Caso Real en Veracruz: La familia Juárez escuchó un canto que venía del pozo (1869)

Gaso real en Veracruz. La familia Juárez escuchó un canto que venía del pozo. 1869. Hola a todos, bienvenidos una vez más a nuestro canal. Si aún no te has suscrito, te invito a que lo hagas ahora. nos ayuda muchísimo a seguir trayéndoles estas historias que han marcado la historia de México. Y ya sabes, déjanos en los comentarios desde dónde nos estás viendo y a qué hora del día escuchas este relato.
Nos encanta saber que nos acompañan desde todas partes del continente. Bueno, sin más preámbulos, comencemos con esta historia que los va a dejar sin aliento. parte uno. El puerto de Veracruz en el año de 1869 hervía bajo un sol implacable que convertía las calles empedradas en hornos al aire libre. El olor a salitre se mezclaba con el aroma del café recién tostado y el pescado que los vendedores ofrecían en el mercado principal.
Era una ciudad de contrastes, elegantes casonas coloniales junto a humildes jacales de palma, comerciantes prósperos caminando al lado de estibadores que cargaban bultos en el muelle desde el amanecer hasta el anochecer. La familia Juárez vivía en una de esas casonas de dos pisos en la calle de la Mercedes cuadras del malecón.
Don Esteban Juárez, hombre de 52 años con bigote espeso y mirada seria, había construido su fortuna importando telas finas de Europa y vendiéndolas a las familias acomodadas del puerto y de Shalapa. Su esposa, doña Refugio, era una mujer devota que asistía a misa cada mañana en la parroquia de Nuestra Señora de la Asunción. Tenían tres hijos.
Emilio, de 26 años, quien ayudaba a su padre en el negocio. Carmen de 23, comprometida con un abogado de buena familia y el pequeño Rafael, de apenas 15 años, todavía estudiante en el colegio de los jesuitas. La propiedad de los Juárez era amplia para los estándares del puerto. Además de la casa principal, contaban con un patio trasero extenso donde doña Refugio cultivaba naranjos, limoneros y algunas plantas medicinales.
Al fondo del patio, casi escondido entre la vegetación descuidada, se encontraba un pozo antiguo. Nadie recordaba cuándo había sido construido. probablemente databa de la época en que aquellas tierras pertenecían a una hacienda más grande antes de que el crecimiento del puerto fraccionara las propiedades.
El pozo había dejado de usarse hacía más de 20 años. La familia obtenía su agua de un algive más moderno y cercano a la cocina, y aquel agujero oscuro en el suelo solo servía como advertencia para los niños. No se acerquen al pozo viejo, es peligroso”, repetía doña refugio cada vez que Rafael jugaba cerca.
Con el tiempo, la boca del pozo había sido cubierta con tablas de madera medio podridas y nadie prestaba atención a aquel rincón olvidado del jardín. Todo cambió una noche de septiembre de 1869. Era una de esas noches tropicales en que el calor se vuelve pegajoso y denso cuando ni siquiera la brisa del mar logra refrescar el ambiente.
La familia había cenado temprano, pescado a la veracruzana, preparado por Jacinta, la cocinera que llevaba 30 años sirviendo en la casa y cada quien se había retirado a sus habitaciones. Don Esteban repasaba las cuentas del negocio en su estudio. Doña refugio rezaba el rosario antes de dormir y los muchachos leían o conversaban en sus cuartos.
Cerca de las 11 de la noche, Carmen despertó sobresaltada. Al principio no supo que la había sacado del sueño. Se quedó quieta en la cama escuchando. La casa estaba en silencio. Solo se oía el canto distante de los grillos y el ladrido ocasional de algún perro callejero. Estaba por cerrar los ojos nuevamente cuando lo escuchó. Un canto.
Era débil, apenas perceptible, pero definitivamente era una voz humana. se incorporó en la cama y agusó el oído. La voz parecía venir de afuera, desde el patio trasero. Era una tonada melancólica, sin palabras claras, como el tarareo de alguien que canta para sí mismo. Carmen sintió un escalofrío a pesar del calor, se levantó, se puso una bata sobre el camisón y salió al pasillo.
La puerta del cuarto de su hermano Emilio estaba entreabierta. Emilio susurró. Su hermano apareció en la puerta, también vestido para dormir, pero con expresión de alerta. “¿Tú también lo escuchaste?”, preguntó en voz baja. Carmen asintió. Juntos bajaron las escaleras, procurando no hacer ruido. Al llegar al corredor que daba al patio trasero, se detuvieron junto a la puerta.
El canto seguía ahí, más claro ahora. Era definitivamente una voz masculina. grave y lastimera que parecía surgir de las profundidades de la tierra. “Viene del fondo del patio”, dijo Emilio. Abrió la puerta con cuidado y salieron. La luna llena iluminaba el jardín con una luz plateada que hacía brillar las hojas de los árboles frutales.
Caminaron despacio entre los naranjos, siguiendo el sonido. Carmen se aferró al brazo de su hermano cuando comprendieron de dónde provenía exactamente el canto del pozo viejo. Se acercaron hasta que dar a pocos pasos de las tablas que cubrían la boca. El canto se escuchaba con mayor claridad, aunque seguía siendo tenue, como si quien cantara estuviera muy lejos o muy débil.
No había letra comprensible, solo una melodía repetitiva y triste que ponía los nervios de punta. “Dios santo”, murmuró Carmen. “¿Hay alguien ahí abajo?” Emilio se inclinó hacia las tablas y llamó, “¿Hay alguien ahí? ¿Puede oírme?” El canto se detuvo abruptamente. Por un momento solo hubo silencio.
Luego, desde la oscuridad del pozo, una voz ronca y desesperada respondió, “Ayuda, por favor, ayuda.” Carmen ahogó un grito. Emilio retrocedió un paso pálido a la luz de la luna. “¿Hay alguien en el pozo?”, exclamó. “Está vivo.” Corrieron de vuelta a la casa. En cuestión de minutos, toda la familia estaba despierta.
Don Esteban bajó con una lámpara de aceite, seguido de doña refugio, que se persignaba sin parar. El joven Rafael llegó corriendo desde su habitación, aún medio dormido, pero con los ojos muy abiertos por la emoción. “¿Qué sucede? ¿Qué pasa?”, preguntaba doña refugio con voz temblorosa. “¿Hay alguien en el pozo?”, explicó Emilio.
Una persona viva está pidiendo ayuda. Don Esteban frunció el seño, incrédulo. Sin decir palabra, caminó decidido hacia el fondo del patio. La familia lo siguió. Cuando llegaron al pozo, don Esteban levantó la lámpara y la acercó a las tablas. ¿Quién está ahí?, preguntó con voz firme. ¿Cómo llegó usted ahí abajo? Hubo un silencio.
Luego la misma voz débil y ronca. Agua, necesito agua, por favor. Don Esteban miró a su familia. Hay que sacarlo de inmediato. Emilio, ve a buscar a los peones de don Fermín. Rafael, trae todas las sogas que encuentres en el cobertizo. Carmen, tú y tu madre preparen agua y comida rápido. Todos se dispersaron para cumplir las órdenes.
En menos de media hora, el patio trasero de la casa Juárez se había convertido en un hervidero de actividad. Don Fermín González, vecino y dueño de una ferretería, llegó con cuatro de sus trabajadores. Trajeron sogas gruesas, poleas y lámparas adicionales. ¿Cómo diablos llegó alguien ahí?, preguntaba don Fermín mientras examinaba las tablas que cubrían el pozo.
Este pozo lleva cerrado desde que yo era muchacho. No lo sé, respondió don Esteban. Pero debemos actuar rápido. Retiraron las tablas con cuidado. Estaban hinchadas por la humedad y algunas se rompieron con facilidad. Cuando finalmente quedó descubierta la boca del pozo, todos se asomaron. Era un círculo negro de aproximadamente 1 metro de diámetro.
El olor que emanaba era nauseabundo, una mezcla de humedad, putrefacción y algo más que no lograban identificar. Dios mío, murmuró doña refugio, llevándose un pañuelo a la nariz. Don Esteban bajó una lámpara atada a una soga. La luz descendió lentamente, iluminando las paredes de piedra cubiertas de musgo y telarañas, más abajo el brillo del agua.
Y entonces, a unos cinco o 6 met de profundidad vieron una figura humana. Era un hombre. Estaba de pie en el agua hasta la cintura, apoyado contra la pared del pozo. Su ropa estaba hecha girones y su rostro era apenas visible bajo la mugre y el cabello largo y enmarañado. Levantó una mano para protegerse los ojos de la luz.
“Está vivo!”, gritó uno de los peones. “Bajen la soga”, ordenó don Esteban. Con cuidado, hagamos un lazo para que pueda agarrarse. Dos de los hombres más fuertes prepararon una soga con un lazo corredizo que bajaron lentamente. El hombre en el pozo intentó alcanzarla, pero sus movimientos eran torpes y débiles.
Tardó varios minutos en lograr meter los brazos y el torso en el lazo. Finalmente hizo una señal con la mano. Está listo. Suban con cuidado! Gritó don Fermín. Los hombres comenzaron a tirar. El rescate fue lento y difícil. El hombre pesaba poco. Probablemente había perdido mucho peso durante su cautiverio, pero estaba tan débil que no podía ayudar sujetándose de la soga.
A medio camino perdió el conocimiento y quedó colgando como un saco. Finalmente, después de lo que pareció una eternidad, lograron sacarlo y tenderlo en el suelo del patio. Era un espectáculo horrible. El hombre estaba demacrado hasta los huesos, con la piel pálida y arrugada por el agua.
Tenía heridas infectadas en las piernas y los brazos. Su barba y cabello habían crecido de manera salvaje. Los pies estaban hinchados y sangrantes, pero lo más impactante era la mirada. Cuando abrió los ojos brevemente, todos vieron en ellos un abismo de sufrimiento que heló la sangre. Doña Refugio y Carmen trajeron agua y trapos limpios.
Intentaron darle de beber, pero el hombre apenas podía tragar. Emitía gemidos incoherentes y movía los labios. sin que salieran palabras comprensibles. “Hay que llevarlo al médico inmediatamente”, dijo don Esteban. “Don Fermín, ¿puede prestar su carreta?” “Por supuesto, ya la están preparando.” Envolvieron al hombre en mantas y lo cargaron hasta la calle donde esperaba la carreta.
