En 1789, un coronel compró una esclava para su hijo… el archivo revela lo impensable

En los archivos parroquiales de Santa Fe de Bogotá existe un legajo que nadie ha querido abrir durante más de 200 años. Entre documentos de compraventa, registros bautismales y confesiones nunca absueltas, hay una carta manchada de humedad y algo más oscuro. Fue escrita por un capellán militar que murió tres días después de redactarla y en ella describe lo que vio una noche de agosto en la hacienda de un coronel respetado.

 La carta comienza así: “Que Dios perdone lo que voy a contar, porque yo ya no puedo cargar con este silencio.” Si estás escuchando esta historia, suscríbete al canal y cuéntanos desde qué país nos estás viendo. Tus comentarios nos ayudan a seguir desenterrando los pecados que la historia intentó ocultar. Lo que sigue no es una leyenda, es un testimonio recuperado de las sombras del virreinato de Nueva Granada, donde el honor de las familias se construía sobre cuerpos comprados, voluntades quebradas y pecados que la Iglesia prefirió olvidar.

Porque en 1789 el coronel Sebastián de Aranzia y Mendoza compró una esclava mulata de 17 años para su hijo Ignacio. El documento de compraventa aún existe. Lo impensable está en lo que nunca se escribió. La mañana del 14 de marzo de 1789 amaneció húmeda en Santa Fe de Bogotá. Las campanas de la catedral repicaban llamando a misa de siete, pero el coronel Sebastián de Aranzvia ya llevaba dos horas despierto.

Había dormido mal, como todas las noches desde que su esposa, doña Constanza, murió se meses atrás de fiebres que ningún médico supo curar. La casa grande en la calle del Comercio permanecía en duelo perpetuo. Cortinas cerradas, espejos cubiertos, sirvientes que caminaban descalzos para no hacer ruido. Pero esa mañana el coronel tenía un propósito específico.

 Se vistió con cuidado militar, casaca azul con bordados dorados, medallas que resonaban contra su pecho amplio, botas negras recién lustradas. A sus 53 años, Sebastián de Arancibia seguía siendo un hombre imponente, hombros anchos, mandíbula cuadrada, ojos grises que no parpadeaban cuando daban órdenes. Había servido 30 años en las milicias virreinales, sofocando rebeliones indígenas en los llanos, persiguiendo contrabandistas en Cartagena, manteniendo el orden que su majestad Carlos IV exigía desde Madrid.

 Ahora enfrentaba un enemigo más complejo, su propio hijo. Ignacio de Aranzbia tenía 24 años y era el problema más vergonzoso de la familia. Delgado hasta la fragilidad, pálido, con manos que temblaban cuando su padre lo miraba. No había heredado la fortaleza militar de los Aranzbia. Prefería los libros a los caballos, la música al esgrima, la soledad al bullicio de los salones.

 Peor aún, no mostraba ningún interés en las jóvenes criollas que doña Constanza, antes de morir había desfilado ante él durante 3 años de bailes, tertulias y misas dominicales. Sebastián lo había intentado todo. Llevó a Ignacio a Burdeles de prestigio, donde mujeres experimentadas cobraban en pesos de oro. El muchacho salió pálido, sudando, sin haber tocado a ninguna.

 Lo envió a Cartagena con una carta de recomendación para oficiales que conocían lugares discretos. Ignacio regresó dos meses después, más callado que nunca. El coronel incluso consideró enviarlo a un monasterio. Mejor tener un hijo cura que un hijo sin descendencia. Pero el obispo discretamente le hizo saber que Ignacio tampoco mostraba vocación religiosa.

 No es natural, pensaba Sebastián mientras caminaba hacia la Plaza Mayor. Un hombre de su edad debería estar dejando bastardos por toda la ciudad. Algo está roto en él. Esa mañana iba a solucionarlo. Había oído hablar de un método que otros hacendados usaban con hijos tímidos o indecisos. comprarles una esclava joven, bonita, obediente, una muchacha sin opciones, sin voz, sin derecho a negarse, algo privado, doméstico, sin la presión de los burdeles ni las expectativas de un matrimonio.

 Una forma de despertar al muchacho, como le había explicado su compadre, don Álvaro, tres semanas atrás, entre copas de aguardiente. que tu hijo necesita, Sebastián. No es una dama que lo juzgue, es una hembra que no pueda juzgarlo. Cómprale algo, joven, mulata si es posible. Tienen sangre caliente y ponla en su cuarto. La naturaleza hará el resto.

La idea le había parecido razonable, práctica, militar en su eficiencia. El mercado de esclavos en Santa Fe funcionaba los lunes y jueves en una esquina de la Plaza Mayor, cerca de la fuente. No era un espectáculo como los grandes mercados de Cartagena o Panamá, pero cumplía su función. Abastecía a las familias criollas de cocineras, nodrizas, mozos, trabajadores para haciendas cercanas.

Los tratantes llegaban temprano exhibiendo su mercancía en filas ordenadas, hombres jóvenes para trabajo pesado, mujeres maduras para cocina, niños que podían ser entrenados desde pequeños y a veces, no siempre, muchachas. Sebastián llegó al mercado alas 8 de la mañana. El sol ya calentaba las piedras de la plaza.

 El olor era penetrante, sudor, orines, miedo. Los esclavos estaban encadenados en grupos de cinco o seis, sentados en el suelo o de pie contra la pared del cabildo. Algunos miraban al suelo, otros observaban a los compradores con esa mezcla de esperanza y terror que Sebastián había visto tantas veces en prisioneros de guerra.

 reconoció a don Felipe Gamarra, tratante portugués que llevaba 20 años en el negocio. Gamarra era un hombre bajo, rechoncho, con un bigote gris que se retorcía cuando sonreía. Vestía bien, demasiado bien para un comerciante de carne humana, pero su dinero era bueno y sus documentos siempre estaban en orden. Coronel de Aranzvia, saludó Gamarra quitándose el sombrero.

 No esperaba verlo por aquí. ¿En qué puedo servirlo? Sebastián fue directo. Busco una muchacha joven, limpia, que sepa leer sería una ventaja. Los ojos de Gamarra brillaron. Los clientes como el coronel, ricos, respetados, urgidos, eran los que pagaban mejor. Tengo exactamente lo que necesita. Llegó hace dos semanas de Cartagena, mulata clara, 17 años, sin marcas ni enfermedades.

 Su anterior dueño era un comerciante francés quebró. Sabe leer, escribir un poco y bajó la voz. Es virgen. Le doy mi palabra. Sebastián no era ingenuo. La palabra de Gamarra valía lo que cualquier comprador estuviera dispuesto a pagar por ella, pero asintió. Muéstremela. Gamarra lo condujo al extremo del mercado donde estaban las mujeres.

 Había seis en total. Dos negras viejas que miraban con ojos vacíos, una joven indígena de quizás 15 años, una mestiza gorda embarazada y en la esquina, separada de las demás, una muchacha que se destacaba por razones que Sebastián comprendió inmediatamente. Era mulata, pero de piel clara, café con leche, como decían en Cartagena, pelo oscuro y ondulado, recogido en una trenza que le caía sobre el hombro.

Rasgos finos, nariz recta, labios llenos, pómulos altos. Usaba un vestido de algodón blanco sucio, demasiado grande para su cuerpo delgado. Estaba descalza, tenía las muñecas atadas con cuerda, no con cadenas como las demás. Lo que llamó la atención del coronel fueron sus ojos, negros, enormes, y aunque miraba al suelo, no había en ellos la sumisión vacía de los otros esclavos.

 Había algo más, miedo, sí, pero también inteligencia, conciencia. Se llama Soledad, dijo Gamarra. El francés la crió en su casa, por eso sabe letras. No ha trabajado campo, manos suaves, ve usted tomó la mano de la muchacha sin ceremonia, mostrándola. Soledad se estremeció, pero no resistió. Sebastián estudió a la esclava con la misma objetividad con la que evaluaba caballos.

 Altura adecuada, dientes buenos. Los revisó abriendo su boca mientras ella cerraba los ojos, humillada, sin cicatrices visibles. El cuerpo era delgado, pero no enfermizo. ¿Cuánto? 300 pesos. Era caro. Sebastián lo sabía. Una esclava de campo costaba 80. una cocinera experimentada, 150. Pero Gamarra estaba apostando correctamente a que el coronel no regateaba en público.

270 y quiero certificado de bautismo. Gamarra sonríó. Trato hecho, coronel. Prepararé los papeles ahora mismo. Durante todo el intercambio, Soledad no levantó la vista. Pero Sebastián notó algo. Sus manos atadas temblaban ligeramente, no de frío, de comprensión. Sabía exactamente qué tipo de comprador era un hombre que examinaba muchachas jóvenes un lunes por la mañana.

 20 minutos después, Sebastián de Arancibia salió del mercado con un documento legal que lo declaraba dueño de una esclava mulata de 17 años llamada Soledad Palacios. Bautizada en Cartagena, sinedades conocidas, apta para servicio doméstico, y con la muchacha caminando tres pasos detrás de él, descalza, con las muñecas aún atadas, mirando las piedras del camino, mientras el sol de marzo quemaba su piel, y las campanas de la catedral llamaban a misa de nueve.

