Un hombre humilde fue acusado de robar $200,000 de la empresa donde trabajaba.

La evidencia parecía irrefutable. Su defensor público apenas revisaba el caso

y el juez ya le sugería declararse culpable. Pero nadie imaginaba que en la

galería del tribunal una niña de 10 años con un cuaderno lleno de notas estaba a punto de cambiar todo. Esta es la

historia de Martín Torres y su hija Lucía y de cómo la justicia puede llegar de las manos más pequeñas cuando la

verdad es lo único que importa. Martín Torres nunca imaginó que su vida se

desmoronaría en cuestión de segundos. Era un mecánico de 42 años, viudo desde

hacía 3 años, que trabajaba día y noche para darle a su hija Lucía todo lo que necesitaba. Sus manos estaban curtidas

por años de reparar motores, su rostro marcado por el sol y el esfuerzo, pero

su corazón era tan limpio como el de un niño. Jamás le había robado ni un tornillo a nadie. Y la simple idea de

tomar algo que no le perteneciera le resultaba incomprensible.

Todo comenzó cuando la empresa de transporte, donde trabajaba temporalmente como chóer, necesitó a

alguien de confianza para llevar al director ejecutivo a varias reuniones importantes. Martín fue elegido

precisamente por su reputación de honestidad y puntualidad. Durante dos meses condujo ese Mercedes negro

impecable escuchando conversaciones de negocios que no entendía del todo,

esperando pacientemente afuera de oficinas lujosas mientras su estómago rugía de hambre porque apenas tenía

dinero para un sándwich. Nunca se quejó, nunca pidió propinas, solo hacía su

trabajo con la dignidad que siempre lo había caracterizado. Pero el destino tenía preparada una

trampa cruel. Una mañana de viernes, mientras Martín preparaba el desayuno de

Lucía antes de llevarla a la escuela, escuchó golpes violentos en la puerta.

Eran las 6 de la mañana y aún estaba oscuro afuera. Al abrir, cinco policías

irrumpieron en su pequeño departamento de dos habitaciones, mostrando una orden de arresto. $200,000 habían desaparecido

de las cuentas de la empresa y todas las transferencias apuntaban directamente a una cuenta bancaria a su nombre. Martín

sintió que el piso se hundía bajo sus pies, sus manos temblaban mientras los oficiales le ponían las esposas. Su

mente se negaba a procesar lo que estaba sucediendo. Miró hacia el pequeño pasillo y vio a Lucí asomada desde su

habitación, con los ojos abiertos como platos y su pijama de ositos que ya le quedaba pequeño. La niña no lloró, no

gritó, solo lo miraba con una expresión que partía el alma intentando entender por qué se llevaban a su papá. Fue lo

último que Martín vio de su hija antes de que lo metieran en la patrulla. Esa mirada de 10 años llena de miedo y

confusión. En la estación de policía, Martín fue interrogado durante horas. Los detectives le mostraban extractos

bancarios, registros de transferencias, documentos que supuestamente llevaban su

firma digital. Él negaba todo una y otra vez. Su voz ronca de tanto repetir que

jamás había tocado ese dinero, que ni siquiera sabía usar la banca en línea, que siempre pagaba todo en efectivo

porque no confiaba en las computadoras, pero nadie le creía. Para ellos era solo otro empleado deshonesto que había

aprovechado su posición de confianza para robar. Lo peor llegó cuando conoció a su defensor público. El licenciado

Ramírez era un hombre de 50 y tantos años, con ojeras profundas y un maletín

lleno de carpetas de otros casos igual de desesperados. Tenía asignados 47

casos simultáneamente y apenas podía dedicarle 20 minutos a cada uno. Cuando

revisó el expediente de Martín, suspiró con cansancio y le dijo las palabras más devastadoras que había escuchado en su

vida. Sr. Torres, la evidencia es muy sólida. Mi consejo es que acepte un

acuerdo con la fiscalía. Si se declara culpable, tal vez pueda negociar una sentencia reducida de años en lugar de

ocho. Martín se negó rotundamente. Golpeó la mesa con ambas manos. Sus ojos

se llenaron de lágrimas de impotencia y rabia. Tenía que cuidar de Lucía. Ella

solo tenía 10 años y ya había perdido a su madre. No podía perder también a su padre. La niña quedó bajo el cuidado

temporal de la vecina del edificio. La señora Beatriz, una mujer mayor de buen

corazón, pero de recursos limitados. Martín pasó las siguientes semanas en una celda preventiva, durmiendo en un

catre duro, comiendo comida que apenas podía tragar, sintiendo como su alma se

desgarraba cada noche al pensar en Lucía. Mientras tanto, el caso avanzaba

hacia el juicio final. El fiscal asignado era el Dr. Armando Ruiz, un

hombre de 45 años con trajes caros, sonrisa arrogante y ambiciones

políticas. Para él este caso era perfecto. Un empleado de clase baja que

roba a una empresa respetable, evidencia clara, víctima corporativa influyente.

Era el tipo de caso que garantizaba titulares en los momentos, periódicos y puntos en su carrera hacia la Fiscalía

General del Estado. No le importaba la verdad, solo le importaba ganar. El

drctor Ruiz preparó su caso con meticulosidad calculada. consiguió testimonios de tres compañeros de

trabajo de Martín, todos ellos sobornados con promesas de no ser investigados por sus propias

irregularidades menores. Estos hombres que alguna vez compartieron café con Martín en el comedor de la empresa,

ahora declaraban ante el juez que siempre lo habían visto nervioso cerca de las computadoras de la oficina, que

una vez lo sorprendieron revisando documentos que no le correspondían. Eran

mentiras, pero mentiras bien coordinadas. Llegó finalmente el día del

juicio. Martín fue llevado al tribunal esposado, vestido con un traje prestado que le quedaba grande y zapatos viejos

que había lustrado lo mejor que pudo. Al entrar a la sala, sus ojos buscaron desesperadamente entre las pocas

personas en la galería pública y ahí estaba ella, Lucía, sentada en la

tercera fila con su uniforme escolar un poco arrugado y su mochila rosa desgastada a un lado. Pero lo que llamó

la atención de Martín fue el cuaderno grueso que tenía sobre su regazo, lleno de papelitos de colores que sobresalían

entre las páginas. La niña le sonrió con valentía, aunque sus ojos brillaban con lágrimas contenidas. Martín intentó

devolverle la sonrisa, pero sintió que se ahogaba. No quería que su hija lo viera así. Humillado, juzgado como un

criminal, le hizo una señal discreta con la mano intentando decirle sin palabras que todo estaría bien, aunque en el