EL CRIMEN MÁS BRUTAL DE MÉXICO: RENATA LUNA ASESINADA POR PADRASTRO PARA VENGARSE DE SU MADRE

La niña de 13 años fue encontrada por su propia madre y sus abuelos en el dormitorio con la cabeza completamente envuelta en cinta adhesiva y el cuerpo helado bajo una cobija como si estuviera durmiendo plácidamente. Apenas unas horas antes, Renata seguía sola en casa, ayudando a su madre a vender comida, como en cualquier otro día normal.
Nadie imaginó que la puerta de aquella pequeña vivienda se abriría a una escena tan espantosa que perseguiría a la familia por el resto de su vida. Pero lo que hace que este caso resulte todavía más doloroso no es solo la forma en que Renata murió, sino el hecho de que antes de eso madre e hija ya habían pedido ayuda, ya habían huido del peligro, ya habían creído que estaban a salvo.
Entonces, ¿quién fue el que logró llegar hasta Renata de todos modos? y por qué todos los esfuerzos de su madre no pudieron salvar a su hija. El 29 de junio de 2020, ese día, el hombre que había vivido con madre e hija fue descubierto intentando grabar a escondidas a Renata mientras ella estaba en el baño.
Renata, una niña que siempre había sido muy sensible a las señales extrañas, se dio cuenta de inmediato de que algo no estaba bien y corrió a avisarle a su madre. Karen quedó tan conmocionada que no podía creerlo, pero aún así lo enfrentó de inmediato y la respuesta que recibió fue aún más aterradora que la sospecha inicial.
Él admitió que quería hacerlo para desahogar su resentimiento después de las discusiones continuas con Karen. Inmediatamente después, Karen puso fin a la relación de casi 5 años con ese hombre. llevó a su hija ante la autoridad especializada en violencia familiar y violencia de género para denunciar lo ocurrido. Pero lo único que madre e hija recibieron fue una orden de protección sobre el papel, sin una investigación a fondo, sin una verdadera sensación de seguridad, creyendo que irse era la única manera de salvarse, Karen y Renata dejaron la antigua casa y
se mudaron a la calle Teposanes en la colonia Plutarco Elías Calles en Ixtapaluca, cerca del pequeño puesto de comida donde Karen seguía esforzándose cada día. Creyeron que habían logrado evitar el peligro. Pero 5co meses después, en la madrugada del 29 de noviembre, mientras Renata seguía profundamente dormida, tras una noche de quedarse despierta conversando con sus amigos, Karen volvió a salir de casa en silencio para ir a su turno temprano en la fábrica de tabaco, sin siquiera tener tiempo de despedirse de su hija. Renata
Martinelli y Luna Reyes, nació el 22 de julio de 2007 en Nesacoyotle, México. era la única hija de Karen Reyes Carranza. Desde muy pequeña, Renata se destacaba por su nobleza y generosidad. Siempre pensaba en los demás antes que en sí misma. Si tenía algo para compartir, lo hacía sin dudar, especialmente con quienes más lo necesitaban.
Decía convicción que cuando fuera grande construiría un albergue para ayudar a la gente. Renata era una niña con carácter. Defendía a sus amigas y no permitía que ningún hombre las mirara de forma irrespetuosa o les dijera algo fuera de lugar en la calle. Si algo pasaba, ella respondía con firmeza. En 2020, con 13 años, vivía en Izapaluca junto a su madre y la pareja de esta, un hombre llamado Carlos Daniel N.
Chóer de combi, criado en un entorno de mujeres. Renata cursaba el segundo año en la secundaria oficial Gabriela Mistral 111. Era una excelente alumna. Con la pandemia tomaba clases en línea y no salía de su habitación hasta haber terminado todas sus tareas. Le apasionaba el baile, especialmente el jazz, y tomaba clases todos los días. Su sueño era convertirse en bailarina profesional.
También ayudaba a su mamá en el pequeño local de comida mexicana que tenían, donde preparaban guaraches. Por las tardes solía ir a casa de sus abuelos en la colonia Chocolines. El 29 de junio de 2020 marcó el inicio de su tragedia. Ese día su padrastro intentó grabarla mientras se bañaba. Renata se dio cuenta y se lo dijo a su mamá de inmediato.
