Era “incómoda” — El pueblo la acusó de brujería tras la desaparición de un niño (Tlaxcala, 1878)

En el otoño de 1878, el pueblo de San Pablo del Monte, ubicado en las faldas orientales del volcán La Malinche, en el estado de Tlaxcala, se vio sacudido por un suceso que dividiría para siempre a sus habitantes. Era una comunidad pequeña de apenas 300 pobladores, donde las tradiciones indígenas se mezclaban con las costumbres impuestas por la colonización española.
Las casas de adobe se alineaban en calles empedradas que conducían hacia la iglesia del siglo X y más allá hacia los campos de maíz que se extendían hasta perderse en las barrancas que descendían hacia el valle de Puebla. Eulalia Perdomo había llegado al pueblo tres años antes, acompañando a su esposo Cornelio Vázquez, un comerciante de telas que buscaba establecer un negocio en la región.
Según los registros parroquiales conservados en el archivo diocesano de Tlaxcala, Eulalia tenía 24 años al momento de su llegada y había nacido en algún lugar del estado de Puebla, aunque nunca se especificó la localidad exacta. Su matrimonio con Cornelio había sido bendecido en la iglesia de San Pablo apenas una semana después de su arribo en una ceremonia que los lugareños describieron como modesta, pero apropiada para una pareja de comerciantes.
Desde el principio, Eulalia llamó la atención por razones que los habitantes del pueblo nunca supieron explicar con precisión. Era una mujer de estatura mediana, cabello negro siempre recogido en un moño bajo y ojos oscuros que, según varios testimonios recopilados años después, parecían observar todo con una intensidad que incomodaba.
No era precisamente hermosa, según los cánones de la época, pero poseía una presencia que hacía que las conversaciones se detuvieran cuando ella pasaba por la plaza principal. Las primeras semanas de su estadía transcurrieron sin incidentes notables. Cornelio estableció su negocio en una pequeña construcción de dos plantas en la calle que conducía al mercado y Eulalia se dedicó a organizar su hogar en los cuartos superiores.
Sin embargo, fue durante la festividad de la Virgen del Rosario en octubre de 1875, cuando comenzaron a circular los primeros comentarios sobre su comportamiento. Josefa Ramírez, esposa del escribano municipal, fue quien primero expresó sus reservas sobre la recién llegada. Según su testimonio, registrado en una carta dirigida a su hermana en la ciudad de Tlaxcala, Eulalia había mostrado durante la procesión una actitud que ella describía como poco devota.
Mientras las demás mujeres cantaban las oraciones tradicionales, Eulalia permanecía en silencio con la mirada fija en algún punto indefinido más allá de la multitud. Cuando se le preguntó si conocía las letanías, respondió que prefería rezar de manera silenciosa, una explicación que, aunque no era inusual, fue interpretada por algunas como una muestra de soberbia o peor aún de heterodoxia religiosa.
Los meses siguientes trajeron más observaciones que alimentaron la desconfianza creciente hacia Eulalia. Remedios. Flores, la comadrona del pueblo, notó que la mujer nunca solicitaba sus servicios ni los de ningún curandero local, a pesar de que era costumbre que las esposas jóvenes consultaran sobre hierbas medicinales o remedios para la fertilidad.
Cuando Remedios se ofreció a visitarla para charlar sobre asuntos de mujeres, Eulalia declinó cortésmente, pero de manera firme, explicando que su salud era buena y que no requería atención especial. Esta actitud de reserva se extendía a otros aspectos de la vida social del pueblo. Eulalia raramente participaba en las tertulias que las mujeres organizaban los domingos después de misa.
Y cuando lo hacía, su contribución a las conversaciones era mínima. Escuchaba atentamente, respondía cuando se le dirigían preguntas directas, pero nunca iniciaba temas de conversación ni compartía anécdotas personales sobre su vida anterior en Puebla. Esta discreción, que en otras circunstancias podría haber sido vista como modestia, comenzó a interpretarse como secretismo.
El negocio de Cornelio prosperaba moderadamente. Su tienda ofrecía telas de buena calidad que llegaban desde la capital del estado y ocasionalmente desde la Ciudad de México. Los habitantes del pueblo, acostumbrados a tejer sus propios textiles o a adquirir productos de menor calidad en el mercado semanal, encontraron en la mercancía de Cornelio una opción atractiva para ocasiones especiales.
Sin embargo, fue notable que mientras los hombres del pueblo desarrollaron una relación comercial cordial con Cornelio, las mujeres mostraban cierta reticencia a tratar directamente con Eulalia cuando ella atendía la tienda en ausencia de su esposo. Durante el invierno de 1876 ocurrió un incidente que intensificaría la percepción negativa hacia Eulalia.
