. Tomé una decisión sobre mi propia vida. Antonia mantuvo su voz firme, aunque el miedo crecía en su interior, y fue la decisión correcta, como estás demostrando ahora mismo. Ese comentario fue un error.
Vio la furia destellar en los ojos de Federico. En un movimiento rápido que sorprendió a ambos, él desmontó y agarró las riendas de canela, forzando a la yegua a detenerse. Suelta mi caballo”, ordenó Antonia con toda la autoridad que pudo reunir. “¿O qué? ¿Romperás otro compromiso? ¿Me humillarás más?” Federico estaba junto a su pierna ahora, mirándola hacia arriba con una expresión que mezclaba dolor, rabia y algo más, algo que hizo que cada instinto de Antonia le gritara peligro.
“¿Crees que eres mejor que yo? ¿Verdad? ¿Crees que puedes jugar con las personas y después simplemente alejarte sin consecuencias? Federico, estás borracho. Ve a casa, duerme y mañana te darás cuenta de que esto es una locura. No estoy tan borracho como crees y era verdad. Había una claridad terrible en sus ojos que era peor que la embriaguez.
He estado pensando mucho, Antonia, sobre el honor, sobre la justicia. sobre lo que se les debe hacer a las mujeres que destruyen a los hombres. Antes de que Antonia pudiera reaccionar, Federico sacó un cuchillo de su cinturón. Era un cuchillo de trabajo del tipo que los vaqueros usaban para mil tareas, pero en ese momento, en esas manos, en medio de esa niebla que los aislaba del mundo, se convirtió en algo terrorífico.
“Solo quiero que entiendas”, dijo Federico con una voz que se había vuelto extrañamente calmada, lo cual era más aterrador que sus gritos anteriores. Quiero que sientas, aunque sea una fracción del dolor que me causaste. Antonia espoleó a Canela con fuerza, intentando hacer que la yegua se encabritara o se moviera.
Pero Federico había asegurado las riendas firmemente. Con su otra mano alcanzó hacia la pierna de Antonia, tirando de ella con fuerza suficiente para desbalancearla. Ella gritó intentando aferrarse a la montura, pero cayó al suelo húmedo, golpeándose el hombro contra una piedra. El dolor fue agudo, pero el miedo era mayor.
Antonia intentó ponerse de pie, pero Federico estaba sobre ella, usando su peso para inmovilizarla. “Nadie te escucha aquí”, dijo, y en sus palabras había una verdad terrible. Nadie viene nunca a esta parte tan temprano. Puedo tomar mi tiempo. Lo que sucedió en los minutos siguientes quedaría borroso en la memoria de Antonia, fragmentado por el trauma y el terror.
Federico no la violó, pero la violencia que ejerció fue de otro tipo, igualmente brutal. le rasgó el vestido, cortó mechones de su cabello con el cuchillo, todo, mientras le susurraba insultos y acusaciones, descargando meses de resentimiento acumulado. Y entonces, en el forcejeo, vio el dedo de Antonia, el que había llevado el anillo. Había sanado, la piel, estaba casi normal, solo una leve decoloración que pronto desaparecería.
Esto dijo agarrando esa mano con violencia, por esto comenzó todo. Por tu maldito dedo y ese maldito anillo. Presionó el cuchillo contra ese dedo, no lo suficientemente fuerte para cortarlo, pero sí para causar dolor y terror. “Debería cortártelo”, susurró. “Así nunca podrías usar el anillo de nadie más, ¿verdad?” Pero no lo hizo.
En cambio, algo en él se quebró de manera diferente. La realidad de lo que estaba haciendo pareció penetrar finalmente la neblina de alcohol y rabia. Se levantó bruscamente, tambaleándose hacia atrás, mirando sus propias manos y el cuchillo, como si no entendiera cómo habían llegado ahí. Yo no quería. Comenzó, pero no terminó la frase.
Antonia. Aprovechando su confusión, se arrastró hacia atrás, poniéndose de pie con dificultad. Su vestido estaba rasgado. Tenía rasguños en los brazos y la cara. Su cabello estaba desalineado con mechones cortados irregularmente. Canela había huído durante el ataque, pero el caballo de Federico permanecía cerca.
