Un viudo llega temprano a casa y ve lo que la criada estaba haciendo con sus hijos paralizados…

Pero el sonido que provenía de la sala lo detuvo en seco. Una melodía suave, imperfecta, viva.

Por un segundo imposible, se quedó sin aliento porque sonaba tanto como su difunta esposa que su corazón lo traicionó y lo hizo creer que ella estaba allí.

La mansión se alzaba a las afueras de Boulder, Colorado, rodeada de altos pinos y una especie de frío que parecía instalarse permanentemente en las paredes. A sus cuarenta y tres años, Daniel dirigía una exitosa empresa constructora, negociaba contratos millonarios e inspiraba respeto en las salas de juntas.

Sin embargo, desde que perdió a Sarah y vio a sus gemelos, Ethan y Mia, salir del hospital confinados en sillas de ruedas tras el accidente, evitaba estar en casa. El silencio entre esas paredes le dolía más que cualquier pérdida económica.

Meses antes, había contratado a una empleada doméstica. Se llamaba Laura Bennett, de unos treinta y pocos años, silenciosa hasta el punto de ser invisible. Vestía uniformes sencillos, llevaba el pelo recogido con cuidado y trabajaba con eficiencia, sin pasarse nunca de la raya.

Daniel apenas la conocía más allá de su horario y el hecho de que la casa se mantenía impecable.

Pero lo que vio esa tarde no tenía nada que ver con la limpieza.

Ethan se sentó con un acordeón torpemente balanceado sobre su regazo, con los dedos rígidos, moviéndose lentamente, luchando contra sus propias limitaciones. Mia apoyó una guitarra contra su silla de ruedas, usando una púa de colores brillantes para marcar el ritmo. Y Laura… Laura no solo enseñaba música. Estaba creando algo frágil y valiente.

—Inténtalo de nuevo, amigo —dijo con suavidad, agachándose a la altura de Ethan—. No se trata de fuerza. Se trata de paciencia. Deja que el sonido te llegue.

Cada pequeño éxito era recibido con una sonrisa, un aplauso, una silenciosa celebración. Cada error, con una serena tranquilidad. Y entonces Daniel lo oyó: una risa. Una risa de verdad. La risa de su hija. Un sonido que creía perteneciente a otra vida.

Se quedó congelado en la puerta, con miedo de respirar, aterrorizado de que si se movía, el momento desaparecería.

En los días siguientes, Daniel empezó a llegar a casa más temprano, a propósito. Se quedaba en los pasillos, escuchaba tras las puertas, observaba sin anunciarse. Una tarde, vio un viejo cuaderno en la encimera de la cocina. Sintió una opresión en el pecho al reconocer la letra de la portada.

Sara.

Dentro había letras de canciones que su esposa les cantaba a los gemelos cuando eran pequeños, antes de los hospitales, antes de las sillas de ruedas, antes de que el dolor lo vaciara todo. Laura había copiado cuidadosamente cada palabra, cada acorde, pasándolos a páginas nuevas para que los niños aprendieran a tocar lo que ella llamaba “la canción de tu mamá”.