La hija de Bonifacio Morales, el herrero del pueblo, enfermó gravemente de una fiebre que los remedios tradicionales no lograban controlar. Desesperado, Bonifacio recorrió el pueblo buscando cualquier ayuda disponible. Cuando llegó a la tienda de Cornelio para solicitar que Eulalia, quien rumores decían había cuidado enfermos en Puebla, examinara a su hija.
La mujer se negó rotundamente. Según el relato de Bonifacio, preservado en una declaración hecha después ante el cura párroco, Eulalia explicó que no tenía conocimientos médicos y que sería irresponsable de su parte intervenir en un caso tan delicado. Sugirió que llevaran a la niña con el médico del pueblo vecino o que consultaran con remedios Flores, quien tenía más experiencia en el cuidado de los enfermos.
La respuesta era lógica y responsable, pero la manera en que Eulalia la expresó con una calma que Bonifacio interpretó como frialdad dejó una impresión duradera. La niña se recuperó eventualmente bajo el cuidado de remedios flores, pero el incidente había sembrado una semilla de desconfianza que crecería con el tiempo. Los comentarios sobre la extraña indiferencia de Eulalia comenzaron a circular más abiertamente.
Se decía que una mujer verdaderamente cristiana y maternal no habría dudado en ofrecer al menos consuelo a una familia en crisis. independientemente de sus conocimientos médicos. La situación se complicó aún más durante la primavera siguiente. Eulalia y Cornelio habían estado casados por casi dos años sin que hubiera signos de embarazo.
En una comunidad donde la fertilidad era vista como una bendición divina y la infertilidad como posible castigo por pecados ocultos, esta situación no pasó desapercibida. Las especulaciones sobre las posibles causas de esta esterilidad se intensificaron cuando Eulalia rechazó nuevamente las ofertas de remedios flores para ayudarla con hierbas que estimularan la concepción.
Para el verano de 1877, la posición social de Eulalia en San Pablo del Monte se había deteriorado considerablemente, aunque no había cometido ningún acto específico que pudiera ser considerado impropio o inmoral, su comportamiento había sido interpretado como evidencia de una naturaleza que no encajaba con las expectativas de la comunidad.
era demasiado reservada, demasiado independiente, demasiado reacia a buscar la guía y el apoyo de las otras mujeres del pueblo. Los rumores sobre su pasado en Puebla comenzaron a circular con mayor frecuencia. Se especulaba que había sido expulsada de su pueblo natal por razones que su esposo desconocía o que había contraído matrimonio para escapar de algún escándalo.
Algunos sugerían que su infertilidad era resultado de prácticas impías, mientras otros insinuaban que había recurrido a métodos antinatural para evitar el embarazo, lo cual era considerado tanto pecaminoso como antinatural. La tensión alcanzó un punto crítico durante las fiestas patronales de agosto.
Eulalia asistió a las celebraciones acompañada de su esposo, pero su comportamiento durante las ceremonias fue nuevamente objeto de escrutinio. Mientras la comunidad participaba en las danzas tradicionales que combinaban elementos prehispánicos con rituales católicos, Eulalia observaba desde la periferia. Su negativa a unirse a las actividades fue interpretada por algunos como desdén hacia las costumbres locales y por otros como temor a participar en rituales que podrían revelar su verdadera naturaleza.
Durante esos días de festividad, un comentario casual de Remedios Flores plantó una idea que crecería hasta convertirse en una acusación devastadora. Mientras conversaba con otras mujeres sobre la persistente infertilidad de Eulalia, la comadrona mencionó que había escuchado historias sobre mujeres que hacían pactos diabólicos para obtener poderes especiales, sacrificando su capacidad de ser madres como parte del precio.
La observación fue hecha en tono especulativo, casi como chisme ocioso, pero encontró terreno fértil en las mentes ya predispuestas contra la forastera. A finales del verano, la situación de Eulalia se había vuelto insostenible. Las mujeres del pueblo la evitaban abiertamente y los hombres limitaban sus interacciones comerciales con Cornelio a lo estrictamente necesario.
El aislamiento social era tal que la pareja raramente recibía visitas o invitaciones a eventos sociales. Cornelio, un hombre descrito por quienes lo conocieron como de carácter bondadoso pero débil, intentó defender a su esposa en varias ocasiones, pero sus esfuerzos resultaron ineficaces ante la creciente hostilidad de la comunidad.
Fue en este ambiente de tensión y desconfianza donde ocurrió el suceso que transformaría las sospechas vagas en acusaciones específicas. El 22 de septiembre de 1878, un día antes del equinoccio de otoño, desapareció Miguel Herrera, hijo de 8 años de la familia que vivía en la casa contigua a la tienda de Cornelio y Eulalia.
Miguel era conocido en el pueblo como un niño vivaz y curioso, pero obediente a sus padres. Su madre, Carmen Delgado, había salido temprano esa mañana al mercado, dejando al niño bajo el cuidado de su hermana mayor, Rosa, de 14 años. Según el testimonio de Rosa, Miguel había estado jugando en el patio trasero de su casa cuando ella entró momentáneamente para preparar el almuerzo.