 En su mente, Sebastián ya estaba planeando cómo presentarle el regalo a Ignacio. Sería discreto, práctico, le daría instrucciones simples a la esclava, obedecer al joven Ignacio en todo, mantener limpia su habitación, no hablar con otros sirvientes. Y a Ignacio le diría lo necesario. Es tuya, aprende a ser hombre.

Nunca se le ocurrió preguntarle a Soledad su opinión. Los muebles no opinan sobre la casa donde los colocan. La casa de los Aranzia ocupaba media cuadra en la calle del Comercio. Era una construcción colonial típica, muros gruesos de adobe blanqueado, tejas rojas, balcones de madera con celosías para que las mujeres pudieran ver la calle sin ser vistas.

 Un zaguán oscuro conducía a un patio interior con una fuente de piedra, plantas en macetas de barro, jaulas con pájaros que doña Constanza había coleccionado en vida y que ahora nadie alimentaba adecuadamente. La servidumbre consistía en ocho personas. Dominga, la cocinera negra de 60 años que llevaba 30 sirviendo a la familia, su hijo Tomás,que hacía trabajos pesados, tres muchachas indígenas que limpiaban y lavaban, un mozo mestizo que cuidaba los caballos y dos esclavas jóvenes, Jacinta y Petronila, que habían sido compradas

para servir a doña Constanza, y ahora vagaban sin propósito claro, cosiendo, planchando, susurrando en las esquinas. Cuando el coronel atravesó el zaguán con soledad, Dominga estaba en el patio colgando sábanas. La cocinera lo vio entrar con la muchacha nueva y entrecerró los ojos. Había visto muchas cosas en 30 años.

 Sabía exactamente qué significaba que el amo trajera una esclava joven y bonita a una casa sin ama. “Dominga”, ordenó el coronel sin preámbulos. Esta es Soledad, pertenece al joven Ignacio. Prepárale un cuarto cerca del suyo, que se bañe, que coma algo y busca ropa decente. Dominga asintió lentamente. Sí, mi amo. Nadie la molesta. Nadie le habla sin necesidad.

Sus órdenes vienen del joven Ignacio o de mí. ¿Entendido? ¿Entendido, mi amo? Sebastián miró a Soledad. Tú. Ella levantó los ojos apenas un segundo. Obedeces a mi hijo en todo, todo. Si hay quejas, si hay resistencia, si hay insolencia de cualquier tipo, te devuelvo al mercado y el siguiente comprador no será tan considerado.

 Está claro. Sí, señor. Su voz era apenas un susurro. Bien. Cortó las cuerdas de sus muñecas con un cuchillo que llevaba en el cinturón. Dominga te explicará el resto. Y sin más ceremonia, subió las escaleras hacia su despacho, donde tenía documentos militares que revisar. El asunto estaba resuelto.

 Esa noche hablaría con Ignacio. Dominga esperó hasta que los pasos del coronel desaparecieron en el segundo piso. Luego miró a Soledad con una mezcla de lástima y resignación que había perfeccionado durante décadas. Ven, muchacha, primero te limpio, luego hablamos. Condujo a Soledad a través del patio, pasando junto a Jacinta y Petronila, que observaban con curiosidad mal disimulada, hasta un cuarto pequeño en la parte trasera de la casa.

 Había sido el cuarto de plancha, pero tenía una cama estrecha, una silla, una palangana. Olía a cebo de vela y ropa húmeda. “Quítate eso”, ordenó Dominga señalando el vestido sucio. Vertió agua tibia en la palangana. “Lávate bien, especialmente ahí abajo. Los hombres huelen la suciedad.” Soledad obedeció en silencio.

 Se quitó el vestido, no llevaba nada debajo y comenzó a lavarse con movimientos mecánicos. Su cuerpo era delgado, casi frágil, costillas visibles, pechos pequeños, piel cubierta de mugre y del mercado. Dominga la observaba con esa capacidad de los viejos esclavos de ver sin juzgar. ¿Sabes para qué te trajo? Soledad no respondió. Siguió lavándose.

El joven Ignacio es diferente. Continuó Dominga buscando las palabras. No es cruel. Pero su padre está desesperado porque el muchacho no toca mujeres y tú eres la solución que encontró, ¿entiendes? Soledad dejó caer el trapo en el agua. Sus manos temblaban. Entiendo. ¿Eres virgen. La muchacha cerró los ojos. Sí. No por mucho tiempo.

 Dominga no era cruel, solo práctica. Escúchame bien, porque esto te va a salvar la vida cuando él venga y vendrá, porque su padre lo obligará. No llores, no resistas, no hables de amor, ni de Dios, ni de nada que los hombres no quieren oír. Haz lo que te pida. Gime un poco, aunque no sientas nada. Y cuando termine, limpia todo y duerme en el suelo, no en su cama.

 Nunca te olvides de tu lugar. Soledad asintió. Había aprendido estas lecciones antes de otras esclavas en la casa del comerciante francés. Sabía que el cuerpo era lo único que poseía y lo único que podía quitársele. ¿Sabes leer?, preguntó Dominga de repente. “Sí, entonces eres peligrosa. Las esclavas que leen siempre causan problemas. Guárdate eso. No lo muestres.

No corrijas a nadie. No escribas nada. No escribo nada, no tengo con qué. Dominga le alcanzó un vestido de algodón azul, simple pero limpio. Esto era de una muchacha que murió el año pasado. Te quedará grande, pero es lo que hay. Mientras Soledad se vestía, Dominga agregó en voz más baja, “El joven Ignacio no es como su padre, es débil, asustado.

 Quizás eso sea bueno para ti o quizás sea peor. Los hombres débiles a veces son más crueles porque tienen algo que probar.” ¿Cuántos años tiene? 24. Pero parece un niño. Su madre lo sobreprotegió y ahora su padre quiere convertirlo en lo que nunca será. Dominga suspiró. Esta casa está desde que murió la señora. El coronel bebe hasta tarde.

 El joven se encierra en su cuarto y nosotros nosotros solo esperamos órdenes. Le entregó un peine de madera. Péinate, trenza el pelo y reza, muchacha, reza para que esta noche el joven tenga valor suficiente para terminar rápido. Ignacio de Arancibia estaba en su habitación cuando su padre entró sin tocar. Era media tarde.

 La luz entraba oblicua por la ventana, iluminando partículas de polvo. Ignacio leía, siempre leía, un libro de poesía francesa que había comprado en secreto 6meses atrás. Escondió el libro bajo la almohada cuando vio a su padre. “Levántate”, ordenó el coronel. Ignacio obedeció. Era más bajo que su padre, más delgado.

Usaba una camisa blanca abierta en el cuello, pantalones oscuros, sin botas, descalzo sobre las baldosas frías de su cuarto. Sebastián cerró la puerta y estudió a su hijo con una mezcla de exasperación y algo que podría haber sido decepción. Te he comprado un regalo. No necesito regalos, padre. No es discutible.

La voz del coronel era firme, militar. Es una esclava, se llama Soledad. Tiene 17 años. Es limpia, educada y a partir de esta noche duerme en el cuarto junto al tuyo. Ignacio palideció aún más. Padre, yo no puedo no puedes que comportarte como un hombre. Sebastián dio un paso hacia él. Tienes 24 años.

 Tu madre, que Dios la tenga en gloria, murió esperando veros. Yo estoy envejeciendo. Esta familia necesita un heredero. No puedo dártelo con una esclava. No te estoy pidiendo que te cases con ella. La voz del coronel resonó en la habitación. Te estoy diciendo que la uses, que aprendas, que despiertes la sangre que todo hombre lleva dentro.

 Y cuando estés listo, buscaremos una esposa apropiada. Pero primero señaló hacia la pared, hacia donde estaba el cuarto de soledad. Primero te conviertes en hombre. Ignacio cerró los ojos. No quiero hacerle daño a nadie. No se le hace daño. Es su función. Para eso la compré. Es una persona, padre, no es un caballo. Sebastián lo agarró del brazo.

 Sus dedos se hundieron en la carne delgada de Ignacio. Escúchame bien. No me importa si tienes que beber tres copas de aguardiente antes. No me importa si tienes que cerrar los ojos e imaginar que es otra persona. No me importa si lloras después como un niño. Pero esta noche entras en su cuarto y haces lo que todo hombre ha hecho desde Adán.

 ¿Entiendes? Ignacio no respondió. ¿Entiendes? Sí, padre. Sebastián lo soltó. Respiró profundo, recuperando con postura. Bien, cenaré fuera esta noche con don Álvaro. No regresaré hasta tarde. Tú tienes toda la noche, toda la privacidad que necesites y mañana en el desayuno espero ver en tus ojos que finalmente dejaste de ser un niño.

Salió del cuarto sin esperar respuesta. Ignacio se quedó de pie en medio de la habitación temblando. Sentía náuseas. No porque Soledad fuera esclava. Esa realidad era tan normal en su mundo como el aire que respiraba, sino porque sabía algo sobre sí mismo que nunca le había dicho a su padre, algo que ni siquiera se atrevía a susurrarse a sí mismo en la oscuridad.

