La tarde caía sobre la ciudad pintando los edificios con un tono dorado que hacía parecer que todo era normal,

tranquilo. Pero para Valeria nada estaba en calma. Sus pasos resonaban contra el

pavimento mientras corría, frenética, con el corazón golpeándole el pecho como si quisiera escapar de su propio cuerpo.

No tenía tiempo para pensar. Cada respiración era un recordatorio de que estaba viva y de que los hombres que la

perseguían no querían que siguiera estándolo. Se detuvo solo un segundo,

apoyándose contra una pared para recuperar el aliento. Miró hacia atrás.

Una camioneta negra dobló la esquina con rapidez. No, ya llegaron, susurró para

sí misma. Volvió a correr, empujando gente, esquivando carros, sintiendo la

desesperación. treparle por los huesos. Sus manos temblorosas sujetaban una

mochila sucia y vieja, el único objeto que había alcanzado a tomar antes de escapar. No contenía ropa ni comida,

solo algo que la había puesto en peligro, algo que no sabía si debía conservar o destruir. Cuando dobló por

una calle secundaria, vio a un chico parado junto a un cubo de agua y unas esponjas gastadas. Era delgado, algo

sucio por el trabajo, con uniforme escolar medio roto. Llamó su atención

sin pensarlo. Oye, le gritó jadeando. Ayúdame, por favor. El chico Nim alzó la

vista sorprendido. ¿Qué pasa? Me vienen siguiendo. Por favor, escóndeme solo un

momento. Su voz quebrada y sus ojos llenos de miedo bastaron para que el muchacho actuara. Sin hacer más

preguntas, señaló un pequeño pasillo entre dos edificios. Métete ahí, quédate

agachada. Yo yo veré qué puedo hacer. Valeria asintió sin fuerzas y se

escondió justo cuando la camioneta negra frenó frente al chico. Dos hombres bajaron. Ambos vestían de negro con

tatuajes en los brazos y actitud amenazante. Eh, chamaco, ¿no has visto pasar a una

mocosa por aquí? Nim tragó saliva. No. El otro hombre sonrió de lado, una

sonrisa que solo anunciaba problemas. Mira, niño, dinos la verdad. No me hagas

perder el tiempo. El chico se mantuvo firme. No vi a nadie. Los hombres se

miraron entre ellos. Va, se ha de haber ido por allá, dijo el primero señalando

la calle opuesta. Vámonos. La camioneta arrancó y desapareció.

Nim exhaló con alivio. “Ya, ya se fueron”, dijo acercándose al pasillo.

Valeria salió temblando. Gracias, de verdad, no sé qué habría pasado si

quiénes son, preguntó el chico. No puedo decirlo. No todavía. Pero, por favor,

¿puedo quedarme aquí un momento? No tengo a dónde ir. Nim dudó. Sabía que su

padre no iba a estar contento si encontraba a una desconocida en su casa, pero también sabía que no podía dejarla

sola. Está bien, ven. Vivo cerca. Mi papá puede enojarse, pero te ayudará o

al menos no te dejará en la calle. Mientras caminaban hacia una pequeña casa deteriorada, Valeria observó su

entorno. Calles simples, casas humildes, ambiente tranquilo. Nada que ver con la

mansión de la que acababa de escapar, nada que ver con la vida millonaria que había tenido. Aunque Nima, estaba

ayudando a alguien que podía cambiarle la vida si sobrevivía esa noche. Cuando

llegaron, Nim abrió la puerta despacio. Papá, tenemos visita.” Dijo apenas. El

padre salió de la cocina limpiándose las manos con una toalla. Era un hombre cansado, con la mirada endurecida por la

vida y las deudas. “¿Qué?”, gruñó al verlos. “Nim, otra vez. ¿Quién es esta

niña?” “Papá, está en peligro.” Valeria bajó la mirada. “Solo necesito un lugar

para descansar. Me iré en cuanto pueda. El padre chasqueó la lengua. Aquí no

tenemos espacio ni comida para otra boca. Papá, por favor, insistió Nim.

Ayudémosla. El hombre la miró de arriba a abajo, notando su ropa fina, pero

sucia, la expresión de terror en su rostro y la forma en que protegía su mochila. suspiró profundamente.

“Ah, está bien, pero mañana mismo te vas a la policía, ¿entendiste?” Valeria

asintió. “Sí, gracias, de verdad.” Pero ninguno sabía que la noche recién

empezaba y que los hombres de la camioneta habían decidido volver. La

casa de Nim era pequeña, pero esa noche se sentía aún más estrecha. El padre

había dejado a Valeria instalarse en un viejo sillón y aunque ella intentaba mantener la calma, la sensación de estar

siendo observada no la abandonaba. Tenía las manos heladas y un presentimiento

que le oprimía el pecho. Algo iba a pasar. “Si necesitas agua o comida,

dime”, le dijo Nimentas acercaba una manta. “Gracias, eres muy amable”,

respondió Valeria con una sonrisa débil. Pero incluso en ese gesto simple, Nim

notó algo extraño. La chica temblaba como si viniera de un mundo completamente distinto al suyo. Había

algo en sus ojos, miedo y un secreto enorma. Cuando fueron las 10 de la

noche, el padre se acercó con seriedad. Escúchame bien, niña. No sé quién eres

ni qué hiciste, pero no quiero problemas aquí. Mi hijo ya tiene suficientes. Lo

sé, lo siento. Solo necesito tiempo hasta mañana, dijo Valeria bajando la

mirada. Dormiremos con la puerta trancada, continuó él. Y si escuchas

algo extraño, no abras. ¿Entendido? Valeria asintió, aunque su corazón se

aceleró aún más. La casa quedó en silencio, pero no por mucho tiempo.

Cerca de la medianoche, un ruido metálico rompió la calma. un golpe seco

en algún lugar afuera, como si alguien hubiera tirado un cubo o pateado una reja. Valeria se incorporó de inmediato.

No, ya no, susurró aterrada. Apenas respiraba, acercó el oído a la ventana.

Nada, solo silencio. Pero ese tipo de silencio pesado que anuncia tragedia.

Otro golpe, esta vez más fuerte. Nim despertó en su cuarto. ¿Qué fue eso?

corrió hacia la sala donde encontró a Valeria abrazando su mochila como si fuera su única protección. “Nim”, dijo

ella casi sin voz. “Creo que me encontraron.” El chico se quedó helado. Sus ojos se dirigieron a la ventana. Vio

una sombra moverse afuera, luego otra. “Papá”, murmuró con terror. Su padre

salió de la habitación en ropa simple, pero con un palo de madera en la mano. “Nim, atrás”, ordenó al ver las sombras.

El hombre apagó las luces rápidamente. Todo quedó a oscuras. Solo el sonido de