Al salir, aproximadamente 10 minutos después, descubrió que el niño había desaparecido. La búsqueda comenzó inmediatamente. Los vecinos se organizaron para recorrer las calles del pueblo, los campos circundantes y las barrancas que bordeaban la comunidad. Se interrogó a todos los habitantes sobre posibles avistamientos del niño, pero nadie recordaba haberlo visto después de la media mañana.
La búsqueda se extendió durante toda la tarde y continuó a la luz de antorchas durante la noche. Fue durante estas primeras horas de búsqueda cuando surgió el primer testimonio que involucraría directamente a Eulalia. Patricio Sandoval, un tejedor que trabajaba en un taller cercano a la tienda de Cornelio, declaró haber escuchado voces provenientes del patio trasero de los Vázquez Perdomo, aproximadamente a la hora en que Miguel había desaparecido.
Según Patricio, había distinguido la voz de Eulalia conversando con alguien, aunque no había podido identificar a la segunda persona ni entender el contenido de la conversación. Cuando se le preguntó a Eulalia sobre este testimonio, ella confirmó haber estado en su patio durante la mañana, pero negó hablado con nadie.
explicó que había salido para tender ropa y que posiblemente Patricio había escuchado sus oraciones matutinas, las cuales, según ella, tenía por costumbre recitar en voz alta mientras realizaba sus quehaceres domésticos. La explicación era plausible, pero en el contexto de la búsqueda desesperada de Miguel fue recibida con escepticismo.
El segundo día de búsqueda trajo más testimonios inquietantes. Sebastián Gutiérrez, pastor de ovejas que conocía bien los senderos de la región, reportó haber encontrado en una barranca cercana restos de tela que podrían corresponder a la camisa que Miguel llevaba el día de su desaparición.
El hallazgo intensificó los temores de que el niño hubiera sufrido un accidente o, peor aún, que hubiera sido víctima de algún crimen. La investigación, conducida por el alcalde del pueblo en ausencia de autoridades superiores se centró en reconstruir los movimientos de todos los habitantes durante las horas críticas del 22 de septiembre.
Fue durante este proceso que emergieron más detalles sobre la presencia de Ulalia en las proximidades del lugar donde Miguel había desaparecido. Florencia Reyes, quien vivía en una casa que daba al callejón trasero, donde se ubicaban los patios de varias viviendas, incluida la de los Herrera y la de los Vázquez Perdomo.
Declaró haber visto a Eulalia caminando por ese pasaje poco después de la media mañana. Según Florencia, Eulalia llevaba algo envuelto en un reboso, aunque no había podido distinguir qué era. Cuando se dirigía de regreso hacia su casa, Eulalia había mirado hacia la ventana donde estaba Florencia y su expresión había sido descrita como extraña, como si hubiera sido sorprendida en algo.
Esta declaración fue particularmente damaging porque contradecía la versión inicial de Eulalia, quien había afirmado no haber salido de su propio patio durante la mañana. Cuando se le confrontó con el testimonio de Florencia, Eulalia modificó su relato explicando que efectivamente había caminado brevemente por el callejón para desechar agua sucia, pero que no recordaba haber llevado nada envuelto en su reboso.
Inconsistencias en el testimonio de Eulalia, aunque menores, fueron interpretadas por la comunidad como evidencia de engaño. En un pueblo donde la palabra de una persona era fundamental para su reputación. Las contradicciones eran vistas como signos de culpabilidad. El hecho de que Eulalia ya fuera vista con desconfianza amplificó la importancia de estas discrepancias.
El tercer día de búsqueda marcó un punto de inflexión en el caso. Un grupo de hombres que rastreaba las barrancas más profundas encontró indicios que sugerían que Miguel podría haber caído en una de las grietas naturales que caracterizaban el terreno volcánico de la región. Sin embargo, la ausencia del cuerpo del niño mantuvo vivas tanto la esperanza de encontrarlo con vida como las sospechas de que su desaparición no había sido accidental.
Durante la tarde de ese día, Remedios Flores hizo una declaración que cambiaría definitivamente el rumbo de la investigación. La comadrona reveló que varios meses antes había encontrado en el terreno valdío detrás de la casa de Eulalia restos de lo que parecían ser rituales extraños. Específicamente, había hallado círculos de piedras pequeñas, restos de velas quemadas y hierbas que no correspondían a la vegetación local de la región.
Según remedios, en su momento había considerado que estos hallazgos eran resultado de prácticas de curandería inofensivas, posiblemente remedios que Ulalia preparaba para su propia salud. Sin embargo, en el contexto de la desaparición de Miguel, comenzó a interpretarlos como evidencia de actividades más siniestras.