Con un movimiento que sorprendió a ambos por su audacia desesperada, Antonia corrió hacia el semental negro, logró montarlo torpemente y antes de que Federico pudiera reaccionar, espoleó al animal con toda su fuerza. El semental, confundido por el jinete desconocido, pero respondiendo al comando urgente, salió galopando hacia San Rafael. Federico se quedó solo en la niebla, viendo como ella desaparecía.
Y en ese momento algo se consolidó en su mente. Había ido demasiado lejos para volverse atrás. Antonia lo denunciaría. Su familia vendría por él. Sería arrestado, encarcelado, deshonrado públicamente. Todo lo que había intentado evitar sucedería ahora de todas formas, pero peor, a menos que ella no pudiera hablar.
La idea se formó con una claridad terrible. No había sido su intención. cuando cabalgó hacia el encuentro esa mañana, pero ahora parecía inevitable, la única solución lógica a un problema que él mismo había creado. Antonia llegó a San Rafael galopandofrenéticamente, gritando antes de que siquiera llegara al patio principal.
Los trabajadores, que ya estaban despiertos, preparándose para el día, corrieron al verla en ese estado. Don Cristóbal salió de la casa aún en bata. y lo que vio hizo que su rostro envejeciera 10 años en un instante. Gonzuelo llegó corriendo, envolvió a Antonia en su reboso y la condujo al interior, mientras la joven soyaba incoherentemente intentando explicar lo que había sucedido.
Don Cristóbal reunió a los hombres de la hacienda, todos armados, y cabalgaron hacia el lugar que Antonia había descrito. Pero cuando llegaron al arroyo no encontraron a Federico, solo rastros de una lucha, sangre en las piedras de los rasguños de Antonia, mechones de cabello oscuro dispersos por el suelo y las huellas de dos caballos, una yendo hacia San Rafael, Antonia, en el caballo de Federico, y otra yendo hacia el oeste, hacia las montañas que se elevaban más allá de ambas haciendas.
Don Cristóbal envió jinetes en todas direcciones para buscar a Federico y también envió un mensajero a Arandas para notificar al alcalde y solicitar la presencia del Alguacil, pero sabía con esa certeza instintiva que viene de décadas de entender a los hombres y sus motivos que Federico no había huído. Un hombre que huye va lejos y rápido.
Las huellas que habían encontrado sugerían algo diferente, alguien que merodeaba, que esperaba, que planeaba. Parte cinco. Los días que siguieron fueron de terror y paranoia en la hacienda San Rafael. Don Cristóbal contrató guardias adicionales, hombres de confianza armados con rifles que patrullaban el perímetro de la propiedad día y noche.
Antonia no salía de la casa y cuando debía moverse de una habitación a otra, Consuelo o algún otro miembro del servicio la acompañaba. El Alguacil de Arandas, don Porfirio Sandoval, un hombre de unos 60 años que había mantenido el orden en el pueblo durante 20 años, tomó la denuncia de Antonia con seriedad profesional, pero también con la inevitable dosis de escepticismo social.
Después de todo, ya había escuchado la versión de los Cortazar sobre la ruptura del compromiso. Ahora escuchaba la versión de Antonia sobre el ataque. ¿Cuál era la verdad? En su experiencia, la verdad usualmente caía en algún punto intermedio entre las narrativas conflictivas de personas emocionalmente involucradas.
Señorita Salgado”, dijo durante su entrevista con ella tomando notas en un cuaderno desgastado. “¿Está completamente segura de que don Federico Cortazar la atacó con intención de causarle daño físico?” La pregunta, con su implicación de duda, enfureció tanto a Antonia que por un momento no pudo hablar.
“¿Mis heridas no son evidencia suficiente?”, preguntó finalmente, mostrando los rasguños en sus brazos, el moretón en su hombro donde había caído. “Las heridas son evidencia de un altercado, ciertamente”, respondió el alguacil con cuidado, “Pero debemos considerar todas las posibilidades. ¿No podría ser que don Federico quizás embriagado, la confrontara y que usted, comprensiblemente alarmada, reaccionara de manera que resultó en estas lesiones durante el forcejeo? ¿Me está culpando a mí? No estoy culpando a nadie, señorita.
Estoy intentando establecer los hechos. Don Cristóbal, que había estado presente durante la entrevista, intervino con una voz peligrosamente calmada. Los hechos son estos, don Porfirio. Mi hija fue atacada por un hombre despechado y vengativo. Ese hombre ahora ha huído, lo cual es en sí mismo evidencia de culpabilidad.
