Dicen que dó compran un saco de harina, un par de clavos y un remiendo para unas

botas cansadas. Nadie en San Jacinto hubiera apostado que también pudieran comprar un destino. Aquel mediodía de

polvo amarillo y sol que parecía clavado con alfileres en el cielo, un ranchero solitario levantó la mano por simple

compasión y ganó, sin saberlo, la subasta más peligrosa de su vida.

Ezequiel Mora no había ido a la plaza por mujer ni por promesas. Tenía las manos curtidas del alambre y de la soga,

la camisa con olor a sol y la mirada de quien se acostumbró a conversar con el silencio. Solo sal, compra sal y vuelve

a la soledad, se dijo. La soledad era su rancho, cuatro cercos, una casa que

crujía por las noches, el murmullo de los álamos y el manantial que se encaprichaba en correr, incluso cuando

los demás pozos del condado temblaban de sed. Al llegar, sin embargo, lo atrapó

la bulla. El subastador, don Chema Rangel, un hombre con sonrisa de carta

marcada, subía a un cajón y golpeaba una tablita contra su rodilla. A sus

espaldas, con una soga en la muñeca y un saco de arpillera en la cabeza, estaba

la novia de Elote 3, como la anunció, alta hasta parecer una sombra que se

descolgó del granero, vestido sencillo y gruesas botas. La gente reía bajito,

igual que cuando se burla por miedo. “Novia gigante”, gritó uno. “Que se

lleve al que se atreva”, soltó otro con esa crueldad nerviosa que huele a ganado, asustado. “Lote tres”, cantó don

Chema. Mujer sana, de buen trabajo, firme como poste de esquina. Por razones

de recato cubrir su rostro. Apertura

El silencio se extendió como una sábana que no alcanza. Nadie alzó la mano.

Eran mucho para una broma y demasiado poco para una desgracia. Ezequiel la miró sin verla. Lo que vio fueron los

dedos de ella. No temblaban. La soga en la muñeca marcaba la piel, pero la mano

se mantenía quieta con una dignidad que desacomodaba. Probó don Chema. No. Dos. La risa del

pueblo sonó a lata vacía. Por compasión, por vergüenza, por rabia

contra algo que no sabía nombrar, Ezequiel sintió que la sangre le subía a la cara. Si nadie la reclamaba, si nadie

la sacaba de aquel cajón, ¿qué le esperaba? No pensó en esposa ni en promesas. Pensó en llevarla fuera del

escarnio y soltarle la soga. Levantó la mano. Al caballero de sombrero claro. Bramó

don Chema aliviado. Más alguien. adjudicada. El golpe de la tablita fue

el punto final más amargo que Ezequiel había escuchado. Pagó con dos monedas que llevaban su cansancio y Don Chema le

pasó el cabo de la cuerda con un guiño. La gente se abrió como se le abre a un perro flaco que insiste. Nadie quería

rozar aquella altura con saco por cabeza. Nadie quería que se le pegara esa mala suerte. “Vámonos”, dijo

Ezequiel apenas un hilo de voz. La mujer lo siguió con pasos grandes, rectos. sin

tropezar, aunque el saco le robara la vista. Salieron del rectángulo de sombra de la plaza, cruzaron la calle

principal, pasaron frente a la botica y a la herrería. Solo alcanzar los álamos

del borde del pueblo, cuando el estampido de las risas se volvió murmullo de moscas, Ezequiel se detuvo,

alzó la mano hacia el saco y luego la retiró como quien teme profanar lo poco

sagrado que queda. Si quiere, se corrigió. Si quieres yo, hazlo tú, dijo

ella desde adentro del saco con una voz grave que no esperaba. Prefiero que sea tu mano. Ezequiel tragó saliva y desató

el nudo. El saco se aflojó, cayó lento y por un segundo el mundo pareció aprender

a respirar de nuevo. El rostro de la mujer no era monstruo ni broma, piel

tostada por el sol, pómulos seguros, una boca que sabía apretar el silencio y aflojarlo cuando hiciera falta. Era

alta, sí, tanto que miraba a los álamos a la cara. tenía los ojos líquidos de un

color indeciso entre la miel y el barro después de lluvia. “Me llamo Rocío”,

dijo ella. “Rocío Valera.” El nombre cayó al suelo con más peso que el saco.

Valera. Ezequiel sintió un hilo helado bajar por su espalda. En San Jacinto,

ese apellido abría puertas de sal y cerraba pozos. Don Patricio Valera había

comprado media comarca con promesas y amenazas y la otra media con la sed de los demás. Había querido el manantial de

la soledad, el de Ezequiel, y no lo consiguió. Fue la única vez que el poderoso mordió polvo frente a un hombre

solo. Desde entonces, el silencio entre ambos apretaba como soga. Dijiste,

Valera, musitó Ezequiel. Qué parentesco, hermana menor, respondió ella sin

parpadear. Y en esta tierra ser valera es cargar una cruz que no escogí. A

Ezequiel le ardieron los pulmones, aunque no había corrido. Miró hacia el pueblo como si el apellido hubiera

gritado y alguien ya viniera. En la boca del estómago, un nudo de miedo y orgullo, había comprado por dólar a la

hermana del hombre que lo quería quebrado. Había comprado o rescatado, o condenado su propia casa. Aún no sabía

cuál. “Si quieres volver”, dijo él con voz lenta. “te llevo. Nadie debería

atarte por la muñeca. No te debo ni me debes. No vuelvo a esa casa”, contestó

Rocío y por primera vez se quebró un poco el borde firme de su boca. No mientras mi nombre sirva para firmar sed

de otros. No hoy. Si me dejas llegar contigo a la soledad, te diré por qué

estaba aquí con un saco en la cabeza y por qué te elegí a ti. Elegirme.

Ezequiel frunció el ceño. Yo solo levanté la mano y eso te eligió a ti,

respondió ella. Sube. Montaron los dos al tajo del camino que llevaba al rancho. El caballo de Ezequiel, un lazán

fiel, aceptó el peso de Rocío sin refunfuñar. No hablaron durante unos minutos. El aire olía a hoja caliente, a

agua escondida. El manantial de la soledad cantaba incluso desde lejos, con

su vocecita obstinada de niño que no se calla. ¿Por qué te cubrieron la cara?, preguntó él al fin. Para hacerme

mercancía, dijo ella. Si me ves, piensas persona. Si no, piensas bulto. El bulto

se subasta más fácil. Y el precio, Ezequiel miró las riendas.

El precio era una trampa. Rocío alzó la vista al cielo. Si nadie me reclamaba,

me llevaban de vuelta como una vergüenza pública. Si alguien lo hacía, sabrían quién tenía la mezcla de valor y