Villa se disfrazó de peón para ver la verdad con sus propios ojos. Lo que vio
le hirvió la sangre y supo que era hora de actuar. Bienvenido al canal Cuentos
de Villa. Dinos desde dónde nos estás escuchando, compadre. Déjanos tu like y
agárrate, porque lo que viene te va a herizar hasta los huesos. dicen los que
saben, los que estaban ahí cuando todo pasó, que fue en los meses de más calor,

cuando el sol aprieta tan duro que hasta las piedras sudan y el aire huele a
tierra seca y promesas rotas. Por ese tiempo corrían historias por los
caminos de Parral, historias que llegaban en boca de arriero, cansados y
mujeres con los ojos hinchados de tanto llorar. Hablaban de una hacienda llamada
Soledad. nombre que le quedaba como anillo al dedo, porque de eso había mucho entre
esas tierras, soledad, tristeza y miedo. Allá mandaba un tal coronel Julián Moya,
hombre que no había nacido con las botas puestas, pero que aprendió rápido que en
este mundo o pisas o te pisan. Hijo de comerciante de medio pelo de
Durango, Moya había crecido viendo como los federales aplastaban cualquier queja
como quien aplasta una pulga, y de eso sacó su filosofía. El único lenguaje que
entiende la gente pobre es el del miedo. Cuando la revolución empezó a sacudir al
país como perro mojado, él se aferró al uniforme y al poder como náufrago a un
palo, convencido de que el único modo de sobrevivir era volverse más duro que los
tiempos. Las historias que llegaban a Villa no eran de las que se olvidan
fácil. Contaban que Moya tomaba tierras de viudas que no podían pagar deudas
inventadas, que expulsaba a viejos de los millarales donde habían nacido, que
usaba a los peones como bestias de carga y que si alguien protestaba, amanecía
con la lengua callada para siempre o desaparecía rumbo a las montañas sin
dejar rastro. Decían también que había comprado la conciencia del cura del pueblo y que hasta los apaches de la
sierra le tenían coraje, porque les había cerrado los caminos de casa que habían sido de sus abuelos desde antes
de que hubiera mapas. Villa escuchaba estos relatos con el
ceño fruncido, la mandíbula apretada, ese gesto que le conocían sus hombres
cuando algo le hervía por dentro. Ya había mandado a muchos buenos muchachos a morir en esta revolución.
Había visto sangre de más y cada vez que le tocaba decidir si valía la pena
derramar más, el peso se le hacía de piedra en el pecho. Pero las mujeres que
llegaban a pedirle ayuda traían nombres, no solo quejas. Traían el nombre de
Jacinta, que cargaba agua de sol a sol cadenas invisibles. Traían el nombre del
viejo Marcos, echado de su tierra por firmar un papel que no sabía leer.
Traían el nombre de Naiche, un muchacho apache que Moya había amarrado al sol
como escarmiento y cada nombre era una espina que se le clavaba más hondo. ¿Y
qué quieren que haga? Preguntó Villa una noche con voz cansada. a los dorados que
lo rodeaban. Que lleguemos y prendamos fuego a todo. Y después, ¿qué? Llegan otros federales,
matan al doble y estos pobres quedan peor que antes. Fierro, que nunca era
hombre de rodeos, escupió al suelo. Pues entonces dejamos que siga la chingadera,
mi general. Total, ¿qué más da un coronel más o menos? Pero Villa negó con
la cabeza, despacio, con ese modo suyo de pensar en voz alta que hacía que
todos se callaran. No, Rodolfo, esta vez voy a ir yo solo. Necesito ver con mis
propios ojos si lo que dicen es cierto o puro chisme de camino. Y si es cierto,
pues ya veremos qué hacemos. Pero no vamos a llegar con las pistolas por delante hasta saber bien a qué le
estamos tirando. Los hombres lo miraron como si estuviera loco.
El general Villa, el que le volaba la cabeza a los federales en Zacatecas, el
que le quitaba trenes al gobierno, como quien pela naranjas, iba a meterse solo
en la boca del lobo. Ni modo, muchachos, dijo Villa y por
primera vez en días esbozó algo parecido a una sonrisa. Si me toca que me lleve
la chingada, pues ándale. Pero antes de mandar a morir a alguien más, necesito
saber que vale la pena. Y así fue como una madrugada en que todavía el gallo no
había cantado, Francisco Villa se vistió con ropa de peón corriente, camisa
gruesa y remendada, calzón de manta, huaraches gastados, sombrero
desilachado. se ensució la cara con tierra del camino, escondió las pistolas
bajo la faja y la cobija y se fue caminando rumbo a Parral, como un hombre
más de los 1000 que andaban buscando trabajo, buscando un plato de frijoles,
buscando algún lugar donde la vida no apretara tanto. Dejó a los dorados
acampados en un desfiladero cercano, con orden de esperarlo y de no moverse hasta
tener noticias. El camino fue largo y caluroso. Villa caminaba entre otros
peones, igual de jodidos, hombres que hablaban poco porque ya no les quedaban
palabras, solo cansancio. Al atardecer, cuando ya el sol se ponía
como bola de fuego sobre las montañas, llegaron a la hacienda Soledad. Y el
nombre, como ya dije, le quedaba perfecto. La hacienda era grande, con
muros altos y portón de madera. forzada. Adentro la casa patronal brillaba blanca
bajo la luz moribunda, con tejas rojas y ventanas con rejas de hierro. Pero lo
que Villa vio no fue la casa bonita, sino los barracones donde dormían los
peones. Construcciones de adobe a medio caer, sin ventanas, apretadas unas
News
La llevó a París solo para cargar sus bolsas, creyéndola inferior. Pero cuando ella abrió la boca en la boutique de lujo, el millonario quedó paralizado.
Héctor Vidal no necesitaba compañía, o al menos eso se repetía a sí mismo mientras ajustaba su reloj de platino…
“Llevó a su amante a la gala, pero su esposa acaparó todas las miradas.”
La venganza de Elena. Prepárense porque cuando Elena Silveira decidió revelar la verdad, nadie salió ileso. Imaginen la escena. La…
Una millonaria tocó la puerta de la casa más humilde de su empresa… y descubrió una realidad que ningún dinero le había enseñado.
Laura Mendoza siempre creyó que el mundo funcionaba como sus edificios: recto, limpio, predecible… y, sobre todo, bajo control. Era…
LA MADRASTRA LES DEJÓ UN CACAOTAL SIN HOJAS… AÑOS DESPUÉS SU FÁBRICA DE CHOCOLATE FACTURABA MILLONES
Cuando Estela Vega vio a Santiago Ramírez en la televisión elegante, millonario, dueño de un imperio de chocolate, sintió terror…
Cuando un Abogado Tocó su Puerta, SE LE HELÓ LA SANGRE…
Cuando un Abogado Tocó su Puerta, SE LE HELÓ LA SANGRE… Una mujer obliga a su suegra a cargar agua…
MILLONARIO ABRE LA CAJA FUERTE… Y CASI SE INFARTA CON LO QUE VE DENTRO
MILLONARIO ABRE LA CAJA FUERTE… Y CASI SE INFARTA CON LO QUE VE DENTRO El corazón de Adrián Valdés dio…
End of content
No more pages to load