Karen, aún en shock, enfrentó al hombre, quien confesó que lo hizo como una forma de vengarse por las discusiones constantes que tenía con ella. Karen puso fin de inmediato a una relación que llevaba casi 5 años y junto con su hija acudió a la Agencia especializada en violencia familiar, sexual y de género para presentar una denuncia por acoso sexual.
Las autoridades solo emitieron una orden de protección. No hubo investigación. Madre e hija dejaron la casa donde vivían, creyendo que estarían más seguras. se mudaron a una vivienda en la calle Teposanes, en la colonia Plutarco Elías Calles en Istaluca, cerca del pequeño restaurante que Karen seguía atendiendo.
5 meses después de aquel primer incidente, el 29 de noviembre, Renata pasó la noche despierta chateando con sus amigos hasta altas horas de la madrugada. Se quedó profundamente dormida y no hubo ruido, por más fuerte que fuera, que lograra despertarla. Ni siquiera escuchó cuando su madre salió a trabajar esa madrugada.
Karen, su mamá, había conseguido un segundo empleo en una fábrica de cigarros. Aunque era domingo, le tocaba turno, así que tuvo que salir temprano. No alcanzó a despedirse de su hija porque Renata seguía dormida profundamente. Además, ese día no pudo comunicarse con ella. El celular de Renata estaba descompuesto. La jornada fue pesada.
Y entre el cansancio y la rutina, Karen no notó que su hija no la había llamado como solía hacerlo a veces. El plan era simple. Cuando Renata despertara, iría a casa de sus abuelos para no quedarse sola. Pero eso no pasó. Renata nunca llegó con sus abuelos. Al principio nadie se alarmó. Pensaron que quizá había dormido más de la cuenta o que Karen le habría permitido salir con alguna amiga.
Pero con el paso de las horas, la preocupación comenzó a crecer. Ya para la noche, la ansiedad se volvió angustia. Nadie sabía nada de ella. Algunos vecinos recordaron que entre las 8:30 y las 9 de la mañana habían notado la puerta del zaguán entreabierta, pero no prestaron más atención. Fue hasta el anochecer cuando la familia, sin noticias de Renata durante todo el día, temió lo peor, que alguien se la hubiera llevado.
Karen regresó a casa junto con sus padres. Nadie tenía llaves porque Renata se había quedado con el único juego. Golpearon la puerta, la llamaron una y otra vez, pero no hubo respuesta. Desesperados, forzaron la entrada. Dentro la casa estaba a oscuras. Al avanzar encontraron el espejo de cuerpo completo del cuarto roto. El cesto de la ropa sucia estaba volcado.
En el piso, el celular de Renata. Sobre la cama, un bulto cubierto con cobijas. Al principio pensaron que aún dormía. Karen se agachó para recoger el celular de su hija. Sus padres, llenos de preocupación, corrieron a destapar el bulto sobre la cama. Al quitar las cobijas, vieron algo que ninguna familia debería tener que presenciar.
El cuerpo de Renata, aún con su pijama, acostada con los brazos a los costados, tenía la cabeza completamente envuelta con cinta gris de ferretería. Estaba fría. Moretones marcaban su cuerpo. El abuelo intentó quitarle la cinta, desesperado por practicarle respiración artificial, pero ya no había nada que hacer. Renata había muerto. Llamaron de inmediato a las autoridades.
Llegaron al lugar, confirmaron el fallecimiento y se llevaron el cuerpo. Mientras el dolor apenas empezaba a asentarse, Karen no dudó en señalar al que ella creía responsable. Su expareja, Carlos, según ella, era el único hombre que habría podido hacerle daño a Renata. No solo tenía antecedentes.
Meses atrás había intentado grabarla en el baño. También era violento. Karen lo sabía y también sabía que lo había denunciado, pero la denuncia, como tantas otras, no fue tomada en serio. Las autoridades solo emitieron una orden de protección y nunca llamaron al hombre a declarar. Cuando la policía fue a buscar a Carlos, él ya se había fugado con su familia.
Comenzaron a buscarlo, pero sin resultados concretos. Karen estaba devastada y con toda razón culpaba a las autoridades. Había hecho lo correcto al denunciar. Había pedido ayuda y nadie la escuchó. Nadie actuó a tiempo. Para ella, la negligencia fue lo que terminó costándole la vida a su hija. Días después del asesinato, la investigación seguía estancada.
