Diego Canché: El Leñador Que Siguió un Mapa Maya por Oro y Entró Donde los Árboles No Son Humanos

Bienvenido a esta jornada por uno de los casos más macabros y aterrorizantes de la historia de México. Antes de comenzar, te invito a dejar en los comentarios aquí abajo de dónde estás viendo este vídeo y a qué horas. Y también si te gustan historias como esta, suscríbete al canal para más casos diarios.
¿Listo? Ahora aumenta el volumen y vamos a comenzar. En 1934, un funcionario del Registro Agrario del Estado de Campeche archivó un expediente que permanecería olvidado durante décadas. El documento, amarillento y manchado por la humedad del trópico, contenía el testimonio de varios campesinos de una aldea llamada Ispujil, ubicada a unos 60 km al sureste de la cabecera municipal de Calacmul.
Los testimonios describían la desaparición de un hombre conocido como Diego Canché, un leñador de aproximadamente 35 años que según los registros parroquiales de la época había sido bautizado en 1899 en la misma localidad. Lo que hacía peculiar este caso no era la desaparición en sí, algo relativamente común en aquella región selvática donde los hombres podían perderse durante días entre la espesura.
Lo verdaderamente inquietante eran las circunstancias descritas por quienes lo vieron por última vez y los hallazgos posteriores que nunca fueron explicados de manera satisfactoria. El expediente fue redescubierto en 1963 por un estudiante de antropología de la Universidad Nacional Autónoma de México que realizaba trabajo de campo en la región.
Sus notas, que hoy se conservan en el archivo histórico de la Facultad de Filosofía y Letras, sugieren que intentó investigar el caso, pero abandonó el proyecto abruptamente. En una carta dirigida a su director de tesis, fechada en agosto de ese mismo año, escribió una frase que ha intrigado a quienes posteriormente revisaron el material.
Hay cosas en la selva de Calacmul que la ciencia moderna no está preparada para explicar y quizás sea mejor así. La aldea de Expúgil en aquel entonces era poco más que un conjunto de chozas dispersas alrededor de una capilla franciscana construida a finales del siglo XIX. La selva la rodeaba por todos los flancos, una masa verde e impenetrable que los habitantes locales trataban con una mezcla de respeto y temor ancestral.
Los registros del censo de 1930 indican que la población no superaba 80 almas. En su mayoría campesinos de origen maya que cultivaban maíz y frijol en pequeñas parcelas ganadas a la vegetación mediante el sistema de rosa y quema. La vida era dura, las cosechas inciertas y la muerte por enfermedades tropicales o accidentes de trabajo, algo cotidiano.
Diego Canché era conocido en la aldea como un hombre reservado, alto y delgado, con la piel curtida por años de trabajo bajo el sol inclemente del trópico. Según los testimonios recogidos, llevaba una cicatriz notable en el párpado izquierdo, resultado de un accidente con un machete cuando era adolescente. Los vecinos lo describían como trabajador pero solitario, alguien que prefería la compañía de los árboles a la de sus semejantes.
nunca se casó, aunque algunas mujeres del pueblo recordaban haberlo visto en los bailes de las fiestas patronales, siempre en los márgenes, observando sin participar, vivía en una choa heredada de su padre, un hombre llamado Jacinto Canché, que había fallecido en 1928 en circunstancias que los registros parroquiales describen simplemente como muerte natural, aunque los rumores de la época sugerían algo diferente.
Lo que nadie en Expujil podía imaginar era que la muerte de Jacinto Canché había dejado algo más que una choza vacía y unas pocas herramientas oxidadas. Debajo de una tabla suelta del piso de tierra apisonada, Diego encontraría años después un objeto que cambiaría el curso de su vida y, según algunos testimonios, el destino de toda la región.
El invierno de 1933 fue particularmente cruel para Expujil. Las lluvias habían llegado tarde y se habían ido temprano, dejando las milpas secas y los graneros vacíos. Para noviembre, varias familias habían comenzado a emigrar hacia Campeche o Mérida en busca de trabajo, dejando atrás chozas abandonadas que la selva reclamaría en cuestión de meses.
