Un niño vendiendo dulces en el tráfico, un millonario burlándose desde su auto de lujo. “Vende en otro lugar”, le dijo

riéndose. Pero lo que ese hombre no sabía es que ese niño guardaría un secreto capaz de destruir su imperio y

enseñarle la lección más dolorosa de su vida. El sol del mediodía caía como plomo derretido sobre el asfalto. Las

filas interminables de automóviles avanzaban centímetro a centímetro,

atrapadas en ese infierno cotidiano que los habitantes de la ciudad conocían

demasiado bien. Entre el humo de los escapes y el coro ensordecedor de

bocinas impacientes, una pequeña figura se movía con la agilidad de quien ha

convertido esas calles en su campo de batalla diario. Tomás caminaba entre los

vehículos con su canasta de mimbre colgando del brazo. Dentro, ordenados con un cuidado casi obsesivo,

descansaban dulces artesanales envueltos en papel celofán de colores. Cada uno

había sido hecho por las manos de su madre durante la madrugada, mientras él dormía en el pequeño colchón que

compartían en su habitación alquilada. El niño tenía el cabello rubio despeinado por el viento caliente de la

ciudad y sus ojos claros reflejaban una determinación que no correspondía con su corta edad. Se acercó a una camioneta

donde una mujer revisaba su teléfono con expresión aburrida. Tomás golpeó suavemente la ventanilla con sus

nudillos y esbozó su mejor sonrisa, esa que había perfeccionado después de meses

de rechazos y humillaciones. Buenos días, señora. ¿Le gustaría comprar unos dulces? Son artesanales, hechos por mi

mamá. Están deliciosos. La mujer ni siquiera levantó la vista. Con un gesto

mecánico de su mano, lo despidió como si fuera una mosca molesta. La ventanilla

seguía cerrada, sellando un muro invisible entre su mundo y el de Tomás. El niño asintió para sí mismo, ya

acostumbrado a esa indiferencia, y continuó su camino. Tres autos más adelante, un hombre mayor bajó la

ventanilla a apenas unos centímetros. Su rostro estaba marcado por arrugas profundas y una expresión de cansancio

perpetuo. ¿Cuánto cuestan, muchacho? 50 pesos cada uno, señor. Pero si lleva

tres, le hago precio especial. El hombre rebuscó en su bolsillo y sacó algunas monedas. Las contó con lentitud, como si

cada una representara una pequeña derrota. Finalmente negó con la cabeza. Solo tengo para uno, hijo. Dame ese de

cajeta. Tomás tomó el dulce con cuidado y lo entregó a través de la ventanilla.

Las monedas cayeron en su mano con un tintineo que resonó como música celestial. 50 pesos. Eso significaba un

paso minúsculo hacia la meta del día, pero un paso al fin. Que Dios te bendiga, muchacho. Cuídate mucho.

Gracias, señor. Que tenga buen día. El semáforo cambió a verde y los vehículos

comenzaron a moverse como una serpiente metálica que finalmente despertaba de su

letargo. Tomás corrió hacia la siguiente intersección, esquivando espejos

retrovisores y calculando distancias con la precisión de un bailarín. Así había

sido cada día desde hacía varios meses, desde que su madre rosa había perdido su

trabajo en la fábrica textil y el mundo de ambos se había desmoronado como un castillo de naipes. La siguiente

intersección era la más transitada de todas. Ahí, donde confluían tres

avenidas principales, el tráfico se convertía en un monstruo de 1000 cabezas, pero también era el lugar donde

más oportunidades tenía. Personas de todos los rincones de la ciudad pasaban por ese punto y entre ellas

ocasionalmente había almas generosas dispuestas a comprar. Tomás se posicionó

en su esquina habitual junto a un poste de luz donde había aprendido a pararse

para ser visible, pero no estorbar el flujo peatonal. Desde ahí podía observar

los rostros dentro de los automóviles, leer sus expresiones, intuir quiénes

podrían detenerse y quiénes acelerarían antes de que él siquiera se acercara. Fue entonces cuando lo vio. Un automóvil

de lujo, de esos que brillaban como joyas bajo el sol, se deslizó hasta quedar justo frente a él. El vehículo

era de un color claro impecable, sin una sola mota de polvo que empañara su perfección. Los cromados resplandecían

con una arrogancia que gritaba dinero, poder, superioridad. Detrás del volante,

un hombre de unos 40 años hablaba por teléfono con gestos expansivos. vestía

un traje que probablemente costaba más que todo lo que Tomás y su madre habían ganado en el último año. El niño dudó

por un momento. Había aprendido a reconocer qué tipo de personas en autos lujosos eran accesibles y cuáles lo

mirarían como si fuera basura en la calle. Este hombre tenía todas las señales de alarma, la mandíbula tensa,

la mirada dura, esa forma de hablar por teléfono como si estuviera dando órdenes a un ejército invisible. Pero la canasta

todavía estaba casi llena. Su madre lo esperaba en casa, probablemente sin haber comido nada en todo el día para

ahorrar lo poco que tenían. Tomás respiró hondo y se acercó al automóvil.

Golpeó suavemente la ventanilla. El hombre interrumpió su conversación telefónica y giró la cabeza hacia él.

Sus ojos recorrieron a Tomás de arriba a abajo, con una expresión que el niño conocía demasiado bien. Desprecio puro y

sin filtro. Leonardo Ibarra, porque ese era el nombre del hombre, sintió una

oleada de irritación recorrer su cuerpo. ¿Cómo se atrevía ese mocoso sucio a

interrumpir su llamada? Estaba cerrando un negocio de millones de pesos con inversionistas extranjeros y ahora tenía

que lidiar con esto. Bajó la ventanilla apenas unos centímetros, lo suficiente

para que su voz saliera, pero no para que el aire acondicionado de su automóvil se contaminara con el calor

pegajoso de la calle. ¿Qué quieres? La voz era cortante, diseñada para

intimidar. Tomás sintió cómo se le secaba la garganta, pero mantuvo su sonrisa. Buenos días, señor. ¿Le

gustaría comprar algunos dulces? Son artesanales, muy ricos. Mi mamá los

hace. Leonardo soltó una carcajada. No fue una risa alegre ni espontánea, sino

una de esas risas crueles que nacen del deseo de humillar. Dulces. En serio,

niño, ¿ves este auto? ¿Ves este reloj? Leonardo levantó su muñeca para mostrar

un cronógrafo que costaba más que un automóvil promedio. ¿Crees que alguien como yo compra dulces en la calle? Tomás

sintió como el calor le subía a las mejillas. Conocía esa sensación. La

había experimentado decenas de veces, pero nunca dejaba de doler. Sin embargo,

su madre le había enseñado a mantener la dignidad sin importar qué. Los dulces son para todos, señor, no importa quién

sea uno. La respuesta pareció sorprender a Leonardo por un microsegundo, pero

rápidamente su expresión volvió a endurecerse. Miró hacia adelante, donde el semáforo seguía en rojo, y luego