No sentía lo que otros hombres sentían. Cuando sus amigos hablaban de muchachas, de curvas, de pieles suaves, de deseos que ardían como fiebre, él no sentía nada. había intentado en los burdeles, había cerrado los ojos y buscado dentro de sí mismo esa llama que todos aseguraban tener. Pero solo encontró vacío y algo peor, cuando miraba ciertos cuerpos, no de mujeres, sino de hombres, jóvenes, fuertes, sentía una punzada de algo innombrable, lo reprimía inmediatamente, lo ahogaba con oraciones, lo castigaba con ayunos,

porque sabía que si alguien sospechaba, si alguien pronunciaba ciertas palabras, sodomita pecado nefando, tribunal, su vida terminaría en una hoguera o en una mazmorra. Era más fácil parecer débil, cobarde, afeminado en el sentido de poco masculino, pero no en el sentido de lo otro, lo impensable. Y ahora su padre le había puesto una prueba imposible.

 Ignacio se sentó en la cama, tomó el libro de poesía francesa, prohibido, romántico, lleno de pasiones que él no comprendía, y lo abrió en cualquier página. leyó sin ver las palabras. Afuera, el sol comenzaba a ponerse, las sombras se alargaban y en algún cuarto cercano una muchacha de 17 años esperaba su destino. Soledad oyó los pasos del coronel bajar las escaleras.

oyó su voz ordenando que le ensillaran el caballo. Oyó el portón abrirse y cerrarse y después, silencio. Estaba sentada en la cama estrecha de su nuevo cuarto. Se había peinado como Dominga le ordenó. Se había puesto el vestido azul limpio. Olía a jabón de cebo, no el jabón perfumado que usaba el comerciante francés para sus hijas legítimas.

 Pero mejor que el olor a sudor y mercado de la mañana. Las manos le temblaban, no podía controlarlas. Había escuchado historias de otras esclavas, historias de primeras noches. Algunas terminaban rápido, dolor agudo, sangre, silencio. Otras duraban horas. Hombres borrachos que no podían terminar, que se enfurecían, que golpeaban.

 y había escuchado historias peores de amos que compartían sus esclavas con amigos, de muchachas que quedaban embarazadas a los 13 años, de niños mulatos que crecían sirviendo a sus propios hermanos blancos sin saberlo. “No pienses,”, se dijo, “no sientas, sobrevive.” Había aprendido a separar su mente de su cuerpo, una habilidad que desarrolló a los 14 años cuando el comerciante francés comenzó a mirarla diferente. Élnunca la tocó.

 Su esposa vigilaba, pero Soledad vio la promesa en sus ojos. Supo que si no la vendía pronto, si su esposa moría primero, ella terminaría en su cama. Por eso, cuando quebró y la vendió, Soledad sintió algo parecido al alivio. Hasta esta mañana, hasta el mercado, hasta ese coronel de ojos grises que la examinó como ganado. Oyó pasos en el corredor.

 Se puso de pie automáticamente. Esclavas no esperaban sentadas cuando los amos se acercaban. Pero los pasos pasaron de largo. No era su puerta, eran otros sirvientes, Jacinta o Petronila, yendo a sus propios cuartos. Esperó una hora más, dos. La luz se apagó completamente. Alguien encendió velas en el patio.

 Oyó a Dominga dar órdenes sobre la cena. Oyó platos, conversaciones apagadas, risas nerviosas de las muchachas indígenas. Nadie vino a buscarla para cenar. Los esclavos nuevos no cenaban el primer día. Era una regla no escrita. El estómago le dolía de hambre, pero era un dolor familiar. Había pasado días enteros sin comer cuando era niña, antes de que el francés la comprara a su madre por 20 pesos y un saco de maíz. Su madre.

 Soledad casi nunca pensaba en ella. era más seguro no hacerlo. Pero esa noche, esperando en la oscuridad, recordó su cara negra, cansada, con cicatrices de viruela. Recordó sus últimas palabras cuando el francés se la llevó. Olvídate de mí, olvida tu nombre y aprende a no sentir. Un buen consejo. Soledad lo había seguido durante 13 años.

 Oyó una puerta abrirse. Pasos se acercaban. Su corazón se aceleró. La puerta de su cuarto se abrió lentamente. Era él, el hijo del coronel Ignacio. Llevaba una vela en la mano. La luz temblaba porque su mano temblaba. Vestía la misma ropa de antes, camisa blanca, pantalones oscuros, descalzo. Su rostro estaba pálido, casi verde.

 Parecía más asustado que ella. Se quedaron mirándose en silencio. Soledad mantenía los ojos bajos, pero los levantó apenas un segundo, lo suficiente para ver que él no la miraba con deseo, la miraba con terror. “¿Tu tu nombre es Soledad?”, preguntó con voz temblorosa. “Sí, amo.” “No me llames amo. Llámame llámame Ignacio.

” Ella no respondió. Los amos siempre decían eso al principio, después cambiaban. Ignacio entró y cerró la puerta. Puso la vela sobre la silla, se quedó de pie sin saber qué hacer con las manos. Las metió en los bolsillos, las sacó. Finalmente cruzó los brazos. Mi padre te compró para que yo no podía terminar la frase soledad esperó.

No voy a tocarte”, dijo finalmente. Ella levantó la mirada sorprendida. No esta noche ni ni ninguna noche. No porque seas esclava, sino porque no puedo, no quiero, no no funciono así. Silencio. ¿Entiendes? Preguntó Ignacio desesperado. Soledad no entendía. Ningún amo rechazaba una esclava que le habían puesto en bandeja, a menos que empezó a comprender.

 Había oído historias, rumores, hombres que preferían otros hombres. Era pecado mortal, crimen capital, pero existía. Entiendo, mintió. No puedes decirle nada a mi padre si pregunta, si te interroga. Tienes que decirle que yo, que nosotros se sonrojó intensamente, que cumplí. Diré lo que usted ordene. No ordeno, pido. Da.

 La diferencia era importante para él, aunque para Soledad era la misma. Por favor, si mi padre sospecha, yo no sé qué hará, pero será peor que esto. Soledad asintió. Estaba confundida, aliviada y también curiosa. Este hombre, este muchacho pálido y tembloroso, era diferente, débil como Dominga había dicho, pero no cruel. Quizás eso fuera peor.

 Quizás fuera mejor. No sabía. Mañana en el desayuno mi padre me va a interrogar, continuó Ignacio, más para sí mismo que para ella. Esperará señales. Buscará, no sé qué buscará, pero tienes que parecer diferente, cansada quizás, como si no hubieras dormido mucho. ¿Quiere que me golpee?, preguntó Soledad con voz neutra. Lo había hecho antes.

 Otras esclavas se lo habían enseñado. Pellizcarse los brazos para crear moretones, arañarse discretamente para mostrar marcas. pruebas de uso. Ignacio la miró horrorizado. No, Dios mío, no. Solo, solo párate diferente. Camina un poco rígida, como si te doliera. Entiendo. Él asintió claramente aliviado de que ella captara la farsa tan rápido.

No se le ocurrió preguntarse cómo una muchacha de 17 años podía entender tan bien estas cosas, por qué sabía exactamente cómo fingir dolor. Yo dormiré en mi cuarto. Tú duermes aquí y mañana, mañana fingiremos. Sí, amo, digo, Ignacio. Él tomó la vela y caminó hacia la puerta. se detuvo con la mano en el pomo. Sin volverse, dijo, “Lo siento.

Siento que mi padre te haya comprado para esto. No fue mi idea. Yo nunca, nunca habría pedido esto. No importa lo que usted hubiera pedido,” respondió Soledad con una honestidad que sorprendió a ambos. Soy esclava, no tengo opciones. Ignacio absorbió esas palabras. Salió sin responder.

 Soledad se quedó de pie en la oscuridad, procesando, calculando,sobreviviendo. La primera noche había sido extraña, inesperada, casi segura, pero Soledad había vivido demasiado para confiar en la seguridad. El coronel Sebastián de Arancibia regresó a casa pasada la medianoche. Había cenado con don Álvaro y otros oficiales en una fonda cerca de la Plaza Mayor. Bebieron aguardiente.

 Hablaron de política virreinal, de rumores de rebelión en el norte, de los malditos criollos ilustrados que leían libros franceses prohibidos. Sebastián bebió más de lo habitual. Necesitaba celebrar. Esta noche, finalmente, su hijo se convertía en hombre. Entró a la casa en silencio. Los sirvientes dormían, las velas estaban apagadas.

 Subió las escaleras con cuidado de no despertar a nadie. Pasó junto al cuarto de Ignacio. La puerta estaba cerrada. Bien, discreto. En su propio cuarto. El que había compartido con doña Constanza durante 25 años se desvistió y se acostó. La cama olía a soledad, a polvo, a viudez. Cerró los ojos y se durmió rápido, satisfecho. Al día siguiente, martes por la mañana, bajó al comedor a las 7.

 Dominga ya tenía el desayuno preparado. Chocolate caliente, pan de maíz, queso fresco. Sebastián comía solo desde la muerte de su esposa. Ignacio solía desayunar más tarde, pero esa mañana Ignacio bajó temprano a las 7:15. Entró al comedor con movimientos cautelosos. Se sentó frente a su padre sin mirarlo a los ojos.