No había una orden de apreensón. Se habían realizado tres peritajes en la escena, pero no se había logrado reunir evidencia clara contra el presunto responsable. La indignación creció. Compañeros de Renata, dolidos y enojados, alzaron la voz en redes sociales con el hashtag justicia para Renata. convocaron marchas que fueron encabezadas por Karen y su hermana Dulce Reyes.
También participó Damián, primo de la niña, quien dijo que con la muerte de Renata le habían arrancado una parte del alma. Las protestas por el caso de Renata comenzaron a aparecer en los medios locales. Fue esa presión pública, las marchas, las voces en redes sociales, las pancartas, lo que obligó a las autoridades a empezar a moverse.
La familia Reyes no se quedó callada. En la fachada de su casa pintaron un mural en memoria de Renata y dentro del hogar un altar seguía intacto, flores, velas, recuerdos y una fotografía enmarcada con un mensaje que intentaba aliviar tanto dolor. Hoy tu luz se apagó en la tierra para alumbrar desde el cielo. Un ángel nunca muere.
Algunos miembros de la familia se tatuaron un ángel con alas y el nombre de Renata en el brazo. Era su manera de tenerla siempre presente, de no dejar que su memoria se perdiera en medio de tanto silencio. Los días seguían pasando y la familia seguía pidiendo justicia. El 7 de marzo de 2021, Karen se unió a miles de mujeres en la marcha del Día Internacional de la Mujer.
La actividad fue organizada por la colectiva Libertad Morada Iztapaluca. recorrieron las calles, llegaron a distintas dependencias municipales y alzaron la voz no solo por Renata, sino por todas las mujeres víctimas de feminicidio en México. En esa marcha también participaron niñas, muchas de ellas marcadas por lo que le ocurrió a Renata.
No querían ser la próxima. Pero a pesar de todo ese esfuerzo, la justicia no llegó rápido. Pasaron 7 meses y la carpeta de investigación no mostraba avances. Nadie daba respuestas claras. La fiscalía no podía explicar por qué no había detenidos ni por qué el caso parecía estancado. Con el tiempo, el dolor comenzó a mezclarse con la desesperanza.
La familia temía que Renata terminara siendo una cifra más. Una de tantas mujeres asesinadas sin justicia en un país donde esa historia se repite demasiado. Era una época difícil para las familias, para las mujeres y también para un gobierno rebasado por la violencia. La situación fue golpeando cada vez más fuerte. Karen, que había dedicado todo su esfuerzo a buscar justicia, terminó perdiendo su casa y su trabajo.
Había dejado todo por completo para buscar al responsable de la muerte de su única hija. El 3 de octubre de 2021, madres, familiares de víctimas de feminicidio y desapariciones, junto con activistas y organizaciones civiles, se reunieron en la glorieta a Colón, que ahora lleva el nombre simbólico de Glorieta de las mujeres que luchan.
Era una protesta necesaria, una exigencia colectiva frente a una realidad dolorosa. La violencia contra las mujeres no se detenía y el gobierno seguía sin dar respuestas efectivas. En esa jornada, los manifestantes exigieron hablar con la alcaldesa Maricela Serrano. La funcionaria accedió a recibirlos en el cabildo, donde se comprometió personalmente a garantizar la seguridad de Karen.
Para ese momento, el asesino de su hija, Renata, seguía libre. Karen no se quedó callada. explicó que desde junio de 2020 había denunciado el acoso que su expareja había ejercido contra su hija. Lo había hecho a tiempo, pero nadie la protegió. Y lo más grave, esa denuncia ni siquiera fue incluida como antecedente en la investigación del feminicidio.
Por eso, las autoridades inicialmente descartaron al sospechoso. Ni siquiera fue llamado a declarar. Esa omisión fue una herida más. Pero algo cambió. Después de la protesta, la presión social y la movilización surtieron efecto. Días más tarde, el poder judicial finalmente emitió una orden de captura contra el principal sospechoso. Tardaron, sí, pero llegó.
La detención ocurrió el 26 de diciembre de 2021 en la región de los volcanes en Amecameca. Carlos fue interceptado por la policía en un control de rutina mientras viajaba en una camioneta con su familia. Al revisar sus documentos, los agentes confirmaron que tenía una orden de aprensión vigente.