Los que permanecieron enfrentaban un panorama sombrío, reservas de maíz que apenas alcanzarían hasta febrero, animales domésticos que morían de hambre y niños con los vientres hinchados por la desnutrición. Fue en este contexto de desesperación que Diego Canché tomó una decisión que marcaría el inicio de los eventos que culminarían en su desaparición.
Según el testimonio de Aurelio Pech, un anciano de 72 años que declaró ante el funcionario del registro agrario, Diego se presentó en su casa una noche de diciembre con un objeto extraño en las manos. Era un pedazo de cuero de venado ennegrecido por el tiempo en el que se habían trazado líneas y símbolos con una tinta que Aurelio no pudo identificar.
Diego le explicó que lo había encontrado entre las pertenencias de su padre, escondido debajo del piso de la choa. El anciano Aurelio, que según los registros parroquiales era el hombre más viejo de Espugil y el único que todavía hablaba con fluidez la lengua maya de sus antepasados, examinó el objeto con expresión grave.
Lo que vio lo perturbó profundamente. En el cuero estaban dibujados los contornos de una zona de la selva que él reconocía, un área aproximadamente a 15 km al noroeste de la aldea, donde los árboles crecían más altos y densos que en cualquier otro lugar. Los antiguos la llamaban kax mujal, que en maya yucateco significa aproximadamente selva de las nubes o bosque nublado.
Era un lugar que los habitantes de Expujil evitaban por tradición inmemorial, aunque ninguno de los más jóvenes podía explicar exactamente por qué. Junto al dibujo del terreno, el cuero mostraba una serie de glifos que Aurelio identificó como escritura maya antigua, aunque de un estilo que no había visto antes.
Según su testimonio, las líneas trazaban un camino hacia un punto marcado con un símbolo que representaba un árbol, pero no un árbol cualquiera. era el glifo de lo que los antiguos mayas llamaban Jax, el árbol sagrado, la seiva que en la cosmología mesoamericana conectaba el mundo de los vivos con el inframundo y el cielo.
Pero este glifo tenía una diferencia crucial. De sus ramas parecían gotear pequeños círculos que Aurelio interpretó como gotas de algún líquido y junto a cada gota el símbolo inequívoco del oro. Diego, según el testimonio, escuchó la explicación del anciano con una mezcla de escepticismo e interés. Era un hombre práctico, formado en la dura escuela de la supervivencia campesina, poco dado a creer en leyendas o supersticiones.
Pero la hambruna que azotaba a su pueblo era real, y la posibilidad de encontrar oro, por remota que fuera, representaba la única esperanza de salvar a su comunidad. Le preguntó a Aurelio si conocía la historia detrás del mapa, si sabía por qué su padre lo había mantenido oculto durante tantos años.
El anciano guardó silencio por un largo momento. Cuando finalmente habló, su voz era apenas un susurro. dijo que había escuchado historias de sus propios abuelos, relatos que se transmitían de generación en generación entre los pocos que todavía recordaban las tradiciones antiguas. Historias sobre un lugar en la selva donde los árboles no eran exactamente árboles, donde la madera sangraba una resina dorada que los españoles habían buscado durante siglos sin encontrar.
Pero también había advertencias. Los que iban a ese lugar, decían las historias, no regresaban o regresaban cambiados, con la mirada perdida y el cabello encanecido, murmurando palabras en lenguas que nadie reconocía. El padre de Diego Jacinto había sido uno de los pocos que conocía la ubicación exacta, un secreto heredado de su propio padre y del padre de su padre, remontándose a tiempos anteriores a la conquista española.
Diego agradeció al anciano su ayuda y se marchó con el mapa. Aurelio declaró que intentó disadirlo, que le advirtió sobre los peligros de buscar lo que los antiguos habían ocultado deliberadamente, pero el joven leñador estaba decidido. La hambruna no esperaba y las historias de viejos eran solo eso, historias. Al día siguiente, antes del amanecer, Diego Canché partió hacia la selva con su machete al hombro y el mapa de cuero guardado en un morral de Enequén.
