ASESINATO DE NIDIA JAZMÍN QUE CONMOCIONÓ BOYACÁ: GOLPES MORTALES LLEVARON A ENCONTRAR A SU ASESINO

El cuerpo de una mujer apareció entre las piedras de la ribera del río Gamesa en Sogamoso. Había sido golpeada con una violencia tan precisa que los investigadores entendieron de inmediato que no estaban ante un accidente. La víctima era Nidia Jazmín González, una madre trabajadora, querida por su familia y desaparecida desde la noche anterior.

 Mientras todos se preguntaban quién podría querer verla muerta, [música] una pista estremeció el caso. quien la atacó no solo sabía golpear, sabía exactamente dónde hacerlo. Y esa precisión llevaría la investigación hasta alguien mucho más cercano de lo que todos imaginaban. El domingo 18 de mayo de 2008, la tranquilidad de la ribera del río Gamesa se vio abruptamente interrumpida.

 habían encontrado el cadáver de una mujer. Las primeras investigaciones revelaron que tenía 37 años y que había desaparecido la noche anterior. Era una mujer que mantenía constante comunicación con sus familiares, siempre llamaba, nunca se ausentaba sin avisar. Por eso, su repentina desaparición encendió las alarmas de inmediato.

 Lo que se descubrió fue aterrador. Había sido víctima de una agresión extremadamente violenta [música] que le causó heridas internas graves. Presentaba múltiples golpes en el rostro, el cuello, el abdomen y la espalda. Eran golpes fríos, certeros, ejecutados con precisión quirúrgica. No cualquiera podía haber causado ese tipo de lesiones.

 Requerían una fuerza concentrada y, sobre todo, conocimiento exacto de dónde y cómo golpear. Los investigadores se sorprendieron por el tipo de violencia. Era evidente que el agresor usó su propio cuerpo como arma. No se trataba de una agresión impulsiva, sino de una acción metódica y dirigida. Los golpes habían sido dados sobre órganos vitales, conocidos como órganos blancos, provocando un daño interno masivo, pero con mínima lesión externa visible.

 Varios órganos estaban lacerados y algunos incluso estallaron. Este tipo de violencia era típico de personas con entrenamiento físico especializado que sabían cómo causar el mayor daño con el menor esfuerzo visible. La víctima se llamaba Natividad y nació el 24 de diciembre de 1971. Para su familia, especialmente para Miguel González, su nacimiento fue el mejor regalo de Navidad.

 Llegó al mundo en plena época de sembrina, entre villancicos, pólvora y alegría. Sus hermanas la recordaban como una niña juiciosa. Aunque crecieron rodeadas de juegos y bullicio, natividad era distinta, tranquila. reservada, observadora. Nunca jugaba con los demás. Prefería quedarse sentada mirando. Pero el tiempo y las adversidades forjaron en ella una personalidad más fuerte, más dura.

 Era madre soltera de dos niñas, profesional, independiente. Mantenía a sus hijas con su trabajo y tenía un almacén de ropa con el que se sostenía. Era una madre ejemplar, una hija ejemplar también. Desde muy joven se dedicó a los negocios en Sogamoso, la ciudad donde creció y se realizó como profesional. tenía un talento natural para las ventas, se le facilitaba todo lo relacionado con el comercio.

 Quienes la conocieron coincidían en que su mayor virtud era su inteligencia y su mayor defecto, quizás su temperamento fuerte, tan imponente como su genio brillante. En diciembre de 1999, contra todo pronóstico, Nidia logró graduarse como contadora en un instituto educativo de Sogamoso. Fue un triunfo personal importante, pero su vida no era perfecta.

 A pesar de sus logros académicos y laborales, había fracasado varias veces en el amor. En dos ocasiones intentó formar una familia, pero las relaciones no prosperaron. De esas uniones nacieron sus dos hijas, por quienes vivía y luchaba cada día. Todo cambió en octubre de 2006, cuando conoció a Airio Castro, un obrero [música] de la región.

 se enamoró profundamente de él. Al principio, su familia aceptó la relación sin mayor objeción, pues aún no conocían bien al hombre. En alio, Nidia vio una nueva oportunidad para rehacer su vida familiar. Según sus allegados, Nidia y Alirio incluso hablaban de casarse. Ella llegó a pensar en mudarse a Bogotá con él.

