Eres la madre que mis hijos necesitan y la esposa que yo necesito. Dijo el

apache viudo a la joven que había sido golpeada y expulsada por no darle hijos

a su marido. Mientras ella miraba a los tres niños huérfanos aferrados a sus

piernas, sin entender por qué alguien la elegiría después de haber sido desechada

como inútil. Hola, mi querido amigo. Soy Ricardo Rodríguez, el narrador de sueños

y destinos. Antes de comenzar, te invito a suscribirte a nuestro canal y cuéntame

desde qué ciudad nos estás viendo. Un fuerte abrazo y disfruta la historia. En

1868, la tierra entre Sonora y el sur de Arizona ardía bajo un sol que no

perdonaba. El polvo se levantaba con cada paso, se metía en la garganta, se

pegaba a la piel como una segunda capa de piel más áspera. Los ranchos se

aferraban a valles secos donde el agua valía más que la plata y las familias se

medían no por lo que tenían, sino por lo que podían heredar. Los mezquites

retorcidos crecían donde nada más podía crecer. Sus espinas largas y duras como

advertencias. En esas tierras, Tomás Arriaga cargaba una vergüenza que no se veía, pero que

todos señalaban. No podía darle hijos a Elvira, su mujer. La vergüenza tenía un

peso específico. Se sentía en la forma en que los hombres apartaban la mirada

cuando Tomás pasaba. Se escuchaba en el silencio que caía sobre las conversaciones cuando él entraba a la

cantina. Se respiraba en el aire denso de las cenas familiares, donde don Leandro

masticaba en silencio, mirando el plato como si buscara respuestas en los frijoles refritos. El rancho de don

Leandro Arriaga, padre de Tomás, había conocido días mejores. Ahora las cercas

se caían, los postes de madera podridos por años de sol y lluvia escasa. El

ganado se reducía cada temporada, flaco y sediento, con las costillas marcándose

bajo el pellejo, y el nombre que antes imponía respeto se sostenía apenas en la

terquedad del patriarca. Don Leandro era un hombre de espalda ancha y manos duras, con nudillos

gruesos de tanto trabajo y ojos que juzgaban antes de escuchar. Tenía una

forma de mirar que hacía que la gente bajara la vista. Para él un apellido sin

heredero era como un árbol sin raíz. Estaba condenado a secarse, a caer con

el próximo viento fuerte. Cada domingo, cuando la familia bajaba al pueblo para

misa, Tomás sentía las miradas. Las mujeres cuchicheaban junto al pozo. Los

hombres hacían bromas que parecían inocentes, pero que cortaban como vidrio. ¿Y cuándo, Tomás? ¿Cuándo van a

tener a ese chamaco que tanto necesita tu padre? Tomás sonreía sin ganas y desviaba la

conversación. Elvira caminaba a su lado con la cabeza baja, apretando el rosario entre los

dedos hasta que las cuentas le dejaban marcas en la piel. Elvira era una mujer

callada, de manos ásperas y mirada cansada. Había aprendido a no esperar

nada, a aceptar que su vientre era tierra estéril. Cada mes que pasaba sin señales de vida,

la hundía más en una culpa que nadie le había pedido, pero que todos esperaban

que sintiera. Su suegro no le dirigía la palabra, simplemente la trataba como si no

existiera. Y Tomás, atrapado entre el amor que le tenía y el miedo a perder lo

poco que su padre aún le permitía, empezaba a mirarla de otra forma, ya no

con ternura, sino con algo parecido al resentimiento. Fue en una noche de febrero, después de

años de intentos fallidos, cuando Elvira sintió el primer mareo. No se atrevió a

decirle nada a Tomás, tampoco a la partera del pueblo. Esperó semanas

midiendo su cuerpo en secreto, temiendo que fuera solo una ilusión más. Pero su

vientre empezó a crecer y con él una esperanza frágil que no sabía si podría

sostener cuando por fin le dio la noticia a Tomás. Él la abrazó con una fuerza que ella no

recordaba. “Gracias a Dios”, murmuró contra su cabello. “Gracias a Dios,

Elvira.” Pero en su voz había algo más que alegría. Había alivio. El alivio de

quien esquiva una sentencia. Don Leandro recibió la noticia con una aprobación

fría. No celebró, simplemente asintió y dijo, “Que sea varón.”

como si fuera una orden que el cielo debía cumplir. Los meses pasaron lentos.

Elvira trabajaba hasta que le dolía la espalda, cuidando las gallinas, lavando ropa en el río, preparando tortillas

sobre el comal. Nadie le sugirió descansar, ni siquiera Tomás. El

embarazo no era motivo de cuidado. Era una prueba que debía pasar sin quejarse.

Una tarde de octubre, mientras el cielo se teñía de naranja y las sombras se

alargaban sobre el rancho, Elvira sintió el primer dolor. No gritó. Se aferró al

borde de la mesa y respiró hondo, esperando que pasara. La madera vieja

crujió bajo sus dedos. El dolor era como un puño que se cerraba dentro de ella.

apretando, soltando, apretando de nuevo. Pero el dolor volvió más fuerte,

clavándose en su espalda, como si algo dentro de ella quisiera romperse. Se

mordió el labio hasta sentir el sabor metálico de la sangre. Tomás corrió a

buscar a doña Pura, la partera que vivía a media legua de distancia. El camino

estaba oscuro, apenas iluminado por una luna delgada. Los coyotes ahullaban a lo

lejos. Tomás tropezó dos veces, se levantó con las manos raspadas, siguió

adelante, la encontró moliendo maíz en su patio bajo la luz de una vela de

cebo. El sonido del metate era rítmico, constante. La anciana lo miró con esos

ojos que habían visto nacer a medio pueblo y supo, antes de que él dijera

nada, lo que pasaba. Voy por mis cosas”, dijo sin prisa.