Varios vecinos lo vieron alejarse por el sendero que conducía al norte, su figura alta y delgada, recortada contra la luz grisácea del alba. Ninguno de ellos imaginaba que esa sería la última vez que verían a Diego Canché como el hombre que habían conocido. Los primeros días de la expedición de Diego quedaron registrados gracias a un cuaderno que fue encontrado posteriormente, un pequeño libro de cuentas que había pertenecido a su padre y que Diego utilizó como diario de viaje.
Las anotaciones escritas con letra apretada y tinta desbaída proporcionan un relato de primera mano de lo que el leñador experimentó en la selva de Calacmul. El cuaderno fue entregado al funcionario del registro agrario por una mujer llamada Francisca Tun, quien declaró haberlo encontrado en la choza de Diego varios meses después de su desaparición.
Las páginas finales estaban manchadas con algo que los análisis posteriores identificaron como una mezcla de savia vegetal y sangre humana. La primera anotación fechada el 15 de diciembre de 1933 describe el avance de Diego por senderos que él mismo había utilizado durante años para cortar leña y extraer chicle de los árboles de zapote.
El terreno le era familiar hasta cierto punto, pero a medida que se internaba más al noroeste, comenzó a notar cambios sutiles en la vegetación. Los árboles crecían más altos, sus troncos más gruesos y la luz del sol apenas penetraba el dosel de hojas que formaba un techo verde sobre su cabeza. El silencio también era diferente”, escribió Diego.
No era la ausencia de sonido, sino una cualidad particular del silencio, como si la selva estuviera conteniendo la respiración esperando algo. El 17 de diciembre, Diego anotó que había encontrado el primer marcador indicado en el mapa. una formación rocosa con forma de cabeza de jaguar, erosionada por siglos de lluvia tropical, pero todavía reconocible.
El mapa mostraba que debía seguir hacia el poniente desde ese punto, atravesando un arroyo que en esa época del año debería estar casi seco. Pero cuando llegó al lugar donde el arroyo debería encontrarse, no había ningún curso de agua. En su lugar encontró una depresión en el terreno cubierta de vegetación extraordinariamente verde, como si el suelo en ese lugar fuera más fértil que en cualquier otro sitio de la selva.
Diego escribió que el color de las plantas le recordaba al jade, ese verde profundo y brillante que los antiguos mayas consideraban más valioso que el oro. Fue al día siguiente, el 18 de diciembre, cuando Diego registró el primer evento verdaderamente inexplicable. Había acampado junto a la depresión verde, encendiendo una pequeña fogata para ahuyentar a los mosquitos y los animales nocturnos.
Despertó antes del amanecer con la sensación de que algo lo observaba. La fogata se había extinguido, aunque él estaba seguro de haber añadido suficiente leña para que durara toda la noche. Y cuando consultó el mapa a la luz de una vela, notó algo que lo dejó paralizado. La formación rocosa con forma de jaguar, que había dejado atrás el día anterior, ahora aparecía frente a él a menos de 50 m de distancia. Era imposible.
Él había caminado durante horas en dirección contraria. Sin embargo, ahí estaba la roca inconfundible, mirándolo con sus cuencas vacías como si nunca se hubiera movido. Diego, según sus propias palabras, consideró la posibilidad de que hubiera caminado en círculo sin darse cuenta, algo que podía suceder fácilmente en la selva densa, pero el mapa mostraba claramente que la depresión verde estaba al oeste de la roca, no al este, y él había seguido el mapa al pie de la letra.
La única explicación que se le ocurrió, una explicación que rechazó inmediatamente por absurda, era que el terreno mismo había cambiado durante la noche, que los puntos de referencia se habían movido mientras él dormía. Las anotaciones de los días siguientes muestran a un hombre cada vez más desorientado, pero decidido a continuar. Diego describe como los árboles parecían reorganizarse a su alrededor, como senderos que había recorrido el día anterior desaparecían sin dejar rastro, como el sol aparecía en direcciones inesperadas.