 La relación duró aproximadamente un año y medio, aparentemente estable hasta mayo de 2008. El sábado 17 de mayo fue la última vez que alguien la vio. Nidia, como siempre, solía comunicarse a diario con su familia, pero ese día no llamó, no dio señales. Lo último que supieron fue que el 16 de mayo, cerca de las 9 de la noche, Nidia había llegado a visitar a su madre, Cecilia.

Durante esa visita, Nidia le confesó a su madre que había tenido una fuerte discusión con Alirio. Incluso le contó que él la había amenazado de muerte. A la mañana siguiente, [música] el domingo 18 de mayo de 2008, campesinos que se encontraban en la ribera del río Gamesa, un lugar donde la gente del [música] sector suele reunirse para almorzar, encontraron el cuerpo de una mujer encajado entre las piedras del agua.

El experimentado investigador Samuel Salamanca fue uno de los primeros en llegar a la escena. Nunca ha olvidado lo que vio ese día. El cuerpo tenía puesto [música] un pantalón de Jin y presentaba múltiples golpes en el rostro, cuello, abdomen [música] y espalda. Por la posición del cuerpo y el entorno, todo indicaba que no había sido arrastrado por la corriente, sino que lo habían colocado allí intencionadamente.

Las autoridades manejaron desde el inicio la hipótesis de un homicidio. La mujer fue identificada como Nidia. El cuerpo fue trasladado a medicina legal, donde los forenses comenzaron a examinar cada una de sus heridas buscando respuestas. La familia de Nidia la enterró en Sogamoso, el pueblo donde creció.

 Era el 19 de mayo de 2008. Ese día la misma tierra que la vio nacer y hacerse mujer la despedía para siempre. Mientras tanto, el Instituto de Medicina Legal analizaba su caso con detenimiento. Nidia era la víctima número 10,000 registrada ese año. Un número simbólico y alarmante que marcaba un hito doloroso.

 Resolver su caso se convirtió en un reto técnico y humano para los expertos forenses de Sogamoso. La necropsia fue reveladora. La causa directa de su muerte fue un trauma cráneo encefálico severo. Los golpes en la cabeza habían sido devastadores, pero no era lo único. Había una lesión crítica en el hígado, una ruptura total del lóbulo derecho considerada especialmente mortal.

Esa clase de daño solo puede ser causada por una fuerza muy fuerte, concentrada con precisión quirúrgica en un punto específico del abdomen, en este caso el hipocondrio derecho. La energía del impacto se transmitió directamente al hígado, provocando su destrucción. El cuerpo de Nidia presentaba más de 10 lesiones, algunas en órganos vitales que derivaron en una hemorragia interna masiva.

 Los forenses compararon esas heridas con las que suelen observarse en accidentes de tránsito cuando el conductor impacta violentamente [música] su abdomen contra el volante. Esa comparación dejaba claro que Nidia había recibido una golpiza [música] brutal. Sin embargo, no había señales de que se hubiese usado un objeto contundente.

 No había marcas de un bate, una varilla [música] o cualquier instrumento reconocible. Si se hubiese empleado uno, el cuerpo habría mostrado patrones específicos. Los golpes en el abdomen, por su forma y profundidad, [música] pudieron haber sido causados tanto por un objeto como por el puño de una persona. Pero aquí no se trataba de simples golpes, era alguien que sabía [música] cómo y dónde golpear.

 Esa precisión indicaba entrenamiento. La violencia no fue impulsiva, fue dirigida. Las heridas de Nidia empezaban a contar una historia. Su cuerpo, de forma silenciosa pero elocuente comenzaba a trazar el perfil de su asesino. Javier Rojas, perfilador profesional, estuvo a cargo del análisis de la escena del crimen.

 Desde el inicio hubo algo que le llamó poderosamente la atención, el tipo de violencia empleada. Todo indicaba que el asesino utilizó su propio cuerpo como arma. Los golpes habían sido aplicados con una precisión inusual, dirigidos a órganos blancos específicos, lo que generó un daño interno extremo con escasa evidencia visible en el exterior.

 Varios órganos internos presentaban laceraciones y algunos incluso habían estallado. Pero hubo un detalle más que destacó para el perfilador. la ubicación repetitiva de las lesiones concentradas principalmente en el tórax y sobre todo en el rostro de la víctima. Según explicó Rojas, ese tipo de ataque tiene un peso psicológico importante y suele ser característico en casos donde existe un vínculo emocional estrecho entre víctima y victimario.