Y le advierto que si su departamento no toma acción rápida, tomaré justicia en mis propias manos. Don Cristóbal, comprendo su enojo, pero no puede hacer amenazas de ese tipo, respondió el alguacil. Emitiré una orden para interrogar a don Federico y enviaré hombres a buscarlo. Pero debo advertirle que la familia Cortázar ya ha presentado su propia queja, alegando que usted robó el caballo de don Federico.
La absurdidad de esa acusación hubiera sido cómica en otras circunstancias, pero en la situación actual solo sirvió para ilustrar hasta qué punto los Cortazar estaban dispuestos a manipular el sistema en su favor. El caballo de Federico fue devuelto a los nogales esa misma tarde, acompañado de una nota formal de don Cristóbal, explicando las circunstancias.
No recibió respuesta. Los hombres del Alguacil buscaron a Federico durante tres días sin éxito. La región era vasta, con cientos de barrancos, cuevas y ranchos aislados, donde un hombre podría esconderse indefinidamente si tenía la determinación suficiente. Don Rodrigo Cortázar, cuando fue interrogado, juró que no tenía idea de dónde estaba su hijo y que estaba tan preocupado como cualquiera por su paradero.
Emilio, el hermano menor, pareció más genuino en su preocupación, admitiendo que Federico había estado bebiendo mucho y que su estado mental era inestable, pero afirmando que no sabía nada sobreun plan de atacar a Antonia. “Mi hermano es muchas cosas”, dijo Emilio Alguacil, “pero nunca lo creí capaz de violencia física.
Si hizo lo que señorita Salgado dice, entonces el alcohol y la amargura lo han transformado en alguien que no reconozco. Mientras tanto, en San Rafael, Antonia se iba apagando. El trauma del ataque, combinado con el aislamiento forzado y la constante sensación de amenaza, estaba cobrando su precio. dormía bien, despertándose de pesadillas, donde Federico la perseguía con su cuchillo a través de campos interminables de age.
Perdió el apetito, rechazando la mayoría de las comidas que Consuelo le preparaba con creciente preocupación. “Tiene que comer, señorita”, insistía la doncella. “tiene que mantenerse fuerte.” “¿Para qué, Consuelo?”, respondía Antonia con una apatía que asustaba más que cualquier llanto para pasar el resto de mi vida encerrada aquí, esperando que él aparezca para terminar lo que comenzó.
Fue don Cristóbal quien finalmente propuso una solución drástica. Tengo familia en Aguas Calientes, dijo una tarde mientras cenaban en un silencio tenso. Primos que hace años me han invitado a visitarlos. Podrías ir allá, quedarte unos meses hasta que toda esta situación se resuelva. Antonia levantó la mirada de su plato intacto.
Huirr No es huir, es prudencia, respondió su padre. y te daría un respiro, tiempo para sanar. La idea tenía mérito, pero algo en Antonia se resistía. Irse significaría dejar que Federico ganara, permitir que el miedo dictara su vida, pero quedarse significaba vivir en constante terror. Era elegir entre dos formas de prisión.
Antes de que pudiera decidir, los eventos tomaron su propio curso. Era el 5 de julio cuando desapareció una de las trabajadoras jóvenes de la hacienda, una muchacha de 17 años llamada Lucía. Había salido al amanecer para recoger huevos del gallinero y nunca regresó. Cuando la buscaron, encontraron los huevos esparcidos por el suelo, la canasta volcada y huellas de una lucha breve.
Y también encontraron algo más, un pañuelo bordado con las iniciales FC Federico Cortázar. La desaparición de Lucía galvanizó a toda la hacienda. Los trabajadores, que hasta entonces habían mantenido una distancia respetuosa del conflicto entre las familias principales, ahora lo veían como una amenaza directa a sus propias hijas, hermanas, esposas.
Se formaron grupos de búsqueda armados con lo que tenían a mano, rifles viejos, machetes, palos. El alguacil, presionado por la creciente tensión, movilizó a sus hombres en una búsqueda más seria. Encontraron a Lucía dos días después. Su cuerpo estaba en un barranco a unos 3 kilómetros de San Rafael, escondido bajo ramas y piedras en un intento rudimentario de ocultarlo.
