
La lluvia caía como castigo. Gotas gruesas que golpeaban el banco de madera
con la furia de quien no tiene piedad. Eran las 11 de la noche en la plaza del
Carmen en Guadalajara y la ciudad dormía indiferente mientras Margarita Torres,
de 80 años, trataba de cubrir su cuerpo con pedazos de cartón empapado. Sus
manos temblaban, no por el frío, aunque hacía frío. Temblaban porque llevaba
tres días sin comer nada sólido, solo agua sucia de la fuente pública y un
pedazo de pan duro que alguien había tirado cerca de la basura. La ropa que llevaba puesta, un vestido
floreado que alguna vez fue bonito, ahora era un trapo gris lleno de manchas
que ya no salían con nada. Sus zapatos, rotos por los costados,
dejaban ver calcetines con agujeros del tamaño de monedas. El cabello blanco, enredado y sucio, le caía sobre el
rostro arrugado por ocho décadas de vida que habían sido generosas al principio,
pero crueles al final. La gente que pasaba por la plaza durante el día la evitaba. Cruzaban la calle, apuraban el
paso, tapaban las narices de sus hijos como si la pobreza fuera contagiosa,
como si Margarita fuera basura que alguien olvidó recoger. Pero lo que
nadie sabía, lo que nadie se molestaba en preguntar era que Margarita Torres
había sido alguien, alguien importante, alguien amado, alguien con familia, con
casa, con dignidad. Y lo que estaba por suceder esa noche lluviosa cambiaría
todo, no solo para ella, para todos los que alguna vez la despreciaron. Si esta
historia te está llegando, déjame tu like y suscríbete para más historias que
te estremecerán. Cuéntame en los comentarios de qué país me ves. Ahora
sí, continuemos con lo que nadie vio venir. 55 años atrás, Margarita no se
llamaba la loca de la plaza. Se llamaba señora Torres, esposa del arquitecto
Fernando Torres, madre de tres hijos, dueña de una casa de dos pisos en la
colonia americana. La casa tenía jardín con rosas que ella misma cuidaba cada
domingo después de misa. Tenía una cocina grande donde preparaba pozole los sábados para toda la familia. Tenía una
sala con muebles de madera tallada que habían costado el sueldo de tres meses de Fernando. Tenía recuerdos en cada
rincón, fotos de bodas, de bautizos, de primeras comuniones. Margarita había
trabajado toda su vida como maestra de primaria. 30 años enseñando a leer a
niños que ahora eran doctores, abogados, empresarios,
niños que ya no la reconocían cuando pasaban junto a ella en la plaza. Su esposo Fernando era un hombre bueno,
trabajador, le daba todo lo que podía. No eran ricos, pero nunca les faltó
nada. Los domingos iban a desayunar a la fonda de doña Petra. Los sábados veían
películas en el cine del centro. Los viernes Fernando le compraba flores del
mercado, rosas rojas, siempre rosas rojas. Tuvieron tres hijos. Rafael, el
mayor, que estudió medicina, Patricia, la del medio, que se casó con un
ingeniero y Roberto, el menor, el consentido, el que prometió cuidar de
ella cuando Fernando murió, porque Fernando murió primero hace 15 años,
infarto fulminante, mientras veía las noticias en su sillón favorito.
Margarita lo encontró con los ojos abiertos, la boca entreabierta, el control remoto todavía en la mano. Nunca
se recuperó del todo de esa imagen. En el funeral, los tres hijos lloraron. Le
prometieron que nunca estaría sola, que la cuidarían como ella los había cuidado, que la casa siempre sería suya,
que podía contar con ellos para todo. Las promesas duraron 6 meses. Después
empezaron las visitas cada vez más espaciadas. Después las llamadas que nunca llegaban. Después las excusas.
Estoy ocupado, mamá. Te llamo mañana. Tengo trabajo, mamá. El próximo fin de
semana voy. Los niños están enfermos, mamá. Mejor otro día. Rafael fue el
primero en desaparecer. Su nueva esposa, una mujer de 30 años con aires de
grandeza, no quería saber nada de la suegra viuda. Es que tu mamá siempre
está triste, le decía a Rafael. Me deprime verla. Prefiero que no venga a
la casa. Y Rafael, débil, obedecía.
Dejó de invitar a Margarita a las comidas familiares. Dejó de llevarle a sus nietos para que los conociera, dejó
de contestar el teléfono cuando ella llamaba. Patricia tenía otra excusa. Su esposo
era celoso del dinero. Cada peso que salía de la casa tenía que justificarse.
No podemos estar dándole dinero a tu mamá cada mes, le decía. Ella tiene su pensión. que se arregle con eso. Y
Patricia, sumisa, aceptaba. Dejó de visitar, dejó de preguntar, dejó de
importarle si su madre comía o no. Roberto era diferente. Él sí visitaba,
pero siempre con una mano extendida. Mamá, necesito un préstamo. Mamá, tengo
una inversión segura. Mamá, solo esta vez te juro que te pago. Margarita le
daba lo que tenía porque era su hijo, porque confiaba, porque el amor de madre
es ciego hasta cuando duele. Roberto nunca pagó ni un peso. Margarita pasó
dos años sola en esa casa grande que de pronto parecía vacía. Hablaba con las
paredes. Le hablaba a Fernando como si todavía estuviera sentado en su sillón.
Cocinaba pozole los sábados, aunque no había nadie para comerlo. Ponía la mesa para dos, aunque solo se sentaba ella.
Los domingos se paraba frente al teléfono esperando que sonara. A veces marcaba el número de Rafael ocupado, el
de Patricia, buzón de voz, el de Roberto, apagado. Una Navidad preparó
cena para todos. Pavo, romeritos, ponche. Decoró la casa con luces que
Fernando había colgado años atrás. Se puso su vestido más bonito, se pintó los
labios, esperó sentada en la sala desde las 6 de la tarde. Nadie llegó, nadie
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