También comenzó a registrar sonidos que no podía explicar, crujidos en la maleza cuando no había viento, susurros que parecían formar palabras en una lengua que él no reconocía, pero que de alguna manera sentía que debería entender. Era como escuchar una conversación a través de una pared gruesa. Escribió.
Sabías que alguien hablaba, pero no podías distinguir qué decía. El 21 de diciembre, el solsticio de invierno, Diego encontró los primeros árboles. Su descripción es notablemente detallada, considerando el estado de agotamiento y confusión en el que debía encontrarse. Eran seibas, escribió, pero de un tamaño que él nunca había visto.
Sus troncos, cubiertos de espinas cónicas características de la especie alcanzaban alturas de más de 50 m. Las raíces sobresalían del suelo como los contrafuertes de una catedral gótica, formando cavidades y pasadizos lo suficientemente grandes para que un hombre caminara erguido. Y en la corteza de cada árbol, Diego observó de un color dorado que brillaban débilmente, incluso en la penumbra del sotobosque.
Cuando tocó una de esas betas con la punta del machete, brotó una sustancia viscosa del color del ámbar que se solidificó rápidamente al contacto con el aire. Diego recogió varias muestras de la resina dorada y las guardó en su morral. Si el material era lo que él pensaba, su comunidad estaba salvada. podría regresar a Expuchil, organizar una expedición más grande, extraer la resina y venderla en los mercados de Campeche o incluso en la Ciudad de México.
La hambruna terminaría, los niños dejarían de morir. Todo lo que tenía que hacer era encontrar el camino de vuelta. Pero esa noche, mientras intentaba dormir entre las raíces de una de las seivas gigantes, Diego escuchó por primera vez las voces con claridad. No eran susurros distantes ni crujidos ambiguos.
Eran palabras pronunciadas en un idioma que él reconoció vagamente como maya antiguo, aunque con una cadencia y una pronunciación que ningún hablante moderno utilizaría. Las voces parecían venir de todas direcciones a la vez, como si los propios árboles estuvieran hablando. Y aunque Diego no entendía la mayoría de las palabras, hubo una frase que se repitió varias veces, una frase que él pudo transcribir fonéticamente en su cuaderno.
Max Kulubul Kuhal, quien derriba, despierta. A la mañana siguiente, Diego tomó una decisión que marcaría el punto de no retorno de su expedición. decidió cortar uno de los árboles. Su razonamiento, según lo registrado en el diario, era práctico. Necesitaba madera para construir una balsa que le permitiera descender por alguno de los ríos de la región, acortando el camino de regreso.
Y además quería comprobar si el interior del tronco contenía la misma sustancia dorada que la corteza. Seleccionó uno de los ejemplares más pequeños. una seiva que apenas alcanzaba los 30 m de altura y comenzó a trabajar con su machete. Lo que sucedió a continuación fue descrito por Diego con una precisión clínica que contrasta notablemente con el contenido de sus palabras.
Cada golpe del machete escribió producía un sonido diferente al que debería producir el metal contra la madera. Era un sonido húmedo, orgánico, como el que haría un cuchillo al cortar carne. Y de cada herida en la corteza brotaba no solo la resina dorada, sino también un líquido más oscuro, de un rojo profundo que emanaba con la consistencia y el calor de la sangre fresca.
Diego retrocedió horrorizado, pero ya era demasiado tarde. El corte estaba hecho. Y cuando miró sus propias manos cubiertas de aquella sustancia rojiza, notó algo que lo dejó sin aliento. La piel de sus dedos, que esa mañana había estado bronceada y callosa como siempre, ahora mostraba manchas de un color grisáceo, como si hubiera envejecido años en cuestión de segundos.