Don Esteban y Emilio lo acompañaron hasta la casa del doctor Villarreal, el médico más respetado del puerto. El doctor, un hombre mayor de pelo blanco y manos experimentadas, no hizo preguntas. Examinó al paciente con gesto grave. Este hombre ha estado al borde de la muerte durante días, quizás semanas. Dijo.
Está gravemente desnutrido y deshidratado. Tiene infecciones en todo el cuerpo. No sé cómo ha sobrevivido. Es un milagro que siga respirando. ¿Se recuperará?, preguntó don Esteban. No puedo prometerlo. Haré todo lo posible. Pero ustedes deben informar a las autoridades, si este hombre estaba en ese pozo, alguien lo puso ahí. Esto no fue un accidente.
Don Esteban sintió un peso en el estómago. Había esperado que se tratara de algún accidente extraño, un vagabundo que cayó por descuido, pero en el fondo sabía que el doctor tenía razón. Aquel pozo había estado cubierto con tablas durante décadas. Nadie podía haber caído ahí por casualidad. Cuando regresó a su casa al amanecer, encontró a toda la familia reunida en la sala sin poder dormir.
Les contó lo que había dicho el doctor. “Mañana iré a hablar con el jefe de policía”, dijo con voz cansada. “Esto es un asunto criminal. Alguien encerró a ese pobre hombre en nuestro pozo y necesitamos saber quién fue y por qué. Doña Refugio lloraba en silencio, apretando su rosario entre las manos. Carmen abrazaba a su hermano menor, que temblaba de miedo.
Emilio miraba por la ventana hacia el patio, donde el pozo yacía abierto como una herida en la tierra, guardando secretos que ahora empezaban a salir a la luz. Nadie en la casa durmió esa noche y ninguno de ellos podía imaginar que aquel rescate era solo el comienzo de una historia oscura que pondría en jaque no solo a su familia, sino a toda la sociedad veracruzana. Parte dos.
El amanecer llegó nublado y sofocante. Don Esteban se presentó en las oficinas de la policía municipal poco después de las 7 de la mañana. El edificio, una construcción colonial de dos plantas con paredes encaladas y ventanas con rejas de hierro forjado, quedaba en la plaza principal del puerto junto al palacio municipal.
En el piso superior funcionaba la comandancia y era ahí donde despachaba el capitán Ignacio Belarde, jefe de la policía de Veracruz. Belarde era un hombre corpulento de unos 45 años con patillas grises y una cicatriz que le atravesaba la mejilla izquierda. Recuerdo, según se decía, de sus días como soldado durante la intervención francesa.
Era conocido por su temperamento duro, pero también por su honestidad, una cualidad rara en aquellos tiempos en que muchos funcionarios se dejaban comprar con facilidad. Don Esteban,” lo saludó Belarde, levantándose detrás de su escritorio de Caoba. Es temprano para una visita. ¿Sucede algo grave? Muy grave, capitán, respondió don Esteban tomando asiento.
Anoche encontramos a un hombre dentro del pozo abandonado de mi propiedad. Estaba vivo apenas. El doctor Villarreal lo está atendiendo ahora, pero dice que ha estado ahí encerrado durante días, tal vez semanas. Belarde frunció el ceño y se sentó lentamente. Dentro del pozo. ¿Cómo llegó ahí? Eso es lo que necesitamos averiguar.
El pozo ha estado cubierto con tablas durante más de 20 años. Nadie usa esa parte del patio. Es imposible que haya caído por accidente. Alguien lo puso ahí. El capitán se reclinó en su silla procesando la información. Tomó una pluma y comenzó a escribir en un cuaderno. El hombre ha podido hablar, ha dicho quién es o quién lo puso ahí.
No, está gravísimo. Apenas puede balbucear. El doctor dice que tardará días en recuperarse si es que se recupera. Y usted no reconoce al hombre, no es alguien conocido. Con el estado en que está es imposible reconocerlo. Está irreconocible, barbudo, sucio, desnutrido. Podría ser cualquiera. Belarde tamborileó los dedos sobre el escritorio.
Esto es muy irregular, don Esteban. Un hombre aparece en su propiedad, encerrado en un pozo que supuestamente nadie ha usado en décadas. Tengo que hacerle algunas preguntas incómodas. ¿Alguien de su familia tiene enemigos? ¿Ha habido disputas recientes, problemas con empleados, deudas sin pagar? Don Esteban se irguió en su asiento ofendido.
Capitán, llevo 30 años viviendo en Veracruz. Mi familia tiene una reputación intachable. No tenemos enemigos y le aseguro que ninguno de nosotros tiene nada que ver con esto. No lo estoy acusando dijo Belarde con tono conciliador. Pero debo considerar todas las posibilidades. Si alguien usó su propiedad para esconder a un hombre, necesito entender por qué eligió precisamente su patio.
Eso es exactamente lo que yo también quiero saber, respondió don Esteban con firmeza. Por eso estoy aquí. Necesito que investigue esto a fondo. Mi familia está aterrorizada. Y si quién hizo esto vuelve. Belarde asintió lentamente. Tiene razón. Enviaré a dos de mis hombres a examinar el pozo y los alrededores de su casa.
También visitaré al Dr. Villarreal para ver el estado del hombre. Mientras tanto, quiero que usted y su familia piensen con cuidado. ¿Han notado algo extraño en las últimas semanas? Personas desconocidas rondando la casa, algún movimiento o ruido inusual, don Esteban negó con la cabeza. Nada. Todo había sido completamente normal hasta anoche.
¿Y sus sirvientes? Todos llevan mucho tiempo con ustedes. Jacinta, nuestra cocinera, lleva 30 años en la casa. El mozo de cuadra, Hilario, ha estado con nosotros 15 años y tenemos una muchacha joven, Lupita, que ayuda con la limpieza. llegó hace dos años, recomendada por el párroco. “Necesitaré hablar con cada uno de ellos”, dijo Belarde haciendo más anotaciones.
Don Esteban asintió, aunque la idea de que sus sirvientes fueran interrogados le resultaba desagradable. Eran casi parte de la familia. Belarde cerró su cuaderno y se puso de pie. “Iré a su casa esta misma mañana. No toque nada cerca del pozo. Quiero que mis hombres lo examinen tal como está. Ambos salieron de la oficina.
En la calle, el puerto empezaba a despertar. Vendedores ambulantes pregonaban sus mercancías. Carretas tiradas por mulas avanzaban lentamente por las calles empedradas. Y el repique de las campanas de la iglesia llamaba a la primera misa del día. Cuando don Esteban regresó a su casa, encontró a la familia en el comedor desayunando en silencio.
Doña Refugio tenía los ojos hinchados de tanto llorar. Carmen apenas tocaba su chocolate y Rafael se veía pálido y asustado. Solo Emilio parecía mantener la compostura, aunque sus manos temblaban ligeramente al sostener la taza de café. ¿Qué dijo el capitán?, preguntó Emilio. Vendrá a examinar el pozo. También quiere interrogar a los sirvientes.
A Jacinta y Hilario, exclamó doña refugio. Es un insulto. Esa gente es de absoluta confianza. Lo sé, refugio, pero el capitán debe hacer su trabajo. Esto es un asunto criminal muy serio. En ese momento entró Jacinta desde la cocina cargando una jarra de jugo de naranja recién exprimido.
Era una mujer gruesa de unos 60 años con el pelo completamente blanco recogido en un moño y un delantal siempre impecable. Había criado a los hijos de don Esteban como si fueran propios. Perdonen que interrumpa, señores, dijo con voz temblorosa. He oído lo que están hablando. Quiero que sepan que yo no sé nada de cómo ese pobre hombre llegó al pozo.
Ni Hilario ni Lupita saben nada tampoco. Estamos todos muy asustados. Lo sabemos, Jacinta, dijo don Esteban con amabilidad. Nadie te está acusando de nada, pero la policía necesita hacer preguntas. ¿Es normal? La cocinera asintió. limpiándose las lágrimas con una esquina del delantal y regresó a la cocina.
El capitán Belarde llegó poco después del mediodía, acompañado de dos agentes y de un hombre delgado de lentes gruesos que se presentó como el profesor Durán, perito en investigaciones criminales. Belarde explicó que el profesor había estudiado en la Ciudad de México y conocía las técnicas más modernas de investigación inspiradas en los métodos europeos.
El grupo se dirigió directamente al patio trasero. El pozo seguía abierto con las tablas rotas apiladas a un lado. Belarde y el profesor Durán se inclinaron sobre el brocal y examinaron el interior con una lámpara. “El nivel del agua está muy bajo”, observó Durán, “Tal vez a metro y medio del fondo. ¿Cómo sobrevivió tanto tiempo ahí?”, preguntó uno de los agentes.
El agua del pozo, aunque estancada, era potable, respondió Durán, y posiblemente tenía algo de comida o tal vez no llevaba tanto tiempo como pensamos. Necesitaríamos que el hombre hablara para saberlo. Examinaron las tablas que habían cubierto el pozo. Estaban viejas y podridas, pero Durán notó algo importante.
Varias de ellas tenían marcas recientes de haberse movido. Los clavos oxidados habían sido extraídos y vueltos a colocar de manera tosca. “Estas tablas fueron removidas hace poco”, dijo Durán. Mire, aquí hay marcas frescas y estos clavos no coinciden con los agujeros originales. Alguien quitó las tablas, metió al hombre en el pozo y las volvió a colocar, pero no lo hizo con cuidado.
Quizás tenía prisa o trabajaba de noche. ¿Cuándo crees que ocurrió? preguntó Belarde. Es difícil saberlo con exactitud, pero diría que hace una o dos semanas como máximo. Belarde se volvió hacia don Esteban. Alguien de su familia viene a esta parte del patio regularmente. No, está muy descuidado. Como pueden ver, a veces los muchachos jugaban aquí cuando eran pequeños, pero hace años que nadie viene a esta zona.
Los árboles frutales están más cerca de la casa. Entonces, quien hizo esto sabía que el pozo no era vigilado. Conocía la propiedad. Un silencio incómodo se instaló entre todos. La implicación era clara. Quien metió al hombre en el pozo tenía acceso a la casa Juárez, o al menos conocía bien su distribución. Belarde ordenó a sus agentes que buscaran huellas, rastros de sangre, cualquier cosa que pudiera dar una pista.
Revisaron el patio completo, los muros que lo rodeaban, incluso la pequeña puerta trasera que daba al callejón. Esa puerta siempre estaba cerrada con llave, según Jacinta. Pero Durán descubrió marcas en la cerradura que sugerían que había sido forzada recientemente. “Aquí está su punto de entrada”, dijo Durán.
