Había un hombre en el norte de México que no conocía el miedo. Se llamaba Coronel Ramiro Santoscoy y su sombra era
más negra que la noche del desierto de Chihuahua, alto como álamo seco, delgado
como víbora de cascabel, con ojos grises que parecían piedras muertas y un bigote

negro retorcido hacia arriba como cuernos del [ __ ] Usaba uniforme federal impecable, botas de charol que
brillaban como espejos y siempre cargaba una fusta de cuero trenzado que había
manchado con la sangre de más adelitas de las que cualquier hombre podría contar sin sentir asco en el alma. Era
el año de 1915, cuando la Revolución Mexicana ardía con más furia que nunca y
el norte de México se había convertido en un campo de batalla donde la justicia se decidía con pólvora y plomo, no con
leyes de papel que solo servían para limpiar las botas de los poderosos. En ese tiempo, compadre, todavía existían
hombres de honor que no necesitaban uniformes ni títulos para hacer lo correcto. Y también existían víboras con
charreteras que se creían dioses solo porque cargaban fusil y tenían el
respaldo de un gobierno corrupto que no valía ni el polvo que pisaba. El coronel
Santoscoy comandaba la guarnición federal de Torreón con mano de hierro y corazón de hielo, pero no era soldado,
era carnicero disfrazado de militar. Su especialidad no era ganar batallas
contra Villa o Zapata. Su especialidad era algo mucho más cobarde, mucho más
sucio, torturar a delitas. Las mujeres revolucionarias que llevaban mensajes,
curaban heridos, transportaban armas escondidas entre sus faldas. y peleaban
con más valor que 100 federales juntos. Dicen que el coronel Santoscoy había
torturado a más de 20 adelitas en los calabozos de su cuartel, las colgaba de
las muñecas hasta que los hombros se les dislocaban. Las quemaba con fierros al
rojo vivo hasta que la piel se les desprendía como papel viejo. Las golpeaba con su fusta hasta que la
espalda se les convertía en carne molida. Y siempre, siempre lo hacía
despacio, muy despacio, porque para él no se trataba de obtener información, se
trataba de quebrar el espíritu, de demostrar que las mujeres no tenían lugar en la revolución, de enseñar con
sangre y gritos que quien desafiaba al gobierno federal pagaría un precio que ningún ser humano debería pagar jamás.
Pero había una adelita que el coronel Santoscoy no conocía todavía. Una mujer que había sobrevivido a cosas peores que
cualquier tortura que él pudiera imaginar. Una madre que había visto morir a su esposo en sus brazos durante
la batalla de Zacatecas. Una guerrera que había salvado 40 vidas sacando
heridos bajo fuego enemigo mientras las balas silvaban alrededor de su cabeza
como avispas enfurecidas. Se llamaba Petra Herrera. Y en febrero de 1915,
el coronel Santoscoy cometió el error más grande de su [ __ ] vida. La
capturó. Lo que el coronel no sabía, lo que ese hijo de perra arrogante jamás
podría haber imaginado, es que Petra Herrera tenía un hijo, un niño de 12
años con los pies descalzos y el corazón más grande que todo el desierto de Chihuahua. un niño que iba a correr 40
km bajo el sol abrasador para llegar hasta el único hombre que podría salvar a su madre, Pancho Villa. Y cuando Villa
escuchara lo que le hicieron a Petra, cuando ese centauro del norte supiera que habían tocado a una adelita madre, a
una mujer que él respetaba más que a muchos de sus generales, el coronel Santoscoy iba a descubrir que hay cosas
peores que la muerte, mucho peores, porque en el norte de México, compadre,
la justicia no llegaba en carruaje del gobierno, llegaba a caballo y con mauser en la mano. Y cuando llegaba, llegaba
para quedarse. Antes de que sigas escuchando esta leyenda que te va a helar la sangre, hermano, necesito que
hagas tres cosas ahorita mismo. Primero, dale like a este video para que YouTube
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desde qué ciudad nos estás viendo, compadre, para saber que la memoria de Villa y nuestros revolucionarios sigue
viva en cada rincón donde hay mexicanos de corazón. Esta es la historia de como
Pancho Villa se infiltró en un cuartel federal disfrazado de prisionero para
rescatar a una Adelita torturada. de cómo un niño de 12 años salvó a su
madre con un grito en la oscuridad de cómo el coronel más sádico del norte
aprendió que para hombres sin honor la única ley que vale es la del plomo. Y te
advierto, compadre, lo que vas a escuchar no es cuento, es leyenda pura.
De esas que nuestros abuelos contaban alrededor de la fogata cuando el desierto se quedaba en silencio y las
estrellas eran testigos de que en México todavía había hombres de honor. Las 2 de
la tarde del 8 de febrero de 1915, el calabozo del cuartel federal de Torreón
apestaba a orines, sangre seca y miedo. La luz del sol apenas se filtraba por
una rendija estrecha en el techo de Adobe, creando una línea delgada de claridad en medio de la oscuridad, que
parecía tener peso, como si pudieras tocarla con las manos. Petra Herrera
colgaba de las muñecas. Las cadenas de hierro oxidado mordían su piel y cada
respiración era un cuchillo en los pulmones. tenía la blusa rasgada, la
espalda marcada con líneas rojas donde la fusta del coronel había caído como látigo de odio y el labio partido donde
uno de los federales la había golpeado cuando escupió en su cara. Pero sus
ojos, sus ojos negros como obsidiana todavía ardían con algo que ninguna
tortura podría apagar. Dignidad pura. El coronel Ramiro Santoscoy caminaba
alrededor de ella como buitre alrededor de Carroña. Sus botas de charol resonaban en el piso de piedra con un
ritmo que parecía diseñado para quebrar nervios. Tenía la fusta enrollada en la
mano derecha y de vez en cuando la hacía chasquear contra su bota solo para ver cómo Petra se tensaba anticipando el
próximo golpe. “¿Dónde está el campamento de Villa?”, preguntó el coronel con voz que parecía arrastrarse
como serpiente sobre arena caliente. Su acento era del sur, de la ciudad de
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