Las anotaciones siguientes en el diario se vuelven cada vez más fragmentarias y difíciles de interpretar. Diego describe como encontró entre las raíces de las seivas los restos de lo que parecían ser estructuras de piedra cubiertas por siglos de vegetación, escalones que descendían hacia la oscuridad, muros cubiertos de glifos tallados que representaban figuras humanoides con raíces en lugar de piernas y ramas en lugar de brazos.
una plaza circular en cuyo centro se alzaba un altar de piedra manchado de algo que podría haber sido óxido o sangre seca. Los símbolos en el altar repetían una advertencia que Diego para entonces ya había comenzado a comprender. Cx Yetelm Junul Bay, la selva y el hombre, una sola cosa. Fue en esas ruinas donde Diego hizo el descubrimiento que según su propio testimonio, destruyó todo lo que creía saber sobre sí mismo y su familia.
Entre los escombros de lo que parecía haber sido un templo, encontró una serie de estelas de piedra caliza, cada una grabada con el nombre y la imagen de un individuo. Los rostros tallados mostraban rasgos inequívocamente mallas, pero con una particularidad inquietante. Todos tenían los ojos cerrados, como si estuvieran dormidos o muertos, y de sus bocas abiertas brotaban ramas y hojas.
Debajo de cada imagen había un glifo que Diego pudo identificar gracias a su conocimiento rudimentario de la escritura maya, el glifo de guardián o protector, seguido de un nombre. El último nombre de la lista grabado en la estela más reciente era Canché. Diego comprendió entonces lo que el anciano Aurelio había intentado decirle, lo que su padre había ocultado bajo el piso de la chosa, lo que las voces en la selva habían estado advirtiendo desde su llegada.
Su familia no había sido simplemente poseedora de un mapa secreto. Su familia había sido durante generaciones incontables los guardianes designados de aquel lugar sagrado, los protectores de los árboles que no eran exactamente árboles. Los custodios de un pacto antiguo entre los hombres y la selva.
un pacto que él acababa de romper con cada golpe de su machete. Las últimas páginas del diario de Diego Canché son casi ilegibles. La letra se vuelve temblorosa, irregular, como si la mano que sostenía la pluma hubiera perdido gran parte de su fuerza y coordinación. Las manchas de la sustancia rojiza se multiplican cubriendo fragmentos enteros de texto.
Pero entre los párrafos borrosos y las palabras incompletas es posible reconstruir el testimonio de un hombre que contemplaba su propia transformación con una mezcla de horror y aceptación resignada. Diego describe cómo su cuerpo comenzó a cambiar en los días posteriores al corte del árbol. Su piel, que ya había mostrado signos de envejecimiento prematuro, adquirió una textura rugosa, agrietada, semejante a la corteza de las seivas que lo rodeaban.
Sus articulaciones se volvieron rígidas, sus movimientos lentos y dolorosos. El cabello, que había sido negro y abundante se tornó blanco y quebradizo, cayendo en mechones que el viento se llevaba entre las ramas. Y en sus sueños, que ya no podía distinguir claramente de la vigilia, escuchaba las voces de los árboles contándole historias que abarcaban siglos, historias de hombres que habían venido antes que él, hombres con su mismo apellido, hombres que habían mantenido el pacto o lo habían roto y las consecuencias de cada elección.
comprendió que las seivas gigantes no eran simplemente árboles extraordinarios, eran los restos petrificados de los guardianes anteriores, transformados a lo largo de generaciones, en parte de la selva que habían jurado proteger. La resina dorada que brotaba de sus cortezas era el último vestigio de su humanidad, solidificado en ámbar eterno.
Y el líquido rojo que Diego había tomado por sangre era exactamente eso, la sangre de sus ancestros, circulando todavía por los conductos de aquellos troncos monumentales, manteniendo vivo el vínculo entre la tierra y quienes la habitaban. Diego escribió que intentó huir. Durante días o quizás semanas vagó por la selva buscando el camino de regreso a Expujil, pero cada sendero lo conducía de vuelta al claro de las ceivas.