 Las estadísticas respaldaban su hipótesis. En más del 85% de los casos donde la violencia se centra en el rostro, el agresor conocía íntimamente a la víctima. Cuando los investigadores compartieron esta teoría con la familia de Nidia, la sospecha fue casi inmediata. Señalaron a Alirio. Según relataron, Alirio era un hombre profundamente celoso y posesivo.

 Controlaba a Nidia al punto de aislarla completamente. Le prohibía tener amistades, casi no le permitía salir a trabajar. Y con el tiempo él mismo se encargó de todas las gestiones del negocio para evitar que ella saliera sola. Incluso llegó a prohibirle hablar con su propia madre. Sin embargo, la imagen que daban de ali no era uniforme.

 Familiares y amigos suyos, también entrevistados por la fiscalía, pintaban un cuadro diferente. Clara Elena Martínez, la fiscal encargada del caso, también había investigado la muerte de otra mujer, Yasmín. En cuanto a Alirio, los compañeros de trabajo lo describían como una persona tranquila, amable, atenta con sus colegas.

 aseguraban que jamás tuvo problemas con nadie. Uno incluso recordó que jugaban fútbol juntos y que era un buen compañero. Mientras la fiscalía intentaba esclarecer si realmente la relación entre Alirio y Nidia había sido tormentosa o no, una nueva pista cambió el enfoque. Samuel Salamanca, otro de los investigadores del caso, advirtió algo clave.

Quien causó esas lesiones tenía conocimientos de artes marciales. La teoría sobre el perfil del asesino se sustentaba en el tipo de golpes y en los lugares precisos donde habían sido propinados. El perfil emergente era claro. Se trataba de un hombre entrenado, alguien que había transformado una disciplina basada en la concentración y el respeto por la vida en un arte letal.

 Con esta información, el equipo de investigación centró sus esfuerzos en descubrir cuál de las personas cercanas a Nidia Díaz Minía conocimientos en artes marciales. El encargado del caso, el investigador Samuel Salamanca, decidió hacer una visita inmediata a la casa de Alirio. [música] Al llegar se llevó una sorpresa.

 Quien lo recibió fue la esposa de Alirio. Con amabilidad, tras confirmar la identidad del investigador, lo invitó a pasar al comedor y facilitó la entrevista. Fue entonces cuando reveló un dato clave. Alirio era un hombre casado y Nidia no era su pareja oficial, sino su amante. Según la esposa, él le había dicho que estaba en proceso de separación y que planeaba casarse con Nidia.

Durante la conversación, que duró cerca de una hora, la mujer también confesó que Alirio tenía comportamientos agresivos en casa. A pesar de ello, Samuel no obtuvo información definitiva que pudiera incriminarlo directamente en el asesinato de Nidia. Pero justo cuando se preparaba para irse, algo en el ambiente de la casa captó su atención.

Al mirar hacia la entrada principal, notó un diploma colgado en una de las paredes. Al acercarse leyó el nombre Alirio Castro Cesa. El diploma era una certificación de artes marciales, acreditándolo como cinturón negro en karate, el grado más alto dentro de esa disciplina. Aquella prueba exhibida con orgullo en la propia sala de su casa era justo lo que necesitaban los investigadores.

 La esposa confirmó sin dudarlo, que Alirio había estudiado artes marciales durante años. Para Samuel Salamanca no quedaban más dudas. Aquel hombre que tantas veces había negado tener relación con el crimen se había convertido en el principal sospechoso de la muerte de Nidia Díaz Min. Cuando Samuel Salamanca creyó que su hallazgo más valioso era el diploma de artes marciales colgado en la sala de la casa de Alirio Castro, una nueva evidencia emergió inesperadamente.

En los archivos del hospital de Sogamoso reposaba un documento fechado el 25 de mayo de 2007. En él se registraba que Nidia había sido víctima de una agresión física severa. La fiscalía analizó el caso y determinó que las lesiones sufridas en ese entonces eran sorprendentemente similares a las que un año después le causarían la muerte.

 En esa ocasión, Alirio Castro le había provocado fracturas en tres costillas. Medicina legal certificó una incapacidad médica de 35 días. El expediente incluía además una denuncia formal en la cual se detallaban los hechos violentos ocurridos en ese ataque anterior. Para el investigador, la muerte de Nidia era el desenlace previsible de un historial de violencia que no fue detenido a tiempo.

Con todos estos elementos en manos de la fiscalía, el juez 26 de control de garantías emitió una orden de captura contra Alirio Castro el 29 de julio de 2009. fue detenido cerca de su residencia, identificado formalmente y presentado ante el fiscal para legalizar el procedimiento. Posteriormente fue trasladado a la cárcel del circuito de Sogamoso.

