Un federal racista torturaba esclavos por puro gusto hasta que llegó villa e hizo una justicia brutal que nadie

olvidaría. Bienvenido al canal Cuentos de Villa. Dinos desde dónde nos estás

escuchando, compadre. Déjanos tu like y agárrate, porque lo que viene te va a

herizar hasta los huesos. Dicen los que saben, los que vieron y no olvidan que

allá por los rumbos de Parral había un federal de piel clara y alma negra

llamado Teniente Aguado, hombre que se la vivía repitiendo que la gente prieta

nació para obedecer. Aunque la esclavitud ya estaba prohibida desde hacía muchos años, él llamaba a los

peones esclavos y los trataba peor que a las bestias del campo. era el encargado

de vigilar esa región en nombre del gobierno, pero usaba el uniforme noás

para mantener una hacienda San Gregorio, donde campesinos indígenas, negros y

mestizos quedaban presos con deudas inventadas, cadenas en los tobillos y

marcas al rojo vivo en los hombros, como si fueran ganado. El porqué de tanto

odio venía de lejos. Su padre había caído en una revuelta de peones cuando

Aguado era apenas un chamaco y desde entonces cargaba en el pecho la creencia

de que toda rebeldía había que aplastarla con ejemplo cruel. Aquella

tarde de su infancia, cuando vio al Padre tendido en el polvo con un machete clavado en el pecho, algo se torció

dentro de él. No sintió tristeza ni dolor, sino rabia pura, fría, que fue

creciendo con los años hasta volverse su única verdad. Los tíos que lo criaron

eran ascendados duros, que le enseñaron que los de piel oscura eran como animales, útiles si obedecían,

prescindibles si se revelaban. Aguado aprendió bien la lección y la llevó al

extremo para subir dentro del ejército federal. vendía hombres y mujeres a las

minas del norte, recibía oro a escondidas y repartía parte con el

presidente municipal, que fingía no ver nada a cambio de monedas y silencio. Las

minas gringas necesitaban manos para trabajar hasta morir y Aguado se las

proporcionaba. Le pagaban bien en oro que escondía en cajas enterradas bajo el

piso de su casa. Con ese dinero compraba influencia. ascensos, protección. Los

generales en la capital lo conocían como el hombre eficiente de Parral, el que

mantenía la región tranquila, sin revueltas. Lo que no sabían o fingían no saber era

que esa tranquilidad se construía sobre huesos y lágrimas. Entre los

esclavizados había un viejo llamado Mateo, que ya no tenía fuerzas para

trabajar de sol a sol, pero luchaba por proteger al nieto adolescente. Mateo

había llegado a San Gregorio 5 años atrás, cuando soldados federales

aparecieron en su rancho diciendo que debía impuestos atrasados. No debía

nada, nunca había debido nada. Pero los papeles que le mostraron decían lo

contrario. Cuando protestó, lo golpearon delante de su familia. Se llevaron lo

poco que tenía y lo arrastraron hasta la hacienda junto con el nieto, que

entonces era apenas un niño. La esposa de Mateo murió de tristeza tres meses

después. Él lo supo porque un peón nuevo que venía del mismo rumbo, le contó que

la habían encontrado en la cocina con el corazón parado, mirando hacia la ventana

como esperando que alguien volviera. Desde entonces, Mateo vivía no más para

proteger al muchacho. Le daba su propia ración de comida, lo cubría del frío con

su jorongo raído, le enseñaba a sobrevivir bajando la cabeza. Pero había

cosas que ni la obediencia podía evitar. Los capataces divertían torturando a los

más jóvenes para enseñarles quién mandaba. Muchas noches Mateo veía al nieto volver casi sin poder caminar

después de castigos aplicados para divertir a Aguado y sus invitados. Un

día el muchacho intentó huirse por la cerca de atrás. tenía 14 años y el

corazón lleno de rabia, joven, que todavía no había aprendido a esconder.

Lo pescaron antes de llegar al arroyo seco que marcaba el límite de la propiedad. Los perros lo alcanzaron

primero, después los guardias lo trajeron de vuelta arrastrándolo por el pelo, con las rodillas sangrando de

tanto tropezar. Lo llevaron al frente de todos, al patio central, donde el tronco

de castigo esperaba como una advertencia permanente. El teniente, riéndose con

esa risa que no tenía alegría, sino crueldad, mandó que lo amarraran al

tronco para una lección larga, hecha más de humillación que de otra cosa,

mientras los demás esclavizados eran obligados a mirar.

Aguado caminó alrededor del muchacho como si fuera un maestro dando clase,

explicando en voz alta por qué la obediencia era necesaria, por qué los de

piel oscura necesitaban mano dura, por qué él, hombre blanco, federal, educado,

tenía el derecho y el deber de mantener el orden. habló durante una hora

mientras el sol caía y las moscas zumbaban y el silencio de los esclavizados pesaba más que cualquier

grito. El muchacho aguantó sin llorar, pero Mateo, impotente entre la multitud,

vio en la cara del nieto como algo se quebraba por dentro. No fue el dolor físico, ese se aguanta, sino la

humillación, el verse reducido a objeto de elección, el entender que para Aguado

no era un ser humano, sino una cosa útil para demostrar poder.

Esa noche Mateo no durmió. se quedó sentado en el rincón del barracón,

mirando al nieto respirar con dificultad, y entendió que si se quedaban ahí, los dos morirían sin que

nadie supiera la verdad de San Gregorio. La muerte no le daba miedo, ya era

viejo, ya había vivido. Pero la idea de que el muchacho muriera sin haber conocido la libertad, sin haber tenido