Cada punto cardinal lo devolvía al altar de piedra. Cada amanecer lo encontraba más cerca de los árboles que había jurado no volver a tocar. Y con cada día que pasaba, su cuerpo se volvía más rígido, su mente más difusa, sus recuerdos de la vida anterior más lejanos y borrosos, como sueños olvidados al despertar. La última anotación legible del diario está fechada aproximadamente a mediados de enero de 1934, aunque Diego ya no estaba seguro del día exacto.
En ella describe una decisión que tomó en lo que él llama el momento de mayor claridad que me queda. Había comprendido que no podía deshacer lo que había hecho, que el árbol cortado no podía ser restaurado, que el pacto roto no podía ser reparado con disculpas o arrepentimiento. Pero había otra forma de enmendar su error, una forma que las voces le habían susurrado durante las largas noches de insomnio entre las raíces.
podía convertirse en el primer árbol de una nueva generación de guardianes. Diego describe cómo recogió las semillas de las seivas que crecían a su alrededor, pequeñas cápsulas cubiertas de una fibra algodonosa que los antiguos mayas utilizaban para rellenar almohadas y colchones. Cabó hoyos en la tierra negra del claro, depositó las semillas en cada uno y las regó con su propia sangre.
que para entonces brotaba de sus venas con la consistencia espesa de la savia. Plantó docenas de semillas, quizás cientos, en un círculo que rodeaba el altar de piedra y cuando terminó, se arrodilló en el centro del círculo y esperó. La última frase del diario es apenas un garabato trazado con una mano que ya no era completamente humana.
dice o parece decir, “Ya no tengo miedo. Los árboles me reciben.” El cuaderno fue encontrado, como se mencionó anteriormente, por Francisca Tun, una mujer de Expujilad con Diego antes de su desaparición. Ella declaró ante el funcionario del registro agrario que había entrado a la choza buscando alguna pista sobre el paradero del leñador varios meses después de que las búsquedas organizadas por los vecinos hubieran fracasado.
El cuaderno estaba sobre la mesa, abierto en la última página, como si alguien lo hubiera dejado ahí recientemente. Pero la choza llevaba meses abandonada y una capa de polvo cubría todos los demás objetos. El cuaderno estaba limpio. Francisca también declaró algo que los investigadores posteriores han encontrado difícil de explicar.
Dijo que junto al cuaderno había una pequeña bolsa de tela que contenía varias muestras de una sustancia dorada y sólida, similar al ámbar. Las muestras fueron enviadas a un laboratorio en la Ciudad de México para su análisis, pero el informe resultante nunca fue incluido en el expediente oficial. El funcionario del registro agrario anotó simplemente que los resultados fueron inconcluyentes y el material fue devuelto a la familia del desaparecido.
No hay registro de qué sucedió con las muestras después de eso. En los años siguientes, a la desaparición de Diego Canché, varios habitantes de Quispugil reportaron avistamientos extraños en la zona noroeste de la selva. Luces que brillaban entre los árboles durante las noches sin luna. sonidos que parecían voces humanas, pero que no pronunciaban palabras reconocibles.
Y en al menos tres ocasiones documentadas en los registros parroquiales, viajeros que se habían extraviado en esa dirección regresaron con relatos de haber visto un claro en la selva, donde crecían seivas de tamaño descomunal, rodeando lo que parecían ser ruinas de origen prehispánico. Uno de estos viajeros, un comerciante de chicle llamado Sebastián Cawi, declaró en 1941 que había visto en el centro del claro un árbol más pequeño que los demás, de tronco retorcido y ramas que se extendían hacia el cielo como brazos suplicantes.
Dijo que el árbol tenía una forma vagamente humana y que su corteza mostraba lo que parecían ser los rasgos de un rostro. Con los ojos cerrados y la boca abierta en un grito silencioso. La última investigación oficial sobre el caso de Diego Canché tuvo lugar en 1963, cuando el estudiante de antropología mencionado al principio de este relato, intentó localizar el lugar descrito en el diario.