Había sido estrangulada y su ropa mostraba evidencia de violencia sexual. Junto al cuerpo, como un mensaje deliberado o un descuido de una mente desorganizada por el alcohol y la locura, estaba el cuchillo de Federico con sus iniciales grabadas en el mango de hueso. La noticia sacudió a la región entera. Esto ya no era un escándalo social o un conflicto entre familias aristocráticas.
era un asesinato. El alguacil no tuvo más opción que emitir una orden formal de arresto contra Federico Cortazar por asesinato. Don Rodrigo, enfrentado con la evidencia innegable, se derrumbó en una reunión privada con el alguacil. admitió que había sabido que algo andaba mal con su hijo, que había visto las señales de deterioro mental, pero que había esperado que pasara, que Federico se recuperara, que todo se resolviera de alguna manera sin escándalo público.
Ahora un muchacha inocente estaba muerta por su negación y su cobardía. Emilio tomó control de la situación familiar, cooperando plenamente con las autoridades. Proporcionó información sobre los lugares donde Federico podría estar escondiéndose, antiguas cabañas de casa en las montañas, amigos que podrían estar cubriéndolo.
Pero también expresó una preocupación que compartía el alguacil. Mi hermano está obsesionado con Antonia Salgado”, dijo Emilio. “Todo lo que hace, todo lo que dice cuando está borracho, vuelve a ella. Si mató a esa pobre muchacha, fue probablemente porque no pudo llegar a quien realmente quería matar.
Esa noche, don Cristóbal reforzó la seguridad de la hacienda hasta convertir San Rafael en una fortaleza. Pero ambos sabían que ninguna cantidad de guardias podría proteger completamente a Antonia si Federico estaba lo suficientemente determinado y lo suficientemente loco. “Mañana te vas a Aguascalientes”, ordenó don Cristóbal con una firmeza que no admitía discusión.
Consuelo irá contigo y dos de mis hombres más confiables viajarán de noche para evitar ser vistos. Esta vez Antonia no objetó. Los preparativos se hicieron en secreto. Solo un puñado de personas en la hacienda sabían del plan. Saldrían a medianoche, tomarían caminos secundarios y para cuando alguien notara suausencia, ya estarían lejos.
Don Cristóbal había enviado un telegrama a sus primos en Aguascalientes, explicando la situación y solicitando refugio para su hija. Antonia pasó su última tarde en San Rafael, despidiéndose mentalmente de cada rincón de la casa donde había crecido. Era extraño pensar que el hogar que tanto amaba se había convertido en una prisión y ahora en un lugar que debía abandonar para sobrevivir.
Empacó solo lo esencial, algunas mudas de ropa, su libro favorito de poemas, una fotografía de su madre y el dinero que su padre le había dado para emergencias. A las 11 de la noche, Consuelo la ayudó a vestirse con ropa de viaje sencilla, un vestido oscuro que no llamaría la atención.
Los dos guardias, Juan y Sebastián, ya tenían los caballos preparados en el establo trasero. El plan era simple, cabalgar rápido hacia el norte, llegar a la estación de tren en la Moreno antes del amanecer y tomar el primer tren hacia Aguas Calientes. Pero Federico había estado observando. había estado más cerca de lo que nadie imaginaba, escondido durante días en una vieja cabaña abandonada en la propiedad, moviéndose solo de noche, observando los patrones de los guardias, esperando.
La muerte de Lucía no había sido premeditada. La muchacha simplemente había estado en el lugar equivocado, en el momento equivocado, cuando él había intentado acercarse a la casa principal. había reaccionado por pánico cuando ella gritó y después, después ya no había vuelta atrás. Vio la actividad inusual esa noche, caballos siendo preparados en silencio, figuras moviéndose furtivamente y entendió lo que estaba sucediendo.
Antonia iba a escapar y si escapaba, nunca podría alcanzarla. Nunca podría. ¿Qué? ¿Qué era exactamente lo que quería hacer? Su mente, fracturada por días de alcohol, miedo, paranoia y una culpa que se negaba a reconocer conscientemente, ya no podía articularlo claramente. Solo sabía que no podía dejar que se fuera. Esperó hasta que el grupo salió de la hacienda.
Cuatro jinetes moviéndose en silencio bajo una luna menguante. Los siguió a distancia prudente, manteniéndose en las sombras, usando todo el conocimiento del terreno que había acumulado en años de cazar en estas tierras. El grupo cabalgó durante una hora sin incidentes, acercándose al límite norte de la propiedad.
