Él No Sabía que era Juan Gabriel y dijo: “Te Desafío a Alcanzar Esa Nota” — Pero la Canción Era…

Un técnico de sonido recién contratado desafíó a un hombre con gorra y lentes oscuros a alcanzar la nota más difícil de hasta que te conocí, sin saber que estaba desafiando al mismísimo Juan Gabriel a cantar su propia canción. Cuando ese hombre comenzó a cantar y la voz llenó el estudio, Mario comprendió en un segundo lo que acababa de hacer, [música] pero lo que vino después de ese momento lo marcaría para siempre.

 Era principios de 1987, hasta que te conocí. sonaba en todas las radios de México desde hacía semanas, convirtiéndose rápidamente en una de esas canciones que la gente tarareaba sin darse cuenta. Mario tenía 26 años y acababa de ser contratado como técnico de sonido por Alejandro Cerna, un cantante amateur que tenía un estudio de grabación modesto en Ciudad de México, donde grababa sus propias canciones y ocasionalmente rentaba el espacio a otros músicos.

 Ese día, Alejandro había invitado a varios músicos amigos para una reunión informal en el estudio, una especie de jump session donde tocarían juntos sin presiones ni horarios y Mario había llegado temprano para preparar el equipo y asegurarse de que todo estuviera listo cuando los músicos comenzaran a llegar. Mario estaba solo en el estudio probando los niveles de sonido cuando escuchó la puerta abrirse y vio entrar a un hombre con gorra negra, lentes oscuros y ropa completamente sencilla que no llamaba la atención de ninguna forma. El hombre

saludó con un gesto de cabeza y una palabra casi inaudible que sonó como buenos días, pero tan bajo que Mario apenas lo escuchó. Mario asumió que era uno de los músicos que Alejandro había invitado y que, como él, había llegado antes de tiempo. El hombre se sentó en una silla del estudio sin quitarse la gorra ni los lentes, observando en silencio mientras Mario continuaba su trabajo de revisar cables, ajustar micrófonos y probar la calidad del sonido en los audífonos.

 La presencia de ese hombre no incomodaba a Mario porque parecía alguien tranquilo que no necesitaba llenar el silencio con conversación. Así que Mario simplemente siguió trabajando como si estuviera solo. Para probar el sistema de sonido, Mario decidió poner una canción que conocía bien y que además estaba sonando mucho en ese momento.

 Así que buscó entre las cintas del estudio hasta encontrar Hasta que te conocí de Juan Gabriel. Puso la cinta, ajustó el volumen y la voz inconfundible de Juan Gabriel llenó el estudio con esa intensidad característica que hacía que cada palabra sonara. como si estuviera cargada de algo más pesado que solo música.

 Mario escuchaba con atención técnica, no emocional, ajustando frecuencias y balances mientras la canción avanzaba. Cuando llegó a la parte donde la voz de Juan Gabriel alcanza esa nota aguda que define la canción, Mario hizo un gesto con la cabeza y comentó en voz alta, “Más para sí mismo que para el hombre sentado detrás de él.

” Esa nota es técnicamente perfecta en el estudio, pero imposible de alcanzar en vivo. Ni siquiera el propio Juan Gabriel debe poder mantenerla con esa fuerza. Era un comentario profesional nacido de su experiencia técnica sin malicia, simplemente una observación sobre las diferencias entre grabar en estudio y cantar en vivo.

 El hombre de la gorra habló por segunda vez desde que había entrado y esta vez su voz fue apenas un poco más audible que el saludo del principio. ¿Tú crees? Esas dos palabras sonaron con una curiosidad genuina, sin defensividad, como alguien que simplemente quiere saber qué piensa otra persona. Mario se giró levemente hacia él sin dejar de trabajar con los controles.

 “Estoy seguro”, respondió Mario con la confianza de alguien que lleva años trabajando con sonido y sabe lo que dice. En estudio, puedes hacer tomas múltiples, ajustar, corregir, pero en vivo con la adrenalina y el cansancio. Esta nota específicamente es casi imposible de sostener. El hombre de la gorra se quedó quieto por un momento y entonces dijo algo que cambiaría completamente los siguientes minutos.