 Tomó una taza de chocolate pero no bebió. Sus manos temblaban ligeramente. Sebastián lo estudió buscando señales. Ignacio lucía cansado, ojeras profundas, pelo revuelto, como si no hubiera dormido bien. Eso era buena señal. ¿Dormiste bien? Preguntó el coronel con tono casual. No mucho. Problemas. No, padre, ningún problema. Sebastián sonríó apenas.

Me alegra oír eso. Silencio incómodo. Ignacio mordisqueó un pedazo de pan, lo masticó sin saborearlo. La muchacha, continuó el coronel. Se portó bien, sí. obediente. Muy obediente. Necesitaste ayuda? Sebastián se refería a la guardiente. No, todo estuvo bien. El coronel asintió satisfecho. No iba a pedir detalles.

 Era un hombre práctico, no un pervertido. Lo importante era que el muchacho finalmente había cruzado el umbral. El resto vendría con práctica. Bien. Muy bien. Bebió su chocolate. La mantienes limpia, ¿entendido? Si quedara embarazada, el niño sería tu responsabilidad. No es heredero legítimo, obviamente, pero habría que mantenerlo.

 Y a ella también entiendo. Y cuando estés listo, en unos meses, quizás un año, buscaremos una esposa apropiada, alguien de buena familia. Los Santa Cruz tienen una hija Mariana, que sería excelente opción, dote generosa, conexiones, educada, pero primero señaló vagamente hacia arriba, primero sigues practicando. Ignacio asintió miserablemente.

 Después del desayuno, el coronel salió para sus asuntos militares. Ignacio subió a su cuarto y se encerró. Soledad no había aparecido durante el desayuno. Dominga le había llevado algo de comer a su cuarto, como ordenó el coronel. Los regalos del joven amo no desayunaban con la servidumbre. Ignacio se sentó en su cama respirando profundo.

 La farsa había funcionado. Su padre estaba satisfecho, pero ¿por cuánto tiempo podría sostener esto? tocó suavemente la pared que separaba su cuarto del de soledad. Del otro lado, ella también estaba sentada en su cama tocando la misma pared, separados por 10 cm de adobe, unidos por un secreto que los condenaría a ambos si se descubría.

Pasó una semana, dos, marzo se convirtió en abril. La rutina se estableció con rapidez inquietante. Durante el día, Soledad permanecía en su cuarto o ayudaba discretamente en la cocina cuando Dominga lo permitía. Nunca hablaba con los otros sirvientes, nunca salía sola al patio. Era el fantasma bonito de la casa, visible pero intocable.

Por las noches, Ignacio visitaba su cuarto, 5 minutos, 10 como máximo. Entraba, cerraba la puerta, esperaba, se iba, a veces traía un libro, se sentaba en la silla, leía en voz baja mientras Soledad permanecía acostada en la cama, fingiendo dormir. Otras veces solo se quedaba de pie mirando la vela arder, buscando palabras que nunca encontraba.

Una noche de mediados de abril, Ignacio entró como siempre, pero en lugar de irse después de 5 minutos se quedó. ¿Puedo puedo preguntarte algo? Dijo finalmente. Soledad se sentó en la cama. Sí. ¿Qué haces todo el día aquí sola? Pienso. ¿En qué piensas? Ella lo miró directamente por primera vez.

 Sus ojos negros brillaban a la luz de la vela en cómo sobrevivir. Ignacio procesó eso. Te te trato bien, me ignora. Es diferente. Prefieres que te ignore, prefiero no pensar en preferencias. Él asintió. Entendía eso. También había aprendido a no tener preferencias. Las preferencias eran peligrosas. Dominga dice que sabes leer continuó Ignacio.

Sí, francés un poco. Mi anterior dueño era francés. Ignacio sacó el libro de poesía que llevaba escondido. ¿Podrías podríasleerme algo en francés? Mi pronunciación es terrible. Soledad tomó el libro con cuidado, como si fuera algo sagrado. Lo era. Los libros eran raros, caros, prohibidos para esclavos.

 Abrió en una página al azar, un poema de amor. Por supuesto, leyó en voz baja. Su acento francés era mejor que el de Ignacio. El comerciante había insistido en que sus sirvientes hablaran correctamente. Leyó sobre amantes separados. Pasiones imposibles, suspiros bajo la luna. Cuando terminó, Ignacio tenía los ojos cerrados. Es hermoso susurró.

Es mentira, respondió Soledad. El amor no es así, no para nosotros. ¿Para quién es así? Para nadie. Es solo poesía. Silencio. Luego Ignacio preguntó lo impensable. ¿Alguna vez has amado a alguien? Soledad lo miró fijamente. Era una pregunta absurda, obsena incluso. Los esclavos no amamos, sobrevivimos, pero antes de ser esclava nací esclava.

Mi madre era esclava. Su madre era esclava. No hay un antes. Ignacio guardó el libro. Se sentía como un idiota, privilegiado, ciego. Lo siento, no debí preguntar. ¿Por qué lee poesía de amor si no le gustan las mujeres? Preguntó Soledad de repente. Era atrevido, peligroso. Pero la pregunta salió. Ignacio se puso rígido.

No he dicho que no me gusten las mujeres. No tiene que decirlo. ¿Cómo? He visto hombres mirar mujeres toda mi vida. Usted no mira así. Pánico en los ojos de Ignacio. No puedes decir eso nunca. Si alguien oyera. Nadie me oye. Soy invisible. Dominga te oye, las otras esclavas te oyen y ellas guardan secretos mejor que los curas.

Soledad se acercó un poco. Estoy aquí porque su padre cree que lo estoy curando de algo, pero no está enfermo. Solo es diferente. Diferente es peligroso. Todo es peligroso, especialmente la verdad. Ignacio la miró con algo nuevo en los ojos, reconocimiento. Ella también vivía escondiendo algo. No su naturaleza, sino su humanidad, su inteligencia.

su capacidad de observar, comprender, juzgar. ¿Por qué me estás contando esto? Preguntó. Porque somos cómplices. Si esta farsa se descubre, ambos sufrimos. Tenía razón. Si el coronel descubría que su hijo no había tocado a la esclava en un mes, la furia sería apocalíptica. Ignacio sería enviado a un monasterio, o peor, examinado por médicos que usaban métodos dolorosos para curar a hombres como él y soledad sería vendida o regalada a alguien menos compasivo.

Entonces, seguimos fingiendo dijo Ignacio. Seguimos sobreviviendo, corrigió Soledad. Esa noche marcó un cambio. No se hicieron amigos. La amistad entre amo y esclava era imposible, pero sí se convirtieron en algo más complejo, aliados involuntarios en una mentira que los protegía a ambos. Las visitas nocturnas se hicieron más largas. Ignacio traía libros.

 Soledad leía en voz alta. Él le enseñaba palabras latinas. Ella le contaba historias que había oído de otras esclavas. Historias reales, no románticas, de sufrimiento, resistencia, pequeñas victorias. Una noche Ignacio le preguntó, “¿Alguna vez has pensado en escapar?” “Siempre. ¿Por qué no lo intentas? ¿A dónde iría? Soy mulata.

Necesito documentos de manumisión. Sin ellos, cualquiera puede capturarme y venderme de nuevo. ¿O peor? ¿Qué sería peor? Ser violada por quien me capture, ser marcada como fugitiva, ser vendida a las minas. Enumeró con voz plana. Hay muchas cosas peores que esta casa. Ignacio absorbió eso. Si yo tuviera poder, si pudiera, pero no puede y yo no pido lo imposible.

 ¿Qué pedirías si pudieras? Soledad pensó largo rato. Que me enseñe a escribir mejor. El comerciante me enseñó a leer, pero escribir era peligroso. Decía que las esclavas que escriben escriben cartas de libertad falsas. Es verdad. Probablemente. Ignacio sonrió por primera vez en semanas. Te enseñaré, pero tienes que prometerme que no escribirás mi sentencia de muerte, solo la mía propia.

Y así comenzó otra capa de secreto. Ignacio le traía papel robado de su padre y tinta aguada. Le enseñaba caligrafía, gramática, cómo formar letras que no temblaran. Soledad aprendía rápido, demasiado rápido. Era inteligente de maneras que asustaban a Ignacio. “Podría ser profesora”, le dijo una noche, “si fueras libre.

” Pero no lo soy algún día. No hay algún día para nosotros. Solo hay mañana. Mañana llegó en forma de mayo y con mayo llegó el coronel con noticias. Una noche de principios de mayo, el coronel Sebastián regresó a casa más temprano de lo usual. Estaba de buen humor, algo raro desde la muerte de su esposa. Llamó a Ignacio a su despacho.

“Siéntate”, ordenó sirviendo dos copas de brandy español. Le ofreció una a Ignacio, que la tomó con manos temblorosas. “He estado observándote”, comenzó el coronel. “Y me complace ver cambios. Te ves mejor, menos enfermizo. La esclava te está haciendo bien. Ignacio bebió para evitar responder. Por eso he decidido acelerar el siguiente paso.

 Los Santa Cruz han aceptado oficialmente. Te comprometerás con suhija Mariana el mes que viene. Ignacio escupió el Brandy. ¿Qué? No te sorprendas. Llevamos meses discutiéndolo. Ahora que demuestra ser capaz, es momento de asegurar el futuro de esta familia. Padre, yo no estoy listo. Claro que estás listo. Has estado practicando con la mulata.