La comadrona sugirió que las hierbas encontradas podrían haber sido utilizadas para preparar pociones o ungüentos asociados con brujería. La revelación de remedios causó una conmoción inmediata en el pueblo. Las prácticas de brujería, aunque no comunes en las regiones rurales de México, eran oficialmente condenadas tanto por la Iglesia como por las autoridades civiles.
La posibilidad de que Eulalia hubiera estado practicando artes ocultas proporcionaba una explicación para su comportamiento extraño y, más importante aún, un posible motivo para el secuestro de Miguel. En las tradiciones populares de la región se creía que ciertos rituales de brujería requerían el uso de elementos obtenidos de niños inocentes.
Estos elementos podían incluir cabello, sangre o, en casos más extremos, órganos internos. La idea de que Miguel hubiera sido secuestrado para servir como víctima de un ritual diabólico se extendió rápidamente entre los habitantes del pueblo, alimentada por siglos de supersticiones heredadas tanto de las culturas prehispánicas como del folclore español.
La noche del tercer día, un grupo de mujeres encabezadas por Josefa Ramírez se dirigió a la casa del cura párroco para exigir que se tomaran medidas inmediatas contra Eulalia. El padre Francisco Moreno, un hombre mayor que había servido en la parroquia durante más de 20 años, se encontró en una posición difícil.
Por un lado, no había evidencia concreta que vinculara a Eulalia con la desaparición de Miguel. Por otro lado, las acusaciones de brujería eran un asunto serio que no podía ignorar completamente. El cura decidió confrontar directamente a Eulalia. Al día siguiente, acompañado por el alcalde y dos testigos respetables, se dirigió a la tienda de Cornelio para interrogar a la mujer.
Eulalia los recibió con aparente calma, pero quienes estuvieron presentes notaron que sus manos temblaban ligeramente mientras servía agua para sus visitantes. Durante el interrogatorio, Eulalia negó categóricamente cualquier conocimiento sobre el paradero de Miguel. explicó que había visto al niño jugando en su patio ocasionalmente, pero que nunca había tenido una conversación prolongada con él.
Respecto a los hallazgos de remedios flores, admitió haber experimentado con hierbas medicinales, pero insistió en que sus intenciones eran completamente inocentes. Las velas y piedras, según su versión, habían sido utilizadas para crear un pequeño altar personal. donde rezaba por la salud de su esposo y por su propia fertilidad.
Las explicaciones de Eulalia, aunque plausibles, no satisficieron a sus interrogadores. El padre Francisco, en particular se mostró preocupado por la naturaleza heterodoxa de las prácticas descritas por la mujer. Según la doctrina católica oficial, la intercesión divina debía buscarse a través de los canales establecidos por la Iglesia, no mediante rituales personales que podrían ser malinterpretados o peor aún que podrían abrir la puerta a influencias diabólicas.
Durante los días siguientes, la presión sobre Eulalia se intensificó considerablemente. Los padres de Miguel, Carmen Delgado, Esteban Herrera, unieron sus voces a las de quienes exigían una investigación más profunda sobre las actividades de la mujer. La ausencia continua de su hijo y la falta de nuevas pistas sobre su paradero habían transformado su dolor en ira. Y esa ira necesitaba un objetivo.
Cornelio intentó defender a su esposa, pero su posición se volvió cada vez más insostenible. Como comerciante dependía de la buena voluntad de la comunidad para mantener su negocio. La hostilidad creciente hacia Eulalia comenzó a afectar sus ventas y varios clientes dejaron de frecuentar su tienda. La presión económica se sumó al estrés emocional de ver a su esposa convertida en el foco de sospechas y acusaciones.
Fue durante esta época de tensión extrema cuando ocurrió un incidente que muchos interpretarían como confirmación de las peores sospechas sobre Eulalia. El 5 de octubre, mientras ella caminaba por la plaza principal en uno de sus raros paseos fuera de casa, se cruzó con Rosa Herrera, la hermana mayor de Miguel.
La joven, que había cargado con la culpa de haber perdido de vista a su hermano, se encontraba en un estado de gran fragilidad emocional. Según testimonios de varias personas que presenciaron el encuentro, cuando Rosa vio a Eulalia, comenzó a gritar acusaciones incoherentes. Entre lágrimas, la joven afirmó que había tenido sueños en los cuales veía a Eulalia llevándose a Miguel hacia las barrancas.
Aunque estos sueños no constituían evidencia válida, su relato fue interpretado por muchos como una revelación divina o como la manifestación de una verdad reprimida por el trauma. La respuesta de Ulalia al ataque verbal de Rosa fue lo que más impactó a los testigos. En lugar de mostrar compasión por el sufrimiento de la joven o indignación por las acusaciones, Eulalia permaneció completamente inmóvil y silenciosa.