 Te desafío. Las palabras fueron dichas con tanta calma que Mario tardó un segundo en procesarlas como un desafío real. Se giró completamente esta vez para mirar al hombre. ¿Qué dijiste? El hombre de la gorra se puso de pie lentamente, sin quitarse ni la gorra ni los lentes oscuros, y caminó hacia el micrófono que Mario había estado ajustando.

 “Dijiste que esa nota es imposible en vivo”, repitió con esa misma voz baja que había usado desde que entró. “Te desafío a que me dejes intentarlo.” Mario lo miró sin entender completamente qué estaba pasando, pero la actitud tranquila del hombre no parecía la de alguien que estaba bromeando. “¿Quieres cantar hasta que te conocí?”, preguntó Mario tratando de confirmar que había entendido bien.

El hombre asintió. Mario pensó por un momento si debía esperar a que llegara Alejandro para pedirle permiso, pero técnicamente el estudio estaba listo, el micrófono funcionaba y si ese músico quería intentar cantar una de las canciones más difíciles del momento, no veía razón para decirle que no. Está bien, dijo Mario finalmente, ajustando el micrófono a la altura del hombre.

Pero te advierto que esa nota es realmente difícil. El hombre de la gorra tomó su posición frente al micrófono sin responder, esperando en silencio a que Mario le diera la señal para comenzar. Mario le dio la señal con la mano y el hombre de la gorra comenzó a cantar sin acompañamiento musical, solo su voz llenando el estudio vacío.

 Las primeras tres palabras salieron de su boca y Mario sintió que algo dentro de su pecho se detenía completamente. Esa voz, ese timbre, esa forma específica de pronunciar cada sílaba con una intensidad que no pedía permiso era imposible de confundir con ninguna otra voz en todo México. Mario dejó caer el lápiz que sostenía en la mano y se quedó completamente inmóvil, mirando al hombre de gorra y lentes oscuros, que seguía cantando sin detenerse.

 Su cerebro intentaba procesar lo que sus oídos ya sabían con absoluta certeza, pero la imagen del hombre frente a él, con ropa sencilla y esa postura tranquila, no encajaba con lo que la voz le decía que era verdad. El hombre continuaba cantando, avanzando hacia el punto exacto de la canción, donde vendría esa nota que Mario había declarado imposible apenas minutos antes.

 Cuando el hombre llegó a esa parte de la canción, su voz se elevó con una potencia que hizo vibrar levemente los vidrios de la cabina de control. La nota aguda que Mario había llamado Técnicamente imposible en vivo salió limpia, sostenida, perfecta, con esa fuerza emocional que la grabación de estudio tenía, pero que Mario había asegurado que ningún cantante podía reproducir frente a una audiencia.

 Pero ahí estaba llenando ese estudio con seis personas de capacidad con la misma intensidad que llenaba estadios de miles. Mario se había puesto de pie sin darse cuenta, con las manos apoyadas en la consola de sonido, mirando fijamente al hombre que seguía cantando con los ojos cerrados ahora, completamente perdido en su propia canción.

 Las manos de Mario temblaban levemente porque sabía exactamente quién estaba frente a él, pero su mente seguía rechazando esa realidad porque Juan Gabriel no aparecía en estudios modestos con gorra y lentes oscuros cantando para técnicos de sonido que acababan de desafiarlo. El hombre terminó de cantar y el silencio que siguió fue absoluto, de esos silencios que pesan más que cualquier sonido.

Mario estaba completamente quieto, con la boca levemente abierta, incapaz de formar una palabra o un pensamiento coherente. El hombre de la gorra se quedó parado frente al micrófono por un momento con la respiración tranquila de alguien que acaba de hacer algo que su cuerpo conoce perfectamente, sin ningún esfuerzo visible.

