Román Espinoza extendió su mano temblorosa hacia Pedro Infante una mañana de abril de 1956

afuera de los estudios Churubusco en la ciudad de México. El anciano tenía 71
años y llevaba casi una semana durmiendo en las calles después de perder su cuarto de alquiler por no poder pagar la
renta. Había trabajado toda su vida como zapatero en un pequeño taller en la colonia Doctores. Pero una enfermedad en
las manos le había quitado la capacidad de sostener las herramientas con firmeza. Sin trabajo, sin ahorros, sin
familia que lo recibiera, Román había terminado en las calles con solo la ropa que llevaba puesta y una dignidad que se
desmoronaba un poco más cada día que pasaba pidiendo limosna a extraños que lo miraban con desprecio o simplemente
lo ignoraban como si fuera invisible. Román no había comido algo caliente en
tres días. El estómago le ardía con un vacío que iba más allá del hambre. Las piernas le
temblaban de debilidad cuando caminaba. Su rostro demacrado y su ropa sucia
hacían que la gente cruzara la calle para evitarlo. Esa mañana había pedido dinero a más de
30 personas. Todos lo habían rechazado. Una señora elegante le había gritado que
se alejara de ella. Un hombre joven le había dicho que consiguiera un trabajo como si fuera tan simple a los 71 años
con las manos dañadas. Dos policías lo habían amenazado con arrestarlos y seguía molestando a la gente. Román
estaba pensando en rendirse, en buscar comida en los basureros detrás de algún mercado. Cuando vio movimiento en la
entrada de los estudios Churubusco, primero salieron dos hombres que claramente trabajaban con el estudio,
cargando equipo hacia una camioneta. Después salió un grupo de personas
hablando animadamente y entonces salió él, Pedro Infante. Incluso desde la
distancia, Román lo reconoció inmediatamente. Era imposible no reconocerlo. Su rostro estaba en todos
los carteles de cine, en todas las revistas, en todas las conversaciones.
ídolo de México, el hombre que hacía llorar a las mujeres con sus canciones y
reír a los hombres con sus películas. Vestía un traje gris impecable y llevaba
lentes oscuros. A pesar de que el sol apenas comenzaba a calentar, caminaba
con esa seguridad natural que tienen las personas acostumbradas a ser admiradas.
Había un auto esperándolo en la calle y varias personas alrededor que claramente trabajaban con él o para él. Román sabía
que tenía solo unos segundos antes de que Pedro subiera al auto y desapareciera.
Juntó toda la fuerza que le quedaba en su cuerpo débil y caminó hacia él con pasos torpes pero decididos.
Sus zapatos rotos hacían ruido contra el pavimento. La gente que estaba alrededor
de Pedro lo vio acercarse y automáticamente formaron una barrera protectora. Un hombre corpulento que
parecía ser asistente o guardaespaldas extendió el brazo bloqueándolo.
“Aléjate, señor, no molestes”, dijo con voz firme, pero no agresiva. Román se
detuvo, pero no retrocedió. Miró directamente a Pedro infante con ojos
cansados que habían visto demasiado sufrimiento. “Disculpe, don Pedro”, dijo
con voz ronca que apenas salía de su garganta seca. Llevo días sin comer. Me podría regalar
unos pesos para comprar algo de comer, lo que pueda darme. Su voz temblaba de
hambre y vergüenza, pero mantuvo la mirada firme. No estaba pidiendo lástima, estaba pidiendo ayuda.
Pedro Infante se había detenido a medio camino hacia el auto. Volteó hacia Román
con una expresión que el anciano no pudo leer detrás de los lentes oscuros. El asistente que había bloqueado a Román
dio un paso más cerca. Don Pedro, tenemos que irnos. La reunión
con el productor es en 20 minutos y el tráfico está pesado. Dijo con tono
urgente. Otro miembro del equipo añadió, “Además tiene la prueba de vestuario a las 11.
No podemos retrasarnos.” Pedro Infante se quitó los lentes oscuros lentamente y miró a Román
directamente a los ojos. Fueron solo unos segundos de silencio, pero para el
anciano se sintieron como una eternidad. En esos ojos no había desprecio, ni
incomodidad, ni prisa. Había algo diferente, reconocimiento.