Su rostro no mostró emoción alguna y cuando Rosa terminó de gritar, simplemente dio media vuelta y regresó a su casa sin pronunciar una palabra. Esta reacción fue interpretada como evidencia adicional de la naturaleza anormal de Eulalia. Una mujer inocente, según el razonamiento popular, habría mostrado horror ante las acusaciones, habría intentado consoler a la joven afligida, o al menos habría defendido verbalmente su inocencia.
El silencio frío de Eulalia fue visto como la respuesta de alguien que no podía negar las acusaciones porque eran ciertas. El incidente en la plaza marcó el punto en que las sospechas se transformaron en certeza para muchos habitantes del pueblo. Ya no se trataba de especular sobre la posible culpabilidad de Eulalia.
Para una porción significativa de la comunidad, su culpabilidad era un hecho establecido. La única cuestión que quedaba era determinar qué hacer al respecto. Las opciones disponibles para la comunidad eran limitadas. San Pablo del Monte no contaba con representantes permanentes de las autoridades estatales o federales.
El alcalde, elegido localmente tenía poder limitado para investigar crímenes serios. El cura párroco tenía autoridad moral, pero no jurisdicción legal. En situaciones como esta, las comunidades rurales mexicanas del siglo XIX frecuentemente recurrían a formas de justicia popular que podían variar desde la expulsión hasta métodos más drásticos.
Fue en este contexto que se formó lo que los registros posteriores describirían como una junta de vecinos preocupados. Este grupo, encabezado por Josefa Ramírez y apoyado por los padres de Miguel, se reunía clandestinamente para discutir las medidas que debían tomarse contra Eulalia. Aunque no se conservan registros detallados de estas reuniones, testimonios posteriores sugieren que se consideraron varias opciones, desde exigir la expulsión de la pareja del pueblo hasta tomar medidas más directas.
Durante la segunda semana de octubre, la situación dio un giro inesperado. Un comerciante itinerante que pasaba por el pueblo reportó haber visto a un niño que correspondía a la descripción de Miguel en un pueblo vecino, aproximadamente a 20 km de San Pablo del Monte. El niño aparentemente estaba en compañía de una familia de comerciantes que viajaba hacia la ciudad de México.
La noticia generó una mezcla de esperanza y confusión. Si Miguel estaba vivo y había abandonado el pueblo por voluntad propia o debido a circunstancias accidentales, las acusaciones contra Eulalia carecían de fundamento. Sin embargo, la información proporcionada por el comerciante era vaga e inconsistente. No había podido hablar directamente con el niño y su descripción física no coincidía completamente con la de Miguel.
Una expedición compuesta por el padre de Miguel y varios voluntarios partió inmediatamente hacia el pueblo donde supuestamente había sido avistado el niño. Su búsqueda duró tres días, pero resultó infructuosa. Los habitantes del pueblo en cuestión no recordaban haber visto a un niño que correspondiera a la descripción proporcionada y los comerciantes mencionados en el reporte inicial no pudieron ser localizados.
El fracaso de esta expedición representó un golpe devastador para las esperanzas de encontrar a Miguel con vida. También intensificó las sospechas sobre Eulalia, ya que algunos interpretaron el reporte del comerciante como una distracción deliberada, posiblemente orquestada por cómplices de la mujer para confundir la investigación.
Durante la tercera semana de octubre, la tensión en San Pablo del Monte alcanzó niveles peligrosos. Los partidarios de una acción inmediata contra Eulalia se habían organizado en grupos que patrullaban las calles durante la noche, supuestamente para prevenir más desapariciones, pero en realidad para intimidar a la pareja.
Cornelio y Eulalia habían dejado de abrir su tienda y permanecían encerrados en su vivienda, saliendo únicamente para asistir a misa dominical bajo la protección discreta del padre Francisco. Fue durante esta época que comenzaron a circular rumores sobre nuevas evidencias contra Eulalia. Se decía que habían sido encontrados objetos rituales más elaborados, enterrados cerca de su casa, que había sido vista conversando en idiomas desconocidos durante las horas de la madrugada y que varios animales domésticos habían mostrado
comportamientos extraños en su presencia. Aunque ninguna de estas acusaciones pudo ser verificada posteriormente, contribuyeron a crear una atmósfera de histeria colectiva. El punto culminante de esta crisis llegó el 29 de octubre, exactamente una semana después del primer avistamiento fallido de Miguel.
Durante la noche anterior, alguien había colocado en la puerta de la casa de Eulalia y Cornelio una cruz hecha con ramas secas. atadas con fibras vegetales. Este símbolo, tradicionalmente utilizado en la región para marcar casas donde se sospechaba la presencia de actividades diabólicas, constituía una amenaza directa y una señal de que la paciencia de la comunidad se había agotado.
Cornelio, quien hasta ese momento había intentado mantener una fachada de normalidad, tomó la decisión de confrontar directamente a los líderes de la campaña contra su esposa. Acompañado por el padre Francisco, se dirigió a la casa de Josefa Ramírez para exigir que cesaran las intimidaciones y que se permitiera a las autoridades competentes manejar el caso.