Sus notas indican que pasó varias semanas en la región de Calacmul, entrevistando a los pocos ancianos que todavía recordaban los eventos de 30 años atrás y se explorando la selva en busca de las ruinas y los árboles extraordinarios. No encontró nada o para ser más precisos, encontró exactamente lo que cualquiera esperaría encontrar en esa parte de la selva maya.
vegetación densa, restos arqueológicos menores y ninguna evidencia de seivas gigantes o altares de piedra manchados de sangre. Sin embargo, en su carta de despedida a su director de tesis, el estudiante incluyó un detalle que no aparece en ningún otro documento del expediente. Escribió que durante su última noche en la selva había escuchado voces, voces que parecían venir de los árboles mismos.
susurrando en una lengua que él, como estudioso de las culturas mesoamericanas, reconoció como maya clásico, un idioma que no se hablaba de forma cotidiana desde hacía más de 1000 años. Y entre los susurros dijo haber distinguido una frase que se repetía una y otra vez como una advertencia o quizás como una bienvenida. La frase decía kimil in pixan inche. Mi espíritu murió, mi árbol vive.
El expediente del caso Diego Canché fue archivado definitivamente en 1965, clasificado como desaparición sin resolver en zona rural. Los documentos permanecieron en un sótano del Registro Agrario de Campeche hasta 1987, cuando fueron transferidos a un archivo regional durante una reorganización administrativa.
Durante esa transferencia, varios folios se extraviaron, incluyendo el informe del laboratorio sobre las muestras de resina dorada y las fotografías que supuestamente se habían tomado del cuaderno de Diego. Lo que queda del expediente son copias mecanografiadas de los testimonios, el acta de desaparición y una nota manuscrita de autor desconocido que dice simplemente ver también.
Registros de la reserva de la biosfera de Calacmul. Sección de anomalías botánicas no clasificadas. Los habitantes actuales de XPIL, una localidad que ha crecido considerablemente desde los años 30 gracias al turismo arqueológico de la zona, no suelen hablar del caso Diego Canché con los visitantes. Algunos de los más ancianos cuando se les pregunta mencionan vagamente una historia sobre un leñador que se perdió en la selva hace mucho tiempo, pero si se les presiona para obtener más detalles, suelen cambiar de tema o responder con evasivas. Hay cosas,
dicen, que es mejor no recordar. Hay lugares en la selva donde es mejor no entrar y hay nombres, añaden bajando la voz, que es mejor no pronunciar después de que oscurece. Lo que sí se sabe, gracias a los registros de la Comisión Nacional de Áreas Naturales Protegidas es que existe una zona de aproximadamente 200 hectáreas al noroeste de Expujil, que ha sido declarada área de acceso restringido desde 1989.
La razón oficial para esta restricción es la presencia de especies vegetales en peligro de extinción que requieren protección especial. Pero los guardabosques que patrullan los límites de esa zona cuando hablan fuera de protocolo, cuentan historias diferentes. Hablan de árboles que parecen moverse cuando nadie los mira, de senderos que cambian de dirección durante la noche, de sonidos que parecen voces humanas, pero que no dicen nada que tenga sentido.
y de un claro en el corazón de esa zona prohibida, donde crece un árbol solitario de forma extraña, un árbol cuya corteza muestra betas doradas que brillan bajo la luz de la luna. Ninguno de ellos, sin embargo, se ha acercado lo suficiente para confirmarlo. Ninguno quiere hacerlo, porque hay una leyenda entre los guardabosques de Calacmul, una leyenda que se transmite de veterano a novato cada vez que alguien nuevo llega a trabajar a la reserva.
La leyenda dice que si te acercas demasiado al árbol solitario, si lo miras directamente a la luz del amanecer, puedes ver un rostro en su corteza, un rostro con una cicatriz en el párpado izquierdo, un rostro que parece estar gritando o quizás cantando o quizás simplemente esperando, esperando a que alguien más rompa el pacto, esperando a que alguien más despierte lo que nunca debió ser despertado.
