Policía humilló a un vendedor de calle, pero el Chapo llegó en su camioneta
negra, en las calles más olvidadas de Ciudad Juárez, donde los trabajadores
honestos sobreviven entre la extorsión policial y el abandono gubernamental, un
vendedor de tacos está a punto de sufrir la humillación más brutal de su vida por
parte de un oficial corrupto que confunde autoridad con abuso de poder.

Lo que este policía municipal no sabe es que sus gritos de prepotencia están
siendo observados desde una camioneta blindada por el hombre que controla realmente esas calles y que su
demostración de autoridad está a punto de convertirse en la lección más
aterradora sobre quién ejerce el poder real en la frontera norte. Antes de
comenzar, no olvides suscribirte al canal y decirnos desde dónde estás
viendo esta historia, que te mostrará cómo el vacío dejado por la justicia oficial siempre es llenado por fuerzas
que no respetan uniformes ni títulos. Quédate hasta el final, porque lo que sucede cuando la prepotencia se
encuentra con el poder verdadero cambiará para siempre tu comprensión sobre quién protege realmente a los
trabajadores cuando el Estado los abandona. Capítulo 1. La Esquina de la
Supervivencia, Ciudad Juárez, Chihuahua, 8 de noviembre de 1996.
130 ppm. La esquina de las calles Vicente Guerrero y 16 de septiembre.
hervía bajo el sol despiadado del desierto fronterizo, donde el asfalto se
ondulaba como agua y el aire cargaba el olor penetrante de gasolina, comida
frita y el sudor desesperado de quienes intentaban ganarse la vida en una ciudad
que no ofrecía empleos formales para la mayoría de sus habitantes. En esta
intersección, donde se cruzaban las rutas hacia el puente internacional y los barrios obreros, don Ernesto Vázquez
había construido durante 8 años el negocio más honesto que las circunstancias le permitían. A sus años,
Ernesto era un hombre cuya espalda encorbada por décadas de trabajo físico,
contaba la historia de alguien que jamás había tenido oportunidades fáciles, pero
que nunca había dejado de luchar por mantener a su familia con dignidad. Su puesto de tacos montado sobre una mesa
de metal soldada por él mismo y protegido por una lona descolorida que
había resistido 5 años de lluvia y granizo, representaba la diferencia
entre comer y pasar hambre para su esposa María y su hija Carolina de 19
años. La operación era simple, pero eficiente. Cada mañana a las 6ero am,
Ernesto transportaba en un carrito de metal los ingredientes frescos que había comprado en el mercado central con el
dinero ganado el día anterior. carne de res cortada en trozos pequeños, cebolla
blanca, cilantro fresco, limones, tortillas de maíz hechas por María
durante la madrugada y las salsas rojas y verdes que habían perfeccionado durante años hasta lograr el equilibrio
exacto de picante que mantenía a los clientes regresando. Para las 70 amía
instalado su puesto en la esquina estratégica que había elegido después de estudiar durante semanas los patrones de
tráfico peatonal y vehicular. La ubicación era perfecta. empleados de
maquiladoras que desayunaban camino al trabajo, estudiantes del tecnológico
cercano, trabajadores de construcción que necesitaban almuerzo barato y nutritivo y ocasionalmente turistas
estadounidenses que cruzaban la frontera buscando comida mexicana auténtica.
Carolina lo ayudaba durante las horas de mayor demanda, especialmente durante el
almuerzo, cuando la esquina se llenaba de clientes que hacían fila para ordenar
los tacos que se habían ganado reputación en un radio de 10 cuadras. La
joven había terminado la preparatoria con excelentes calificaciones y soñaba
con estudiar contabilidad en la universidad, pero la realidad económica de la familia requería que contribuyera
al negocio familiar antes de poder perseguir sus propios sueños académicos.
Papá, le había dicho Carolina esa mañana mientras preparaban la carne en la
pequeña plancha de gas que habían comprado usada. El profesor de matemáticas dice que puedo aplicar para
una beca parcial si mantengo mis calificaciones. ¿Cuánto costaría la parte que no cubriría la beca? Había
preguntado Ernesto, aunque ya conocía la respuesta. Había estado investigando los costos universitarios durante meses,
haciendo cálculos que siempre terminaban en la misma conclusión. Necesitarían
ahorrar durante al menos 2 años para poder permitirse enviar a Carolina a
estudiar. Como 2,000 pesos al semestre, más libros y transporte. Ernesto había
asinto, haciendo mentalmente los números que conocía de memoria. En un buen mes,
después de pagar el alquiler de esquina a los funcionarios municipales, las
mordidas a los inspectores de salud, la cuota semanal al líder del gremio de
comerciantes informales y los gastos básicos de ingredientes y gas lograban
ahorrar tal vez 300 pesos. La Universidad para Carolina estaba cerca,
pero aún fuera de alcance, a menos que el negocio mejorara significativamente
o encontraran alguna forma de reducir los gastos de protección que pagaban a
múltiples niveles de burocracia corrupta. El sistema de extorsión que enfrentaban diariamente era tan complejo
como predecible. Los viernes llegaba el inspector municipal de comercio, quien verificaba que tuvieran el permiso
semanal que costaba 50 pesos y que debía renovarse religiosamente para evitar
multas de 500 pesos. Los martes llegaba el inspector de salud, quien revisaba la
limpieza del puesto y la frescura de los ingredientes. Proceso que costaba 75
pesos semanales en propinas para evitar observaciones que podrían cerrar el
negocio temporalmente. sábados por la mañana llegaba el representante del sindicato de
comerciantes ambulantes, quien cobraba cuotas de protección que supuestamente
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