Alirio no aceptó los cargos por homicidio [música] y optó por ir a juicio con el objetivo de probar su inocencia. Durante el proceso, ante la ausencia de testigos que pudieran explicar lo que ocurrió entre él y Nidia la noche del 17 de mayo de 2008, la fiscalía presentó su propia hipótesis. Según esta versión, Alirio recogió a Nidia en su automóvil y condujo hacia el norte de Sogamoso, tomando la carretera que lleva al municipio de Tópaga.

 El vehículo habría llegado a un tramo apartado, sin iluminación ni viviendas en los alrededores. En ese lugar se habría producido una discusión que terminó en una agresión fatal. Después del ataque, el cuerpo fue transportado por un sendero hasta llegar a la parte baja del río Gamesa, donde finalmente fue arrojado.

 El cadáver fue encontrado con la cabeza incrustada entre dos piedras, sumergido en el agua. [música] Alirio Castro, principal sospechoso de las autoridades por el asesinato de Nidia Yasmín, pasó la mayor parte del proceso judicial recluido en la cárcel de Sogamoso mientras se definía su situación jurídica. Tenía 40 años.

 Era un hombre corpulento, de mirada fría y firme. Desde el primer momento negó la versión presentada por la fiscalía y ofreció una historia completamente distinta a la construida por la fiscal Clara Elena Martínez. Sostenía que Nidia no era su pareja sentimental, sino una trabajadora sexual con la que mantenía únicamente una relación transaccional.

afirmaba que la conoció en un bar, que eran solo conocidos y que no existía entre ellos ningún vínculo afectivo ni emocional. Según su versión, jamás tuvo motivo alguno para causarle daño. Frente a esa narrativa, la fiscalía sabía que para sostener la acusación debía probar que entre ambos existía algo más que una relación cliente trabajadora.

Necesitaban evidencias de una conexión emocional, algo que explicara celos. discusiones o tensiones como posibles desencadenantes del crimen. La prueba que lo cambiaría todo apareció en un lugar inesperado, el álbum familiar de Nidia. En él se encontraron varias fotografías tomadas durante un evento familiar meses antes de su muerte.

Las imágenes mostraban a Nidia y a Alirio juntos, compartiendo de manera cercana y afectuosa. No eran fotos de dos desconocidos ni de una relación meramente comercial. La presencia de Alirio en ese evento, un bautizo familiar, contradecía su versión. La fiscalía interpretó su asistencia como una señal de intimidad, [música] no de simple conveniencia.

Ante esta evidencia y después de varias preguntas, Alirio terminó por admitir que existía una relación más compleja con Nidia, aunque intentó suavizar su vínculo, reconociendo solo una amistad o una atracción pasajera. Sus palabras revelaban algo más cercano a una conexión emocional ambigua y conflictiva.

 Más allá de cualquier testimonio o interpretación, había un hecho imposible de ignorar. La última vez que la familia vio con vida a Nidia Yasmín, ella estaba en compañía de Alirio y ese detalle él mismo lo confirmó. Según la versión presentada por Alirio Castro durante el proceso judicial, el último momento en que vio a Nidia ocurrió dentro de su vehículo.

Afirmó que discutieron por dinero, ya que él aseguraba no tener cómo costear la salida que ella proponía, en la que algunos amigos los estaban invitando. La discusión escaló cuando llegaron a un semáforo en rojo. Allí, Nidia abrió la puerta y se bajó del automóvil. Alirio sostuvo que no intentó detenerla y simplemente regresó a su casa, argumentando que debía estar presente en su hogar y no podía permitirse pasar más días fuera sin explicación.

Esa fue, según su testimonio, [música] la última vez que la vio con vida. Sin embargo, la hora exacta de llegada de Alirio a su casa no pudo ser establecida por la fiscalía cuando su esposa fue interrogada. solo recordó que él llegó tarde y se acostó a dormir, pero no pudo precisar la hora. Esa laguna temporal añadió más dudas sobre su versión de los hechos.

A lo largo del juicio, surgieron elementos que conectaban a ali con el crimen de manera irrefutable. Uno de ellos fue su formación en artes marciales. Él mismo reconoció haber entrenado karate desde mediados de los años 90 y haber alcanzado el grado de cinturón negro en 1996. Esta habilidad le daba la capacidad física y técnica para causar las lesiones letales que sufrió Nidia, incluso sin necesidad de usar un arma.