Abrieron esta puerta, trajeron al hombre por el callejón y lo metieron en el pozo. Después volvieron a cerrar la puerta. No quisieron que se notara el allanamiento. Pero, ¿por qué elegir este lugar? Insistió Belarde. Hay pozos abandonados en todo Veracruz. ¿Por qué arriesgarse a entrar en una propiedad privada? Tal vez no fue al azar, sugirió Durán.
Tal vez quien hizo esto tiene una conexión con esta casa o con la familia Juárez. Don Esteban palideció. Eso es absurdo. ¿Qué conexión podría haber? Durán se encogió de hombros. Es solo una hipótesis, pero en mi experiencia estos crímenes rara vez son aleatorios. Mientras tanto, en casa del doctor Villarreal, el hombre rescatado del pozo comenzaba a mostrar signos de mejoría.
El doctor había logrado hidratarlo mediante pequeños sorbos de agua con sal y azúcar. Le había limpiado y vendado las heridas más graves. El paciente había dormido casi todo el día, pero hacia media tarde finalmente abrió los ojos con más claridad. El doctor Villarreal estaba junto a la cama cuando el hombre despertó.
Lo miró con atención esperando. El hombre movió los labios intentando hablar. Su voz era apenas un susurro ronco. ¿Dónde? ¿Dónde estoy? ¿Está a salvo? Respondió el doctor con voz calmada. Lo sacaron de un pozo. Está en Veracruz en mi consultorio. Está muy enfermo, pero se va a recuperar. ¿Puede decirme su nombre? El hombre cerró los ojos como si le costara un gran esfuerzo recordar.
Sebastián, me llamo Sebastián Montes. Sebastián Montes, repitió el doctor tomando nota. Recuerda qué le sucedió. ¿Quién lo metió en ese pozo? El hombre tembló. Una lágrima rodó por su mejilla. Ellos, ellos me traicionaron. Dijeron que iba a ganar dinero, pero me engañaron. Me golpearon y me encerraron ahí. Pensé que iba a morir.
¿Quiénes lo traicionaron? Puede recordar nombres. Sebastián Montes negó débilmente con la cabeza. No, no sé quiénes eran. No vi sus caras. Todo fue muy rápido. El doctor no quiso presionarlo más. El hombre necesitaba descansar, pero envió a su ayudante a buscar inmediatamente al capitán Belarde. Una hora después, Belarde estaba en el consultorio escuchando las palabras entrecortadas de Sebastián Montes.
“Soy soy jornalero”, explicó Sebastián con dificultad. Trabajo en el muelle cargando bultos. Un hombre me ofreció trabajo. Dijo que necesitaba ayuda para transportar mercancía de noche. Me pagaría bien. Yo necesitaba el dinero. ¿Cuándo fue esto?, preguntó Belarde. No, no sé. He perdido la cuenta de los días. Tal vez hace dos semanas o tres.
¿Y qué pasó cuando fue a ese trabajo? Sebastián respiró profundamente, reviviendo el horror. Fui al lugar que me indicó, un almacén cerca del mercado. Había dos hombres esperando, pero cuando llegué me golpearon por detrás. Desperté en el pozo. No sé cómo llegué ahí. Estaba tan oscuro, tan frío el agua.
Pensé que me iba a ahogar. Los hombres dijeron algo. ¿Por qué lo hicieron? No, no dijeron nada, solo me golpearon. Sebastián comenzó a llorar. ¿Por qué me hicieron esto? Yo solo necesitaba trabajar. Tengo una familia. Tengo tres hijos. Belarde sintió una mezcla de rabia y compasión. Sebastián Montes era evidentemente una víctima inocente atrapado en algo que no comprendía.
¿Recuerda algo más de esos hombres? su ropa, cómo hablaban. Sebastián negó con la cabeza agotado. Todo fue muy rápido. Uno era alto, creo, el otro más bajo, pero no sé, no vi bien. Belarde decidió no insistir más por ahora. Sebastián necesitaba recuperarse, pero había obtenido información valiosa.
Esto había sido un acto premeditado. Alguien había atraído a Sebastián con el pretexto de un trabajo para luego atacarlo y encerrarlo en el pozo de la familia Juárez. La pregunta seguía siendo, ¿por qué? Cuando Belarde regresó a la casa de los Juárez esa tarde para informar de sus hallazgos, encontró a la familia aún más angustiada.
Durante el día habían llegado vecinos curiosos, atraídos por los rumores que ya empezaban a circular por el puerto. La historia del hombre en el pozo se había esparcido como pólvora. Algunos decían que era un fantasma, otros que era un criminal escondido. Y había incluso quien murmuraba que la familia Juárez estaba involucrada en algo turbio.
“La situación se está complicando”, dijo don Estebana Abelarde. “Mi negocio está sufriendo. Algunos clientes han cancelado pedidos. Hay rumores horribles circulando. Mi hija Carmen está destrozada. Su prometido vino hoy y le pidió que pospusieran la boda hasta que esto se aclare. Es una humillación. Lo entiendo, don Esteban, respondió Velar de con paciencia.
Pero necesito tiempo para investigar. El hombre ha hablado. Su nombre es Sebastián Montes, un jornalero del puerto. Fue engañado y atacado. Lo metieron en su pozo deliberadamente. Ahora necesito averiguar quién lo hizo y por qué eligieron su propiedad. ¿Y cómo piensa hacer eso. Voy a investigar a Sebastián Montes.
Voy a hablar con su familia, con sus compañeros del muelle. Alguien debe saber algo. Y también voy a interrogar a todos los que tienen acceso a esta casa donde Esteban suspiró derrotado. Su mundo ordenado se estaba desmoronando y lo peor era que no tenía idea de por qué. Bsaras parte tres. Los días siguientes fueron una tortura para la familia Juárez.
La casa que siempre había sido un refugio de paz y prosperidad se convirtió en el centro de chismes y especulaciones. El puerto de Veracruz, como cualquier ciudad portuaria, era un herbidero de rumores y la historia del hombre en el pozo alimentó la imaginación morbosa de sus habitantes. En el mercado, las mujeres murmuraban mientras compraban pescado.
En las cantinas los hombres debatían las posibles explicaciones. Era Sebastián Montes, un ladrón que había entrado a robar y quedó atrapado por accidente, o era víctima de una venganza personal. Algunos incluso sugerían que don Esteban había tenido una disputa con el jornalero y lo había mandado encerrar, aunque nadie podía explicar qué tipo de disputa podría haber tenido un próspero comerciante de telas con un humilde trabajador del puerto.
Carmen dejó de salir de casa. Su prometido, el licenciado Fernando Santibáñez, había dejado claro que la boda quedaría suspendida hasta que el asunto se resolviera. “Mi reputación profesional está en juego”, había dicho con frialdad. “No puedo asociarme con una familia envuelta en un escándalo así.” Carmen lloró durante días.
Doña Refugio intentaba consolarla, pero ella misma estaba al borde del colapso nervioso. Emilio acompañaba a su padre almacén cada día, pero los negocios habían caído dramáticamente. Los clientes más importantes se hacían difíciles de contactar. Algunos enviaban excusas educadas, otros simplemente desaparecían. El joven Rafael, por su parte, sufría burlas en el colegio.
Los compañeros más crueles lo llamaban el del pozo maldito y hacían chistes sobre cadáveres escondidos en su jardín. Mientras la familia sufría, el capitán Belarde no permanecía inactivo. Su investigación lo llevó primero a buscar a la familia de Sebastián Montes. Vivían en una choza de madera y palma en el barrio de La Huaca, una de las zonas más pobres del puerto, donde se acinaban los trabajadores del muelle y sus familias.
La esposa de Sebastián, una mujer delgada llamada Josefa, recibió a Belarde entre lágrimas. Sus tres hijos, de entre 4 y 9 años se aferraban a sus faldas con ojos asustados. No sabía dónde estaba, soylozó Josefa. Desapareció hace 15 días. Salió una noche diciendo que tenía un trabajo, un trabajo que nos iba a sacar de la miseria y nunca volvió.
Pensé que lo habían matado o que se había ido con otra mujer. Nunca imaginé, nunca imaginé que estuviera en ese pozo horrible. Le contó algo sobre ese trabajo. Mencionó un nombre, un lugar específico. Dijo que era un hombre del muelle, alguien que necesitaba ayuda para mover mercancía de contrabando. No me dijo más.
Sebastián siempre era discreto con esos trabajos. Sabía que no eran del todo legales, pero necesitábamos el dinero. Los niños, los niños tenían hambre. Belarde entendía la realidad de esas familias. En Veracruz, como en todo México de esa época, la línea entre lo legal y lo ilegal era difusa, especialmente para quienes vivían al día.
El contrabando era común en el puerto y muchos jornaleros completaban sus magros ingresos con trabajos nocturnos que no hacían preguntas. Sebastián tenía enemigos, alguien que quisiera hacerle daño. Josefa negó con la cabeza. Era un hombre tranquilo. No se metía en problemas. Trabajaba, venía a casa, jugaba con los niños.
No bebía ni apostaba, no tenía enemigos. Belarde visitó después el muelle donde Sebastián trabajaba. Habló con el capataz, un hombre tosco llamado Macario Cisneros, quien confirmó que Sebastián era un trabajador confiable. “Nunca dio problemas”, dijo Macario. Llegaba a tiempo, hacía su trabajo, se iba, no hablaba mucho con nadie, sí a veces aceptaba trabajos extras, como todos aquí.
Es la única forma de sobrevivir, pero no sé nada de ese trabajo que le ofrecieron. ¿Recuerdas si alguien extraño preguntó por él en las últimas semanas? Macario se rascó la barba pensando, “Ahora que lo dice, sí. Hace como tres semanas vino un tipo al muelle buscando hombres para un trabajo nocturno. Era alto, bien vestido, no parecía del puerto. Habló con varios de nosotros.
Sebastián fue uno de los que mostró interés. ¿Recuerdas algo más de ese hombre? Su nombre, ¿cómo se veía? No dio su nombre. Vestía un saco oscuro y sombrero. Era difícil verle bien la cara con la sombra del sombrero, pero recuerdo que tenía buen acento educado. No era uno de nosotros, eso seguro. Esta información era prometedora.
Un hombre educado y bien vestido había estado reclutando trabajadores del muelle. Eso descartaba la teoría de que el ataque a Sebastián hubiera sido aleatorio. Había sido planificado. Mientras tanto, el profesor Durán había estado investigando por su cuenta el pozo y sus alrededores. Regresó donde Belarde con hallazgos interesantes.
