Ella Caminó con Él Entre los Árboles… Sin Saber Quién Era en Realidad

Ella pensó que sería solo otra caminata más, pero cada paso al lado de él parecía diferente. Ella aún no sabía quién era él. Y tal vez era mejor así, porque entre los árboles, sin cámaras, sin fama, sin máscaras, Mateo era solo un hombre buscando silencio. E Isabela, la única persona que lo vio como tal. Y cuando ella finalmente descubrió la verdad, ya era demasiado tarde.
Su corazón ya había elegido. Suscríbete al canal y activa la campanita. Ahora vamos a la historia de hoy. Isabela llevaba tres meses yendo a ese mismo sendero todos los sábados por la mañana. Era su ritual, su escape. El único momento de la semana en que el mundo no le exigía nada. A sus años trabajaba como diseñadora gráfica freelance.
Pasaba la mayor parte del tiempo frente a una computadora cumpliendo plazos imposibles para clientes exigentes. Pero aquí, en medio del bosque, a las afueras de la ciudad, no había plazos, no había correos, no había presión, solo ella, los árboles y el silencio. Ese sábado de octubre el aire estaba fresco. El sol filtrado entre las hojas creaba patrones de luz dorada en el camino de tierra.
Isabela caminaba despacio, respirando hondo, sintiendo como la tensión de la semana se disolvía con cada paso, hasta que escuchó pasos detrás de ella, se hizo a un lado del sendero para dejar pasar a quien fuera, pero los pasos se detuvieron a su lado. “Perdón”, dijo una voz masculina, cálida, pero un poco insegura. Este camino lleva al mirador.
Isabela se volteó y se encontró con los ojos más sinceros que había visto en mucho tiempo. Era un hombre de unos 30 años, alto, cabello oscuro, un poco largo, escondido bajo una gorra vieja, barba de varios días, ropa deportiva simple, nada llamativo, pero había algo en él, algo en la forma en que la miraba, como si estuviera perdido. Sí.
Ella respondió, “Sigue recto por unos 20 minutos. Vas a ver las señales. Él asintió, pero no se movió. Gracias. Yo es mi primera vez aquí. No conozco bien el camino. Isabel anotó algo en su voz. Cansancio, no físico, emocional. ¿Quieres que camine contigo? Voy para allá de todos modos. Él parpadeó sorprendido.
En serio, claro, es un camino largo y es mejor no ir solo si no conoces. Él sonríó. Una sonrisa pequeña, pero genuina. Me encantaría. Gracias. Me llamo Mateo Isabela. Y así comenzaron a caminar juntos, dos extraños en medio del al principio caminaron en silencio. No era incómodo, era tranquilo, como si ambos hubieran venido aquí buscando exactamente eso, silencio.
Pero poco a poco, naturalmente, las palabras comenzaron a fluir. ¿Vienes seguido?, preguntó Mateo. Todos los sábados es mi terapia. Él se rió suavemente. Entiendo. Yo necesitaba salir de la ciudad, desconectarme. Trabajo estresante, algo así. Él dijo con una sonrisa que parecía esconder mucho más.
¿Y tú de qué trabajas? Diseño gráfico, freelance, así que básicamente vivo pegada a la computadora. Debe ser difícil. Lo es, pero me gusta. Aunque a veces extraño esto. Ella gesticuló hacia los árboles, el cielo, la naturaleza. Extraño sentirme pequeña, sentir que el mundo es más grande que mis problemas. Mateo la miró con una intensidad que la tomó desprevenida.
Exacto. Eso es exactamente lo que vine a buscar. Ella le devolvió la mirada curiosa. Tan malo está tu trabajo. Él vaciló. No es malo, es solo demandante. A veces siento que no puedo respirar, que todo el mundo espera algo de mí y yo solo quiero ser yo, sin expectativas. Isabela asintió despacio. No sabía exactamente a qué se refería, pero entendía el sentimiento.
Entonces viniste al lugar correcto. Aquí nadie espera nada de nadie. Mateo sonrió y esta vez fue una sonrisa completa, una que iluminó su rostro. Gracias por dejarme caminar contigo. Es más divertido en compañía. Y siguieron caminando. Y con cada paso la distancia entre ellos parecía reducirse un poco más.