Juan, uno de los guardias, era un rastreador experimentado y algo le inquietaba. Se detuvo levantando una mano para hacer que los demás se detuvieran también. Hay alguien siguiéndonos, susurró Sebastián. Desenfundó su rifle inmediatamente. ¿Estás seguro? He escuchado cascos durante los últimos 10 minutos manteniéndose siempre a la misma distancia.
Consuelo instintivamente acercó su caballo al de Antonia, poniendo su cuerpo entre la joven y la oscuridad que los rodeaba. Federico susurró Antonia, y no era una pregunta, sino una certeza. Como si su nombre hubiera sido una invocación, una voz emergió de la oscuridad. Muy perceptiva, Antonia. Siempre fuiste inteligente.
Es una de las cosas que admiraba de ti. Juan alzó su rifle hacia donde venía la voz. Don Federico, ¿está usted arrestado por asesinato? Entréguese y nadie más tiene que salir lastimado. La risa de Federico sonó desquiciada. Nadie más. Llámate a una muchacha. ¿Qué diferencia hacen uno o dos más? Sebastián espoleó su caballo hacia delante, intentando interponerse entre la oscuridad y Antonia, pero en ese momento sonó un disparo.
Federico había traído un rifle. La bala alcanzó a Sebastián en el pecho, derribándolo de su caballo. El animal asustado salió galopando, dejando a su jinete sangrando en el camino. Juan devolvió el fuego disparando hacia donde había venido el disparo de Federico, pero en la oscuridad era casi imposible acertar. Un segundo disparo de Federico alcanzó al caballo de Juan, haciendo que el animal cayera con un relincho de agonía, atrapando la pierna de Juan debajo.
Corran! Gritó Juana a Antonia y Consuelo. Váyanse ahora. Consuelo no necesitó más motivación. Agarró las riendas del caballo de Antonia y ambas salieron galopando hacia el norte, dejando atrás el caos y los gritos. Detrás de ellas escucharon más disparos, gritos que se cortaban abruptamente. Federico persiguió.
En la cacería frenética que siguió, Antonia y Consuelo se separaron. Los caballos, asustados por los disparos, tomaron rumbos diferentes en la oscuridad. Antonia encontró sola cabalgando a través de un terreno que se volvía cada vez más accidentado subiendo hacia las estribaciones de la sierra. Su caballo estaba exhausto, espuma blanca en los costados, pero siguió adelante, impulsado por el miedo de su jinete.
Finalmente, el caballo no pudo más. tropezó en la oscuridad, cayendo y arrojando a Antonia al suelo rocoso. Ella rodó sintiendo el dolor agudo de un tobillo torcido, rasguños en las manos y la cara. Cuando logró incorporarse, escuchó los cascos aproximándose. Searrastró detrás de unas rocas grandes, intentando silenciar su respiración jadeante, rezando para que la oscuridad la ocultara.
Federico desmontó a pocos metros de donde ella se escondía. Antonia llamó y su voz tenía una cualidad extraña, casi gentil. Sé que estás aquí, puedo sentirte. Ella no respondió, presionándose más contra la roca, intentando hacerse invisible. Todo esto es tu culpa, ¿sabes? Continuó Federico caminando lentamente, buscando.
Si simplemente hubieras cumplido tu parte, si hubieras sido la esposa que se suponía que debía ser, nada de esto habría pasado. Esa muchacha todavía estaría viva. Esos hombres todavía estarían vivos. Todo es por tu culpa. La lógica retorcida de sus palabras era la de un hombre que se había convencido completamente de su propia victimización, incapaz de aceptar responsabilidad por cualquiera de sus acciones.
“Pensé que tal vez podría dejarte ir”, dijo más cerca ahora. Pensé que si te ibas lejos podría olvidar, pero entonces me di cuenta, nunca terminaría. Siempre estarías ahí en algún lugar viviendo tu vida mientras yo estoy arruinado. No es justo, Antonia, ¿no lo ves? Su pie pisó una rama seca. El chasquido resonó en la noche silenciosa.