“He examinado la tierra alrededor del pozo con más cuidado”, explicó Durán en la oficina de Belarde. encontré esto. Colocó sobre el escritorio varios objetos pequeños, un botón de metal, un trozo de tela desgarrada y más significativamente una nota arrugada y manchada de tierra. ¿Qué dice la nota?, preguntó Belarde tomándola con cuidado.
El papel estaba muy deteriorado, pero aún se podía leer parte del texto escrito en tinta negra. Llegar antes de la medianoche, mercancía lista. No falles. Es un fragmento de instrucciones”, dijo Durán. “Probablemente se le cayó a uno de los hombres que metieron a Sebastián en el pozo. Y el botón es de buena calidad.
No es el tipo de botón que usaría un trabajador común. Es de la convo, probablemente de un saco o chaleco caro.” Belarde examinó el botón bajo la luz. Era pequeño, pero elegante, con un diseño de hojas entrelazadas. Esto respalda lo que me dijo el capataz del muelle. Los hombres que hicieron esto no son delincuentes comunes. Al menos uno de ellos tiene dinero.
¿Hay algo más? Agregó Durán. Hablé con algunos vecinos de la familia Juárez. La mayoría no vio ni escuchó nada inusual la noche en que metieron a Sebastián en el pozo. Pero una anciana que vive dos casas más abajo dice que vio un carruaje estacionado en el callejón trasero hace unas dos semanas.
Era tarde, pasada la medianoche. Le pareció extraño porque ese callejón casi no se usa. Describió el carruaje. Era oscuro, tirado por un solo caballo. No vio quién iba dentro, pero dice que estuvo ahí al menos media hora. Las piezas empezaban a encajar lentamente. Alguien con recursos había planeado cuidadosamente el secuestro de Sebastián Montes.
Lo había atraído con el pretexto de un trabajo. Lo había atacado y transportado en carruaje hasta el callejón trasero de la casa Juárez. Luego había forzado la puerta del patio, había removido las tablas del pozo, había metido a Sebastián y lo había dejado ahí para morir. Pero seguía habiendo dos preguntas cruciales sin respuesta.
¿Por qué Sebastián y por qué el pozo de los Juárez? Belarde decidió que era momento de interrogar más a fondo a los miembros de la familia y sus sirvientes. Comenzó con Jacinta, la cocinera. La mujer estaba nerviosa, pero cooperativa. Le confirmó que la puerta del callejón siempre estaba cerrada con llave y que solo don Esteban, doña refugio y ella misma tenían copia de esa llave.
¿Y dónde guarda su copia?, preguntó Belarde en mi habitación, en un cajón, pero está siempre bajo llave también. Alguna vez ha perdido la llave o alguien podría haberla tomado sin que usted lo notara. Jacinta se quedó pensando, mordiéndose el labio. Hace como un mes perdí mis llaves durante unos días. Pensé que las había dejado en algún lugar de la cocina. Las busqué por todas partes.
Luego, tres días después aparecieron en el mismo cajón donde siempre las guardo. Pensé que me estaba volviendo vieja y olvidadiza. Belarde intercambió una mirada significativa con Durán, quien tomaba notas. ¿Quién más tiene acceso a su habitación? Pues todos en la casa, supongo. No cierro la puerta con llave durante el día, solo de noche.
Y durante esos tres días que perdió las llaves, ¿quién estuvo en la casa? La familia, por supuesto. Hilario, Lupita. Y déjeme pensar. Ah, sí, también estaba Rodrigo. Rodrigo, ¿quién es Rodrigo? Rodrigo Salazar es sobrino de don Esteban. Vino de visita desde Shalapa. Se quedó en la casa como una semana. Esta era información nueva. Belarde se enderezó en su asiento.
¿Por qué no se había mencionado antes a este Rodrigo? Jacinta se encogió de hombros. No pensé que fuera importante. Rodrigo es familia. Viene de visita cada tanto. Cuando se fue, hace como tres semanas, creo, tal vez un poco más, Belarde se volvió hacia Durán. Eso coincide con el momento en que Sebastián desapareció.
Después del interrogatorio con Jacinta, Belarde fue directamente a hablar con don Esteban. Lo encontró en su estudio, rodeado de libros de cuentas que intentaba revisar sin éxito. El comerciante se veía demacrado, como si hubiera envejecido 10 años en pocos días. Don Esteban, necesito que me hable de Rodrigo Salazar, su sobrino.
Don Esteban levantó la vista sorprendido. Rodrigo, ¿qué tiene que ver él con esto? Eso es lo que intento averiguar. ¿Cuándo estuvo aquí? Llegó a finales de agosto y se quedó como una semana. Es hijo de mi hermana Amelia, que vive en Shalapa. Rodrigo viene al puerto de vez en cuando por negocios.
¿Qué tipo de negocios? Dice que comercia con café, compra en las fincas de la región y lo exporta desde aquí. Aunque nunca he visto que le vaya muy bien, siempre anda corto de dinero pidiendo préstamos. Le prestó dinero durante esta visita. Don Esteban dudó incómodo. Sí, me pidió 500 pesos. Dijo que tenía una oportunidad de negocio que no podía dejar pasar.
Yo se los presté, es mi sobrino después de todo. Y le pagó, ¿no? Dijo que me pagaría en noviembre cuando cerrara su negocio. Recuerda donde se alojó durante su visita. Aquí en la casa. Siempre se queda en el cuarto de huéspedes del segundo piso. ¿Y qué hacía durante el día? Salía temprano, supuestamente a reunirse con proveedores. Regresaba tarde.
No le presté mucha atención. Rodrigo siempre ha sido muy independiente. Él conocía la distribución de la casa, sabía del pozo viejo. Don Esteban frunció el seño, empezando a comprender hacia dónde llevaban las preguntas. Supongo que sí. Ha venido muchas veces desde que era niño. Conoce la casa tan bien como nosotros.
Pero capitán está insinuando que Rodrigo tiene algo que ver con esto. Es absurdo. ¿Por qué mi sobrino metería un desconocido en nuestro pozo? Eso es exactamente lo que necesito averiguar. Don Esteban tiene idea de dónde podría estar Rodrigo ahora. Supongo que en Shalapa, en casa de mi hermana. Necesito su dirección. Don Esteban la escribió con mano temblorosa.
Cuando Belarde se preparaba para irse, el comerciante lo detuvo. Capitán, por favor, dígame que esto va a terminar pronto. Mi familia no puede soportar mucho más. Mi hija está destrozada. Mi esposa enferma de los nervios. Mi negocio se está hundiendo. Si Rodrigo está involucrado en algo turbio, quiero saberlo. Pero también quiero que esto termine.
Belarde puso una mano sobre el hombro del hombre mayor. Estoy haciendo todo lo posible, don Esteban. Le prometo que llegaremos al fondo de esto. Esa noche, Belarde y el profesor Durán se reunieron en la comandancia para revisar toda la información recopilada. Extendieron sobre el escritorio un mapa de Veracruz, las notas de los interrogatorios, el botón encontrado, el fragmento de nota.
“Las piezas están ahí”, dijo Durán. “Solo necesitamos conectarlas correctamente.” Rodrigo Salazar está en el centro de esto, afirmó Belarde. Estuvo en la casa justo antes de que Sebastián desapareciera. Conocía la distribución. Pudo haber tomado la llave del callejón durante esos días que Jacinta la perdió y necesitaba dinero desesperadamente.
Pero, ¿por qué Sebastián Montes? Preguntó Durán. Un jornalero pobre sin conexión aparente con la familia Juárez ni con Rodrigo. ¿Qué ganaba Rodrigo con meter a ese hombre en el pozo? Belarde se reclinó en su silla pensando intensamente, “A menos que a menos que Sebastián no fuera el objetivo principal.
Y si todo esto fue planeado para perjudicar a la familia Juárez, una venganza contra don Esteban o contra alguien de la familia. Rodrigo pidió prestados 500 pesos. Es mucho dinero. ¿Y si don Esteban se negó alguna vez a prestarle? o si hubo alguna disputa familiar que desconocemos. Durán asintió lentamente. Es una teoría plausible, pero necesitamos pruebas y necesitamos encontrar a Rodrigo Salazar.
Mañana mismo salgo para Shalapa, decidió Belarde. Quiero hablar con ese joven cara a cara. Lo que ninguno de los dos hombres sabía aún era que Rodrigo Salazar ya no estaba en Shalapa. De hecho, nunca había regresado a esa ciudad después de salir de Veracruz. Y la verdad detrás del hombre en el pozo era mucho más oscura y retorcida de lo que cualquiera de ellos podría haber imaginado. Parte cuatro.
La mañana siguiente, el capitán Belarde partió hacia Shalapa en el primer coche de diligencias que salía del puerto. El viaje a la capital del estado normalmente tomaba entre 6 y 7 horas por el sinuo camino de montaña que ascendía desde el nivel del mar hasta los 100 m de altitud donde se asentaba la ciudad. Era un trayecto hermoso, pero agotador, atravesando bosques de niebla, barrancos profundos y pueblos pequeños donde la diligencia se detenía brevemente para cambiar los caballos.
Belarde aprovechó las horas de viaje para ordenar sus pensamientos. Cada vez estaba más convencido de que Rodrigo Salazar era la pieza clave del rompecabezas, pero aún faltaban muchas respuestas. ¿Por qué había elegido a Sebastián Montes específicamente? ¿Qué esperaba lograr dejándolo en el pozo? ¿Era realmente una venganza contra don Esteban o había algo más? Llegó a Shalapa al anochecer cuando la ciudad se preparaba para la noche.
Shalapa era muy diferente de Veracruz, más fría, más ordenada, con calles empedradas que subían y bajaban por las colinas. El clima templado y la abundante lluvia hacían que todo estuviera cubierto de vegetación exuberante. Era una ciudad más pequeña que el puerto, pero más elegante, con casas de familias acaudaladas que se habían establecido ahí huyendo del calor sofocante de la costa.
Belarde preguntó por la casa de doña Amelia Salazar de Méndez, hermana de don Esteban. Le indicaron una residencia de dos plantas en la calle real, no muy lejos de la plaza principal. Era una casa bien mantenida, con una fachada pintada de amarillo pálido y un balcón de hierro forjado en el segundo piso. Llamó a la puerta. Una sirvienta joven abrió y, al explicar Belarde que era el jefe de policía de Veracruz, lo hizo pasar de inmediato a la sala.