 Entonces, despacio, se quitó los lentes oscuros primero, doblándolos con calma y guardándolos en el bolsillo de su camisa. Mario vio esos ojos que había visto en portadas de discos, en programas de televisión, en carteles por toda la ciudad y sintió que sus piernas perdían fuerza. Luego el hombre se quitó la gorra revelando completamente su rostro.

 Y aunque Mario ya sabía quién era desde la tercera palabra que había salido de su boca, verlo sin nada que lo ocultara hizo que la realidad de lo que acababa de pasar cayera sobre él con todo su peso. Juan Gabriel lo miró con una expresión que no tenía ni burla ni triunfo, solo una curiosidad tranquila mezclada con algo que se parecía a la diversión genuina.

“¿Todavía crees que es imposible?”, preguntó con voz suave. Esa misma voz que acababa de llenar el estudio, pero ahora usada apenas por encima de un susurro. Mario intentó hablar, pero lo que salió fue apenas un sonido incoherente, algo entre una disculpa y una explicación que no encontraba forma. Se llevó las manos a la cabeza en un gesto de absoluta incredulidad y finalmente logró articular palabras.

Ustedes yo no sabía. Yo acabo de [música] Juan Gabriel sonríó levemente interrumpiendo el tropiezo verbal de Mario con un gesto tranquilo de la mano. Lo sé, no sabías quién era, por eso acepté tu desafío. Mario seguía parado junto a la consola sin poder moverse, procesando lentamente que había pasado los últimos 15 minutos, diciéndole a Juan Gabriel que ni siquiera Juan Gabriel podía cantar su propia canción en vivo.

 Juan Gabriel caminó hacia donde estaba Mario y se sentó en la silla que había ocupado cuando entró al estudio con esa misma actitud relajada del principio. “Siéntate”, le dijo señalando otra silla. Y Mario obedeció automáticamente porque su cerebro todavía no funcionaba lo suficientemente bien como para tomar decisiones propias. Cuando Mario se sentó, Juan Gabriel lo miró directamente y habló con una seriedad que contrastaba con la sonrisa que había tenido momentos antes.

 ¿Sabes cuál fue tu error?, preguntó Mario. Negó con la cabeza sin confiar en su voz todavía. Decidiste qué era posible y qué no era posible basándote solo en lo que tú habías visto antes. La técnica es importante, tienes razón en eso, pero la técnica te puede enseñar los límites promedio, no los límites reales.

 Juan Gabriel hizo una pausa dejando que esas palabras se asentaran. Esa nota que llamaste imposible es difícil, sí, pero no imposible. La diferencia está en cuánto estás dispuesto a trabajar para alcanzarla. Mario escuchaba con la atención absoluta de alguien que sabe que está recibiendo algo que vale más que cualquier clase técnica que hubiera tomado en su vida.

 Juan Gabriel continuó hablando con esa calma que hacía que cada palabra llegara con más peso. Cuando me dijiste que esa nota era imposible, ni siquiera me preguntaste si yo la había intentado, cuántas horas había practicado o qué sabía yo sobre mis propios límites. Asumiste que conocías mi capacidad mejor que yo mismo. Veámono.

 Mario sintió la vergüenza caliente subiéndole por el cuello, pero Juan Gabriel no lo estaba regañando, estaba enseñándole algo. No te estoy diciendo esto para hacerte sentir mal, aclaró Juan Gabriel como si hubiera leído la expresión en el rostro de Mario. Te lo digo porque vas a trabajar con muchos artistas en tu carrera y si empiezas cada proyecto decidiendo de antemano qué pueden y qué no pueden hacer, les vas a cortar las alas antes de que intenten volar.

 Juan Gabriel se reclinó en la silla mirando hacia el techo del estudio por un momento antes de continuar. Yo he trabajado con técnicos que me dicen que algo no se puede hacer y cuando les pregunto por qué, me responden que nunca han visto que se haga, pero esa no es razón suficiente. Bajó la mirada hacia Mario nuevamente.