Unos kilómetros más adelante se detuvieron junto a un pequeño arroyo que cruzaba el sendero. Isabela se agachó mojando las manos en el agua fría. Es hermoso, ¿no?, dijo ella, mirando el reflejo de los árboles en el agua. Lo es, Mateo respondió, pero no estaba mirando el agua, la estaba mirando a ella. Isabela sintió el peso de su mirada y se volteó.
¿Qué? Nada. Es solo es raro. ¿Qué es raro sentirme cómodo con alguien que apenas conozco? Ella sonríó. Tal vez es porque no tienes que fingir aquí. No tienes que ser quien los demás esperan que seas. Mateo la miró fijamente como si acabara de decir algo profundo. ¿Cómo lo sabes? Porque yo siento lo mismo.
Cuando estoy en la ciudad, siento que tengo que ser profesional, productiva, disponible. Pero aquí puedo solo ser Isabela, la chica que camina en el bosque porque le gusta estar sola con sus pensamientos. ¿Y te gusta estar sola? Ella pensó antes de responder, “A veces, pero hoy me alegra no estarlo.” Los ojos de Mateo se suavizaron.
Yo también. Se quedaron ahí junto alarroyo, en un silencio cargado de algo que ninguno de los dos podía nombrar todavía. Luego, Mateo se sentó en una roca grande al lado del agua. “¿Puedo preguntarte algo? Adelante. ¿Qué es lo que más te gusta de venir aquí? Isabella se sentó a su lado pensando, creo que me gusta que aquí puedo ser honesta.
No tengo que pretender que todo está bien. No tengo que sonreír si no quiero. Puedo solo sentir. Mateo asintió despacio. Entiendo completamente. ¿Y tú qué viniste a buscar aquí? Él miró al agua, los ojos distantes. Paz, normalidad. Quiero recordar cómo se siente ser solo Mateo. No el Mateo que todos creen conocer, solo yo.
Isabela frunció el seño, confundida. ¿A qué te refieres con el Mateo que todos creen conocer? Él vaciló. Parecía estar a punto de decir algo importante, pero luego sonrió y negó con la cabeza. Nada, solo a veces siento que la gente me ve de una forma que no soy realmente. Yo te veo como Mateo, el chico que no conoce el sendero y necesitaba compañía.
Él se rió. Esa es la mejor forma en que me han visto en mucho tiempo y en ese momento algo nació entre ellos. Algo simple, algo real, amor a primera vista, pero no del tipo explosivo, del tipo que crece en la quietud, en la honestidad, en la vulnerabilidad compartida. Cuando llegaron al mirador, la vista era impresionante.
Montañas verdes extendiéndose hasta donde alcanzaba la vista, el cielo azul claro, el viento suave moviendo las hojas. Isabela se apoyó en la barandilla de madera respirando hondo. Vale la pena cada paso, ¿no? Mateo se puso a su lado, pero no miraba el paisaje, la miraba a ella. definitivamente ella sintió el calor en las mejillas.
Siempre eres tan intenso. Intenso sí. La forma en que miras como si realmente estuvieras viendo. Mateo sonrió. Es porque realmente estoy viendo a ti, no a una versión de ti, a ti. Isabela sintió el corazón acelerarse. Mateo, perdón, si te incomoda puedo. No me incomoda, es solo no estoy acostumbrada. ¿A qué? A que alguien me vea de verdad.
Él se acercó un poco. Entonces los demás están ríos, nerviosa, pero halagada. Eres bueno con las palabras, solo soy honesto. Se quedaron ahí lado a lado mirando el paisaje, pero ambos eran más conscientes de la presencia del otro que de la vista. Isabela, Mateo, dijo después de un rato. Sí, ¿puedo confesarte algo? Claro, no planeaba hablar con nadie hoy.
Vine aquí justamente para estar solo. Pero me alegra haberte conocido. Me alegra que hayas dicho que sí cuando te pregunté si podía caminar contigo. Ella sonrió. Yo también. Normalmente no hablo con extraños en el sendero, pero contigo se sintió bien. ¿Por qué crees que fue diferente? Isabela pensó. Creo que porque no estabas tratando de impresionarme, no estabas actuando, solo estabas siendo.
Mateo la miró con una ternura que la desarmo por completo. Eso es todo lo que quiero ser, especialmente contigo. El corazón de ella dio un vuelco. Mateo, apenas nos conocemos. Lo sé, pero siento como si no sé, como si ya te conociera. Ella sintió lo mismo. No tenía sentido, pero era real. Yo también lo siento.