Momentos después apareció doña Amelia, una mujer elegante de unos 50 años, con el mismo porte distinguido de su hermano, pero con un rostro más duro marcado por años de preocupaciones. Capitán Belarde lo saludó con cortesía fría. ¿En qué puedo ayudarlo? ¿Le ha sucedido algo a mi hermano Esteban? Don Esteban, está bien, señora, pero necesito hablar con su hijo Rodrigo.
Se encuentra en casa. El rostro de doña Amelia se ensombreció. Rodrigo no está aquí y no sé dónde está. ¿Cómo dice? Mi hijo no ha regresado de Veracruz. Salió de allá hace casi un mes, supuestamente de vuelta a casa, pero nunca llegó. He estado enferma de preocupación. Incluso pensé en ir a buscarlo al puerto, pero bueno, Rodrigo ya es un hombre. Tiene 30 años.
a veces desaparece durante días o semanas cuando está en medio de sus negocios. Belarde sintió que el caso daba un giro inesperado. No ha tenido noticias de él en absoluto, ningún mensaje. Nada. Es como si se lo hubiera tragado la tierra. Señora, debo hacerle algunas preguntas delicadas sobre su hijo. ¿Podemos sentarnos a conversar con calma? Doña Amelia asintió y lo condujo a un pequeño salón adyacente.
Se sentó en un sillón de terciopelo gastado retorciendo un pañuelo entre sus manos. Belarde tomó asiento frente a ella. Señora, su hijo está involucrado en una investigación criminal seria. Necesito que sea completamente honesta conmigo. Doña Amelia palideció, pero mantuvo la compostura. ¿Qué ha hecho Rodrigo? Eso es lo que intento determinar, pero necesito conocerlo mejor.
¿Cómo describiría a su hijo? La mujer suspiró profundamente como si llevara mucho tiempo esperando esta conversación. Rodrigo siempre ha sido complicado. Desde niño fue inquieto, rebelde. Su padre, que en paz descanse, intentó enderezarlo de mil maneras, pero nunca funcionó. Rodrigo no quería estudiar, no quería trabajar honestamente, siempre buscaba el camino fácil, el dinero rápido.
Ha tenido docenas de negocios que fracasan, siempre debe dinero a alguien y yo siempre lo he protegido, lo he encubierto, soy su madre. ¿Qué más podía hacer? Él tiene problemas con el juego, con el alcohol, ambas cosas y otras peores que prefiero no mencionar. ha estado en problemas con la ley antes. Pequeñas estafas, deudas impagas, nada grave, pero sí tiene un historial y su relación con don Esteban.
Doña Amelia bajó la mirada. Mi hermano ha sido muy generoso con Rodrigo a lo largo de los años. Le ha prestado dinero muchas veces, le ha dado oportunidades, pero hace dos años tuvieron una pelea terrible. Rodrigo le pidió 5000 pesos para un negocio en la ciudad de México. Esteban se negó.
Dijo que ya no le prestaría más dinero hasta que pagara lo que debía. Rodrigo se enfureció. Dijo cosas horribles, que Esteban era un avaro, que se creía superior, que la familia lo despreciaba. No se hablaron durante más de un año, solo recientemente habían empezado a reconciliarse. Y usted sabe si durante su última visita a Veracruz, don Esteban le prestó dinero.
Sí, Rodrigo me escribió diciendo que Esteban finalmente le había dado 500 pesos. Estaba muy contento. Decía que iba a multiplicar ese dinero en un gran negocio. Le contó en qué consistía ese negocio. No, Rodrigo nunca entra en detalles. Siempre es vago, misterioso. Dice que son asuntos confidenciales. Belarde tomó notas mentalmente.
Las piezas empezaban a encajar de una manera perturbadora. Señora, su hijo podría hacerle daño a alguien. Me refiero a daño físico. Doña Amelia cerró los ojos y cuando los abrió estaban llenos de lágrimas. No lo sé. Nunca pensé que llegaría tan lejos, pero tiene un temperamento violento cuando bebe y cuando necesita dinero con desesperación es capaz de cualquier cosa.
Capitán, por favor, dígame, ¿qué ha hecho mi hijo? Belarde le explicó brevemente el caso. El hombre encontrado en el pozo de la casa de los Juárez, las evidencias que apuntaban a Rodrigo la desaparición del joven. Doña Amelia escuchó con horror creciente, llevándose las manos al rostro. Dios mío, Dios mío, yo no puedo creer que Rodrigo, pero tampoco puedo negar que es posible y ese pobre hombre está vivo.
Sí. está recuperándose, pero estuvo a punto de morir. ¿Por qué? ¿Por qué haría algo así? Eso es lo que necesito averiguar. Rodrigo conocía algún jornalero del puerto llamado Sebastián Montes. No, que yo sepa, pero Rodrigo conoce a mucha gente en el puerto. Frecuenta cantinas, garitos de juego, lugares de mala muerte.
¿Tiene usted alguna idea de dónde podría estar ahora? Doña Amelia negó con la cabeza llorando abiertamente. No, si no está aquí ni en Veracruz podría estar en cualquier parte. Ciudad de México, Puebla, Oaxaca. Rodrigo huye cuando se mete en problemas. Siempre ha sido así. Belarde le dejó su información y le pidió que le avisara inmediatamente si tenía noticias de su hijo.
Salió de la casa con más preguntas que respuestas. Si Rodrigo había desaparecido después de dejar a Sebastián en el pozo, ¿sigaba eso que sabía que su crimen sería descubierto o había desaparecido por otro motivo? Pasó la noche en una modesta posada de Shalapa y al día siguiente, antes de regresar a Veracruz, decidió visitar algunos lugares donde Rodrigo era conocido.
En una cantina cerca del mercado, el cantinero recordaba bien al joven Salazar. “Ese tipo debe dinero a medio Shalapa, dijo el hombre. viene aquí, bebe como condenado, apuesta en las cartas y siempre pierde. La última vez que lo vi fue hace más de un mes. Estaba con un tipo del puerto, un tipo gordo con cicatriz en la cara.
Hablaban de negocios, decían, pero por cómo susurraban, olía a algo turbio. ¿Recuerda algo más de ese hombre? No mucho, solo que tenía acento costeño de Veracruz o por ahí y que llevaba un anillo grande en el dedo de oro con una piedra roja. Esta nueva información era valiosa. Rodrigo tenía un cómplice, alguien del puerto.
Belarde agradeció y regresó a Veracruz con renovada determinación. Durante su ausencia en Veracruz había ocurrido algo significativo. Sebastián Montes había mejorado considerablemente y su mente empezaba a aclararse. El Dr. Villarreal había permitido que el profesor Durán lo interrogara nuevamente, esta vez con más profundidad.
Sebastián recordaba más detalles ahora. El hombre que lo había contratado en el muelle no era el mismo que lo había atacado. El del muelle era alto y elegante, con buen acento, pero los que lo golpearon eran dos, uno gordo y tosco, el otro más joven y nervioso. “El gordo tenía una cicatriz aquí”, dijo Sebastián señalando su mejilla.
Y el joven, el joven parecía rico, pero actuaba como si estuviera asustado. Temblaba. Bebía de una botella mientras el gordo me ata. ¿Escuchó algún nombre? El gordo llamó al joven Rodrigo una vez. Le decía que se apurara que alguien podía verlos. Durán sintió un escalofrío de excitación. Ahí estaba.
Confirmación directa de que Rodrigo Salazar había participado en el ataque. Y después, ¿qué pasó? Me arrastraron a un carruaje. Estaba medio inconsciente. Recuerdo que el gordo decía algo sobre dejarlo ahí para que aprenda. Y el joven Rodrigo decía, “¿Estás seguro de que nadie lo va a encontrar?” Y el gordo se reía y decía, “Nadie usa ese pozo.
Es perfecto para cuando lo encuentren. Si es que lo encuentren, ya habrá muerto y nadie sabrá quién fue.” Mencionaron por qué lo habían elegido a usted, Sebastián negó con la cabeza. Solo escuché al gordo decir algo como, “Cualquiera sirve. Necesitamos que parezca real.” No entendí qué significaba. Pensé que me iban a matar cuando me metieron en ese pozo.
Nunca olvidaré esa sensación. El agua fría, la oscuridad absoluta, el olor horrible. Pensé que iba a morir ahí, pero cantó. Mi familia lo escuchó cantar. Canté porque estaba perdiendo la razón. Cantaba las canciones que mi madre me enseñó cuando era niño. Cantaba para no volverme loco y rezaba, rezaba para que alguien, cualquiera, me escuchara.
Cuando Belarde regresó y se reunió con Durán, ambos compararon sus hallazgos. El cuadro estaba casi completo. Rodrigo Salazar y un cómplice, probablemente un criminal del puerto, secuestraron a Sebastián Montes, resumió Belarde. Lo eligieron al azar, cualquiera le servía. Lo metieron en el pozo de don Esteban deliberadamente.
¿Pero para qué? Para perjudicar a don Esteban. Dijo Durán. Piénsalo. Si Sebastián hubiera muerto ahí y su cuerpo se hubiera descubierto semanas o meses después, la familia Juárez habría quedado bajo sospecha de asesinato. Su reputación destruida, su negocio arruinado, posiblemente incluso arrestos. Venganza”, murmuró Belarde.
Rodrigo estaba resentido con su tío. Quería destruirlo. Los 500 pesos que le prestó probablemente los usó para pagarle al cómplice. Pero Sebastián sobrevivió y ahora Rodrigo huyó porque sabe que será descubierto. Belarde golpeó el escritorio con frustración. Necesitamos encontrar a ese cómplice, el hombre gordo con cicatriz y anillo de oro.
Alguien en el puerto debe conocerlo. Pusieron a todos los agentes disponibles a buscar. Describieron al hombre en las cantinas, los garitos, los almacenes del puerto. Y finalmente, tres días después, un estibador llamado Prudencio les dio el nombre, Evaristo el Tuerto Balderas. Ese tipo es un matón de poca monta”, explicó Prudencio.
Hace trabajos sucios para quien le pague, robos, intimidación, cosas así. Tiene la cicatriz que dicen, “Y sí, usa un anillo dorado enorme. Dice que se lo ganó en una apuesta. ¿Dónde puedo encontrarlo?” Tiene un cuartucho en la guaca cerca del basurero, pero no va a hablar fácil. Es un tipo duro. Belarde no fue solo.
