
Un médico se negó a atender a un anciano enfermo sin dinero. Y Jesús dijo, “El
precio será cobrado.” En los pasillos desgastados del hospital general de Ciudad Valles, un acto de crueldad
cambiaría para siempre el destino de quienes creían que la compasión había
muerto. El aire viciado del Hospital General Drctor Gonzalo Castañeda olía a
desinfectante barato y desesperanza en los pasillos de concreto agrietado,
donde la pintura verde se desprendía como lágrimas secas, decenas de
pacientes esperaban sentados en sillas metálicas oxidadas. Era un martes gris
de noviembre de 2023 y en ese lugar donde la dignidad humana parecía haber
sido olvidada, estaba a punto de desarrollarse una historia que ninguno
de los presentes podría imaginar. El doctor Fabián Laucirica caminaba por el
corredor principal con su bata blanca impecable que contrastaba brutalmente
con el deterioro del lugar. A sus 53 años había construido una reputación de
brillantez médica, pero también de frialdad calculadora. Sus zapatos
italianos de 1500 pesos resonaban contra el suelo de loseta rota mientras
revisaba su reloj Rolex, un regalo que se había dado a sí mismo cuando obtuvo
la jefatura del área de cardiología. Doctor Lausirica”, murmuró la enfermera
Rosa Elena acercándose con timidez. Era una mujer de mediana edad, con 20 años
trabajando en ese hospital, acostumbrada a los desplantes de médicos prepotentes,
pero nunca había dejado de conmoverse ante el sufrimiento ajeno. “Hay un señor
que llegó hace 3 horas. Dice que tiene dolores en el pecho muy fuertes. No trae
dinero para los estudios, pero se ve muy mal. El doctor detuvo su marcha y la miró con
esos ojos grises que muchos describían como calculadores. Cuántas veces tengo
que explicar que este no es un centro de caridad. Si no puede pagar los estudios,
que vaya a la clínica del seguro social. Mi tiempo vale demasiado para
desperdiciarlo en indigentes. Pero, doctor, insistió Rosa Elena bajando la
voz. El hombre está sudando frío y se queja de un dolor que le irradia al
brazo izquierdo. Podría ser un infarto. Solo necesita que usted lo revise 5
minutos. La Ucirica soltó una carcajada seca que hizo que varios pacientes
voltearan a verlo. 5 minutos, señorita. Mis 5 minutos valen más que el salario
mensual de ese hombre. Si quisiera hacer caridad, me habría hecho sacerdote, no
cardiólogo. En la sala de espera, don Aurelio Mendoza, de 72 años, se sostenía
el pecho con la mano derecha mientras su nieta de 15 años, Lupita, le acariciaba
el brazo con lágrimas en los ojos. El anciano había trabajado durante 40 años
como albañil, construyendo casas que nunca pudo habitar, alimentando familias
ajenas mientras la suya pasaba necesidades. Ahora, con una pensión de
1800 pesos mensuales, había gastado sus últimos 300 pesos en el camión para
llegar al hospital. “Abuelito, aguante poquito más”, le susurró Lupita. Ya va a
venir el doctor. Don Aurelio intentó sonreír, pero una nueva punzada de dolor
le atravesó el pecho como un puñal ardiente. Sus labios se habían puesto
morados y respiraba con dificultad. Otros pacientes lo observaban con
compasión, pero nadie se atrevía a intervenir ante la autoridad médica del
lugar. El Dr. Laucirica se acercó finalmente al área de espera más por
curiosidad que por compasión. Quería ver con sus propios ojos a ese hombre que
había tenido la audacia de venir a su hospital sin dinero. Al verlo, su
expresión se endureció aún más. Señor”, dijo con voz alta para que todos
escucharan, “Este es un hospital, no un asilo. Si no tiene recursos para pagar
una consulta particular, váyase al seguro social o a algún centro de salud.
Aquí no atendemos por caridad.” Don Aurelio levantó la mirada con dificultad. Sus ojos, a pesar del dolor,
conservaban una dignidad que contrastaba con la arrogancia del médico. “Doctor,
por favor”, murmuró con voz entrecortada. “no le pido que no me cobre, solo que me revise. Si necesito
medicinas, yo veré cómo conseguir el dinero. Tengo mucho dolor y no me
interesa su problema económico ni su dolor.” Lo interrumpió la UIC alzando la
voz. Guardia de seguridad, saque a este señor del hospital. Está ocupando un
lugar que necesitan los pacientes que sí pueden pagar. Un silencio sepulcral se
apoderó de la sala. Los demás pacientes bajaron la mirada, avergonzados de ser
testigos de tanta crueldad, pero también temerosos de desafiar al poderoso
doctor. Lupita comenzó a llorar mientras ayudaba a su abuelo a ponerse de pie con
movimientos torpes y desesperados. Don Aurelio se las arregló para incorporarse, sostendiéndose de la
pared. Su respiración era cada vez más laboriosa, pero mantenía la cabeza en
alto. “Que Dios lo perdone, doctor”, dijo con una voz que, a pesar de ser
débil, llegó a todos los rincones de la sala. En ese momento preciso, cuando don
Aurelio apenas lograba ponerse completamente de pie y el guardia se acercaba para escoltarlo hacia la
salida, una figura apareció desde las sombras del corredor. Era un hombre de
apariencia sencilla, vestido con pantalón de mezclilla gastado y camisa
de algodón blanca. Sus ojos tenían una profundidad que parecía contener siglos
de sabiduría. Y cuando habló, su voz resonó con una autoridad que no provenía
de títulos universitarios ni posiciones sociales. El precio será cobrado dijo
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