Un federal arrogante golpeó a un campesino callado, creyéndolo indefenso.

Era Pancho Villa disfrazado. Ese puñetazo desató una justicia implacable

que le arrebataría todo. Poder, honor y miedo. Bienvenido al canal Cuentos de

Villa. Dinos desde dónde nos estás escuchando, compadre. Déjanos tu like y

agárrate, porque lo que viene te va a herizar hasta los huesos. No todos

creen, pero en Chihuahua se cuenta que en una noche sin luna, un federal

arrogante golpeó a un campesino callado en una cantina llena de polvo y que ese

golpe le costó mucho más que dientes quebrados o sangre derramada. Dicen que

el campesino de sombrero gastado y zarape descolorido, no era otro que

Pancho Villa, disfrazado, sentado en un rincón, fingiendo el cansancio de un

peón, mientras en verdad escuchaba con atención fría como el acero, las

historias del pueblo aplastado por el teniente federal Emilio Valdés. La cantina olía a sudor viejo, a pulque

derramado sobre tablas sin barniz y a tortillas quemadas en un comalvidado.

Las velas de cebo chorreaban sobre latas oxidadas, proyectando sombras temblorosas contra las paredes de adobe

agrietado. Villa se había acomodado en el rincón más oscuro, junto a la pared donde el

yeso se desprendía en escamas como piel de serpiente muerta. Llevaba el sombrero

tan calado sobre los ojos, que apenas se le veía el rostro curtido por el sol del

desierto y las cabalgatas interminables. El sarape, tejido en algún pueblo

olvidado por Dios y por el gobierno, cubría sus hombros anchos y sus manos

callosas descansaban sobre la mesa de madera carcomida, rodeando un vaso de

mezcaltibio que no había probado. Desde ese rincón observaba, siempre observaba

primero. Más sabe el por viejo que por pensaba, recordando las

palabras de su abuela, una mujer de rebos negro que le había enseñado que la paciencia valía más que 100 balazos

disparados a ciegas. Observaba al teniente Emilio Valdés

circular por la cantina como dueño del aire que respiraban todos. El federal

era un hombre de rostro severo, bigote cuidado con cera y ojos vacíos como

pozos secos. Llevaba el uniforme planchado con esmero, las botas brillantes a pesar del polvo eterno de

Chihuahua, y una pistola plateada que colgaba de su cinturón como símbolo de

poder absoluto. Valdés reía cuando un campesino temblaba. Mandaba llenar vasos

con dinero arrancado de salarios miserables. Palmeaba espaldas con familiaridad falsa y gritaba brindis al

gobierno mientras los presentes alzaban sus copas con manos temblorosas y ojos

bajos. Villa lo estudiaba con la paciencia del cazador que conoce las costumbres de su

presa, grabando cada gesto, cada palabra, cada risa cruel en la memoria.

Entre los susurros que flotaban como humo en el aire viciado llegaban las historias. Un viejo de manos temblorosas

y espalda doblada por los años se acercó a la mesa de villa, creyéndolo apenas un

jornalero más. se sentó sin pedir permiso, con ese cansancio que ya no

pide ni espera nada, y comenzó a hablar en voz baja, quebrada por los años y la

amargura. “Mi terrenito”, murmuró el anciano mirando el fondo de

su vaso vacío, como si ahí pudiera encontrar las respuestas que el cielo le negaba.

“Lo trabajé 40 años, señor, 40 años sembrando maíz en tierra dura.

viendo crecer a mis hijos bajo ese mismo sol que ahora me quema sin piedad.

Y vino ese. Su voz se quebró, incapaz de pronunciar el nombre del teniente. Vino

con un papel firmado por no sé quién, diciendo que yo debía dinero. Dinero que

nunca pedí, que nunca vi. Me quitó mi tierra, señor, mi tierra. Villa no

respondió, solo asintió despacio y el gesto bastó para que el viejo siguiera

hablando, descargando una pena que llevaba guardada como piedra en el pecho. Otros se fueron acercando con esa

confianza instintiva que los pobres reconocen entre ellos. Una mujer con

reboso oscuro cubriendo su cabello gris contó con voz apenas audible cómo su

hija había sido llevada para servir en la guarnición.

Dijeron que era para protegerla, señor”, susurró, y sus ojos secos delataban que

ya no le quedaban lágrimas. que en estos tiempos de revolucionarios

las muchachas necesitaban estar bajo cuidado del gobierno. Pero yo sé, Dios

me perdone, pero yo sé lo que significa servir en ese cuartel. Un joven apache

de rasgos afilados y cicatriz en la mejilla habló del hermano desaparecido

después de negarse a entregar los caballos de la familia. De los cinco caballos que tenían, tres eran de carga.

Uno viejo y solo uno servía para cabalgar rápido, pero Valdés los quiso todos y cuando el hermano se negó

desapareció una noche. Nunca volvieron a verlo. Ni modo dijo el Apache con amargura

seca. Así son las cosas ahora. El que tiene el uniforme tiene la razón. El que

tiene la pistola tiene la ley. Villa escuchaba todo, grabando cada nombre,

cada injusticia, cada lágrima no derramada. No era solo un oficial duro

el que mandaba en esa región. Era un tirano pequeño, cómodo en la sombra de la farda, convencido de que el miedo era

su corona y la impunidad su reino eterno. En el pecho de Villa, algo

antiguo y conocido comenzó a despertar. La sed de justicia que no pregunta, que

no negocia, que solo actúa cuando llegó el momento. El teniente Valdés se acercó

a la mesa donde estaba sentado el grupo de campesinos. Traía ya varias copas

encima y el alcohol le había afilado la crueldad que siempre llevaba dentro.

Golpeó la mesa con la palma abierta, haciendo saltar los vasos. Todos de