Lo arrestaron de inmediato y lo trasladaron al centro de readaptación social de Hutsilingo, donde se iniciaría el proceso legal. Dos días después, el 28 de diciembre, se realizó la primera audiencia en los tribunales de Chalco. La familia de Renata fue convocada. Karen, después de tantos meses de incertidumbre, tuvo al frente a su expareja.
El hombre que según ella le arrebató a su hija estaba dispuesta a enfrentar lo que fuera necesario, no solo para exigir justicia, sino para escuchar de su propia boca qué le había hecho a su hija y para que de una vez por todas él aceptara su culpa. Las audiencias comenzaron con la intervención de la fiscalía. Desde el inicio se dejaron claras las pruebas que apuntaban directamente a Carlos como responsable.
No solo se retomó el antecedente del acoso que él había cometido contra Renata meses antes del crimen. También se presentó una prueba contundente. ADN hallado en el cuerpo de la niña. Primero se analizó el perfil genético con el de su padre, lo cual dio una coincidencia alta. Eso confirmó que el material biológico correspondía a Carlos.
Era una prueba difícil de rebatir. La fiscalía también expuso cómo habría sucedido todo aquel día. Sostenían que Carlos conocía muy bien la rutina de la casa. Sabía a qué hora trabajaba su expareja, Karen, y cuando Renata solía quedarse sola. Ese 29 de noviembre aprovechó que Karen salió temprano para su turno y entró a la vivienda.
Según lo que presentó el Ministerio Público, la sometió, le colocó cinta adhesiva en la cabeza, abusó de ella y luego la asfixió. Después huyó, creyendo que nadie lo descubriría. Lo que no anticipó fue la fortaleza de Karen, su capacidad para luchar, para no rendirse. Ella no dejó el caso en silencio y su perseverancia fue clave para que las cosas avanzaran hasta ese punto.
A pesar del peso de las pruebas, la jueza de control determinó darle al acusado una ampliación de 144 horas para decidir si sería vinculado a proceso o no. Fue una espera difícil para la familia. Karen, en declaraciones a la prensa, dijo que estar sentada en esa sala penal y escuchar cómo le arrebataron a su hija era revivir una y otra vez el mismo dolor.
Denunció además que Carlos, durante la audiencia se mostró con una actitud burlona, cínica, sin mostrar en ningún momento señales de arrepentimiento. Finalmente, el 31 de diciembre, después del plazo concedido, el juez dictó vinculación a proceso. Consideró que las pruebas eran suficientes. También ordenó prisión preventiva para el acusado y estableció un plazo de 3 meses para el cierre de la investigación complementaria.
El día de la audiencia, familiares, amigas, vecinas y organizaciones feministas se reunieron afuera de los juzgados. Querían hacer visible su exigencia. Pena máxima para el responsable de la muerte de Renata. Al grito de justicia para Renata colocaron veladoras, pancartas y globos blancos en la entrada.
Era un acto de apoyo, de solidaridad con Karen, la madre, que enfrentaba uno de los momentos más duros de su vida. Karen declaró a los medios que sentía algo de alivio al saber que comenzaría el 2022 con un feminicida menos en las calles, pero aclaró que era un consuelo amargo. Aunque le dieran la pena máxima, su hija no volvería y ese vacío no lo llenaría ningún castigo.
Durante la manifestación, algunos colectivos compartieron cifras que dejaban claro que el caso de Renata no era un hecho aislado. Según el secretariado ejecutivo del Sistema Nacional de Seguridad Pública, el Estado de México encabezaba la lista de feminicidios con 130 casos. Le seguían Veracruz, Jalisco, Ciudad de México y Nuevo León.
Sin embargo, señalaron que estas cifras oficiales no reflejaban la verdadera magnitud del problema. Las inconsistencias en el registro de los feminicidios y la falta de criterios claros entre estados hacían que muchas muertes violentas no fueran reconocidas como tales. De hecho, según el Observatorio Ciudadano Nacional de Feminicidios, solo el 20% de las muertes violentas de mujeres eran consignadas oficialmente como feminicidios.
La familia de Renata, a pesar de todo, conservaba una esperanza que el juicio avanzara. que se hiciera justicia como debía. Pero ese cierre nunca llegó del todo. El domingo 16 de enero de 2022, Carlos Daniel, de 35 años, fue hallado sin vida en su celda del Centro Penitenciario y de Reinserción Social de Yuxilingo, al oriente del Estado de México.