 Tu trabajo como técnico es ayudar al artista a alcanzar lo que quiere lograr, no decidir por él qué es posible lograr. La técnica está para servir a la creatividad, no para limitarla. Mario asintió lentamente, procesando cada palabra, sintiendo que algo fundamental en su forma de entender su trabajo estaba cambiando en ese momento.

 Y otra cosa agregó Juan Gabriel con una sonrisa que suavizaba la seriedad de lo que había estado diciendo. La próxima vez que alguien entre a un estudio con gorra y lentes oscuros y hable en voz baja, considera la posibilidad de que esté tratando de pasar desapercibido por alguna razón. La puerta del estudio se abrió y entraron Alejandro Cerna junto con otros tres músicos que habían sido invitados a la reunión informal de esa mañana.

Alejandro vio a Juan Gabriel sentado en la silla sin gorra ni lentes oscuros y su expresión se iluminó inmediatamente. “Llegaste temprano”, exclamó acercándose a saludarlo con un abrazo. Los otros músicos reconocieron a Juan Gabriel instantáneamente y lo saludaron con esa mezcla de respeto y familiaridad que existe entre colegas que se admiran.

Alejandro se giró hacia Mario, que seguía sentado con expresión de alguien que está procesando algo grande. “Veo que ya conociste a Juan Gabriel”, dijo Alejandro con naturalidad. Mario asintió sin saber exactamente qué decir. Juan Gabriel intervino antes de que Mario tuviera que explicar. Mario me estaba enseñando sobre las limitaciones técnicas del sonido en vivo.

 Dijo con un tono completamente serio que hizo que Alejandro lo mirara confundido. Uno de los músicos que había entrado con Alejandro, un guitarrista llamado Fernando, que conocía a Juan Gabriel de años atrás, captó algo en el tono y preguntó qué había pasado. Juan Gabriel le contó la historia completa sin omitir ningún detalle.

 Desde el momento en que Mario había declarado la nota imposible hasta el desafío y la canción a capella, los músicos escuchaban con expresiones que iban de la sorpresa a la risa contenida, mirando alternativamente a Juan Gabriel y a Mario, que se hundía cada vez más en su silla. Cuando Juan Gabriel terminó de contar, Fernando soltó una carcajada y le dio una palmada en el hombro a Mario. No te sientas mal.

Una vez yo le dije a Juan que un arreglo musical que quería hacer era demasiado complicado para funcionar en vivo. Tres semanas después lo estaba tocando en el Auditorio Nacional frente a 10,000 personas. Los demás músicos rieron y Mario comprendió que lo que había pasado esa mañana no era algo único, sino parte de algo más grande sobre quién era Juan Gabriel.

 Esta historia nos enseña que la humildad no es solo reconocer cuando no sabes algo, sino también reconocer que no puedes decidir los límites de otra persona basándote únicamente en tu propia experiencia. Mario había trabajado con docenas de cantantes y había desarrollado una comprensión técnica sólida del sonido, pero esa experiencia lo había llevado a asumir que conocía límites universales, cuando en realidad solo conocía límites promedio.

 Juan Gabriel le enseñó esa mañana que la diferencia entre lo bueno y lo extraordinario está precisamente en esos lugares que la mayoría de la gente llama imposibles y que el trabajo de quienes rodean al artista es ayudarlo a alcanzar esos lugares en lugar de convencerlo de que no existen. La canción que Mario había escuchado cientos de veces en la radio adquirió un significado completamente diferente después de ese día, porque ahora sabía exactamente cuánto trabajo y cuánta determinación vivían detrás de esa nota que él había llamado imposible, sin

saber que estaba hablando con el único hombre en México que tenía derecho a opinar sobre si podía o no cantarla. Si te gustó esta historia, suscríbete al canal, deja tu like y activa la campanita para no perderte los próximos videos. Cuéntame aquí en los comentarios desde dónde estás viendo este video. Nos encanta saber de qué parte del mundo nos acompañan los fans de esta leyenda de la música mexicana.

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