Él extendió la mano lentamente y rozóla de ella sobre la barandilla. No fue agresivo, no fue urgente, fue delicado, fue una pregunta silenciosa y ella respondió entrelazando sus dedos con los de él. El camino de regreso fue diferente. Caminaban más cerca, hablaban más, reían más. Mateo le contó sobre su infancia, sobre cómo creció en un pueblo pequeño, sobre cómo siempre soñó con algo más grande, pero ahora extrañaba la simplicidad.
Isabela le contó sobre su familia, sobre su mamá que siempre la apoyó, sobre su papá que murió cuando era joven, sobre cómo aprendió a ser fuerte porque no tenía opción. Eres increíble, Mateo dijo, “No lo soy, solo sobreviví. Eso te hace increíble, Isabela.” Ella sintió los ojos arder.
¿Por qué eres tan dulce? Porque es fácil serlo contigo. Cuando estaban cerca del final del sendero, Mateo se Isabela, espera. Ella se volteó. ¿Qué pasa? Yo hay algo que necesito decirte antes de que lleguemos al estacionamiento. El corazón de ella se aceleró. ¿Qué es? Él respiró hondo. Mi vida es complicada. Hay cosas sobre mí que tú no sabes.
Y cuando la sepas, tal vez cambies de opinión sobre mí. Isabela frunció el ceño. ¿De qué estás hablando? Yo, mi trabajo no es normal. Yo no soy una persona normal. Mateo, nadie es normal. Todos somos raros a nuestra Él sonrió tristemente. Ojalá fuera tan simple. ¿Qué es lo que no me estás diciendo? Él vaciló y luego despacio se quitó la gorra.
Y entonces Isabela lo vio, realmente lo vio. El cabello oscuro que había visto en 100 revistas, los ojos que había visto en pantallas gigantes, el rostro que medio país conocía, Mateo Reyes, el actor, la estrella de cine, el hombre que todos creían conocer. Isabela se quedó sin aire. “¿Tú tú eres?” “Sí”, él dijo suavemente. “Soy Mateo”.
Y lo siento. Siento no habértelo dichoantes, pero quería solo por un día ser solo Mateo, el chico que camina en el bosque. No la celebridad, no el personaje que todos esperan que sea. Isabela procesó todo en silencio. El mundo parecía haberse inclinado en su eje. Por eso viniste aquí para escapar. Sí.
Y por eso no querías que te reconocieran. Sí. Ella lo miró fijamente y entonces lentamente dio un paso hacia él. ¿Sabes qué, Mateo? ¿Qué? No me importa quién eres para el resto del mundo. Me importa quién fuiste conmigo hoy. El hombre honesto, vulnerable, real. Ese es el Mateo que conozco y ese es el Mateo del que me estoy enamorando. Los ojos de él se llenaron de emoción.
Isabela. No me arrepiento de esta caminata. No me arrepiento de haberte conocido y no voy a cambiar de opinión solo porque eres famoso. Él la miró como si fuera un milagro. De verdad, de verdad. Y entonces, sin pensar, sin dudarlo, Mateo la abrazó fuerte, desesperado, agradecido, y ella lo abrazó de vuelta. Cuando se separaron, él tomó su rostro entre sus manos.
No quiero que esto termine aquí. Yo tampoco. ¿Puedo volver a verte? Sí, aunque mi vida sea un caos, especialmente por eso, porque yo te veo, Mateo, el verdadero tú. Él sonríó. Una sonrisa llena de alivio y esperanza. Gracias por hoy, por ser tú, por no huir. Cuando supiste huiría encontré algo real y eso es más raro que cualquier fama.
Mateo se inclinó despacio y esta vez Isabela no dudó. Sus labios se encontraron bajo los árboles, suave, dulce, lleno de promesa. No fue un beso de pasión desenfrenada, fue un beso de reconocimiento de dos almas que se encontraron en el lugar más inesperado. Cuando se separaron, él apoyó la frente en la de ella. Voy a volver el próximo sábado. Yo también.
Mismo lugar. Mismo lugar. Entonces, esa es una cita. Es una cita. Y mientras caminaban el último tramo juntos, Isabela supo que su vida acababa de cambiar, que esa caminata no había sido casualidad, había sido destino, porque a veces el amor llega cuando dejas de buscarlo, cuando estás siendo simplemente tú, cuando caminas entre los árboles sin saber que cada paso te acerca al encuentro que cambiará todo.