Según informó la subsecretaría de Control Penitenciario, los custodios notaron que no respondió al pase de lista. Al revisar lo encontraron sin signos vitales. Su cuerpo estaba envuelto en una cobija entre el baño y la pared del calabozo. El hombre fue trasladado a la enfermería del penal en un intento por brindarle atención médica, pero ya no había nada que hacer.
Cuando llegó, los médicos solo pudieron constatar su fallecimiento. El certificado de defunción emitido por el médico de guardia en ese momento señalaba que el cuerpo no presentaba marcas evidentes ni lesiones externas visibles. A simple vista, parecía una muerte sin violencia, sin señales claras que indicaran una causa directa.
Sin embargo, horas más tarde, el informe forense reveló una realidad completamente distinta. Según los resultados de la autopsia, la causa del fallecimiento fue un edema cerebral provocado por una asfixia mecánica producto de un estrangulamiento. Es decir, alguien le había quitado la vida presionando su cuello y eso había causado una acumulación letal de líquido en su cerebro.
Tras la confirmación oficial de su muerte, las autoridades iniciaron una investigación interna en el centro penitenciario de Yuxilsingo con el fin de esclarecer los hechos. Desde el inicio surgieron dudas. Resultaba poco creíble que se hubiera tratado de un suicidio, sobre todo por la forma en la que el cuerpo fue hallado, envuelto en una cobija colocado entre el baño y la pared del calabozo.
Los investigadores comenzaron a interrogar a otros reclusos del área de procesados, buscando cualquier dato que pudiera arrojar luz sobre los momentos previos a la muerte de Carlos. Preguntaron si alguien había visto o escuchado algo inusual, si había habido conflictos, amenazas o comportamientos extraños.
Sin embargo, ninguno de los internos aportó información relevante. Todos afirmaron no haber notado nada fuera de lo normal y no se logró obtener detalles que ayudaran a aclarar lo ocurrido. Karen, la madre de Renata, se enteró de la muerte del hombre a través de los medios de comunicación. No recibió un aviso oficial previo ni detalles sobre cómo sucedió todo.
Declaró públicamente que no sabía si él había actuado movido por la culpa o si alguien dentro del penal había tomado justicia por su cuenta. Tampoco sabía si se trataba de algo planeado o si fue un acto espontáneo. Lo cierto es que no tenía respuestas. Ante esta incertidumbre, varias organizaciones feministas alzaron la voz.
Consideraban que la muerte de Carlos era altamente sospechosa y exigieron que se investigara con rigor. Señalaron que la familia de Renata había estado esperando justicia a través de los cauces legales con una sentencia firme y ahora, con la muerte del acusado, esa posibilidad se les había arrebatado. Pocos días después, Karen informó que la fiscalía le comunicó que el cuerpo de Carlos no presentaba signos visibles de violencia externa y por eso preliminarmente se había clasificado como una muerte natural. Sin embargo, ella no quiso
precipitarse en sacar conclusiones. Aclaró que prefería esperar los resultados finales de la investigación antes de decir si fue un asesinato, un suicidio o si había ocurrido algo diferente. Aún así, confesó que dudaba profundamente de la versión inicial proporcionada por el Ministerio Público. recordó que Carlos no tenía ninguna enfermedad diagnosticada que pudiera haber causado su muerte de forma repentina.
Karen exigió a las autoridades que no solo se esclareciera la muerte de Carlos, sino que también se retomara con seriedad la investigación del feminicidio de su hija. Reclamó que se cumpliera con la reparación del daño, como lo marca la ley, y pidió que el caso de Renata no fuera archivado ni olvidado.
recordó que el plazo máximo para recabar evidencia contra el acusado vencía en marzo de ese año, por lo que todavía había tiempo para demostrar mediante pruebas periciales si él había sido el responsable del crimen. Insistió en que aunque Carlos hubiera muerto, lo hizo bajo el principio de presunción de inocencia, lo que dejaba abierta la necesidad de confirmar.
Tres meses después del asesinato de Renata, su familia y personas cercanas organizaron una conmemoración especial para recordarla, aprovechando la celebración del día del niño. El evento tuvo lugar en la colonia Chocolines, un sitio muy significativo para ella, ya que pasaba gran parte de sus tardes allí, rodeada de sus abuelos y primos.