El encuentro fue tenso y revelador. Josefa, apoyada por varias otras mujeres del pueblo, presentó lo que ella consideraba evidencia irrefutable de la culpabilidad de Ulalia. Además de los testimonios ya conocidos, reveló que había interrogado personalmente a varios niños del pueblo sobre sus interacciones con la mujer. Según Josefa, dos niños habían admitido que Eulalia les había ofrecido dulces en ocasiones anteriores, intentando atraerlos hacia su casa.
Esta nueva acusación era particularmente grave porque sugería un patrón de comportamiento predatorio. Si Eulalia había intentado atraer a otros niños, Miguel podría no haber sido su primera víctima, sino simplemente el primer caso en el que había tenido éxito. La posibilidad de que hubiera otros niños desaparecidos, cuyas ausencias no habían sido notadas o reportadas, añadía una dimensión aterradora al caso.
Cornelio negó vehem estas acusaciones, insistiendo en que su esposa nunca había mostrado interés particular en los niños del pueblo. Sin embargo, su defensa se vio debilitada por su admisión de que frecuentemente se ausentaba durante el día para atender asuntos comerciales en pueblos vecinos, dejando a Eulalia sola durante largos periodos.
Esta información sugería que habría tenido oportunidades para actividades clandestinas sin el conocimiento de su esposo. El padre Francisco intentó mediar en la disputa, proponiendo que se enviara un mensaje a las autoridades estatales en Tlaxcala para solicitar una investigación formal. Sin embargo, esta propuesta fue rechazada por los acusadores, quienes argumentaron que las autoridades externas no entenderían las particularidades del caso y que podrían estar influenciadas por consideraciones políticas que favorecieran a los forasteros sobre los habitantes locales.
La reunión terminó sin resolución, pero había establecido claramente las posiciones de ambos bandos. Los partidarios de Eulalia, principalmente su esposo y el cura párroco, insistían en seguir los procedimientos legales establecidos. Sus acusadores, respaldados por una mayoría de la población, exigían justicia inmediata basada en las evidencias que consideraban suficientes.
Durante los primeros días de noviembre, la situación se deterioró aún más cuando comenzaron a circular historias sobre supuestas apariciones sobrenaturales relacionadas con Miguel. Varios habitantes reportaron haber escuchado durante la noche llantos de niño provenientes de las barrancas cercanas al pueblo.
Otros afirmaron haber visto figuras pequeñas moviéndose entre las sombras cerca de la casa de Eulalia. Aunque estas historias podrían haber sido producto de la ansiedad colectiva y la sugestión, fueron interpretadas por muchos como señales de que el alma de Miguel permanecía atrapada en el mundo terrenal debido a la naturaleza violenta de su muerte.
Esta creencia profundamente enraizada en las tradiciones mexicanas que mezclaban elementos católicos con conceptos prehispánicos sobre los muertos, añadía una urgencia espiritual a las demandas de justicia. El 5 de noviembre marcó un punto de no retorno en el caso. Durante la misa dominical, el padre Francisco anunció desde el púlpito que había recibido instrucciones del obispado de Tlaxcala para conducir una investigación formal sobre las acusaciones de brujería.
Esta investigación incluiría el examen de evidencias físicas, la recopilación de testimonios bajo juramento religioso y la evaluación de la ortodoxia de las prácticas religiosas de Eulalia. La respuesta de la congregación fue inmediata y dividida. Los partidarios de la investigación formal aplaudieron la decisión, viendo en ella una oportunidad para establecer la verdad de manera ordenada y justa.
Sin embargo, una porción significativa de los presentes mostró su descontento, considerando que el proceso eclesiástico sería demasiado lento y que podría resultar en la exoneración de Eulalia debido a tecnicismos legales o influencias externas. Eulalia, quien había asistido a la misa acompañada de su esposo, recibió la noticia sin mostrar emoción aparente.
Su falta de reacción fue interpretada de maneras contradictorias. Algunos la vieron como evidencia de una conciencia limpia que no temía la investigación, mientras otros la interpretaron como la frialdad característica de alguien que había perdido su humanidad a través de pactos diabólicos. La investigación eclesiástica comenzó el 12 de noviembre con la llegada de Fray Domingo Castillo, un inquisidor menor enviado desde Puebla para examinar las acusaciones.
Durante 5co días, el fray interrogó a todos los testigos, examinó las supuestas evidencias rituales y estudió el comportamiento de Eulalia durante las ceremonias religiosas. Sus conclusiones, preservadas en un informe fechado el 18 de noviembre de 1878 fueron ambiguas, pero devastadoras. Aunque Fray Domingo no encontró evidencia concluyente de prácticas heréticas, expresó serias reservas sobre la ortodoxia de las actividades religiosas de Eulalia.