 No, Mariana es virgen, obviamente, pero el principio es el mismo. Vino es lo mismo. ¿Por qué no? Los ojos grises del coronel se afilaron. ¿Tienes algún problema que no me hayas contado? No, padre, es solo muy pronto. Han pasado dos meses, suficiente práctica y Mariana es una buena chica, 19 años, educada, devota, te dará hijos sanos.

 Sebastián se acercó, puso una mano pesada en el hombro de su hijo. Esto es tu deber, no hay discusión. Ignacio asintió porque no había otra opción. El compromiso será en junio, la boda en agosto. Después vivirán aquí hasta que construya una casa apropiada. Y la esclava hizo un gesto vago. La esclava podrá quedarse.

 Muchos hombres mantienen concubinas después del matrimonio. Mientras seas discreto. Esa noche Ignacio entró al cuarto de soledad en estado de pánico apenas controlado. “Me van a casar”, anunció sin preámbulos. Soledad, que estaba practicando escritura a la luz de una vela, levantó la vista. ¿Cuándo? En agosto, compromiso en junio.

 Y yo, mi padre dice que puedo mantenerte como concubina mientras sea discreto. Soledad dejó caer la pluma. Una gota de tinta manchó el papel concubina de un hombre que no me toca. Lo sé, es absurdo. Es imposible. ¿Y qué le dirá a su esposa que tiene una esclava para su placer? Ella lo aceptará. Las esposas siempre lo aceptan.

 Es normal. Ignacio se pasó las manos por el pelo. Pero yo tendré que estar con ella, con Mariana. En la noche de bodas habrá testigos esperando sábanas manchadas y después se esperará que la embara. Entonces lo hará. No puedo. Su voz se quebró. No puedo fingir con ella como fingjo con mi padre.

 Ella estará en mi cama esperando y yo yo no sentiré nada. Soledad se puso de pie, lo miró con una mezcla de lástima y pragmatismo brutal. Entonces beberá, cerrará los ojos, pensará en quien tenga que pensar y terminará rápido, igual que hacen las mujeres violadas. La crudeza de sus palabras lo golpeó. No quiero ser ese tipo de hombre.

 no tiene opción de qué tipo de hombre ser. Igual que yo, no tengo opción de qué tipo de mujer ser. Ignacio se dejó caer en la silla. ¿Qué voy a hacer? Sobrevivir como todos. Esa noche Ignacio no durmió, soledad tampoco. Ambos sabían que el mundo que habían construido, frágil, secreto, relativamente seguro, estaba a punto de derrumbarse.

 Mimi junio llegó con lluvias torrenciales que convertían las calles de Santa Fe en ríos de lodo. El día del compromiso formal fue el 18 de junio, un domingo después de Misa mayor. Las familias Arancibia y Santa Cruz se reunieron en la casa de estos últimos para la ceremonia. Mariana Santa Cruz era exactamente como la había descrito el coronel, 19 años, piel blanca, cabello castaño recogido en trenzas elaboradas, vestido de seda verde con encajes, bonita en el sentido convencional.

mejillas redondas, ojos claros, sonrisa tímida, educada en un convento hasta los 17 años. Sabía abordar, tocar clavicordio, recitar oraciones en latín. No sabía leer libros prohibidos ni cuestionar el orden establecido. Era perfecta para cualquier hombre que no fuera Ignacio. La ceremonia fue breve. El padre de Mariana, don Cristóbal Santa Cruz, comerciante rico, propietario de Tres Haciendas, pronunció palabras sobre honor, familia, descendencia.

 El capellán familiar bendijo la unión futura. Ignacio y Mariana intercambiaron anillos, mientras sus madres, la de Mariana Viva, la de Ignacio, representada por una silla vacía, observaban. Mariana le sonrió a Ignacio. Él intentó devolverle la sonrisa. Fracasó. Su rostro pareció más bien una mueca de dolor.

 Después hubo cena, vino español. Conversaciones sobre la dote, 3,000 pesos, dos esclavos, una casa en arriendo. El coronel Sebastián estaba eufórico. Don Cristóbal satisfecho. Los invitados comían, bebían. celebraban. Ignacio apenas tocó su plato. Mariana, sentada a su lado, intentó iniciar conversación. “Me han dicho que le gusta leer”, dijo con voz suave. “Sí.

” “¿Qué tipo de libros?” “Varios. Mi confesor dice que debemos tener cuidado con las lecturas, que muchos libros contienen ideas peligrosas.” “Supongo que sí.” Mariana esperó más palabras. No llegaron. Su sonrisa vaciló. Espero que espero que seamos felices juntos. May Ignacio la miró finalmente. Vio inocencia, esperanza, todo lo que él estaba a punto de destruir.

 Yo también lo espero. Mentía, ambos lo sabían, aunque ella no comprendía por qué. La cena terminó a las 11 de la noche. El coronel e Ignacio regresaron a casa bajo la lluvia. Sebastián estaba borracho, feliz. Ignacio estaba sobrio, desesperado. Todo salió perfecto”, declaró el coronel mientras entraban.

“En dos meses serás un hombre casado y en 9 meses con suerte un padre.” Encadre. Mariana es una buena chica, obediente, no como esas criollas modernas que leen periódicos y opinan de política. subió las escaleras tambaleándose. Buenas noches, hijo. Ve a tu esclava si necesitas celebrar. Ignacio fue al cuarto de Soledad. Ella estaba despierta esperándolo.

 Había aprendido a predecir cuándo vendría. ¿Cómo estuvo?, preguntó. Horrible. Es bonita. Supongo. Es amable. Demasiado amable. se sentó en el suelo apoyando la espalda contra la pared. Me mira como si yo fuera su salvación y yo soy su condena. Soledad se sentó junto a él. No lo tocó, nunca se tocaban, pero la proximidad era reconfortante.

Ella también es víctima como yo. ¿Cómo puedes decir eso? Ella se casa con ventajas, dote, protección. Tú eres esclava y ella es esclava de otro tipo, sin cadenas visibles, pero igualmente comprada. Su padre la vendió por 3,000 pesos y promesas. Yo fui vendida por 270, pero ambas fuimos vendidas. Ignacio no había pensado en eso.

 Entonces, todos somos esclavos. No, usted tiene privilegios que nunca perderá, pero sí, todos tenemos amos. El suyo es su padre, el de él es el rey, el del rey es Dios. Y al final todos servimos al mismo sistema que nos destruye. ¿Cómo aprendiste a pensar así? Observando. Los esclavos no hablamos mucho, pero observamos todo.

 Silencio, lluvia golpeando las tejas, truenos distantes. No quiero casarme con ella dijo Ignacio finalmente. Pero se casará. No quiero destruir su vida. Ya está destruida, solo que ella aún no lo sabe. Los dos meses siguientes fueron un descenso lento hacia el inevitable desastre. Ignacio visitaba a Mariana cada domingo después de misa, siempre acompañado por una tía o dueña.

 Hablaban de cosas superficiales, el clima, los preparativos de boda, la decoración de la casa. Mariana intentaba conocerlo. Ignacio intentaba desaparecer. En casa la dinámica cambió. El coronel, satisfecho con el compromiso, dejó de vigilar tan de cerca a Ignacio. Las visitas nocturnas al cuarto de Soledad continuaron, pero ahora había urgencia.

Como si el tiempo se agotara. Ignacio le enseñaba más, no solo escritura, sino aritmética, geografía, historia. Soledad absorbía todo con hambre voraz. Era más inteligente que él en muchos sentidos. Su mente no estaba enredada en culpa y represión. Pensaba con claridad brutal. Una noche de julio, mientras practicaba caligrafía, Soledad preguntó, “¿Qué pasará conmigo después de su boda? No lo sé.

 Su esposa me verá como amenaza. Querrá que me vendan. No permitiré que te vendan. No tendrá opción. Si ella insiste, su padre estará de acuerdo. Entonces te mantendré escondida. ¿Por cuánto tiempo? Años, décadas. Dejó la pluma. No soy estúpida. Sé que este arreglo es temporal. Eli, ¿qué quieres que haga? Soledad lo miró directamente.

Quiero que me dé libertad. Ignacio parpadeó. No tengo autoridad para liberarte. Legalmente perteneces a mi padre. Puede firmar documentos. He visto su firma. Puedo copiarla. ¿Estás sugiriendo que falsifique papeles de manumisión? Sí, eso es traición, fraude. Si nos descubren yo, usted sobrevivirá. Es hombre blanco de familia respetada.

Lo peor que le pasará es vergüenza. Yo seré ejecutada. Entonces, ¿por qué arriesgarte? Porque la alternativa es peor. Ser vendida a quien sabe quién o quedarme aquí siendo el secreto sucio de esta casa. Su voz se endureció. Prefiero intentar libertad y morir que vivir sin intentarlo. Ignacio sintió algo quebrarse dentro.

admiración, terror, reconocimiento. Esta muchacha, esta esclava que se suponía era su propiedad, tenía más coraje que él jamás tendría. No sé cómo hacerlo admitió. Yo sí he estado observando. Los documentos de manumisión tienen formato específico. Necesito papel oficial, sello de su padre, firma convincente y una historia creíble.