Se giró hacia donde estaba escondida Antonia. Ahí estás. En la parte seis. Antonia salió corriendo de su escondite, ignorando el dolor en su tobillo, corriendo con toda la desesperación de alguien que sabe que esta es su última oportunidad. El terreno se elevaba, volviéndose más rocoso, más traicionero. Detrás de ella escuchaba a Federico siguiéndola, más lento porque cargaba el rifle, pero constante, inevitable.
llegó a un acantilado, un corte repentino en la montaña donde el terreno caía abruptamente hacia un barranco. A la luz de la luna menguante, podía ver el fondo quizás 20 met abajo, rocas afiladas y maleza espinosa. No había forma de bajar, estaba atrapada. se giró para enfrentar a Federico, que emergió de la oscuridad con el rifle en las manos.
Bajo la luz tenue de la luna, su rostro era como el de un extraño, demacrado, con ojos salvajes, completamente desconocido del joven que había intentado cortejarla apenas unos meses antes. “Se acabó el camino, Antonia”, dijo, y había una nota de tristeza en su voz que era más perturbadora que la rabia. para ambos creo.
Federico, habló ella, intentando mantener su voz calmada, aunque cada fibra de su ser gritaba terror. Todavía puedes detenerte, puedes entregarte, explicar que no estabas en tu sano juicio. Hay tratamientos, hospitales. Hospitales, manicomios, ¿quieres decir? Río sin humor. Prefiero la muerte. Entonces, déjame ir y búscala tú solo. Yo no soy tu enemiga, Federico.
Solo quiero vivir mi vida. Ahí está el problema, respondió levantando el rifle. No puedes, no puedo permitirlo. En ese momento, ambos escucharon voces en la distancia, gritos de hombres, varios hombres acercándose. Consuelo, bendita Consuelo, había logrado llegar a algún rancho cercano y traído ayuda. O quizás los disparos habían alertado a los guardias de San Rafael.
Sea como fuera, había gente viniendo. La expresión de Federico cambió. supo que se le había acabado el tiempo. “Si no puede ser mía, no serás de nadie”, dijo y apuntó el rifle directamente al corazón de Antonia. Ella cerró los ojos esperando el impacto de la bala, pero el disparo que sonó no vino del rifle de Federico, vino de un lado, de las rocas a su derecha.
La bala alcanzó a Federico en el hombro, haciendo que soltara el rifle con un grito de dolor. De las sombras emergió Emilio, el hermano menor, con un revólver todavía humeando en su mano. “Ya basta, hermano!”, gritó Emilio con lágrimas corriendo por su rostro. “Por favor, ya basta.” Federico, sujetando su hombro herido, miró a su hermano con una expresión de traición absoluta.
“¿Tú también?”, susurró mi propia sangre. Estás enfermo, Federico. Necesitas ayuda, pero no puedo dejar que mates a nadie más. Los hombres que habían estado persiguiendo llegaron entonces el alguacil Sandoval, con varios de sus hombres, trabajadores de San Rafael, incluso algunos de los nogales, todos armados.
Federico estaba rodeado, herido, sin escapatoria. Por un momento pareció considerar entregarse. Levantó las manos lentamente, mirando a todos los que lo rodeaban. Pero entonces su mirada volvió a Antonia, todavía en el borde del acantilado, y algo se endureció en su expresión. “Si no puedo tenerte”, dijo con una calma terrible. Nadie puede.
Se lanzó hacia ella en un último intento desesperado. Emilio disparó nuevamente, esta vez apuntando para herir, no para matar, alcanzando la pierna de Federico. Pero el impulso del hombre ya lo llevaba hacia adelante. Chocó contra Antonia y ambos cayeron. Pero Antonia, en un reflejo de supervivencia, logró agarrarse del borde rocoso del acantilado.
Federico, herido y desequilibrado, no tuvo la misma suerte. Cayó. El grito que emitiómientras caía fue cortado abruptamente cuando su cuerpo impactó contra las rocas abajo. Emilio corrió al borde y junto con otros hombres ayudaron a Antonia a subir de nuevo a terreno seguro. Bajaron al barranco con cuerdas y linternas.
Encontraron a Federico todavía vivo, pero apenas había caído de espaldas sobre una roca puntiaguda que había perforado su pulmón. estaba ahogándose en su propia sangre. En sus últimos momentos con Emilio sujetando su mano, murmuró algo que solo su hermano pudo escuchar. Lo siento. No estaba claro por qué se disculpaba específicamente o si realmente entendía la magnitud de lo que había hecho.
