Introducción: La Noche Más Oscura

Era noviembre de 2022 y sobre la colonia

Guerrero en la ciudad de México caía una lluvia fría que parecía llevar consigo todo el cansancio del mundo. Lucía

Fernández Vargas tenía 43 años, pero sus manos curtidas por el vapor de las ollas

y el frío de las madrugadas parecían de una mujer 20 años mayor. Cada línea en

sus palmas contaba una historia de sacrificio. Cada callo era un testimonio

silencioso de las miles de tamales que había envuelto para mantener viva a su familia. Eran las 10 de la noche de un

miércoles gris. La esquina de eje central y sarco, donde Lucía instalaba

su pequeño puesto de tamales cada noche estaba casi desierta. El viento arrastraba basura por las calles mojadas

y el olor a gasolina quemada se mezclaba con el aroma dulce del atole de vainilla

que se enfriaba en su olla más pequeña. Lucía contó por tercera vez las monedas

en la pequeña caja de lata oxidada que guardaba bajo la mesa. 120 pesos. Solo

120 malditos pesos después de 8 horas de estar ahí parada, con los pies hinchados

y la espalda rompiéndose. “Dios mío”, susurró apretando las

monedas contra su pecho. “Son cuatro bocas en casa, cuatro estómagos que van a despertar con hambre mañana. Su hijo

mayor David tenía 16 años y trabajaba como empacador en un supermercado para

ayudar. Las gemelas, Sofía y Valeria tenían 11 años y todavía creían que mamá

podía arreglarlo todo. Y luego estaba su abuela, doña Carmela, de 82 años, que

necesitaba medicinas que costaban más de lo que Lucía ganaba en toda una semana. La olla grande, donde hervían los

tamales verdes y rojos, tenía exactamente 17 tamales. Los había

contado y vuelto a contar. 17 tamales, que significaban con suerte otros 170

pesos si lograba venderlos todos antes de la medianoche. Y la renta vencía en

tr días. Lucía cerró los ojos y sintió el peso aplastante de la desesperación.

1800 pesos de vía de renta, 500 para las medicinas de la abuela, 300 para

uniformes escolares que las gemelas necesitaban urgentemente y comida.

Siempre hacía falta comida. El recuerdo de tiempos mejores la golpeó como una

bofetada. 5co años atrás, en 2017, había tenido su

propio local pequeño, nada lujoso, pero era suyo. Cuatro paredes, una estufa de

gas y mesas donde la gente se sentaba a comer tranquila. Hasta había contratado a una muchacha para que la ayudara los

fines de semana. Pero entonces llegó la enfermedad. Primero fue su esposo

Roberto, cáncer de estómago que se lo llevó en seis meses brutales. Los gastos

médicos devoraron los ahorros, luego el local, luego todo. Ahora, 4 años después

de su muerte, Lucía estaba aquí en esta esquina fría, vendiendo tamales desde

una olla abolida. “Tamales calientitos”, gritó con una voz que ya no tenía fuerza. “Verdes, rojos, de dulce.

Ándale, marchantito. Pero la calle estaba vacía, solo el sonido de la lluvia golpeando el toldo de plástico

roto que apenas la protegía. Un taxi pasó salpicando agua sucia. Una pareja

joven corrió bajo un paraguas sin siquiera voltear a verla. Un perro callejero se detuvo un momento, olfateó

el aire y siguió su camino. Lucía miró el reloj en la pared del edificio frente

a ella. Las 10:30, en una hora y media más, tendría que recoger todo e irse a

casa. Y entonces tendría que enfrentar las miradas de sus hijos cuando abrieran la alacena, y solo encontraran medio

kilo de frijoles y tres jitomates pasados. El estómago de Lucía rugió. No

había comido nada desde el mediodía. Un tamal de los que se habían roto al envolverlos, eso era todo. Pero no podía

darse el lujo de comer más. Los tamales buenos eran para vender, no para ella.

Sus manos temblaban mientras ajustaba la llama del pequeño tanque de gas. Quedaba poco gas, apenas suficiente para

mantener los tamales calientes otra hora. Después de eso, si no vendía nada,

tendría que tirarlos. Los tamales fríos no se vendían y recalentarlos al día

siguiente les quitaba toda la calidad. Por favor, Dios oró en voz baja mirando

al cielo oscuro. Sé que no soy nadie para pedirte nada. Sé que hay gente que

sufre mucho más que yo. Pero mis niñas, mis niñas tienen hambre. No merecen

esto. Son inocentes. Una lágrima rodó por su mejilla, mezclándose con las

gotas de lluvia que se colaban por el toldo roto. Fue entonces cuando lo vio.

Un hombre emergía de la oscuridad como una aparición. Caminaba despacio, casi

arrastrando los pies. Su ropa estaba empapada y cubierta de lodo. Llevaba una

sudadera gris desgarrada y pantalones que parecían no haberse lavado en semanas. Su cabello largo y enmarañado

le caía sobre el rostro y una barba descuidada cubría la mitad de su cara.

Pero lo que más impactó a Lucía fueron sus ojos. Cuando el hombre levantó la mirada, sus ojos brillaban con una luz

extraña. No eran los ojos apagados de alguien vencido por la vida. Había algo

en ellos, una profundidad que lucía no podía explicar. El hombre se detuvo

frente al puesto y la miró en silencio. “Buenas noches”, dijo Lucía automáticamente, aunque su voz sonó más

insegura de lo normal. “¿Gusta un tamalito?” Están recién hechos, 20 pesos cada uno.

El hombre no respondió de inmediato. La miraba con una intensidad que la hacía sentir incómoda y extrañamente también

consolada. Era como si esos ojos pudieran ver directo a su alma, a todo

el dolor que cargaba. “Tengo hambre”, dijo finalmente el hombre. Su voz era suave, pero tenía un

peso que Lucía sintió en el pecho. “Pero no tengo dinero.” Lucía tragó

saliva. Conocía esa historia. La había vivido ella misma más veces de las que

quería contar. sabía exactamente qué significaba tener el estómago vacío y

los bolsillos también. Por un momento, su mente calculadora hizo las cuentas.

Un tamal menos era 20 pesos menos, 20 pesos que necesitaba desesperadamente,

20 pesos que podrían ser la diferencia entre que las gemelas comieran tortillas con sal o tortillas con frijoles al día