El lenguaje cuidadoso del informe sugería culpabilidad sin afirmarla directamente, dejando espacio para interpretaciones que satisfieran tanto a las autoridades eclesiásticas como a los habitantes del pueblo. La noche del 19 de noviembre, después de que el inquisidor partiera hacia Puebla, un grupo de aproximadamente 20 personas se congregó frente a la casa de Cornelio y Eulalia.
No llegaron gritando ni portando antorchas, como podría esperarse de una multitud enfurecida. En su lugar se mantuvieron en silencio, formando un círculo que rodeaba la vivienda. Cornelio, observando desde una ventana del segundo piso, comprendió inmediatamente el significado de esta vigilia silenciosa.
No era una amenaza explícita, sino algo más siniestro, una declaración colectiva de que la comunidad había tomado su decisión. El silencio era más aterrador que cualquier grito de venganza. Durante tres noches consecutivas, la vigilia se repitió. Cada noche más personas se unían al grupo hasta que prácticamente todos los habitantes adultos del pueblo participaban en el ritual de exclusión.
Eulalia y Cornelio permanecían encerrados sin acceso a suministros frescos y sin comunicación con el exterior. El 23 de noviembre, Cornelio tomó la decisión que había estado evitando durante semanas. Sin consultar a su esposa, empacó sus pertenencias esenciales y se dirigió al establo donde guardaba su mula y su carreta.
Su plan era abandonar San Pablo del monte esa misma noche, llevando a Eulalia lejos de un pueblo que había decidido su culpabilidad. Sin embargo, cuando regresó a la casa para recoger a Eulalia, descubrió que había desaparecido. No había señales de lucha ni evidencia de entrada forzada. Sus ropas permanecían en el armario, sus pocas pertenencias personales estaban intactas y no había mensaje explicativo.
Era como si simplemente hubiera dejado de existir. La búsqueda de Eulalia duró hasta el amanecer, pero resultó infructuosa. Los habitantes del pueblo participaron con una diligencia que contrastaba notablemente con su hostilidad previa hacia la mujer. Sin embargo, sus esfuerzos parecían motivados más por la curiosidad que por preocupación genuina.
Querían saber qué había ocurrido, pero no necesariamente rescatar a la desaparecida. Cornelio abandonó San Pablo del Monte tres días después, sin su esposa y sin respuestas. Según registros posteriores, estableció un pequeño negocio en Apisaco y nunca regresó a buscar a Eulalia. En sus declaraciones a las autoridades estatales, insistió en que su esposa era inocente, pero admitió que ya no podía vivir en un lugar donde había sido marcada como bruja.
El caso de Miguel Herrera nunca fue resuelto oficialmente. No se encontró su cuerpo, no hubo más avistamientos verificables y no emergieron nuevas evidencias sobre su destino. Con el tiempo, su desaparición se convirtió en una de esas tragedias rurales que se archivan sin explicación, aunque nunca se olvidan completamente. Los registros municipales de San Pablo del Monte contienen una entrada fechada el primero de diciembre de 1878, que simplemente indica: “Elalia Perdomo, esposa de comerciante, se ausentó del pueblo por razones desconocidas, no se
localizó. No hay mención de las acusaciones de brujería ni del contexto que rodeó su desaparición. En 1962, un estudiante de antropología de la Universidad Nacional investigó las tradiciones orales de la región de la Malinche. Entre las historias que recopiló estaba una versión muy alterada de los eventos de 1878.
En esta versión oral transmitida durante casi un siglo, Eulalia había sido una curandera benévola que fue falsamente acusada de brujería. por una comunidad ignorante y supersticiosa. Sin embargo, documentos encontrados en 1966 durante la renovación del archivo parroquial sugieren una versión diferente.
Entre estos documentos estaba un diario personal del padre Francisco Moreno, donde describía sus propias dudas sobre la inocencia de Eulalia. El cura había notado inconsistencias en las explicaciones de la mujer y había desarrollado la sospecha de que conocía más sobre la desaparición de Miguel de lo que admitía. El diario del Padre Francisco fue archivado nuevamente después de su descubrimiento y se considera perdido desde 1968, cuando una reorganización del archivo diocesano resultó en la pérdida de varios documentos históricos.
Los investigadores que intentaron localizarlo posteriormente se encontraron con registros incompletos y referencias contradictorias sobre su contenido exacto. Lo que permanece indiscutible es que dos personas desaparecieron en San Pablo del Monte durante el otoño de 1878. Miguel Herrera, un niño de 8 años, y Eulalia Perdomo, una mujer de 27 años acusada de su secuestro.
Sus destinos se entrelazaron de manera trágica en un pueblo que nunca recuperó completamente la tranquilidad que había conocido antes de su llegada. Los habitantes de San Pablo del Monte continuaron viviendo sus vidas después de estos eventos, pero algo fundamental había cambiado. La confianza mutua que había caracterizado a la comunidad se había fracturado irreparablemente.