La ceremonia se llevó a cabo frente al memorial que sus seres queridos habían erigido en su honor. Allí su rostro seguía presente, plasmado con ternura y fuerza, como símbolo de una vida joven truncada por la violencia, pero también como recordatorio de su espíritu generoso y valiente. Más adelante, el 25 de julio, tan solo tres días después de lo que habría sido su cumpleaños número 15, la familia de Renata decidió no realizar una fiesta tradicional.
En su lugar organizaron varias actividades conmemorativas en el panteón, donde descansan sus restos, la madre, los tíos, los primos, los abuelos, vecinos y amigas. junto con colectivos feministas que habían acompañado el caso desde el principio, se reunieron para rendirle homenaje desde el respeto y la memoria. Ese mismo día también fue pintado un nuevo mural, el tercero en su honor.
Esta vez fue realizado en la esquina de las calles Escalerillas y Cordobanés en la colonia metropolitana del municipio de Nesa Walcoyotl. Ese barrio fue el lugar que la vio crecer, donde dio sus primeros pasos y vivió muchos de los momentos felices de su infancia antes de ser víctima de un crimen que conmovió a la comunidad entera.
El primer mural dedicado a Renata había sido pintado en Iztapaluca, cerca de la casa donde vivía. El segundo fue colocado en un punto visible sobre la carretera Federal México Puebla, junto a los rostros de otras niñas y mujeres víctimas de feminicidio en el país. Su madre, Karen, explicó que el objetivo de estos murales no era solo mantener vivo el recuerdo de su hija, sino también evitar que su caso quedara en el olvido.
Cada imagen de Renata en las paredes tenía la intención de visibilizar la violencia que viven muchas niñas y adolescentes y de exigir justicia en su nombre. En todas las ocasiones, el encargado de pintar a Renata fue el mismo artista urbano y muralista, Microne. Él se tomó la tarea con responsabilidad y compromiso, plasmando no solo el rostro de la adolescente, sino su esencia.
Una niña con sueños, alegría y mucho amor por los suyos. El mural más reciente fue pintado en una casa con especial valor sentimental, la vivienda que perteneció a la bisabuela de Renata. Allí crecieron sus abuelos y aunque Renata y su madre vivían en Izapaluca, solían visitar esa casa casi cada fin de semana.
Karen comentó que debido a que trabajaba en Nesa Walcoyot, le era más práctico dejar a su hija en ese hogar familiar. Además, sabía que allí estaba rodeada de cariño y era tratada con un amor especial por toda la familia. Durante ese mismo mes de julio se celebró la última audiencia relacionada con el caso de Renata.
En ella se presentó el acta de defunción de Carlos, el principal sospechoso documento que confirmaba oficialmente que su muerte se había producido por un edema cerebral secundario a una asfixia mecánica por estrangulamiento. Con el proceso penal cerrado y sin posibilidad de avanzar por la vía judicial, ya no había otra forma de acceder a la justicia para Renata ni para su familia.
Lo único que aún quedaba pendiente era la reparación integral del daño, un derecho reconocido, pero aún sin cumplirse. Karen denunció públicamente que enfrentaba múltiples obstáculos por parte de la Comisión Ejecutiva de Atención a Víctimas del Estado de México. A pesar de que el juez del caso determinó que esta institución era la responsable de garantizar la reparación, la comisión alegaba que no podía efectuar el pago correspondiente.
Para Karen, esta negativa era una afrenta más. Señaló lo agotador que había sido todo el proceso desde el feminicidio de su hija, la denuncia, la espera, la lucha por justicia. Y ahora también se les negaba una reparación que no era un favor, sino una obligación legal respaldada por un fondo destinado precisamente a estos casos.
Ante esta situación, Karen decidió no quedarse en silencio. Se sumó al colectivo Verdad y Justicia, donde acompaña a otras madres y familias que también han sido víctimas de feminicidio o violencia de género en el Estado de México. ¿Qué opinas sobre el papel de las madres en la búsqueda de justicia? ¿Qué sentimiento te deja esta historia? ¿Qué mensaje te gustaría dejarle a una madre que hoy está luchando por justicia para su hija? Queremos saber tu opinión.
Te leemos en los comentarios.
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