Y cuando llega así, simple, natural, honesto, es cuando sabes que es real, que es para siempre. Cuando llegaron al estacionamiento, el sol ya comenzaba a ponerse, tiñiendo el cielo de tonos rosados y naranjas. Isabela sabía que tenía que irse, que tenía trabajo esperándola en casa, diseños que entregar el lunes, pero no quería que ese momento terminara.
No quería despedirse de Mateo, no del Mateo que había caminado a su lado, no del hombre que le había abierto su corazón entre los árboles. “Tienes que irte ya”, preguntó Mateo, la voz suave, casi rogando que dijera que no debería. Isabela respondió mordiéndose el labio, “Pero no quiero.” Él sonríó, una sonrisa que mezclaba alivio y tristeza.
“Yo tampoco quiero que te vayas. Siento que si te vas ahora a esto, gesticuló entre los dos, va a desaparecer como si hubiera sido un sueño. Isabela dio un paso más cerca de él, tanto que podía sentir el calor de su cuerpo. No va a desaparecer, Mateo. Esto es real. Lo que sentí hoy, lo que compartimos, fue real.
Él cerró los ojos por un momento, como si estuviera guardando ese momento en su memoria. ¿Sabes? Llevo años sintiendo que vivo en una burbuja, rodeado de gente, pero completamente solo, actuando todo el tiempo, sonriendo para las cámaras, diciendo lo que se supone que debo decir. Y hoy, hoy por primera vez en años me sentí yo mismo gracias a ti.
Los ojos de Isabela se llenaron de lágrimas. Yo también me sentí vista hoy como si como si por primera vez alguien me mirara de verdad y no solo viera a la chica que trabaja demasiado y nunca tiene tiempo para nada. Mateo le secó una lágrima que había escapado por su mejilla. Yo veo mucho más que eso. Veo a una mujer fuerte, sensible, honesta.
Veo a alguien que me hizo recordar por qué vale la pena vivir. Ella soltó una risa entre las lágrimas. No sé cómo voy a concentrarme en el trabajo ahora. Voy a estar pensando en ti todo el tiempo. Bien. Él dijo con una sonrisa pícara, “Porque yo voy a estar haciendo exactamente lo mismo.” Se quedaron ahí bajo el cielo del atardecer, las manos entrelazadas sin querer soltar.
Isabel la sabía que cuando se subiera a su carro y manejara de regreso a la ciudad, todo cambiaría. La realidad regresaría, los plazos, las responsabilidades. Y Mateo volvería a su mundo de cámaras, entrevistas y reflectores. Pero también sabía algo más. Sabía que lo que habían encontrado ese día en el bosque era más fuerte que cualquier distancia, más verdadero que cualquier fama.
Te voy a extrañar, ella susurró. Solo quedan seis días. Él respondió apretando su mano. Y luego estaremos aquí de nuevo caminando, hablando, siendo nosotros. Seis días ella repitió sonriendo a través de las lágrimas. Y esta vez él añadió con un brillo en los ojos, “Voy atraer café. Porque una caminata es mejor con café, ¿no? Ella se rió limpiándose las lágrimas. Mucho mejor.
Finalmente, después de lo que pareció una eternidad, pero también un segundo, Isabela, se obligó a dar un paso atrás. Tengo que irme. Lo sé, pero no quiero. Lo sé. Se miraron una última vez y entonces, incapaz de resistir, Mateo la atrajo hacia él y la besó de nuevo. Esta vez con más intensidad, con más promesa, con todo el sentimiento que no cabía en palabras.
Cuando se separaron, ambos estaban sin aliento. Sábado, mismo lugar, misma hora. Él dijo la voz ronca, “Estaré aquí, lo prometo.” Y mientras Isabela se subía a su carro y lo veía alejarse hacia el otro lado del estacionamiento, sonríó porque sabía que había encontrado algo extraordinario, algo que la mayoría de las personas busca toda la vida y nunca encuentra.
había encontrado a alguien que la veía, que la valoraba, que la amaba por ser exactamente quién era. Y eso en un mundo lleno de máscaras y pretensiones, era el regalo más precioso de todos. ¿Y tú crees que el amor verdadero nace en la simplicidad? ¿Crees que dos personas pueden conectar sin máscaras, sin pretensiones, solo siendo ellas mismas? Cuéntame en los comentarios desde dónde estás escuchando y ahora necesito tu ayuda.
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