En el año de 1915, cuando la Revolución Mexicana había convertido el norte en un infierno de
pólvora y sangre, existía un hombre cuya maldad era tan profunda que hasta el
mismo [ __ ] le tenía miedo. Su nombre era Coronel Agustín Herrera, alto como
poste de telégrafo, flaco como rama seca de mezquite, con ojos de víbora de

cascabel y bigote negro que parecía mancha de petróleo en su cara amarillenta. Llevaba siempre el uniforme
federal impecable, botas de cuero fino que brillaban como espejos y una pistola
Coltunto 45 que había bautizado con sangre de más de 50 revolucionarios.
Herrera comandaba la guarnición de San Buenaventura, un pueblo polvoriento perdido en las entrañas del desierto
chihuahüense, donde el sol castigaba como martillo sobre Yunque y donde la
justicia había muerto de sed hace mucho tiempo.
Dicen los que lo conocieron que Agustín Herrera había nacido sin alma, que
cuando vino al mundo, hasta su propia madre lloró de horror al ver la frialdad
en esos ojillos negros como pozos sin fondo. Era un hombre que torturaba por
placer, que violaba por poder y que mataba como quien aplasta hormigas.
Pero lo que hacía verdaderamente diabólico al coronel Herrera no era solo su crueldad, era su inteligencia para la
maldad, era su capacidad de planear el sufrimiento ajeno como quien planea una
fiesta. Era su habilidad para convertir el amor en odio, la confianza en
traición y la esperanza en desesperación. En este año maldito de 1915, Herrera
había cometido un crimen tan imperdonable que había despertado la furia del mismísimo Pancho Villa. Un
crimen tan brutal que hasta hoy, más de 100 años después, la gente del norte
baja la voz cuando habla de ello. Y como toda historia de justicia verdadera en
el México revolucionario, comenzó con sangre inocente derramada en el polvo
del desierto. Dale like y suscríbete ahorita mismo, compadre, porque lo que
vas a escuchar es la leyenda más brutal que jamás se haya contado en el norte de
México. Y comenta desde qué ciudad nos estás viendo, porque esta historia llegó
a todos los rincones donde todavía hay hombres de honor. Prepárate para conocer
por qué dicen que en el desierto de Chihuahua, cuando el viento sopla fuerte, en las noches sin luna, todavía
se puede escuchar el llanto de María Elena Herrera, la hija que su propio
padre entregó al [ __ ] para intentar matar al centauro del norte. Esta es la
historia de como un padre sin alma perdió todo por su sedan. de como una
hija inocente se convirtió en el instrumento de la justicia divina y de cómo Pancho Villa demostró una vez más
que en el norte de México la justicia no llegaba en carruaje del gobierno,
llegaba a caballo y con mauser en la mano. Era marzo de 1915
y el sol del desierto chihuahüense caía como plomo derretido sobre el pueblo de
San Buenaventura. En las calles polvorientas, donde antes caminaban familias trabajadoras, ahora solo
quedaba el eco de botas militares y el miedo pegajoso como miel negra. El
coronel Agustín Herrera había convertido aquel pueblo en su reino personal del terror desde la ventana de su despacho
en el cuartel federal, con su uniforme siempre impecable y esa sonrisa que
helaba la sangre, observaba su dominio como águila carroñera sobre cadáver.
Herrera no era federal por patriotismo, era federal porque el uniforme le daba
poder absoluto sobre vidas ajenas. Cada mañana se despertaba pensando en nuevas
formas de quebrar espíritus, de humillar dignidades, de arrancar esperanzas como
quien arranca hierbas del desierto. Los federales bajo su mando eran tan
diabólicos como él. Había seleccionado personalmente a cada uno, no por su
habilidad militar, sino por su capacidad de crueldad. Eran 30 hombres que habían
perdido el alma en cantinas de mala muerte, en burdeles infectos, en callejones donde la humanidad se pudría
como carne al sol. El sargento macedonio Ruiz, su brazo derecho, era un hombre
que había aprendido a torturar en las mazmorras de Lecumberry. tenía manos
como garras y una risa que sonaba como vidrio quebrado. Los cabos, Eustaquio
Maldonado y Refugio Sánchez eran hermanos que habían violado y asesinado
desde Sonora hasta Veracruz, dejando un rastro de luto que manchaba la tierra
mexicana. Pero ninguno de estos demonios se comparaba con la maldad refinada de
Agustín Herrera. Él había perfeccionado el arte de la crueldad sistemática. No
mataba por impulso, mataba por método, no violaba por lujuria, violaba por
dominación. No torturaba por información, torturaba por placer puro. En San Buenaventura,
las madres escondían a sus hijas cuando se acercaban las botas del coronel. Los padres temblaban cuando escuchaban su
voz. Los ancianos rezaban en silencio pidiendo que la muerte llegara antes que
la deshonra. Herrera había establecido un sistema diabólico. Cada semana elegía
una familia del pueblo para su inspección personal.
Entraba a las casas como dueño de vidas ajenas. Revisaba cada rincón como quien
busca tesoros y siempre encontraba alguna razón para castigar. Si
encontraba un rifle viejo oxidado, era colaboración con revolucionarios.
Si hallaba maíz escondido, era acaparamiento de víveres militares. Si
descubría una imagen de la Virgen de Guadalupe, era propaganda subversiva religiosa.
Pero las razones nunca importaban. Lo que importaba era el poder. El poder de
decidir quién vivía y quién moría, el poder de destruir familias con una
palabra, el poder de borrar sonrisas de rostros infantiles y convertirlas en
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