El coronel Eugenio Manzano se despertó con el cañón de un mauser tocándole la frente. No fue un despertar suave, fue

el tipo de despertar que te arranca del sueño como si te hubieran metido la cabeza en agua helada. El metal del

rifle estaba frío, más frío que la muerte misma. Y cuando Manzano abrió los

ojos, lo primero que vio fue la sombra de un hombre sentado en la única silla de aquella habitación robada, limpiando

otro rifle con la calma de quien pela una naranja. Pancho Villa, el centauro del norte en

persona, pero no estaba solo. De pie en la esquina, apenas visible en la

penumbra del amanecer que se colaba por la ventana rota, estaba Rodolfo Fierro,

el carnicero, el ejecutor, el brazo derecho de Villa y tenía algo en los

ojos que Manzano nunca había visto en el temido fierro. Lágrimas, fierro. El

hombre de acero estaba llorando. “Buenos días, coronel”, dijo Villa sin levantar la vista del rifle que limpiaba. Su voz

era tranquila, demasiado tranquila, como el silencio pesado antes de que caiga el

rayo. “Espero que hayas dormido bien, porque va a ser tu último sueño en paz

por el resto de tu miserable vida.” Manzano intentó moverse, pero sus manos estaban amarradas a la cama con alambre

de púas. Intentó gritar, pero tenía un trapo metido en la boca que sabía a tierra y sangre seca. El pánico le cerró

la garganta, el corazón le golpeaba el pecho como caballo desbocado. Villa

siguió limpiando el rifle, despacio, metódico, como si tuviera todo el tiempo

del mundo. ¿Sabes quién soy, verdad?, preguntó finalmente, levantando la vista. Sus ojos eran carbón encendido.

Claro que sabes. Soy el hombre que hiciste gritar a una mujer mientras la molías a golpes en la plaza de Torreón.

Soy la pesadilla que te ha estado persiguiendo desde hace tres semanas. Soy el [ __ ] que vino a cobrarte.

Fierro se movió en la esquina. Las lágrimas seguían cayendo por su rostro curtido, marcado por el sol del desierto

y la pólvora de mil batallas. Villa señaló a su compadre con la cabeza,

“Pesa, fierro. Ese hombre ha fusilado asientos, ha colgado traidores, ha

quemado pueblos enteros de federales, pero nunca, en todos estos años que llevo conociéndolo, lo había visto

llorar hasta hace tres días.” Se puso de pie despacio. El piso de madera crujió

bajo sus botas. ¿Sabes qué lo hizo llorar, coronel? Un vestido, un vestido

azul de mujer, un vestido que tú manchaste de sangre cuando le rompiste la cara a una madre que solo defendía a

una niña. Un vestido que olía a la banda y a sangre seca, a madre muerta. Villa

se acercó a la cama, se agachó hasta quedar a centímetros del rostro aterrorizado de manzano. Y ahora,

compadre, ahora vengo a cobrarte esa deuda. Pero no con una bala rápida, ¿o no? Eso sería muy fácil, muy

misericordioso y tú no mereces misericordia. Sonríó, pero era sonrisa

de lobo hambriento. Porque la muerte, ¿sabes qué es? La muerte es un regalo. Un regalo que se gana con honor. Y tú no

tienes honor, manzano. Tú eres basura. Eres de lo peor que México ha parido.

Eres el tipo de hombre que le pega a una mujer indefensa y se ríe mientras lo hace. Y para hombres como tú, tengo algo

especial preparado. Déjame contarte quién era el coronel Eugenio Manzano, compadre, porque para entender la

justicia que Villa le cobró, primero tienes que conocer al villano. Y este villano era de los peores. Manzano tenía

42 años en 1918. Era alto, casi 185.

Corpulento. De esos hombres que usan su tamaño para intimidar. Tenía cara de cerdo, ojos pequeños, hundidos, llenos

de crueldad, nariz ancha, aplastada de tantas peleas de cantina, bigote negro y

espeso que siempre estaba manchado de grasa y mezcal. Tenía manos grandes, nudillos gruesos y marcados de golpear

gente. Usaba el uniforme federal como si fuera traje de rey, siempre impecable,

siempre limpio, pero por dentro estaba podrido. Era de esos oficiales que habían peleado con Huerta contra Madero,

luego con Carranza contra Villa, luego contra Zapata, luego a favor de quien

pagara más. No tenía principios, no tenía honor, solo tenía hambre de poder

y placer sádico de ver sufrir a los débiles. Había llegado a Torreón en

febrero de 1918 con 200 federales igual de podridos que él. El gobierno corrupto de la Ciudad de

México lo mandó a pacificar la región después de que Villa se había retirado

temporalmente a las sierras. Pero pacificar para manzano significaba una

sola cosa, terror. Requisaba comida dejando a familias enteras sin nada.

Violaba muchachas en plena calle y sus hombres hacían lo mismo. Colgaba a sospechosos de ser villistas sin juicio,

sin pruebas, solo porque le daba la gana. Robaba ganado, quemaba cosechas,

golpeaba ancianos y lo peor de todo, disfrutaba cada segundo. Torreón en 1918

era ciudad aterrorizada, compadre. Había sobrevivido a la batalla más sangrienta de toda la revolución en 1914,

cuando Villa la tomó después de combates brutales. Pero ahora, 4 años después

vivía bajo el yugo de un tirano que era peor que cualquier batalla. Las mujeres

no salían de sus casas. Los hombres bajaban la mirada cuando Manzano pasaba.

Los niños lloraban solo de escuchar el sonido de las botas federales en la calle. Era marzo. El sol del desierto de

Coahuila pegaba duro. El polvo se metía en todo. Y en ese polvo, en ese calor,

en ese miedo que cubría Torreón como mortaja, Manzano reinaba como rey de la

podredumbre. Pero algo que Manzano no sabía, compadre, es que en el norte de

México existía una ley más antigua que todas las leyes del gobierno corrupto.

Una ley que no estaba escrita en papel, sino grabada en el alma del desierto. quien toca a una madre mexicana, firma

su sentencia de muerte y esa sentencia la ejecutaba un solo hombre, un hombre

que en ese momento estaba escondido en las sierras de Parral, esperando,

planeando, preparándose. Pancho Villa, ahora antes de seguir con

esta historia de venganza que te va a dejar sin aliento, necesito que hagas algo por mí, compadre. Si esta

introducción ya te atrapó, si ya sientes la furia hirviendo en las venas, si ya

quieres ver a ese maldito coronel pagar por lo que hizo, dale like a este video