Las familias se volvieron más protectoras con sus hijos. Las mujeres forasteras fueron recibidas con mayor suspicacia y los rumores sobre actividades sobrenaturales persistieron durante generaciones. Hasta el día de hoy, los lugareños evitan hablar sobre eulalia perdomo. Cuando se les pregunta directamente, tienden a cambiar de tema o a dar respuestas evasivas.
Es como si el tiempo no hubiera logrado borrar completamente la mancha que dejó su presencia en el pueblo. Su nombre se ha convertido en una advertencia susurrada a los niños sobre los peligros de alejarse de casa después del anochecer. Las barrancas donde se sospechaba que Miguel había encontrado su destino permanecen inexploradas en gran medida.
Durante décadas posteriores a los eventos. Los habitantes del pueblo evitaron esas áreas, especialmente durante las horas de oscuridad. Algunos afirmaban escuchar ocasionalmente ecos extraños provenientes de las profundidades, aunque nunca se organizaron expediciones formales para investigar estos reportes.
En el lugar donde una vez estuvo la tienda de Cornelio y Eulalia se construyó eventualmente una pequeña capilla dedicada a la Virgen de Guadalupe. La decisión de construir un sitio religioso en esa ubicación no fue coincidencia. Representaba un intento deliberado de purificar un espacio que había sido contaminado por sospechas de actividades diabólicas.
El caso de Eulalia Perdomo se convirtió en parte del folclore regional transmitido de generación en generación con variaciones que reflejaban las preocupaciones y prejuicios de cada época. En algunas versiones era una víctima inocente de la histeria colectiva. En otras era verdaderamente culpable de prácticas ocultas.
La verdad, como ocurre frecuentemente en estos casos históricos, permanece enterrada bajo capas de tiempo, prejuicio y testimonio contradictorio. Lo que no se puede negar es que los eventos del otoño de 1878 revelaron algo profundamente perturbador sobre la naturaleza humana y la fragilidad de la civilización en las comunidades aisladas.
Cuando se combinan el miedo, la superstición y la necesidad desesperada de encontrar explicaciones para tragedias inexplicables, pueden emerger las fuerzas más oscuras de la condición humana. San Pablo del Monte nunca volvió a experimentar un episodio de histeria colectiva de semejante magnitud, pero la memoria de aquellos días permanece grabada en la conciencia comunitaria.
Es un recordatorio silencioso de que incluso en los lugares más apacibles pueden despertar las pasiones más destructivas cuando las circunstancias adecuadas se alinean de manera siniestra. La historia de Eulalia Perdomo plantea preguntas que trascienden las circunstancias específicas de su caso. ¿Cuánta evidencia es suficiente para condenar a alguien cuando el miedo y la desesperación nublan el juicio? ¿Hasta qué punto las comunidades están dispuestas a sacrificar la justicia individual en nombre de la seguridad colectiva?
Y quizás más inquietante aún, ¿qué secretos pueden esconderse detrás de las fachadas más respetables? Estas preguntas permanecen sin respuesta, flotando sobre San Pablo del Monte, como las brumas matutinas que se alzan desde las barrancas circundantes. Y en esas brumas algunos todavía afirman escuchar el eco de voces que nunca encontraron paz.
la de un niño que llamaba a su madre y la de una mujer que susurraba protestas de inocencia que nadie quiso escuchar.
News
Modelo de OnlyFans planeó crimen perfecto, pero luego finalmente descubren lo que escribió todo!
Modelo de OnlyFans planeó crimen perfecto, pero luego finalmente descubren lo que escribió todo! Hay una imagen que no abandona…
Principales juristas del país califican el caso de Marilyn Rojas como feminicidio
Principales juristas del país califican el caso de Marilyn Rojas como feminicidio ¿Puede una mujer desaparecer sin dejar rastro y…
Este retrato tomado en 1895 muestra algo que nadie pudo entender… hasta ahora.
Este retrato tomado en 1895 muestra algo que nadie pudo entender… hasta ahora. Una fotografía puede ser mucho más que…
Solo era una fotografía antigua —hasta que la tecnología moderna reveló lo que estaba oculto en ella
Solo era una fotografía antigua —hasta que la tecnología moderna reveló lo que estaba oculto en ella En marzo de…
Era solo una foto familiar — hasta que haces zoom en uno de los niños.
Era solo una foto familiar — hasta que haces zoom en uno de los niños. Aquí está tu guion completo…
Encontraron una Foto Familiar de 1906 y los Expertos PALIDECIERON al Ampliar el Espejo
Encontraron una Foto Familiar de 1906 y los Expertos PALIDECIERON al Ampliar el Espejo Hay fotografías que guardan secretos, momentos…
End of content
No more pages to load