Llevó a cuatro de sus hombres más fuertes. Llegaron al amanecer cuando era más probable encontrar a Evaristo durmiendo la borrachera de la noche anterior. El cuarto era exactamente lo que esperaban, un agujero inmundo que apestaba a alcohol y sudor. Evaristo Balderas estaba tirado en un catre, roncando. Era exactamente como lo habían descrito, gordo, con una cicatriz horrible que le cruzaba el rostro desde la frente hasta la barbilla, pasando sobre un ojo que claramente no veía.
De ahí su apodo, en su mano brillaba el anillo de oro con rubí. Lo sacudieron bruscamente. Evaristo despertó confundido. Intentó resistirse, pero cuatro hombres lo inmovilizaron fácilmente. Le pusieron esposas y lo arrastraron hasta la comandancia. En la sala de interrogatorios, bajo la luz cruda de una lámpara, Evaristo intentó hacerse el inocente, pero cuando Belarde mencionó el nombre de Rodrigo Salazar y describió el crimen, el matón empezó a sudar.
No sé de qué habla, gruñó. Tenemos un testigo que te identifica. El hombre que metiste en el pozo te vio, escuchó tu voz, te describió perfectamente y encontramos esto en la casa de los Juárez. Belarde puso sobre la mesa el botón que Durán había encontrado. Es tuyo, ¿verdad? Del saco que usabas esa noche. También tenemos fragmentos de la nota con las instrucciones. Tu letra, supongo.
Evaristo miraba el botón con ojos desorbitados. Belarde apretó más. El hombre al que intentaste matar está vivo. Va a testificar contra ti. Rodrigo Salazar ya huyó dejándote solo con la culpa. Vas a ir a prisión por intento de asesinato. A menos que cooperes. Si me dices todo, puedo hablar con el juez, pedir clemencia.
Pero si te niegas, te aseguro que te vas a pudrir en San Juan de Ulua. La mención de la terrible prisión fortaleza del puerto quebró la resistencia de Evaristo. San Juan de Ulua era conocida como una de las peores prisiones de México, donde los presos morían de enfermedades tropicales, hambre y maltrato. Está bien, está bien, gimió Evaristo.
Fue idea de Rodrigo. Él me buscó. me ofreció 300 pesos por hacer un trabajo. Dijo que quería darle un susto a su tío, nada más. Iba a meter a un tipo en el pozo, dejarlo ahí unos días para que la familia se asustara y luego mandarlo sacar. Solo un susto. Eso dijo. Mentira, espetóde. Ese pozo llevaba cerrado décadas.
Nadie iba a encontrar a Sebastián. Iban a dejarlo morir. Evaristo se derrumbó. llorando como un niño. Sí, sí, tiene razón. Rodrigo estaba loco, obsesionado. Decía que su tío lo había humillado, que le debía todo lo que tenía. Quería destruirlo. Dijo que si encontraban el cadáver del jornalero en su propiedad, don Esteban sería sospechoso de asesinato.
Toda su vida se arruinaría. Yo solo necesitaba el dinero. Tengo deudas. No pensé que realmente fuéramos a matar a nadie, pero lo habrían matado. Si no lo hubiéramos encontrado, Sebastián Montes estaría muerto. Lo sé, lo sé. Evaristo se cubría el rostro. Dios me perdone. Lo sé. ¿Dónde está Rodrigo ahora? No lo sé.
Después de meter al tipo en el pozo, Rodrigo me pagó la mitad del dinero y dijo que me daría el resto en una semana, pero nunca volvió. Fui a buscarlo a la casa de Los Juárez, pero ya se había ido. Pensé que me había engañado. Rodrigo mencionó a dónde iría. dijo algo sobre irse lejos, Tampico, creo, o tal vez Campeche.
Tenía miedo de que su tío descubriera lo que había hecho. Belarde tenía suficiente. Evaristo Balderas quedó arrestado formalmente. Su confesión sería presentada ante el juez. Ahora quedaba la tarea de encontrar a Rodrigo Salazar. Belarde envió telegramas a las comandancias de policía de Tampico, Campeche, Ciudad de México y otros puertos importantes, con la descripción de Rodrigo y la orden de arrestarlo por intento de asesinato.
También contactó a las autoridades del estado de Veracruz para que emitieran una orden de apreensón oficial. Mientras tanto, don Esteban y su familia recibieron la noticia con una mezcla de alivio y horror, aliviados de que el misterio estuviera resuelto y su inocencia probada, pero horrorizados de que el perpetrador fuera un miembro de su propia familia.
Mi sobrino, repetía don Esteban una y otra vez incrédulo. El hijo de mi hermana intentó destruirme. Intentó asesinar a un inocente solo para vengarse de mí. ¿Cómo es posible tanta maldad? Doña Refugio lloraba desconsoladamente. Carmen intentaba consolar a su madre, aunque ella misma estaba en shock. Emilio, pálido y silencioso, no podía creer lo que había hecho su primo.
El caso causó sensación en todo Veracruz. Los periódicos publicaron la historia completa y la opinión pública volcó su simpatía hacia la familia Juárez. Don Esteban comenzó a recuperar sus clientes. El licenciado Santibáñez, avergonzado, intentó retomar su compromiso con Carmen, pero ella lo rechazó con dignidad.
No quería un hombre que la abandonaba en los momentos difíciles. Sebastián Montes se recuperó lentamente. Don Esteban, sintiéndose responsable, aunque no tuviera culpa, le ofreció trabajo en su almacén y le pagó generosamente por su sufrimiento. Sebastián aceptó agradecido. Su familia pudo mudarse a una casa mejor y sus hijos empezaron a asistir a la escuela.
Usted me salvó la vida”, le dijo Sebastián a don Esteban con lágrimas en los ojos. Su familia me escuchó. Si no hubiera sido por eso, habría muerto en ese pozo horrible. “No me agradezcas a mí”, respondió don Esteban. Agradece a Dios que te mantuvo con vida y agradece a mi hija Carmen que fue la primera en escuchar tu canto.
El pozo fue sellado permanentemente con piedra y cemento, don Esteban ordenó que se construyera encima una pequeña fuente como símbolo de vida donde casi hubo muerte. Pero Rodrigo Salazar seguía prófugo. Parte C. Pasaron tres semanas sin noticias de Rodrigo. El caso empezaba a enfriarse. Belarde había hecho todo lo humanamente posible, alertado a todas las autoridades, distribuido descripciones, contactado con informantes, pero Rodrigo parecía haberse esfumado.
Entonces, a mediados de octubre llegó un telegrama de Tampico. Un hombre que coincidía con la descripción de Rodrigo había sido arrestado por intentar embarcar en un navío con destino a Nueva Orleans con documentos falsos. Las autoridades locales solicitaban que alguien de Veracruz viajara para confirmar la identidad.
Melarde partió inmediatamente. El viaje a Tampico fue largo y agotador, pero llegó dos días después. En la comandancia del puerto Tamaulipeco lo recibió el capitán local, un hombre llamado Gutiérrez. Está en una celda, explicó Gutiérrez. Dice que se llama Fernando Ortiz, comerciante de la Ciudad de México, pero los papeles que llevaba eran obviamente falsos y cuando lo interrogamos se puso muy nervioso. Creo que es su hombre.
Lo llevaron a las celdas. En una de ellas, sentado en un catre de madera, estaba Rodrigo Salazar. Se había dejado crecer la barba y llevaba ropa diferente, más humilde, pero era inconfundiblemente él. Cuando vio a Belarde, su rostro palideció. Rodrigo Salazar, dijo Belarde con voz dura.
Quedas arrestado por intento de asesinato, secuestro y allanamiento. Rodrigo cerró los ojos y dejó caer la cabeza entre las manos. Ya está, murmuró. Se acabó. El viaje de regreso a Veracruz fue tenso. Rodrigo iba esposado, vigilado por dos guardias que Gutiérrez había asignado para asistir en el traslado. Durante las primeras horas, el joven no habló, pero eventualmente, como si necesitara confesar, empezó a hablar.
“Supongo que no tiene sentido seguir negando”, dijo. “Yo lo hice. Yo planeé todo.” “¿Por qué?”, preguntó Belarde. Tu tío te había prestado dinero. Estaban reconciliándose. ¿Por qué intentar destruirlo? Rodrigo soltó una risa amarga. 500 pesos. Eso cree que era suficiente. Mi tío es rico. Tiene más dinero del que podría gastar en toda su vida.
Y yo, su sobrino, he estado mendigando limosnas durante años. ¿Sabe cuántas veces fui a pedirle ayuda? Cuántas veces me humilló. Él dice que te ayudó muchas veces, sí, con migajas, siempre con condiciones, con lecciones morales, con su superioridad. Tienes que trabajar honestamente, Rodrigo. Tienes que ser responsable, Rodrigo, como si él fuera perfecto.
Como si no supiera que su fortuna la hizo traficando mercancías sin pagar impuestos en sus primeros años. Es un hipócrita. Eso no justifica intentar asesinar a un inocente. No iba a morir, dijo Rodrigo, aunque sin convicción. El plan era que lo encontraran en unos días. Solo quería causar un escándalo, que mi tío tuviera problemas con la ley, que su reputación se arruinara.
El pozo llevaba cerrado 20 años. Nadie lo revisaba. Sebastián Montes habría muerto ahí si no hubiera empezado a cantar. y la familia no lo hubiera escuchado. Eres un asesino, Rodrigo, o lo serías si no fuera por pura suerte. Rodrigo no respondió. Se quedó mirando por la ventanilla del carruaje, viendo pasar los campos y pueblos.
“Mi vida está arruinada de todos modos”, dijo. Finalmente, “Debo dinero a personas peligrosas. Aposté los 500 pesos que mi tío me dio pensando que los multiplicaría. Los perdí todos en una noche. Evaristo me amenazó porque le debía el resto de su pago. Por eso huí. No tenía a dónde ir y ahora voy a prisión. Vas a prisión porque lo mereces, dijo Belarde sin simpatía.
Llegaron a Veracruz. Al amanecer del tercer día. Una pequeña multitud se había reunido en la comandancia, ansiosa por ver al monstruo que metió al hombre en el pozo, como lo llamaban. Tuvieron que escoltarlo rápidamente para evitar que la gente lo agrediera. Don Esteban fue notificado de inmediato. Llegó a la comandancia acompañado de Emilio.
Belarde les preguntó si querían ver a Rodrigo antes de que fuera encerrado formalmente. Don Esteban dudó largo rato. Finalmente asintió. Quiero mirarlo a los ojos. Quiero entender cómo pudo hacer esto. Los llevaron a la sala de interrogatorios. Rodrigo estaba sentado, todavía esposado, con aspecto de completo derrotado.
