El sol del mediodía abrazaba el polvo

rojo de San George como si el cielo

quisiera quemar la tierra hasta los

huesos. El corral de subastas zumbaba

con gritos de ganado y burlas ásperas,

donde la desesperación vestía botas

rotas y la codicia sombreros finos.

Aletjaro se mantenía firme entre la

multitud, brazos cruzados, ojos

entrecerrados bajo el ala de su sombrero

gastado. No había venido a comprar nada,

mucho menos una mujer. Pero entonces la

vio alta.

Envuelta en un chal raído del color del

humo viejo, cabello enmarañado, rostro

marcado por la tierra, pero sus ojos

avellana ardientes, lo atravesaron con

una firmeza que cortó el bullicio. Un

hombre tras ella tiraba de una cuerda

atada a sus muñecas como si fuera

ganado. “¡IT el subastador, “¿Quién se

lleva a la bruja de la montaña?” Las

risas estallaron. Caleb no ríó. Vio algo

parpadear en esos ojos. No era miedo,

era fuego. Levantó la mano vendida. La

palabra resonó más fuerte que un

disparo. Los murmullos se transformaron

en jadeos. Algunos escupieron, otros

maldijeron. Pero ella no se inutó.

Caminó hacia él como si fuera una

tormenta con pies. La cuerda cayó. Ella

se acercó tan cerca que él pudo oler el

pino y la ceniza adheridos a su piel.

Su voz fue un susurro, una daga envuelta

en aliento. Lil, el nombre lo golpeó

como un martillo. Calep apretó la

mandíbula. El aire se le atascó en el

pecho. Ese nombre pertenecía a otro

tiempo. A otro pecado. No lo escuchaba

desde el incendio. Lo que pasó después

te dejará sin alien. El valle gemía bajo

el peso del invierno. El viento barría

las llanuras abiertas, sacudiendo

arbustos secos y lanzando nieve

pulverizada al aire como si fuera arena

flotando en tormenta. Caled Jaro bajó

del porche con lentitud, una mano

apoyada en una viga torcida, la otra

dentro del bolsillo de su abrigo

gastado, testigo de demasiadas estes

aliento apenas se notab. Las estrellas

pesaban sobre la noche como si el cielo

de Uta estuviera hecho de vidrio helado.

Cubrían la inmensidad como una cúpula

inmóvil, fría y silenciosa. Los grillos

cantaban más allá del borde del cañón,

mientras el viento cortante murmuraba

entre los pinos, arrastrando olor a roca

mojada y leña quemada. La luna bañaba

los acantilados con luz plateada,

haciendo brillar las sombras. Como el

primer disparo rompió el silencio como

un rayo seco entre rocas heladas.

Provenía de la loma norte, justo después

del pino quebrado donde la cerca

desplomaba. Caleba acababa de entrar al

granero cuando el sonido retumbó por el