Como si Pedro estuviera viendo algo en Román que los demás no veían. como si estuviera viendo a un ser humano
completo con historia y dignidad, en lugar de solo un indigente molesto.
“Día sin comer”, preguntó Pedro con voz suave que no tenía ni un ápice de condescendencia.
Román asintió sintiéndose vulnerable bajo esa mirada directa. “Tres días, don
Pedro. Bueno, he comido pan duro que encontré, pero nada caliente, nada de
verdad.” Su voz se quebró un poco al admitirlo en voz alta. Era una cosa vivir esa
realidad en silencio y otra cosa muy diferente, confesarla frente a este hombre exitoso, rodeado de gente bien
vestida que lo miraba con incomodidad apenas disimulada. Pedro metió la mano al bolsillo de su
saco y el asistente comenzó a decir algo más sobre el horario, pero Pedro lo interrumpió con un gesto de mano.
“Cancelen la reunión con el productor o muévanla para más tarde”, dijo sin quitar la mirada de Román. El asistente
lo miró confundido. “Don Pedro, esa reunión ha estado programada desde hace semanas. Es para
la nueva película.” Pedro finalmente volteó hacia su equipo con una expresión que no dejaba espacio
para discusión. Entonces, que esperen o que la reagenden. No me voy a morir si se mueve
una hora. Volteó nuevamente hacia Román. ¿Cómo te llamas?
El anciano se sorprendió de que Pedro realmente le estuviera preguntando su nombre. La mayoría de la gente que le
daba limosna ni siquiera lo miraba a los ojos, mucho menos preguntaba cómo se llamaba.
Román Espinoa, don Pedro, soy zapatero o lo era hasta que las manos me fallaron.
Mostró sus manos nudosas y temblorosas como evidencia de lo que decía. Pedro
asintió lentamente como si estuviera procesando esa información con cuidado genuino. Mucho gusto, Román. Yo soy
Pedro, aunque supongo que ya lo sabías. Sonrió de esa forma cálida que había
conquistado a millones en las pantallas de cine. Puso su mano en el hombro del anciano con suavidad. Ven conmigo. Vamos
a desayunar juntos. Román parpadeó sin entender las palabras que acababa de escuchar. Juntos, don
News
Se Lanzó Frente a una Bala para Salvar a una Niña… y Despertó Rodeada por 20 Millonarios
Se Lanzó Frente a una Bala para Salvar a una Niña… y Despertó Rodeada por 20 Millonarios La bala silbó…
“Señor, ¿puede comprar el perro policía de mi papá?” — ¡Lo que hizo el oficial a continuación lo cambió todo!
“Señor, ¿puede comprar el perro policía de mi papá?” — ¡Lo que hizo el oficial a continuación lo cambió todo!…
SOY VIUDA Y TÚ ERES ESTÉRIL, CÁSATE CONMIGO MAÑANA… DIJO LA MAMÁ DE 8 HIJOS
SOY VIUDA Y TÚ ERES ESTÉRIL, CÁSATE CONMIGO MAÑANA… DIJO LA MAMÁ DE 8 HIJOS El martes amaneció con un…
El Millonario Regresó Y Vio A Su Hija Mendigando Fuera Del Súper. Quedó Helado Al Saber La Razón…
El día que vio a su hija pidiendo limosna… y entendió que el éxito no vale nada sin amor El…
EL MILLONARIO CREYÓ PERDERLO TODO, HASTA QUE LA MESERA APARECIÓ Y LO CAMBIÓ TODO EN SENGUNDOS.
Un hombre al borde del abismo, una mujer invisible que guardaba el secreto que cambiaría todo. Lo que sucedió en…
UNA NIÑA POBRE SALVÓ A UNA PERSONA EN SILLA DE RUEDAS Y FUE DESPEDIDA… EL PADRE MILLONARIO SOLO…
UNA NIÑA POBRE SALVÓ A UNA PERSONA EN SILLA DE RUEDAS Y FUE DESPEDIDA… EL PADRE MILLONARIO SOLO… La niña…
End of content
No more pages to load