Alirio rechazó todas las acusaciones y también desmintió las afirmaciones de la familia de Nidia, quienes lo describían como una persona celosa y posesiva. Justificó que estas percepciones podrían estar influenciadas por el dolor de la pérdida. No obstante, en el expediente judicial figuraba una denuncia por violencia intrafamiliar con un parte médico que indicaba tres costillas fracturadas.

Aunque Alirio aceptó que ese incidente ocurrió, ofreció una versión distinta. Relató que había llevado a Nidia a un concierto del cantante Giovanni Ayala, donde ambos bebieron alcohol y que al estar en estado de embriaguez, ella cayó por unas escaleras provocándose las fracturas. Este no fue el único episodio de violencia en el que Alirio [música] Castro se vio implicado.

Él mismo admitió haber tenido al menos dos altercados con su esposa, ambos bajo los efectos del alcohol. reconocía haber protagonizado riñas domésticas, aunque trataba de restarles importancia, asegurando que tener problemas en el hogar no lo convertía necesariamente en un [música] asesino. Sin embargo, el historial de violencia intrafamiliar, la coincidencia de los golpes [música] y las múltiples pruebas presentadas por la fiscalía construyeron un caso sólido en su contra.

 A pesar de eso, [música] el 25 de noviembre de 2009, tras escuchar todas las deliberaciones, la jueza Elva González lo declaró inocente. [música] Alirio fue absuelto y puesto en libertad de forma inmediata. Para la familia de Nidia, ese momento fue devastador. [música] Durante un tiempo se vieron obligadas a cruzarse con él por las calles del barrio, caminando libremente, como si nada hubiera pasado.

 Muchas veces lo encontraban en lugares públicos, tranquilo, [música] sin mostrar señales de remordimiento. Su actitud, indiferente y aparentemente cínica, las desestabilizaba profundamente. Solo hasta finales de 2022, la fiscalía atendió el llamado insistente de la familia y de la propia jueza, que había llevado el caso en 2018.

 Fue entonces cuando finalmente imputó a Juan Carlos Góngora por el delito de feminicidio agravado. Durante la audiencia virtual celebrada el 16 de diciembre de 2022, como era de esperarse para los familiares, [música] el acusado no aceptó los nuevos cargos. Además, su defensa planteó una estrategia legal significativa. Según el abogado Juan José Castro, en derecho penal rige el principio de non bisem, que impide que una persona sea juzgada o investigada dos veces por el mismo hecho, [música] especialmente si ya ha recibido una sentencia.

En este caso, la nueva imputación por feminicidio se fundamentaba en las mismas pruebas utilizadas en 2018 para condenar a Góngora por desaparición forzada. Ante esta situación crítica, la fiscalía fue consultada, pero no permitió entrevistas con los fiscales que llevaron originalmente el caso. En su lugar, designó como vocero al director seccional de fiscalías de Bogotá, José Manuel Martínez.

 Él explicó que en 2018, aunque había antecedentes, un contexto evidente de violencia y una investigación del Gaula que señalaba que se trataba de un feminicidio, se optó por no imputar ese delito. justificó la decisión afirmando que en ese momento primó el objetivo de lograr celeridad en el proceso, dado que no se había encontrado el cuerpo de Marilyn.

Martínez, quien no dirigía la seccional en 2018, insistió en que ahora sí se está actuando con la rapidez adecuada, aunque la imputación actual se basa en los mismos elementos probatorios que ya existían hace 5 años. admitió que fue un caso sumamente complejo, [música] pero no abordó directamente por qué no se aplicó desde el inicio un enfoque de género, ni por qué se prefirió un delito que permitía rebajas de pena.

 Para las víctimas, la explicación resulta insuficiente. Acusan a la fiscalía de haber negociado con Juan Carlos Góngora, ofreciéndole una imputación por un delito que le daba beneficios procesales y permitía una condena rápida a costa de renunciar a una verdadera justicia. denuncian que se eligió el camino fácil, amparándose en la figura de la justicia premial del sistema penal colombiano, que favorece acuerdos incluso en casos de crímenes graves como el feminicidio.

¿Qué es lo que más te indigna de este caso? ¿Crees que debería permitirse la reducción de pena por aceptar cargos en casos tan graves como este? ¿Qué más podría hacer la familia de la víctima para obtener justicia según tu opinión? Deja tu opinión en los comentarios. Y no olvides suscribirte al canal.