Cuando vio entrar a su tío, intentó levantarse, pero los guardias lo forzaron a sentarse. “Tío Esteban”, comenzó con voz temblorosa. “No me llames así”, interrumpió don Esteban con voz helada. Ya no eres mi sobrino, ya no eres nada para mí. Por favor, déjeme explicar. Explicar qué? ¿Que intentaste destruir a mi familia? ¿Que estuviste dispuesto a matar a un hombre inocente solo por resentimiento? ¿Qué explicación puede haber para eso? Rodrigo bajó la cabeza.
Usted nunca me respetó, nunca creyó en mí, siempre me trató como a un fracasado. Porque eras un fracasado, dijo don Esteban con dureza, no por falta de oportunidades, sino por tus propias decisiones. Te ofrecí trabajo en mi negocio cuando tenías 20 años. Te negaste. Te presenté con contactos que podrían haberte ayudado.
Los despreciaste. Te presté dinero una y otra vez y lo despilfarraste en apuestas y vicios. Y ahora me culpas a mí. Usted es rico y yo no tengo nada. Yo trabajé durante 30 años para tener lo que tengo. Empecé desde abajo cargando bultos en el muelle como el pobre Sebastián Montes. Nadie me regaló nada. Tú querías todo sin esfuerzo.
Esa fue siempre tu problema. Rodrigo levantó la vista con los ojos llenos de lágrimas y rabia. Pues ahora ambos perdimos. Yo voy a prisión y usted tiene que vivir sabiendo que su propio sobrino lo odiaba lo suficiente como para intentar destruirlo. Don Esteban se acercó a él mirándolo con una mezcla de desprecio y tristeza.
No siento pena por ti, Rodrigo. Siento pena por tu madre, que es una buena mujer y no merece un hijo como tú. Y siento pena por ese hombre que casi asesinas, que solo quería trabajar para alimentar a sus hijos. Espero que en prisión tengas mucho tiempo para pensar en lo que hiciste. Se dio media vuelta y salió de la sala sin mirar atrás.
Emilio lo siguió sin decir palabra. Afuera, don Esteban se detuvo respirando con dificultad. Por un momento pareció que iba a derrumbarse, pero se recompuso. Ya está, dijo. Este capítulo está cerrado. Volvamos a casa. El juicio de Rodrigo Salazar y Evaristo Valderas comenzó en noviembre de 1869. Fue uno de los casos más comentados en la historia reciente de Veracruz.
El fiscal presentó pruebas contundentes. El testimonio de Sebastián Montes, la confesión de Evaristo, los objetos encontrados en el lugar del crimen, los testimonios de múltiples testigos. La defensa de Rodrigo intentó argumentar que no había habido intención de matar, que todo había sido una broma pesada, que salió mal, pero el juez, un hombre severo llamado don Próspero Camarena, no se dejó convencer.
“Una broma pesada”, repitió con sarcasmo el juez. “Encerrar a un hombre en un pozo abandonado, sin comida, sin esperanza de rescate y llamarlo broma. Este tribunal considera que hubo clara intención de causar la muerte de Sebastián Montes, aunque esta no se consumó por circunstancias ajenas a la voluntad de los acusados.
Sebastián Montes testificó en el juicio, todavía débil, pero con voz firme contó su terrible experiencia. La sala quedó en silencio absoluto mientras describía los días en el pozo, la oscuridad, el frío del agua, el hambre. La desesperación. Cantaba, dijo con voz quebrada. Cantaba porque era lo único que me quedaba. Cantaba las canciones que mi madre me enseñó y rezaba para que alguien en algún lugar pudiera escucharme.
Y alguien me escuchó. La familia Juárez me salvó la vida. Les debo todo. Cuando le tocó hablar, Carmen Juárez también testificó. explicó cómo había escuchado el canto en medio de la noche, como ella y su hermano habían ido a investigar el horror de descubrir que había un hombre vivo en el pozo.
Si no lo hubiéramos encontrado esa noche, dijo, habría muerto en uno o dos días más. El doctor Villarreal dijo que estaba al límite de la resistencia humana. Mi familia no tiene culpa de lo que pasó, pero viviremos siempre con la imagen de ese hombre sufriendo en nuestra propiedad. El jurado, compuesto por 12 ciudadanos de Veracruz, deliberó durante 5 horas.
Cuando regresaron, el veredicto fue unánime. Culpables de intento de asesinato con alevosía y ventaja. El juez camarena dictó las sentencias. Evaristo Valderas como ejecutor material del crimen y por tener antecedentes penales fue condenado a 15 años de prisión en San Juan de Uluaúa. Rodrigo Salazar, como autor intelectual recibió 12 años en la misma prisión.
Este crimen, dijo el juez al pronunciar la sentencia fue particularmente atroz, no solo por la crueldad hacia la víctima, sino por la traición a la familia. Rodrigo Salazar abusó de la confianza de su tío, usó su casa como escenario de un crimen horrible y estuvo dispuesto a destruir la vida de un inocente por puro resentimiento personal.
La sociedad debe ser protegida de individuos como estos. Rodrigo escuchó la sentencia sin expresión. Parecía haber envejecido 10 años en pocos meses. Evaristo gimió y suplicó piedad. Pero fue en vano. Ambos fueron conducidos a la prisión fortaleza de San Juan de Ulua esa misma tarde. San Juan de Ulua era una construcción terrible edificada sobre un islote frente al puerto de Veracruz.
Había servido como fortaleza militar durante la colonia y luego como prisión. Sus celdas estaban por debajo del nivel del mar, húmedas, infestadas de ratas y mosquitos. Los prisioneros morían regularmente de enfermedades tropicales, licentería, fiebres. Era literalmente una condena de muerte lenta. Doña Amelia viajó desde Shalapa para el juicio.
Se sentó en silencio durante todas las sesiones llorando en silencio. Al terminar intentó hablar con su hermano Esteban, pero él se negó a verla. No culpo a mi hermana, le dijo a su esposa. Ella no tiene responsabilidad por lo que hizo su hijo, pero no puedo verla. Es demasiado doloroso. Tal vez con el tiempo pueda perdonar, pero no ahora.
Doña Amelia regresó a Shalapa destrozada. Nunca se recuperó realmente de la vergüenza y el dolor. Intentó visitar a Rodrigo en prisión varias veces, pero él se negó a verla. Murió tr años después. Según se dijo, de pena. Parte seis. La vida de la familia Juárez lentamente comenzó a normalizarse después del juicio. Don Esteban recuperó su negocio, aunque nunca volvió a ser exactamente el mismo.
Había perdido algunos clientes importantes que nunca regresaron y su salud se había deteriorado por el estrés. desarrolló problemas del corazón que lo forzaron a delegar más responsabilidades en Emilio. Carmen nunca se casó. El licenciado Santbáñez intentó retomar el cortejo después de que todo se aclaró, pero ella lo rechazó definitivamente.
No podía perdonarle que la hubiera abandonado en los momentos más difíciles. Se dedicó a obras de caridad, ayudando a familias pobres del puerto, especialmente a niños huérfanos. encontró en esa labor el propósito que el matrimonio no le había dado. Rafael, el hijo menor, terminó sus estudios y eventualmente se convirtió en abogado.
Siempre recordó aquella noche en que escucharon los cantos del pozo y ese recuerdo lo impulsó a especializarse en la defensa de personas acusadas injustamente. Llegó a ser uno de los abogados más respetados de Veracruz. Doña Refugio nunca superó completamente el trauma. Desarrolló una profunda religiosidad pasando horas cada día en la iglesia.
Ordenó que se celebraran misas regulares por el alma de su sobrino Rodrigo, a pesar de que su esposo desaprobaba esas acciones. Es un criminal, decía don Esteban. Pero doña refugio respondía, “Es un pecador.” Sí, pero todos somos pecadores. Necesita nuestras oraciones más que nadie. Sebastián Montes prosperó bajo el empleo de don Esteban.
resultó ser un trabajador excepcional, honesto y dedicado. Don Esteban llegó a confiar en él tanto que lo puso a cargo de uno de sus almacenes. Sebastián nunca olvidó lo que había vivido y cada aniversario del día en que fue rescatado, llevaba flores a la fuente que había sido construida sobre el pozo sellado. Su familia creció.
Tuvo dos hijos más, ambos educados en buenas escuelas. Gracias a la generosidad de don Esteban. Usted me dio una segunda vida”, le decía Sebastián a don Esteban cada vez que tenían oportunidad de hablar. No solo me salvó de ese pozo. Me dio trabajo, dignidad, un futuro para mis hijos. Nunca podré pagarle. “No me debes nada, Sebastián”, respondía don Esteban.
Si acaso yo te debo disculpas por lo que mi sobrino te hizo. Fuiste víctima de la maldad de mi familia. No de su familia, don Esteban, de un hombre que eligió el camino equivocado. Usted y su familia son buenos. Me lo demostraron cuando me escucharon cantar en la oscuridad. En San Juan de Ulúa, Rodrigo Salazar sobrevivió los primeros años de su condena, aunque apenas.
La prisión era un infierno. Las celdas se inundaban con la marea alta. Los prisioneros se enfermaban constantemente. La comida era escasa y de pésima calidad. Los guardias eran brutales. Evaristo, el tuerto Balderas murió en el segundo año de prisión, víctima de una fiebre tropical. Rodrigo asistió a su entierro en la pequeña fosa común, donde enterraban a los prisioneros sin familia.
se quedó ahí bajo el sol abrasador, mirando el montículo de tierra, y comprendió que ese sería su destino también si no cambiaba. Algo se quebró en Rodrigo ese día. Por primera vez en su vida enfrentó realmente las consecuencias de sus acciones. No había quien culpar, no había excusas. Él había elegido ese camino.
Él había puesto a un hombre inocente en un pozo para vengarse de agravios imaginarios. Había destruido su vida y lastimado a incontables personas. Comenzó a asistir a las misas que un sacerdote visitante celebraba en la prisión. Al principio por aburrimiento, luego porque algo en los sermones resonaba con él. El sacerdote, un franciscano llamado Freay Bernardino, era un hombre viejo que había dedicado su vida a ministrar a los prisioneros.