El expediente del caso Diego Canché permanece oficialmente cerrado, pero los archivos como la selva tienen sus propios secretos y algunos secretos como algunos árboles, nunca mueren realmente. Solo echan raíces más profundas, extienden sus ramas más alto y esperan. Esperan a que alguien encuentre el mapa escondido bajo el piso.
Esperan a que alguien siga las líneas trazadas en cuero de venado. Esperan a que alguien más escuche las voces entre las hojas y decida como Diego Canché decidió aquella mañana de diciembre de 1933, que las historias de los viejos son solo eso, historias, porque eso es lo que hacen los árboles. Esperan. Y la selva de Calacmul ha tenido mucho tiempo para aprender a esperar.
En algún lugar, entre las ruinas cubiertas de vegetación y los senderos que cambian de dirección, hay un claro donde crecen ceivas de tamaño imposible. En el centro de ese claro, rodeado por las semillas que plantó con su propia sangre, está el árbol que fue Diego Canche. Sus raíces se hunden en la tierra negra.
donde yacen los huesos de sus ancestros. Sus ramas se extienden hacia un cielo que él ya no puede ver. Y su corteza, según quienes afirman haberla tocado, es cálida al tacto, como si todavía corriera sangre por debajo de su superficie. Nadie sabe exactamente qué sucedió en aquellos días de diciembre y enero de 1933 y 34.
Nadie puede confirmar si el diario de Diego es un relato verídico o las alucinaciones de un hombre perdido y delirante. Nadie ha podido explicar las muestras de Resina Dorada, los testimonios de los viajeros, las voces que todavía se escuchan en ciertas noches sin luna. Pero hay quienes dicen que si caminas lo suficientemente lejos en la dirección correcta, si ignoras los senderos que intentan desviarte y las voces que te advierten que regreses, puedes encontrar el lugar donde los árboles sangran oro y los hombres se convierten en madera. Hay
quienes dicen que el pacto de los Canché no terminó con Diego, que hay otros descendientes dispersos por la península de Yucatán, otros guardianes potenciales que llevan en su sangre el código de acceso a aquel lugar sagrado. Hay quienes dicen que la selva está esperando, paciente como solo la selva puede ser, a que uno de ellos escuche el llamado y regrese a cumplir con su deber ancestral.
Y hay quienes dicen en voz muy baja y solo cuando están seguros de que nadie más puede escucharlos, que Diego Canché todavía está vivo, que su corazón todavía late lento y profundo como el pulso de la tierra misma en el interior de aquel tronco retorcido, que sus ojos, cerrados para siempre bajo la corteza rugosa, todavía sueñan con la aldea de Xpugil y los niños hambrient que él intentó salvar.
que su boca abierta en un grito o una canción que ya no puede escucharse, todavía pronuncia las palabras del pacto antiguo, las palabras que mantienen unida a la selva y evitan que los secretos enterrados bajo sus raíces escapen al mundo exterior. Quizás sea cierto. Quizás sea solo otra leyenda entre las muchas que nacen y mueren en las noches tropicales de Campeche.
Quizás el caso Diego Canché no sea más que una curiosidad archivística, un expediente amarillento en un sótano olvidado, una historia que ya nadie recuerda y a nadie le importa. Pero la próxima vez que camines por una selva tropical, la próxima vez que te encuentres rodeado de árboles tan antiguos que sus troncos podrían contar historias de siglos, la próxima vez que escuches un crujido entre las hojas o sientas que algo te observa desde la espesura, recuerda las palabras que Diego Canché escuchó en sus últimas noches como hombre. Recuerda la
advertencia que los antiguos mayas tallaron en piedra hace más de 1000 años. Recuerda que hay lugares donde la frontera entre lo humano y lo vegetal es más delgada de lo que imaginamos. donde los pactos del pasado todavía tienen poder sobre el presente, donde los árboles recuerdan y esperan y a veces reclaman lo que es suyo.
Max Kulubulajal, quien derriba, despierta. Y algunas cosas una vez despiertas nunca vuelven a dormirse.
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