
A partirle su madre a los federales, mis perros.
Perros, ataquen. Éonos al ataque.
¿Cómo enfrentar semejante amenaza que ningún hombre podría detener?
Eso pensó Pancho Villa. Ningún hombre podría. Pero, ¿y si no fueran hombres
los que hicieran frente a los cañones? Una astuta estrategia fue planificada
con un resultado épico y legendario. Un comando inesperado se apoderó del campo
de batalla. Los terribles Sholoid Quintles de Pancho Villa, perros
salvajes con voluntad inquebrantable y valentía infinita tomaron por sorpresa
al Ejército Federal. Y esta es la historia. Ojinaga, Chihuahua, 1910.
Los dorados de Villa eran ampliamente superados en número por las huestes federales del infame general Baldomero
Barrientos. Los villistas se encontraban mermados en armamento, municiones y
ánimo. La oscura sombra de la derrota se cernía sobre ellos. Los federales
estrenaban mortíferas armas letales. Los cañones CRUP, 75 mm.
Bienvenido, compa, a este mi canal, El Centauro Revolucionario. Coméntame desde
cuál ciudad nos visitas, mientras yo te contaré relatos, historias y leyendas
revolucionarias. Si son de tu agrado, te agradezco que me regales un me gusta y
en los comentarios me dejes un saludo. El viento de diciembre azotaba las
calles polvorientas de Ojinaga como látigo del diablo. Pancho Villa caminaba
entre sus tropas con la frente arrugada, mascando un puro apagado que sabía a
derrota. Los federales de Baldomero Barrientos habían cercado el pueblo con
más de 4,000 hombres. y esos malditos cañones CRUP que rugían como bestias de
acero. “Mi general, nos superan tres a uno.” Gruñó Rodolfo Fierro limpiando su
pistola con un trapo sucio. “Los CRUP están posicionados en la loma del
Cristo. Desde ahí nos van a hacer pedazos como piñata en domingo. Los
muchachos están nerviosos. Algunos ya hablan de cruzar el río para el otro lado. Villa escupió al suelo con
desprecio. En la cantina el tigre del norte, sus dorados bebían mezcal como si
fuera el último trago de sus vidas. Afuera, los sholoidit quintles salvajes
que merodeaban por el desierto aullaban a la luna creciente. Esos perros sin
pelo, negros como la noche misma, siempre aparecían antes de las batallas.
La puerta de la cantina se abrió con un chirrido que cortó las conversaciones.
Entró una mujer que hizo que hasta los borrachos más curtidos se enderezaran en
sus sillas. Camila Camacho caminaba con la elegancia de una reina europea, pero
con el fuego de una revolucionaria nacida en el polvo de Chihuahua.
Su vestido color vino abrazaba cada curva de su cuerpo con una precisión pecaminosa.
El cabello castaño oscuro caía en ondas rebeldes sobre sus hombros desnudos y
esos ojos cafés brillaban con una inteligencia que intimidaba más que cualquier rifle. Los labios carnosos se
curvaron en una sonrisa que prometía secretos. General Villa, su voz era tercio pelo
envuelto en pólvora. Vengo de parte de don Elías Montfor, el terrateniente.
Dice que tiene información sobre los cañones federales, información que podría cambiar el curso de esta batalla,
pero quiere hablar con usted personalmente esta noche en su hacienda La Providencia.
Villa entrecerró los ojos. Monfort era un cacique ambiguo de esos que le
sonríen a villistas y federales por igual, esperando ver quién gana para quedar bien con el vencedor. ¿Y por qué
habría de confiar en ese víbora con sombrero? Fierro, tú conoces a Monfort,
¿qué opinas? Es más traicionero que Judas con hambre, mi general, pero
también es cierto que tiene espías hasta en el estado mayor de barrientos. Si
alguien sabe los movimientos de esos federales malditos, es él. Aunque ir a
su hacienda de noche, eso huele a trampa más que corral en verano. Camila dio un
paso adelante y el aroma a ja tabaco que la envolvía mareó a medio salón.
Don Elías me envía como garantía de buena fe. Yo estudié en la ciudad de
México. Conozco a los generales carrancistas. Sé cómo piensan. Y créame,
general, lo que tengo que decirle vale más que todo el oro de estas tierras.
Villa sintió algo retorcerse en su pecho. No era solo el deseo que esta mujer despertaba en cualquier hombre con
sangre en las venas. Era algo más profundo, un presentimiento de que esta
mujer escultural y misteriosa, traía consigo un destino que cambiaría todo.
Está bien, pero si esto es una trampa, señorita, ni su belleza la va a salvar.
Esa noche Villa caminaba inquieto en su cuartel improvisado, una bodega
abandonada que olía a grano viejo y pólvora. Fierro lo observaba desde la esquina
afilando su cuchillo con movimientos metódicos. No me gusta, mi general. Esa mujer es
demasiado perfecta, demasiado oculta, demasiado bonita, demasiado oportuna.
Lo sé, Rodolfo, pero estamos contra la pared. Barrientos nos tiene rodeados y
mañana al amanecer van a empezar a bombardearnos con esos CRUP. Necesitamos
un milagro o una estrategia. Que ni el diablo se espere. Villa se detuvo frente
a la ventana rota, mirando las fogatas de los federales que brillaban en las colinas como ojos de demonio.
Los aullidos de los sholoid quintles se intensificaron afuera. Villa recordó las
historias que su abuela le contaba de niño cuando esos perros guiaban a los muertos al mlán. Tal vez era una señal
de que la muerte rondaba cerca. Tal vez era momento de quedarse quieto, de no
arriesgar más vidas en una causa perdida. A medianoche, Villa cabalgó hacia la
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