La historia comienza con un chico llamado Tim.

Había perdido a su madre siendo muy pequeño y vivía con muy poco dinero junto a su padre, Hans. Sin embargo, Tim siempre llevaba una sonrisa enorme en el rostro, una risa tan contagiosa que bastaba escucharla una vez para empezar a reír también. Su mejor amiga era Ida, la hija de un panadero del barrio. Pasaban horas jugando entre sacos de harina y soñando con un futuro mejor.
Hans era un hombre optimista, aunque no muy afortunado. Cada semana llevaba a Tim al hipódromo y apostaba por algún caballo con la esperanza de cambiar su suerte. Nunca ganaba. Aun así, siempre le prometía a su hijo que algún día tendrían suficiente dinero para ir a comer a un hotel elegante, de esos con lámparas brillantes y camareros con guantes blancos.
Un día, Hans presentó a su nueva pareja, Lydia, y al hijo de ella, Erwin. Desde el principio, Tim sintió que algo no encajaba. Todo empeoró cuando Lydia y Erwin se mudaron a su casa. Erwin exigió quedarse con el estante superior del dormitorio, donde Tim guardaba un castillo de cartón que su madre le había hecho cuando era bebé. Sin dudarlo, lo tiró al suelo y lo pisoteó.
Tim, lleno de rabia, se lanzó sobre él, pero Erwin le respondió con un puñetazo y luego fingió ser la víctima. Lydia le creyó y obligó a Tim a disculparse. Hans, confundido, terminó regañándolo.
Poco después, una tragedia cambió todo. Mientras trabajaba en una construcción, una viga cayó de manera extraña y Hans murió. El funeral fue sencillo, sin lápida siquiera. Tim sintió que el mundo se le rompía por dentro.
Perdido y sin rumbo, caminó hasta el hipódromo. Allí encontró una moneda en el suelo. Entonces apareció un hombre elegante, con traje oscuro y gafas negras. Era el misterioso varón Lefuet. Le sugirió apostar por un caballo llamado Westwinder, asegurándole que todo estaba arreglado. Tim dudó, pero aceptó. El caballo ganó.
Sin embargo, la alegría duró poco. Dos personas llamadas Vigimot y Belle lo engañaron y le robaron el dinero. El varón apareció nuevamente y le ofreció otra moneda… y luego algo más.
Le propuso un trato: nunca volvería a perder una apuesta en su vida, pero a cambio debía vender algo muy valioso: su risa.
Tim pensó que era una broma. Pero firmó.
En ese instante, su sonrisa desapareció. Su rostro quedó serio, vacío. Apostó de nuevo y ganó. Siempre ganaba. Pero ya no podía reír.
Ida notó el cambio. Intentó hacerlo reír en el cine, en la panadería, recordando viejos chistes. Nada funcionaba. Mientras tanto, el varón reveló que Vigimot y Belle eran sus empleados y que planeaba usar la suerte infinita de Tim para sus propios fines.
Tim descubrió una cláusula del contrato: si alguna vez perdía una apuesta, recuperaría su risa. Pero su suerte era inquebrantable. Ganaba en las carreras, en cartas, en cualquier juego. Se volvió rico. Tan rico que terminó viviendo en la mansión del propio varón, quien fingió su muerte para convertirlo en su heredero.
Entonces la verdad salió a la luz. Lefuet no era un simple hombre rico. Era una entidad maligna que hacía tratos con personas desesperadas, alimentándose de lo que más valoraban. Cada apuesta que Tim ganaba no solo le daba dinero: le quitaba una parte del alma.
El plan final del varón era convertirlo en su sucesor.
Organizó un gran campeonato de apuestas en nombre de Tim. Allí, frente a todo el pueblo, le propuso quedarse con la risa de un niño huérfano, igual de contagiosa como la que Tim había perdido. Si aceptaba, volvería a sonreír.
Tim estuvo a punto de hacerlo.
Pero Ida apareció. Con ayuda de Creschimir —un empleado del hotel que había descubierto la verdad— logró llegar hasta él. Le recordó un viejo chiste que compartían de niños. Algo pequeño, insignificante… pero lleno de memoria y cariño.
Por primera vez, Tim dudó del varón.
Ida le propuso una última apuesta: apostar a que él era capaz de sonreír.
Si aceptaba, su propia suerte lo obligaría a ganar… y al ganar, demostraría que podía sonreír. El contrato se rompería.
El varón intentó detenerlo. Una tormenta estalló sobre el hipódromo. El viento rugía. La voz del varón retumbaba como trueno.
Pero Tim miró a Ida.
Y eligió.
Aceptó la apuesta.
Una energía poderosa sacudió el lugar. El contrato se rompió. La tormenta se disipó. Y, después de tanto tiempo, Tim volvió a reír.
No fue una risa fuerte al principio. Fue pequeña. Temblorosa.
Pero real.
El varón, ahora débil y envejecido, intentó tentarlos por última vez, llorando diamantes y ofreciendo riquezas. Tim lo rechazó sin dudar. Sin miedo.
Vigimot y Belle, arrepentidos, abandonaron al varón. Este desapareció entre sombras, prometiendo volver algún día.
Tim regresó al barrio humilde. Volvió a la panadería. No necesitaba mansiones ni apuestas. Había aprendido que la suerte no valía nada si se perdía lo que hacía especial la vida.
Desde entonces vivió junto a Ida y su madre, ayudando en la panadería, riendo a carcajadas y contando historias.
Porque entendió algo que ni todo el oro del mundo puede comprar:
No hace falta ser rico para sonreír.
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