Estas tierras son mías. Un coronel envenenó el agua de los
apaches para robarles su tierra. Ancianos cayeron, niños se enfermaron,
familias huyeron hasta que Villa lo obligó a beber de su propio veneno.

Bienvenido al canal Cuentos de Villa. Dinos desde dónde nos estás escuchando,
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hasta los huesos. Corre por Chihuahua. Una historia que los viejos todavía cuentan al calor del fogón cuando la
noche aprieta y las sombras bailan en las paredes de Adobe. Dicen que hubo un
tiempo en que un coronel federal, de esos que se creen dueños del cielo y de la tierra, mandó envenenar un valle
entero de apaches solo para vender aquellas tierras a los gringos. Y dicen
también que Pancho Villa, el mero general del pueblo, lo obligó a probar
del mismo veneno delante de todos. Pero para contar bien esta historia, hay que
empezar por el principio, cuando todavía el mal olía a ambición y no a muerte. El
coronel Teófilo Franco era un hombre de facciones duras, rostro quemado por el
sol, de tantas campañas y ojos que miraban a la gente como si fueran pesos
y centavos. Había peleado en batallas que ya nadie recordaba, servido a generales que ya
estaban muertos o exiliados, y cada vez que veía a otro ascender, mientras él se
quedaba estancado en su puesto, algo amargo le crecía en el pecho. No era hombre de fe ni de palabra, era hombre
de papeles firmados y de negocios turbios hechos en cuartos oscuros. La
guerra para él no era cosa de patria ni de justicia, sino de oportunidades.
En aquellos días, el valle de Ojo caliente, así le decían por el único manantial que brotaba entre las piedras,
era tierra de apaches. de esos apaches bravos que todavía peleaban en las
sierras del norte, sino de los que ya habían aprendido a sembrar maíz, a rezar
a sus dioses antiguos en voz baja y a convivir con los mexicanos sin muchos
aspavientos. Eran gente de memoria larga que sabía que aquella tierra había visto nacer a
sus abuelos y a los abuelos de sus abuelos. El agua que emanaba de la roca
no era solo agua, era recuerdo, era vida, era lo único que les quedaba
después de tanto perder. Para los apaches el manantial era sagrado. Decían
que los espíritus de los ancestros vivían en aquellas aguas cristalinas y que mientras el agua corriera, el pueblo
no moriría. Cada amanecer, la vieja Nayeli, curandera respetada por todos,
subía hasta la fuente para llenar su cantil de barro y dar gracias por otro
día. Sus manos arrugadas tocaban el agua fría con reverencia y sus labios
murmuraban palabras en lengua apche que los jóvenes ya casi no entendían, pero
que todavía llevaban peso. Teófilo Franco veía el valle con otros ojos,
veía tierra buena para pasto, piedras que podían esconder mineral y sobre todo
veía una oportunidad de oro. Los gringos andaban comprando tierras por toda la
frontera, buscando dónde meter sus ranchos y sus minas. Si él pudiera
ofrecerles ese valle limpio de indios sin problemas legales ni revueltas, el
precio sería generoso, muy generoso, suficiente para que un coronel olvidado
pudiera retirarse con comodidades y respeto, lejos de los cuarteles polvorientos y las órdenes de generales
que lo miraban por encima del hombro. Pero había un problema. Los apaches
estaban ahí y aunque eran pocos, eran tercos. intentó primero lo fácil. Mandó levantar
un censo falso. Exigió que registraran las tierras bajo nombres cristianos y
pagaran impuestos que ningún campesino pobre podía pagar. Los apaches no
entendían de papeles ni de notarios. Cuando se negaron, Teófilo levantó la
voz en las oficinas del gobierno hablando de salvajes que se resisten al
progreso y de tierras improductivas en manos de paganos.
Las autoridades asentían distraídas, más preocupadas por las guerras que ardían
en otras partes del país. Fue entonces cuando el coronel encontró a su cómplice
perfecto. Don Evaristo, boticario de la ciudad, era un hombre pequeño, de gestos
nerviosos y sonrisa falsa. Tenía deudas de juego y necesitaba favores del
ejército para que no investigaran ciertas medicinas que vendía sin receta.
Cuando Teófilo lo llamó a su oficina, don Evaristo ya sabía que no iba a escuchar nada bueno. Usted tiene algo
que mate despacio, don Evaristo, algo que parezca enfermedad que no deje
rastro claro. El boticario tragó saliva. Conocía polvos y tinturas que en las
dosis correctas curaban, pero en otras mataban calladamente. pensó en negarse,
pero luego pensó en sus deudas, en las miradas del coronel, en lo fácil que
sería terminar en una celda oscura. Asintió con la cabeza. Lo tengo, mi
coronel, pero es cosa delicada. No me meta en líos.
Nadie sabrá nada, respondió Teófilo con una sonrisa que no llegaba a los ojos.
Solo haga lo que le pido y sus problemas desaparecerán. Así fue como el veneno entró en la
historia. Un polvo blanquecino, sin olor que mezclado con agua se volvía
invisible. Don Evaristo lo entregó envuelto en papel de estrasa, con las
manos temblorosas y se fue de ahí con la conciencia pesada, pero el bolsillo
menos vacío. Teófilo llamó entonces al teniente Murillo, hombre joven de bigote
ralo y lealtad ciega. Murillo era de esos que obedecían sin preguntar,
convencido de que el ejército siempre tenía razón y que los indios al final
eran solo obstáculos en el camino del progreso. Teniente, tengo una misión
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