Qué historia que su padre me liberó por servicios excepcionales, que me caso con un hombre libre de otra ciudad, que me voy a Popayán o Cartagena, algo que explique mi desaparición. Es demasiado arriesgado. Todo es arriesgado. Vivir es arriesgado. Ignacio pensó durante días. La idea lo aterrorizaba, pero también también le daba algo parecido a propósito, una forma de redención.

 Si no podía salvarse a sí mismo, al menos podría salvar a alguien. Lo haré, dijo finalmente una noche de finales de julio. Pero tienes que esperar hasta después de la boda. Si desapareces antes, mi padre sospechará. pensará que huiste y después de la boda. Después habrá caos, confusión, gente nueva en la casa. Nadie notará una esclava menos.

Soledad asintió. Entonces esperaré. Pero el destino o Dios o el azar brutal tenía otros planes. La última semana de julio algo cambió en la casa. Ignacio lo sintió antes de entenderlo. Miradas entre sirvientes, susurros que se detenían cuando él pasaba. Dominga con expresión más sombría de lo usual.

 Una mañanaencontró a Jacinta y Petronila llorando en la cocina. Cuando preguntó por qué, Dominga las cayó con gesto severo. No es asunto del joven amo, dijo. Pero esa noche cuando visitó a Soledad, ella estaba pálida, temblando. ¿Qué pasa?, preguntó Ignacio. Soledad no respondió inmediatamente, finalmente con voz apenas audible, “Su padre, que con mi padre ha estado visitando a Jacinta por las noches.” Ignacio sintió náuseas.

¿Qué quieres decir? Exactamente lo que cree. Desde hace dos semanas la obliga. Ella llora después. Petronila la consuela. ¿Por qué no me lo dijeron? Soledad lo miró con incredulidad. Decirle qué, que su padre hace lo que todos los amos hacen. ¿Cree que es la primera vez? ¿Cree que su madre no lo sabía? Mi madre nunca Su madre sabía. Todas las esposas saben.

Algunas protestan. La mayoría solo miran hacia otro lado. Ignacio se sentó pesadamente. Su mundo, ya fracturado se astilló más. ¿Por qué Jacinta? ¿Por qué ahora? Porque su esposa murió. Porque está solo. Porque puede. Soledad hizo pausa. Y porque tú le das una esclava y él ve que es aceptable, que es normal.

La acusación implícita lo golpeó como bofetada. Yo no, yo nunca te toqué, pero él cree que sí y eso le dio permiso. Ignacio quiso negarlo. Quiso decir que no era su culpa, pero no lo era. Al mantenerla farsa, al fingir que usaba a soledad, no había legitimado el comportamiento de su padre. Puedo hablar con él y decirle, ¿qué? Que dej en paz a sus esclavas.

 ¿Quién es usted para juzgar lo que él hace con su propiedad? No son propiedad, son personas. Entonces, libérelas. No puedo liberar a todas, pero puede liberarme a mí antes de la boda. Ahora dijimos que esperaríamos. Las cosas cambiaron. Los ojos de soledad brillaban con algo parecido al pánico. Si su padre está visitando a Jacinta, ¿cuánto falta para que me visite a mí? ¿Qué cree que pensará cuando descubra que soy virgen después de 4 meses? Ignacio no había pensado en eso.

 El terror lo invadió. Él no no se atrevería. ¿Por qué no soy su propiedad? Usted es su hijo. Podría decir que está enseñándole, que está verificando que la mercancía sigue siendo buena. La imagen era tan obscena, tan posible, que Ignacio sintió Bilis en la garganta. “Te sacaré esta semana”, prometió. Falsificaré los papeles mañana mismo, pero mañana fue demasiado tarde.

Esa misma noche, pasada la medianoche, Ignacio trabajaba en su cuarto copiando la firma de su padre en papel robado del despacho. Había practicado cientos de veces. La caligrafía era casi perfecta, solo necesitaba el sello oficial. Abajo en la cocina oscura, Dominga guardaba ollas después de limpiar. Oyó pasos.

 Pensó que era Tomás, su hijo, buscando sobras, pero era el coronel Sebastián. Estaba borracho, no completamente, aún caminaba derecho, pero suficiente. Suficiente para que sus inhibiciones desaparecieran. Suficiente para que los demonios que normalmente reprimía salieran a jugar. ¿Dónde está? Preguntó. Dominga supo inmediatamente a quién se refería.

 Jacinta está durmiendo, mi amo. Déjela descansar. No pregunto por Jacinta. Sus ojos grises estaban vidriosos. La mulata Soledad, ¿dónde duerme? El corazón de Dominga se detuvo en su cuarto mi amo. Pero el joven Ignacio, mi hijo está durmiendo. Necesito verificar algo. Verificar mi amo. Que la esclava sigue siendo útil, que mi hijo realmente la está usando.

 He notado cosas, miradas, silencios. Quiero asegurarme de que mi dinero no se desperdició. Dominga entendió. iba a probar a Soledad a verificar si era virgen o no y si lo era. Mi amo, el joven Ignacio se enfadará. Mi hijo hará lo que le ordene. Empujó a Dominga a un lado. ¿Qué cuarto? Dominga no respondió.

 El coronel la abofeteó. No fuerte. Nunca pegaba fuerte, pero suficiente. ¿Qué cuarto? El tercero, en el corredor del Este. Sebastián subió las escaleras. Dominga lo siguió llorando silenciosamente, sin saber qué hacer. Despertar a Ignacio sería traicionar al amo. No despertarlo sería traicionar a la muchacha. Eligió la cobardía. Como casi todos.

 El coronel llegó al cuarto de Soledad. Abrió la puerta sin tocar. Ella estaba despierta. Había oído los pasos. supo. Amo Sebastián, dijo intentando mantener voz calmada. Necesita algo? Levántate. Soledad obedeció. Vestía solo una camisa larga de algodón. Su trenza caía sobre un hombro. El coronel cerró la puerta. La estudió con ojos que ya no eran paternales, eran predatorios.

Mi hijo dice que eres obediente. Sí, Señor, muy obediente. Hago lo que me ordena, Señor. Bien. Se acercó. Olía a agua ardiente, sudor, algo más oscuro. Quítate eso. Soledad no se movió. Su hijo, mi hijo está durmiendo y esta es mi casa. Todas las esclavas en esta casa son mías. ¿Entiendes? entendía, entendía perfectamente.

Este era el momento que todas las esclavas temían, el momento en que las jerarquías ficticias desaparecían y solo quedaba poder desnudo. Señor, por favor,por favor, ¿qué? Su voz se endureció. ¿Me estás desobedeciendo? No, señor. Entonces, quítate eso ahora. Dates, las manos de soledad temblaban mientras levantaba la camisa.

 La dejó caer al suelo. Estaba desnuda, vulnerable, expuesta bajo la mirada de un hombre que había matado indígenas rebeldes sin pestañear. El coronel la observó con satisfacción. “Virgen”, murmuró. “Lo sabía. Mi hijo es un mentiroso o un cobarde o peor. Soledad cerró los ojos, rezó a un dios que nunca respondía para que terminara rápido.

 Pero en el cuarto contiguo, Ignacio había oído voces. Se levantó, caminó descalso hasta la puerta, escuchó, oyó la voz de su padre, órdenes, oyó silencio de soledad. supo, abrió la puerta de su cuarto, caminó tres pasos hasta el cuarto de Soledad, su mano tocó el pomo y se detuvo, porque abriendo esa puerta desafiaría a su padre, expondría la farsa, revelaría secretos que lo destruirían y Soledad.

Soledad sería acusada de Seduc ir al hijo, de mentir, de brujería quizás la venderían o algo peor. Ignacio se quedó de pie fuera de la puerta, paralizado por cobardía y cálculo. Dentro, el coronel Sebastián de Aranzvia violó a una muchacha de 17 años que legalmente era propiedad de su hijo. fue brutal. No la golpeó, no la insultó.

 Fue casi cortés, como si estuviera ejerciendo un derecho absolutamente normal, porque en su mundo lo era. Cuando terminó, se vistió, miró a Soledad acurrucada en la cama, sangrando, llorando en silencio, y dijo, “Mi hijo no te ha tocado, ¿verdad?” Ella no respondió. Lo sabía. Su voz era satisfecha, no enfadada. Mañana hablaré con él.

 Tenemos que solucionar esto antes de la boda. Salió del cuarto, pasó junto a Ignacio, que se había escondido en las sombras del corredor sin verlo. Ignacio esperó hasta oír los pasos de su padre bajar las escaleras. Luego entró al cuarto de soledad. Ella seguía en la cama temblando. Sangre en las sábanas, lágrimas silenciosas, soledad.

susurró. Ella lo miró. Sus ojos negros estaban vacíos. No diga nada. Yo yo lo siento. Yo estaba ahí, pero pero no hizo nada. Lo sé. Lo oí respirar detrás de la puerta. La acusación era peor que cualquier insulto. No podía. Si entraba. Protegió su secreto. Entiendo. Su voz era plana, muerta. Es lo que todos hacen.

