¿Y dónde está ahora ese bandido bárbaro que según los iba a salvar?

Una sendado poderoso le robó todo a villa, su gente, sus tierras, su

familia. Creía que el dinero y los federales lo protegerían. Se equivocó y

pagó con creces cada lágrima derramada. Bienvenido al canal Cuentos de Villa.

Dinos desde dónde nos estás escuchando, compadre. Déjanos tu like y agárrate,

porque lo que viene te va a herizar hasta los huesos. Cuentan los viejos que todavía recuerdan aquellos años de fuego

y pólvora, que en una noche sin luna, de esas que la sierra chihuahüense se traga

completa, don Laureano Astorga decidió meterse con el único hombre al que no se

le debía tocar, ni con el pétalo de una flor. Y no lo hizo por valiente, sino

por soberbio, que no es lo mismo ni se parece. Don Laureano era de esos ricos

que nacen con haciendas debajo del brazo y se creen dueños hasta del aire que

respiran los pobres. Sus tierras se extendían desde los llanos de Chihuahua

hasta las faldas de Durango, vastas como el orgullo que cargaba en el pecho.

Tenía vaqueros de amontón, capangas armados hasta los dientes y conexiones

con los federales que le protegían el pellejo y los negocios sucios. Pero había algo que lo carcomía por dentro

como gusano en fruta madura. El nombre de Francisco Villa crecía en la boca del

pueblo como bendición de santo y eso le ardía más que las brasas del infierno.

Para don Laureano, cada corrido que se cantaba sobre villa, cada historia que

los peones murmuraban mientras levantaban cosechas era una amenaza

personal. No soportaba que sus propios trabajadores mencionaran al general con

ese respeto que a él nunca le darían, por más que se lo exigiera con rifle en

mano. Decían que Villa defendía al pobre, que repartía tierras, que ponía

en su lugar a los poderosos, y eso para un hombre como Laureano era más

peligroso que cualquier bala. Ese tal Villa masculuyó una tarde bajo el

corredor de su hacienda con el mezcal pesándole en la lengua. No es más que un

bandido que le mete ideas raras a la gente, como si los peones tuvieran

derecho a algo más que trabajar y callar. Sus compadres, otros ascendados igual de

cuajados de rencor, asentían mientras bebían y miraban el horizonte

polvoriento. Pero Laureano no se conformaba con maldecir. Quería hacer daño donde más

doliera, dejar un mensaje que apagara esa llama revolucionaria antes de que le

quemara sus propiedades. Y fue entonces cuando alguien le sopló al oído lo que

necesitaba saber. Villa tenía una familia de corazón, no de sangre, en un

pueblito chico que respiraba apenas, escondido entre cerros y matorrales.

Aquel pueblito se llamaba San José de las Piedras y era de esos lugares donde

la gente vive con lo justo, pero vive con dignidad. Casas de adobe remendado,

corrales con gallinas flacas, un molino de agua que toda la comunidad cuidaba

como tesoro. Ahí vivían los viejos que habían dado techo a villa cuando todavía

era un muchacho huyendo de la injusticia. Las mujeres que guardaron sus armas envueltas en petates cuando

los rurales lo buscaban y los niños que él ayudaba a comer en las secas terribles. No eran familia de papel

sellado, pero eran familia de verdad, de esas que se forjan en el camino y duran

más que cualquier sangre. Don Laureano supo de ese lugar por boca

de sus espías, hombres sin honor que vendían información por monedas en las

cantinas. Y fue cuando su plan nació, retorcido y miserable. Decidió que ese

pueblito pagaría el precio de llevar el nombre de Villa en el corazón. No lo atacaría con el ruido de una batalla

grande, sino con la maldad silenciosa de un despojo planeado. Primero destruiría

en el papel, después en la carne. Mandó traer escribanos cobardes, esos que

firman lo que sea por un puñado de pesos, y testigos falsos, que juraron

con la mano en la Biblia mentiras que ni Dios les perdonaría.

En el registro del pueblo más cercano, con tinta negra y sello oficial, las

tierras de San José de las Piedras pasaron a nombre de Laureano Astorga, el

gado que pastaba libre, la casita de piedra donde villa guardaba recuerdos,

el molino que alimentaba a todos, hasta la franja de río que les daba vida. Todo

quedó registrado como propiedad del hacendado y como si eso no fuera suficiente horror, decidió cobrarse en

persona. La madrugada llegó envuelta en silencio pesado de esos que anuncian

desgracia. Los gallos todavía no cantaban cuando los capangas de laureano

rodearon el pueblo. No venían a pelear, venían a arrancar. Las puertas fueron

derribadas con culatazos secos. Las familias sacadas a empujones de sus

propios hogares, todavía en camisón de dormir, descalzas sobre la tierra fría.

Los niños lloraban aferrados a las faldas de sus madres. Los viejos intentaban protestar con voces

quebradas, pero los rifles callaban todo. “Afuera, afuera! Esto ya no es

suyo. Aquí manda don Laureano!”, gritaba el capataz, un hombre con cara de piedra

y alma más dura todavía. Las mujeres rogaban por piedad. Los hombres

apretaban los puños queriendo defenderse, pero sabiendo que cualquier movimiento significaría la muerte de los

suyos. Fueron reunidos en el centro del pueblo, en la placita de tierra, donde

antes bailaban en las fiestas patronales, ahora convertida en corral de prisioneros.

Separaron a las familias con crueldad calculada, hombres de un lado, mujeres y

niños del otro, como si fueran ganado que se clasifica para la venta.