Murió antes de que pudieran llevarlo de regreso. Los días que siguieron fueron un torbellino de testimonios, investigaciones y dolor. El cuerpo de Federico fue recuperado y enterrado en el cementerio familiar de los Nogales, sin ceremonia pública, solo la familia inmediata presente. Don Rodrigo no sobrevivió mucho más a su hijo.
Sufrió un ataque al corazón dos semanas después y fue enterrado junto a Federico. Emilio, heredando la carga de la hacienda, los nogales y el peso de todo lo que había sucedido, visitó a don Cristóbal un mes después. Llevaba consigo una caja de madera. Esto le pertenece, dijo colocando la caja sobre el escritorio de don Cristóbal. Dentro estaba el anillo de compromiso, el que había sido cortado en Guadalajara, que don Cristóbal había guardado y que de alguna manera había terminado de vuelta con los Cortázar tras la muerte de Federico. Lo habían encontrado entre sus
posesiones junto con mechones del cabello de Antonia que había cortado durante el ataque. “No lo quiero”, dijo don Cristóbal con vehemencia. Es maldito. Lo sé, respondió Emilio, pero quiero que lo tenga no como reliquia familiar, sino como evidencia. Evidencia de lo que el orgullo y la obsesión pueden hacer, de cómo los objetos pueden llegar a significar más que las personas.
Mi familia cometió ese error. No permitamos que se olvide. Antonia, que había escuchado la conversación desde el pasillo, entró a la habitación. Todavía cojeaba ligeramente por su tobillo torcido y llevaba rasguños que sanarían, pero que dejarían cicatrices discretas. Tomó la caja y sacó el anillo cortado, sosteniéndolo a la luz.
Es solo un anillo dijo suavemente, un círculo de metal. Pero nos dejamos controlar por él, definir por él. Le dimos poder que nunca debió tener. Señorita Salgado dijo Emilio con genuina contrición. Lamento profundamente todo lo que mi familia le causó. Si hay algo, cualquier cosa que pueda hacer para compensar aunque sea una fracción del daño, viva bien, respondió Antonia.
Viva con conciencia. Y si alguna vez tiene una hija, enséñele que ella es más valiosa que cualquier alianza matrimonial, que su vida y su felicidad importan más que cualquier propiedad o prestigio. Emilio asintió con lágrimas en los ojos y se marchó. Consuelo había sobrevivido esa noche terrible, lográndose esconder cuando los disparos comenzaron y después corriendo hasta un rancho cercano para traer ayuda.
Su acción rápida había salvado a Antonia. Juan, el guardia cuyo caballo fue baleado, también sobrevivió con una pierna rota. Pero Sebastián, el primer hombre en caer, murió de su herida antes de que pudieran traerle ayuda. Su viuda y sus tres hijos fueron cuidados por don Cristóbal por el resto de sus vidas, pero ninguna cantidad de dinero podía compensar su pérdida.
Lucía, la muchacha que había muerto por estar en el lugar equivocado en el momento equivocado, fue enterrada con todos los honores en el cementerio de Arandas. Antonia asistió al funeral y estableció un fondo para la educación de los hermanos menores de Lucía. Era todo lo que podía hacer, todo lo que cualquiera podía hacer.
Los meses pasaron. El escándalo gradualmente se dio lugar a otros acontecimientos, otros dramas. La vida continuó como siempre lo hace, indiferente a las tragedias individuales. Antonia no fue a Aguas Calientes. Se quedó en San Rafael, pero transformada. Ya no era la joven que había aceptado pasivamente los dictados de la sociedad y la familia.
Había mirado a la muerte directamente y había sobrevivido. Comenzó a tomar un papel más activo en la administración de la hacienda, trabajando junto a su padre. Aprendió sobre cultivo de ag, destilación, mercados y finanzas. Algunos en la región lo consideraban escandaloso que una mujer se involucrara tan directamente en negocios, pero después de todo lo que había pasado, sus opiniones ya no le importaban.
El anillo cortado fue fundido. Antonia misma llevó el metal a un joyero en Guadalajara, diferente al que lo había cortado, y pidió que lo transformara en algo nuevo, un pequeño crucifijo que donó a la iglesia de San Diego de Alcalá en Arandas, en memoria de Lucía y de todos los que habían perdido la vida en aquella tragedia absurda.