 Se protegen a sí mismos. Mañana te saco de aquí. Te juro que mañana e no juré nada. Los juramentos no significan nada. Ignacio quiso tocarla, consolarla, hacer algo, pero no había nada que hacer. El daño estaba hecho, la traición consumada. Salió del cuarto sin mirar atrás. A la mañana siguiente, el coronel llamó a Ignacio a su despacho antes del desayuno. Siéntate. Ignacio se sentó.

Sabía lo que venía. Anoche descubrí tu pequeño secreto comenzó el coronel. Su voz era fría, controlada. La esclava era virgen. Después de 4 meses supuestamente en tu cama, Ignacio no respondió. ¿Sabes lo que eso significa? Significa que me mentiste, que fingiste, que desperdiciaste mi dinero y mi paciencia. Padre, silencio.

 El coronel golpeó el escritorio. ¿Tienes idea de la vergüenza, del peligro? Si alguien supiera que mi hijo no puede ni siquiera usar una esclava obediente. Puedo solo. No quería no no querías que comportarte como hombre, cumplir tu función. se acercó, agarró a Ignacio de la camisa. Escúchame bien, no sé qué está mal contigo, si es cobardía, enfermedad o algo peor, pero tienes dos opciones.

 Primera, te casas con Mariana en tres semanas y la embarazas en tres meses. Si no puedes, bebes hasta que puedas. Cierras los ojos e imaginas lo que necesites imaginar, pero cumples. Y la segunda opción, te envío a un monasterio en España. Nunca regresas y esta familia termina contigo. No eran opciones, era un ultimátum.

 Elegiré la primera susurró Ignacio. Bien, el coronel lo soltó. En cuanto a la esclava, ya me encargué de ese problema. Ahora ya no es virgen. El siguiente comprador no se quejará. Vas a venderla después de tu boda. No quiero distracciones, pero sí la venderé quizás a don Álvaro. Su hacienda en los llanos siempre necesita mujeres. Ignacio sabía lo que significaba eso.

Los llanos eran tierra salvaje. Esclavas allí duraban 5 años y tenían suerte. trabajo brutal, abusos constantes, enfermedades. Era sentencia de muerte lenta. No puedes, no puedo. ¿Qué? Es mi propiedad. Hago lo que quiero con ella. Entonces, déjame comprarla con mi propia asignación. La liberaré legalmente.

 ¿Y para qué la quieres si no la usas? Los ojos del coronel se entreceraron. A menos que a menos que tengas otros planes, planes románticos. Es eso. Te enamoraste de una esclava. No, bis, más te vale. Porque si descubro que hay sentimientos inadecuados, si descubro que hay cualquier cosa inadecuada, no será solo ella quien sufra.

 ¿Entiendes? Ignacio entendió. La amenaza era clara. Cualquier protección que mostrara hacia Soledad sería interpretada como evidencia de afecto inapropiado. Y afecto inapropiadolevantaba preguntas sobre su masculinidad, sobre su naturaleza, sobre el pecado nefando que no tenía nombre. Estaba atrapado. Entiendo, padre.

 Bien, ahora vete y no vuelvas al cuarto de esa esclava si necesitas practicar antes de la boda, hay prostitutas suficientes en la ciudad. Ignacio salió del despacho, subió a su cuarto, se encerró y por primera vez en años lloró, no en silencio, sino sollozando como niño castigado, porque comprendió finalmente su cobardía, su complicidad, su traición.

Había sacrificado a Soledad para protegerse a sí mismo y ahora ella pagaría el precio de su silencio. Las tres semanas siguientes fueron purgatorio condensado. Ignacio no volvió a hablar con soledad. El coronel lo había prohibido y además no se atrevía a enfrentar su mirada. Desde su cuarto por las noches oía llanto apagado al otro lado de la pared.

 Soledad lloraba sola, sin consuelo, sin esperanza. Dominga le llevaba comida, curaba sus heridas, las físicas al menos. Con unüento y silencio. Las otras esclavas susurraban, pero no intervenían. Jacinta, que también había sufrido al coronel, compartía miradas de comprensión con soledad. Ambas ahora eran hermanas en violación.

 El coronel, satisfecho de haber resuelto el problema, volvió a sus rutinas. Visitó a Jacinta dos veces más, luego se cansó y la dejó en paz. Su atención se centró en los preparativos de boda de Ignacio. Invitaciones, arreglos, un banquete para 200 personas. Ignacio continuó visitando a Mariana los domingos. Ella notó que algo había cambiado.

 Estaba aún más distante, más pálido, pero lo atribuyó a nervios prenupciales. Su madre le había explicado que los hombres se ponen ansiosos antes de casarse. Era normal, normal. Esa palabra que justificaba todo. Una semana antes de la boda, Ignacio intentó una última jugada desesperada. fue al despacho de su padre cuando este estaba fuera y robó el sello oficial.

 Falsificó un documento de manumisión para soledad con fecha de un mes atrás. Lo escondió entre sus cosas. Su plan era dárselo la noche de la boda cuando hubiera caos y confusión suficiente para que ella escapara sin ser notada inmediatamente. No era perfecto. Probablemente la descubrirían eventualmente, pero al menos tendría oportunidad.

 Pero el coronel descubrió el sello faltante esa misma noche. ¿Quién entró a mi despacho? Rugió llamando a toda la servidumbre. Nadie respondió. El coronel interrogó uno por uno. Dominga juró no haber entrado. Las muchachas indígenas tampoco. Tomás negó. Jacinta y Petronila temblaban, pero también negaron.

 Entonces el coronel subió al cuarto de Soledad, la encontró sentada en la cama cosiendo una camisa rota. Ni siquiera levantó la vista cuando él entró. Entraste a mi despacho? No, señor. ¿Robaste algo? No tengo llaves, no tengo acceso. Era verdad. Soledad había estado prácticamente confinada a su cuarto desde la violación.

 Pero el coronel vio el costurero. Vio papel doblado dentro, papel que Ignacio le había dado semanas atrás para practicar escritura. Lo tomó, lo desdobló. Era un ejercicio de caligrafía, copias de la firma del coronel, docenas de ellas. El rostro de Sebastián se puso rojo, luego blanco. ¿Qué es esto? Soledad miró el papel. Supo que estaba muerta.

 Practicaba escritura, Señor. Practicabas mi firma. Su hijo me enseñó caligrafía, copiar firmas es ejercicio común. Mentira. La abofeteó fuerte. Esta vez soledad cayó de la cama. Estabas preparando documentos falsos. Planeabas escapar. No, Señor. O mi hijo te lo pidió. Ignacio está detrás de esto. Soledad podría haberlo traicionado, podría haber dicho la verdad, que Ignacio planeaba liberarla, que él había robado el sello, que todo era idea de él, pero eligió protegerlo.

 No por amor, eso habría sido absurdo, sino por desprecio, porque él no merecía su traición. después de haberla traicionado primero. Fue mi idea. Dijo, “Solo mía.” Y cómo ibas a obtener el sello iba a robarlo durante la boda cuando todos estuvieran distraídos. El coronel la pateó en el estómago. Ella tosió sin aire. “Esclava estúpida, ingrata, te di refugio, comida, un amo amable y así me pagas.

” Llamó a Tomás. Atala fuerte y trae el látigo. El látigo era de cuero trenzado con nueve colas. Se usaba para esclavos fugitivos o rebeldes. El coronel no lo había usado en años, no por compasión, sino porque los esclavos bien entrenados no requerían violencia física excesiva. Pero Soledad había cruzado una línea, había intentado robar libertad y eso no podía quedar impune.

 La ataron en el patio trasero, manos arriba, espalda expuesta, despojaron su camisa. Las otras esclavas fueron obligadas a mirar. Lección para todas. Ignacio oyó el alboroto desde su cuarto. Bajó corriendo, vio la escena. Soledad atada, su padre con el látigo, Dominga llorando, Jacinta con ojos cerrados. Padre, no. Aléjate, Ignacio.

 Esto no es asunto tuyo. Fue mi culpa. Yo le enseñéa escribir. Yo ya lo sé. El coronel lo miró con decepción infinita, pero ella tomó la decisión de robar y pagará. Levantó el látigo, lo descargó en la espalda de Soledad. El sonido fue horrible, carne rompiéndose, un grito ahogado, sangre floreciendo en piel morena, segundo latigazo.

 Tercero, cuarto, Ignacio quiso intervenir. Quiso arrebatar el látigo. Quiso gritar que todo era su culpa, que él había planeado la fuga, que Soledad solo obedecía, pero no lo hizo. se quedó de pie paralizado mientras su padre azotaba a una muchacha que había sido su única aliada. Después del décimo latigazo, el coronel se detuvo.

 Estaba sudando, respiraba pesado. Soledad colgaba de las cuerdas. Inconsciente o muerta, era difícil saber. Desátenla, ordenó a Tomás. Cúrenla si pueden y mañana la vendo al primer comprador que pague. No me importa quién. Miró a Ignacio. Tú a tu cuarto y si intentas algo, cualquier cosa, te mando a España mañana mismo.

 Ignacio subió a su cuarto, se encerró y mientras Dominga atendía las heridas de soledad con agua tibia y trapos limpios, mientras Jacinta rezaba en voz baja, mientras Petronila vomitaba de horror, él se quedó sentado en su cama sosteniendo el documento de manumisión falso que ahora no servía de nada. Había intentado salvarla y solo había logrado empeorar todo.

