
Hay una pregunta que destruye el alma de cualquier creyente. ¿Por qué Dios permite que los malvados triunfen
mientras los justos son aplastados? Lo que estás a punto de escuchar es la respuesta más brutal y hermosa que jamás
recibirás. Bajo un cielo que amenazaba tormenta. Un anciano de manos
temblorosas sostenía el papel que le arrebataba 60 años de sudor. Sus dedos
artríticos apenas podían sujetar ese documento maldito, mientras un abogado
de traje oscuro extendía dinero. Dinero manchado de traición. Pero alguien más
observaba desde la vegetación seca, un hombre de túnica, cuya mirada atravesaba
el alma del corrupto como luz penetrando cristal. Y cuando sus ojos se encontraron, el abogado sintió algo que
no experimentaba desde niño. Convicción. Y entonces escuchó las palabras que
cambiarían su destino para siempre. Yo veo, yo veo todo. Dante, ¿quién era ese
hombre misterioso? Y qué verdad terrible estaba a punto de revelarse. Quédate
hasta el final, porque lo que vas a descubrir cambiará la forma en que ves la injusticia.
Para siempre. Don Luciano tenía 82 años y cada arruga en su rostro curtido por
el sol contaba una historia de fe y resistencia. Despertaba todas las
mañanas a las 5, cuando el cielo apenas comenzaba a clarear sobre las montañas
áridas. Y lo primero que hacía antes de beber agua, antes de estirar sus huesos
adoloridos, era arrodillarse junto a su cama de madera vieja. Para orar, sus
rodillas ya conocían de memoria las grietas del piso de tierra. 60 años
arrodillándose en el mismo lugar. Habían dejado dos huellas permanentes como
testimonio silencioso de una fe que nunca había flaqueado. Slow, Dios mío,
gracias por un día más en esta tierra que me diste susurraba con voz ronca, pero llena de esperanza. Sus manos
callosas se entrelazaban, sosteniendo un rosario gastado que había pertenecido a su madre. Las cuentas estaban tan
pulidas por el uso que brillaban como pequeñas perlas de fe acumulada. Después
caminaba despacio hacia el pozo, cargando su cubeta oxidada.
Cada paso le dolía en las articulaciones. Las rodillas crujían.
La espalda protestaba, pero nunca se quejaba. había aprendido algo que muchos
olvidan, que el dolor es parte de la dignidad del trabajo honrado. La pequeña
granja era su mundo entero, 2 hectáreas de tierra seca, donde había sembrado
maíz y frijol desde que tenía 20 años. y su abuelo, que habían trabajado esa
misma tierra con el sudor de sus frentes. Piénsalo un momento, tres generaciones, casi 100 años de historia
familiar, enterrados en esa tierra árida. ¿Cuánto vale eso? Puede ponerse
precio a los recuerdos, a la sangre derramada en cada surco. La casa de adobe estaba cayéndose a pedazos.
Paredes agrietadas que dejaban entrar el viento frío de las noches. Un techo de lámina remendado con pedazos de cartón.
Cualquiera la vería como ruina, como pobreza vergonzosa. Pero para don Luciano era un palacio porque allí había
nacido. Allí se había casado con su difunta esposa Guadalupe en una tarde de
junio hace 60 años cuando ella llevaba flores silvestres en el cabello y él
temblaba de nervios. Allí había criado a sus tres hijos que ahora vivían lejos en
la ciudad, buscando un futuro que la tierra seca no podía darles. Dentro de
la casa humilde había solo lo esencial, una mesa coja, dos sillas desiguales,
un catre con colchón delgado, una imagen de Jesús clavada en la pared junto a una
veladora que siempre, siempre mantenía encendida. Esa luz tenue era su compañía
en las noches solitarias, cuando el corazón le pesaba por la ausencia de su familia, cuando la
soledad se sentaba a su lado como visitante no invitado. Esa pequeña llama le recordaba que no estaba completamente
solo. En un rincón guardaba una caja de metal donde tenía sus únicos tesoros. La
escritura original de la Tierra, firmada por su abuelo en 1920.
amarillenta y frágil como ala de mariposa muerta. Una foto borrosa de su
boda donde apenas se distinguían dos figuras jóvenes llenas de esperanza y
una Biblia que no sabía leer. Sí, don Luciano nunca aprendió a leer, pero
abría esa Biblia cada noche de todas formas, porque las palabras de Dios,
aunque no las entendiera con los ojos, las sentía con el alma. ¿Alguna vez has
tenido una fe así? Una fe que no necesita entender para creer. Guarda esa pregunta porque pronto
entenderás por qué importa tanto. Blanquita, su cabra blanca, era su única
compañera fiel en ese mundo de soledad y silencio. Cada mañana después de la oración, don Luciano la ordeñaba
hablándole como si fuera una persona a blanquita, hoy el cielo está nublado,
pero Dios proveerá, ¿verdad? Y la cabra respondía con un valido suave que él
interpretaba como un amén. Con la leche hacía queso fresco que vendía en el pueblo los sábados, caminando 3 km bajo
el sol inclemente con una canasta de mimbre sobre la espalda encorbada. Ese
dinero escaso era suficiente para comprar tortillas, sal, un poco de café
y lo más importante, velas para mantener viva la luz frente a la imagen de Jesús. Los vecinos del
pueblo lo conocían como el viejito de la granja, algunos con cariño, otros con
lástima, pero todos respetaban su terquedad honorable de no abandonar la
tierra que llevaba la sangre de tres generaciones. Don Luciano no pedía ayuda a nadie. No porque fuera orgulloso de
esa manera vanidosa que desprecia a los demás, sino porque creía firmemente que un hombre debe sostenerse con sus
propias manos mientras Dios le dé fuerzas. Pero la tierra ya no daba como
antes. Las lluvias escaseaban cada año más. La vegetación se secaba cada vez
más rápido y el maíz que sembraba apenas crecía hasta la rodilla antes de morir
por falta de agua. Don Luciano pasaba horas mirando el horizonte árido con su
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