Tres años después, Antonia conoció a unviudo de Guadalajara, un profesor de historia en la universidad que visitaba Arandas para investigar sobre la industria del tequila. Se llamaba Carlos Méndez. Tenía 10 años más que ella, dos hijos de su primer matrimonio y una gentileza genuina en sus ojos. Su cortejo fue largo y cuidadoso.
Él le dio espacio, respetó sus límites, nunca presionó. Cuando finalmente le propuso matrimonio, un año y medio después de conocerse, lo hizo sin anillo. Si aceptas, dijo, “podemos ir juntos a elegir uno o no tener ninguno si así lo prefieres. El símbolo no es lo importante.” Ella aceptó. Se casaron en una ceremonia pequeña y privada.
Fue un matrimonio de compañeros construido sobre respeto mutuo y cariño genuino que creció con el tiempo. No fue la pasión ardiente de las novelas románticas, pero fue real, sólido y le dio a Antonia algo que nunca había esperado tener. Paz. Años después, cuando era ya una mujer madura con hijastros adultos y una vida plena, un historiador local la visitó para preguntarle sobre los eventos de 1905.
La tragedia de Federico Cortazar y Lucía Ramírez se había convertido en una especie de leyenda local contada en versiones cada vez más distorsionadas. ¿Es verdad que el anillo estaba maldito?, preguntó el joven historiador con curiosidad académica. He escuchado varias versiones que dicen que el anillo tenía un maleficio que volvió loco a Federico Cortazar.
Antonia, sentada en el corredor de su casa en Guadalajara, con el cabello ahora gris recogido en un moño, sonrió con tristeza. No había ninguna maldición, joven respondió. Solo orgullo, obsesión y la terrible creencia. de que las personas pueden ser poseídas como objetos. Federico estaba enfermo.
Sí, pero su enfermedad no vino de fuerzas sobrenaturales. Vino de una sociedad que le enseñó que los hombres podían reclamar a las mujeres como propiedad, que el honor masculino valía más que la vida humana, que los objetos materiales definían el valor de una persona. Entonces, el anillo que no se podía quitar era simplemente un anillo mal ajustado en un dedo hinchado, dijo Antonia, pero se convirtió en símbolo de algo mucho más grande, de cómo podemos quedar atrapados por nuestras propias expectativas, por las presiones
sociales, por compromisos que hacemos, sin entender completamente las consecuencias. El historiador tomó notas cuidadosamente. ¿Y Federico lo perdonó alguna vez? Antonia contempló la pregunta durante un largo momento, mirando hacia el jardín donde sus nietos jugaban. “El perdón es complicado”, dijo finalmente.
“No puedo perdonar el asesinato de Lucía ni la muerte de Sebastián. Esas vidas no eran mías para perdonar en su nombre. Pero en cuanto a lo que me hizo a mí, con los años llegué a entender que Federico era tanto víctima como victimario, prisionero de expectativas, que lo destrozaron tanto como casi me destruyeron a mí.
La diferencia es que yo encontré la fuerza para romper mis cadenas. Él no pudo y esa incapacidad lo llevó a la tragedia. Es una historia notable, dijo el historiador. Triste, pero importante. Todas las historias tristes son importantes, respondió Antonia. Nos enseñan, nos advierten, nos recuerdan que debemos elegir con cuidado qué compromisos hacemos, qué anillos nos ponemos, porque algunos pueden sellarnos a destinos que nunca quisimos.
El historiador se marchó con su cuaderno lleno. Antonia permaneció en el corredor mientras el sol se ponía sobre Guadalajara, tocando inconscientemente su dedo anular, donde décadas después todavía podía sentir la sombra fantasmal de aquel anillo que casi le costó la vida, pero solo era una sombra. El anillo mismo había desaparecido hacía mucho, transformado en una cruz que colgaba en una iglesia distante, un recordatorio silencioso de una promesa sellada, no con amor, sino con sangre, y de una mujer que se negó a morir por
ella. Y así concluye esta historia real de 1905 en las tierras áridas de Jalisco, donde un simple anillo de compromiso se convirtió en cadena, prisión y, finalmente, tumba para algunos, pero símbolo de liberación para quien tuvo el valor de arrancarlo sin importar el precio. sirva de recordatorio de que ningún objeto, ningún compromiso, ninguna tradición vale más que una vida humana y que a veces la mayor valentía está en decir no cuando todo el mundo espera que digamos sí. M.
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