 Soledad sobrevivió. El cuerpo humano es terco en su insistencia de vivir. Las heridas en su espalda eran profundas, cicatrices que llevaría por vida, pero no fatales. Dominga las limpió, aplicó unentos, cambió vendajes cada día. Soledad no habló durante la curación, no lloró, solo miraba la pared con ojos vacíos. Dos días después del azote, el coronel trajo un comprador, don Esteban Ríos, hacendado de 50 años con plantaciones de caña cerca de Ibagué, hombre brutalmente práctico que necesitaba mujeres para cocinar, lavar y ocasionalmente calentar

camas. Inspeccionó a Soledad como se inspecciona ganado. “Está marcada”, dijo viendo las vendas ensangrentadas. intentó fugarse, explicó el coronel, pero es sana, fuerte, sabe leer. No necesito esclavas que lean, necesito esclavas que obedezcan. Esta obedecerá. Aprendió la lección. Don Esteban ofreció 150 pesos, menos de la mitad de lo que el coronel pagó, pero Sebastián aceptó.

 No quería la esclava en su casa un día más. La transacción se completó esa tarde. Documentos firmados, dinero intercambiado. Soledad fue cargada en una carreta con otros tres esclavos que don Esteban había comprado en Santa Fe. Ignacio la vio partir desde la ventana de su cuarto. Ella no miró atrás, no buscó su rostro, no ofreció despedida ni maldición, simplemente desapareció en polvo del camino.

 Dos días después, Ignacio se casó con Mariana Santa Cruz en ceremonia grandiosa en la catedral. Hubo flores, velas, el obispo mismo oficiando. Hubo banquete con 200 invitados, música, baile, brindis. La noche de bodas, Ignacio bebió media botella de aguardiente antes de entrar a la habitación donde Mariana lo esperaba con camisa blanca virginal.

 Cerró los ojos, imaginó otras cosas, logró cumplir. Mariana lloró de dolor, de alivio, de confusión, pero no protestó. Era su deber. A la mañana siguiente mostraron las sábanas manchadas a las matronas que certificaron consumación. Todos celebraron. Ignacio vomitó en privado. Los meses siguientes fueron mecánicos. Ignacio visitaba el lecho de Mariana dos veces por semana.

 suficiente para mantener apariencias. Ella quedó embarazada en octubre. Un varón nació en julio de 1790. Lo llamaron Sebastián como el abuelo. El coronel estaba eufórico. Su linaje continuaría, su nombre sobreviviría. Ignacio miraba al bebé con sentimientos complicados, amor obligatorio, resentimiento profundo, culpa abrumadora.

 Mariana resultó ser esposa competente. Manejaba la casa, supervisaba sirvientes, organizaba cenas. Nunca preguntó por qué su esposo la tocaba con ojos cerrados. Nunca mencionó que gemían nombres masculinos entre sueños. Nunca cuestionó por qué pasaba horas encerrado en su estudio leyendo libros que ella nunca vio. Fue matrimonio exitoso, según todos los estándares, frío, funcional.

respetable. Y mientras tanto, en una hacienda a 4 días de viaje, Soledad Palacios trabajaba 14 horas diarias cocinando para 30 peones. Su espalda cicatrizada le dolía cuando llovía. Don Esteban la visitaba ocasionalmente, no violentamente, sino con indiferencia casual, y ella aprendió a separar mente de cuerpo, como le había enseñado su madre.

 Nunca volvió a escribir, nunca volvió a leer, nunca volvió a pensar en libertad. Sobrevivió. Como todos, la carta que mencionamos al inicio, la del capellán militar, fue escrita en diciembre de 1791, dos años después de estos eventos. El capellán, padre Miguel Ángel Sotomayor, había sido confesor del coronel Sebastián durante 20 años. Una noche, borracho y atormentado, el coronel confesó todo.

 La compra desoledad para su hijo, el descubrimiento de la incapacidad de Ignacio, su propia violación de la esclava, el castigo, la venta. El padre Sotomayor escuchó en horror creciente. No por los actos en sí había oído confesiones peores, sino por la ausencia total de remordimiento. El coronel narraba los eventos como quien describe transacciones comerciales sin culpa, sin duda.

¿Siente usted algún arrepentimiento?, preguntó el padre. ¿Por qué habría de arrepentirme? Hice lo necesario. Protegí a mi hijo. Mantuve el orden en mi casa. Violó a una muchacha inocente. Usé mi propiedad. Es diferente. Ante Dios. no es diferente. Entonces, Dios debería haber creado un mundo diferente. El padre Sotomayor no pudo absolver esa confesión.

 Según la doctrina, la absolución requería arrepentimiento verdadero. El coronel no tenía ninguno. Esa noche el padre escribió la carta que mencionamos. En ella documentaba los hechos sin nombres, pero con detalles suficientes para que cualquier investigador futuro identificara a los involucrados. La selló y la guardó en los archivos parroquiales con instrucciones. No abrir hasta mi muerte.

murió tres días después, oficialmente de fiebres, extraoficialmente de culpa y asco por un mundo donde tales actos no solo existían, sino que eran considerados normales. La carta permaneció sellada durante 230 años hasta que un investigador moderno buscando documentos sobre esclavitud en el virreinato, la encontró y la tradujo.

Y ahora tú la conoces. Epílogo. Tres fragmentos históricos. Y Testamento del coronel Sebastián de Arancibia y Mendoza, 1804. Llego a mi hijo Ignacio todas mis propiedades, esclavos y bienes. Que continúe el honor de nuestra familia. Que sus hijos Sebastián, Carlos y la pequeña Constanza lleven nuestro nombre con dignidad.

 Muero en paz, habiendo cumplido mi deber ante Dios. El rey y mi linaje. Dos. Registro parroquial de defunciones. Ibague, 1796. Soledad palacios. Esclava. Edad aproximada 24 años. Causa de muerte. Fiebres. Sepultada en fosa común sin ceremonia. Propietario notificado, sin herederos ni efectos personales. 13.

 Diario Privado de Ignacio de Aranzia, encontrado en 1890, publicado fragmentariamente en 1923. 15 de agosto de 1798. Esta noche soñé otra vez con ella, con su mirada cuando mi padre la azotaba, con su silencio cuando la vendieron, con todas las palabras que no dije, los actos que no realicé, el coraje que no tuve. Mariana cree que mis pesadillas son por la guerra. Dejo que crea eso.

 Es más fácil. He calculado si Soledad aún vive. Tiene 26 años. Probablemente ya no vive. Las esclavas en haciendas remotas rara vez llegan a 30. Así que mi cobardía la mató. Tardó, pero la mató igual. Mi hijo Sebastián cumplió 8 años ayer. Mi padre está orgulloso de él. Dice que será militar, que continuará la tradición.

 Yo rezo para que sea diferente, para que tenga el coraje que a mí me faltó, para que rompa cadenas en lugar de forjarlas. Pero los rezos no cambian nada. Los rezos son cobardía santificada y yo debería saberlo. He vivido 33 años y llevo 2 años muerto. El diario termina ahí. Ignacio murió en 180 oficialmente de tuberculosis.

extraoficialmente, según documentos médicos recientemente descubiertos, del Audanum, ingerido intencionalmente en dosis fatal, suicidio, pecado mortal, enterrado en tierra consagrada solo porque su padre pagó suficiente al obispo para certificar muerte accidental. Mariana se volvió a casar dos años después.

 Sus hijos crecieron respetables, ricos, olvidados de la esclava que su padre no pudo salvar. y Soledad Palacios, que leyó poesía francesa a la luz de una vela, que practicó firmas soñando con libertad, que soportó violación y azote y venta con dignidad feroz, desapareció en polvo y silencio como millones antes que ella, como millones después.

 Nota de la archivista 2025. Esta historia fue reconstruida de fragmentos. La carta del padre Sotomayor, documentos de compraventa, Registros Parroquiales, El diario de Ignacio. Los diálogos son, obviamente, recreaciones basadas en lenguaje de época y testimonios similares. Lo que no es recreación es esto. En 1789 existió un coronel en Santa Fe de Bogotá que compró una esclava para su hijo.

 El hijo nunca la tocó por razones que no podía confesar. El padre la violó para verificar su utilidad. La muchacha fue azotada por intentar ser libre. Fue vendida a otro dueño que la trabajó hasta matarla. Nadie fue castigado, nadie fue juzgado, porque no era crimen, era sistema. Y mientras leemos esto cómodamente desde el siglo XXI, juzgando la barbarie del pasado, deberíamos preguntarnos, ¿qué sistemas actuales serán juzgados con igual horror en 200 años? ¿Qué atrocidades consideramos normales hoy? ¿Cuántas soledades siguen

muriendo en silencio mientras nosotros protegemos secretos cómodos? Porque en cada esclava humillada, en cada amo impune y en cada silencio de quien pudo hablar, pero eligió su propiaseguridad, hay un pecado que aún no ha sido perdonado. ¿Crees que Ignacio merecía perdón o su cobardía fue peor que la crueldad de su padre? Déjanos. M.