Todos podemos ser redimidos”, le decía Fray Bernardino a Rodrigo durante sus conversaciones. No importa qué tan bajo hayamos caído, Dios siempre espera nuestro arrepentimiento verdadero. “He hecho cosas imperdonables,” decía Rodrigo. “Nada es imperdonable si el arrepentimiento es genuino, pero debes hacer más que sentir pena por ti mismo.
debes cambiar, reparar lo que puedas, aceptar tu castigo con humildad. Rodrigo empezó a escribir cartas. La primera fue para su madre, aunque nunca sabría si la leyó antes de morir. Después escribió a su tío Esteban. La carta le fue devuelta sin abrir, escribió a Sebastián Montes. Esa carta sí llegó a su destino.
Señor Montes, escribió Rodrigo con mano temblorosa. No espero su perdón. No lo merezco. Solo quiero que sepa que lamento profundamente lo que le hice. He intentado justificar mis acciones de mil maneras, pero la verdad es simple. Fui cruel, cobarde y malvado. Usted era un hombre inocente tratando de alimentar a su familia y yo lo usé como pieza en mi venganza mezquina contra mi tío.
Casi lo maté. Ese crimen pesará sobre mi conciencia hasta mi último día. Si hay algo, lo que sea, que pueda hacer para reparar el daño, aunque sea mínimamente, dígamelo. Viviré el resto de mis días intentando ser mejor persona que la que fui. Rodrigo Salazar. Sebastián leyó la carta en voz alta a su esposa Josefa. Ella lloró.
“¿Le responderás?”, preguntó. Sebastián tardó varios días en decidir. Finalmente escribió una respuesta corta. Rodrigo, he recibido tu carta. No puedo decir que te perdono completamente porque las cicatrices de lo que viví permanecen. Pero reconozco tu arrepentimiento y espero que sea genuino. Si quieres hacer algo bueno, dedica tu vida dentro de los límites de tu prisión a ayudar a otros.
Ese será tu verdadera redención. Sebastián Montes. Rodrigo leyó esa carta cientos de veces hasta que el papel se deshizo de tanto manoseo. Empezó a buscar formas de ayudar dentro de la prisión. Enseñó a leer a otros prisioneros analfabetos. Ayudó a los enfermos cuando podía. Me dio en disputas entre reclusos. No fue fácil.
San Juan de Ulua era un lugar donde la violencia y la desesperación reinaban. Pero Rodrigo persistió. En 1876, después de 7 años de prisión, Rodrigo enfermó gravemente con fiebre amarilla. El doctor de la prisión, un médico joven llamado Aguilar, hizo lo que pudo, pero las condiciones eran pésimas. Rodrigo estuvo al borde de la muerte durante semanas.
En su delirio soñaba con el pozo, pero en sus sueños era él quien estaba en el fondo, mirando hacia arriba un círculo de luz imposiblemente lejano. Y escuchaba una voz que cantaba, la misma canción melancólica que Sebastián había cantado. La voz le decía, “Aún no es tu momento. Tienes trabajo que hacer.” Rodrigo sobrevivió. Cuando se recuperó, estaba esquelético, débil, pero vivo.
El doctor Aguilar le dijo que había sido un milagro. O tal vez Dios tiene otros planes para ti, agregó el médico. Durante los siguientes años, Rodrigo continuó su transformación. Mantuvo correspondencia regular con Fry Bernardino, quien se había convertido en su mentor espiritual. También escribió ocasionalmente a Sebastián, actualizándolo sobre sus esfuerzos por mejorar.
En 1881, después de 12 años de prisión, Rodrigo Salazar fue liberado. Había cumplido su condena completa. Salió de San Juan de Ulua un hombre diferente al que había entrado, encanecido prematuramente, delgado, con la salud deteriorada, pero con una mirada clara que no tenía antes. No tenía a dónde ir.
Su madre había muerto, su familia lo había repudiado. No tenía dinero ni posesiones. Fra Bernardino lo recibió en el convento franciscano de Veracruz. “Puedes quedarte aquí mientras decides qué hacer con tu vida”, le dijo el viejo sacerdote. “Ayudarás con las labores del convento y con nuestra misión entre los pobres.
No es una vida fácil, pero es una vida honesta.” Rodrigo aceptó agradecido. Pasó los siguientes 3 años trabajando con los franciscanos, ayudando en su obra de caridad entre las familias más necesitadas del puerto. Era un trabajo humilde, a menudo ingrato, pero Rodrigo lo hacía con dedicación silenciosa. Un día de 1884, mientras distribuía comida en la huaca, se encontró cara a cara con Sebastián Montes.
Ambos hombres se detuvieron sorprendidos. Sebastián había envejecido bien. Se veía próspero y sano. Rodrigo, en cambio, parecía mucho mayor de sus 44 años. Se miraron en silencio por largo rato. Finalmente, Sebastián habló. Escuché que habías salido de prisión. Sí, hace 3 años. Y ahora trabajas con los franciscanos. Sí, es lo único que puedo hacer para tratar de compensar, aunque sea mínimamente el daño que hice.
Sebastián asintió lentamente. Mis hijos están estudiando gracias a don Esteban. El mayor quiere ser médico. El segundo, ingeniero. El tercero es todavía pequeño, pero es muy inteligente. Tengo una buena vida ahora. He perdonado, Rodrigo. No olvido lo que pasó, pero he perdonado. Rodrigo sintió que los ojos se le llenaban de lágrimas.
Gracias. No merezco tu perdón, pero gracias. Todos merecemos una segunda oportunidad, dijo Sebastián. Yo la tuve cuando tu familia me escuchó cantar desde ese pozo. Tú la tienes ahora, no la desperdicies. Se estrecharon las manos y en ese gesto simple había más redención que en 1000 años de penitencia.
Rodrigo Salazar vivió el resto de su vida trabajando con los franciscanos. Nunca intentó volver a ver a su tío Esteban, respetando el rechazo de la familia. Dedicó cada día a ayudar a los demás, especialmente a los más pobres y desvalidos. Murió en 1891. A los 51 años de tuberculosis contraída en sus años de prisión.
Fra Bernardino ofició su funeral. Solo estuvieron presentes los otros franciscanos y para sorpresa de todos Sebastián Montes con su familia. Vino a despedirse del hombre que casi lo mata”, murmuró uno de los frailes asombrado. “Vino a despedirse del hombre que se arrepintió”, corrigió Frey Bernardino. Esa es la diferencia.
Rodrigo Salazar cometió un crimen terrible, pero pasó el resto de su vida intentando ser mejor. Eso también cuenta. Don Esteban Juárez murió en 1895 a los 78 años, rodeado de su familia. Hasta el final se negó a hablar de Rodrigo, aunque doña Refugio, que lo sobrevivió 3 años, siempre creyó que en el fondo su esposo había perdonado.
La casa de los Juárez en la calle de la Merced eventualmente fue vendida. La fuente construida sobre el antiguo pozo permaneció, aunque las nuevas generaciones que vivieron ahí desconocían la historia horrible que yacía debajo. Sebastián Montes vivió hasta 1920, alcanzando los 75 años. Vio a sus hijos convertirse en hombres exitosos.
Conoció a sus nietos. En su lecho de muerte, rodeado de su familia, su hijo mayor, que se había convertido en médico tal como soñaba, le preguntó, “Padre, ¿cómo lograste perdonar a los hombres que te hicieron eso?” Sebastián sonrió débilmente. Porque yo también necesitaba perdón, no por lo que me hicieron, sino por el odio que sentí después.
El odio me estaba matando más lentamente que el pozo. Cuando perdoné, me liberé. Y cuando vi que Rodrigo realmente cambió, supe que había tomado la decisión correcta. Y si no hubiera cambiado, entonces igual lo habría perdonado por mi propio bien. El perdón no es un regalo para quien te lastimó, es un regalo para ti mismo, para liberarte de la prisión del resentimiento.
Fueron sus últimas palabras de sabiduría. Murió en paz, rodeado de amor. La historia del hombre en el pozo se convirtió en una leyenda en Veracruz. Se contaba en las cantinas, en las reuniones familiares, en las noches, cuando la brisa del mar traía historias del pasado. Con los años, algunos detalles se exageraron, otros se olvidaron, pero la esencia permaneció.
Una historia sobre la crueldad humana, pero también sobre el rescate, el arrepentimiento y el perdón. En 1925, un periodista joven del diario de Veracruz decidió investigar la historia a fondo. Entrevistó a Carmen Juárez, a una anciana de 79 años. Ella recordaba cada detalle con claridad meridiana. “Nunca olvidaré ese canto”, le dijo al periodista.
Era lo más triste y hermoso que había escuchado. Era el sonido de un alma humana aferrándose a la vida con todo lo que tenía. Y cuando lo encontramos, cuando vimos a ese pobre hombre en el fondo del pozo, comprendí algo. Todos estamos en pozos de una forma u otra. Todos necesitamos que alguien nos escuche cuando cantamos en la oscuridad.
El artículo se publicó en el periódico y causó sensación. Renovó el interés en la historia. Investigadores y curiosos visitaron los archivos judiciales, leyeron los testimonios, reconstruyeron los eventos, lo que había comenzado como un crimen casi perfecto, diseñado para destruir a una familia inocente y cobrarse la vida de un hombre que solo quería trabajar, se había convertido en una historia sobre la resistencia del espíritu humano y el poder del arrepentimiento genuino.
El pozo de la familia Juárez ya no existe. La casa fue demolida en los años 40 para construir un edificio moderno. La fuente desapareció, pero la historia permanece transmitida de generación en generación en Veracruz. Y a veces, dicen los más viejos del puerto, en noches muy silenciosas, cuando la brisa del Golfo es apenas un susurro.
Si pasas por donde estaba la casa de los Juárez en la calle de la Merced, puedes escuchar un canto distante. No es un fantasma ni nada sobrenatural. es solo el eco de la memoria colectiva, recordándonos que incluso en los pozos más oscuros de la desesperación, el canto de un alma humana puede alcanzar los oídos de quienes están dispuestos a escuchar y que la redención, aunque difícil y dolorosa, siempre es posible para quienes realmente la buscan. Fin.
Esta historia basada en eventos reales ocurridos en Veracruz durante el año de 1869 nos recuerda que detrás de cada crimen hay seres humanos complejos, víctimas que sufren, perpetradores que eligen el mal y una sociedad que debe decidir entre la venganza y la justicia, entre el odio y el perdón. El caso de la familia Juárez y el hombre en el pozo se convirtió en un punto de referencia en la historia criminal de México, no solo por la naturaleza del crimen, sino por las preguntas morales que planteó y que siguen siendo relevantes más de 150 años
después. M.
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