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en los comentarios. El calor denso de finales de verano se quedaba atrapado sobre la frontera de

Arizona, dejando una sensación pesada sobre el rancho de Credon Hale. La

tierra se extendía árida, abierta, salpicada por algunos mezquites resecos

y el brillo ondulante que subía desde el polvo caliente. Cridon se encontraba junto al corral, reforzando una tabla

floja, golpeando el último clavo con paciencia. El sudor corría sin prisa por

su espalda. Llevaba trabajando desde el amanecer y los hombros ya empezaban a

protestar, pero el trabajo era lo único que podía dominar. Durante casi 5 años

había vivido solo en esa tierra, cuidando su ganado y manteniendo cada estructura en pie. Antes de eso, había

formado parte de un pequeño grupo armado durante un conflicto fronterizo, y aún

antes había perdido a dos hermanos y a su padre en una disputa que terminó en

sangre. nunca hablaba de aquello. El silencio se había convertido en la única muralla que

mantenía los recuerdos a distancia. No tenía esposa, ni hijos, ni más lazos

que las hectáreas que cuidaba día a día. Si alguien le hubiera preguntado cuál

era su propósito, habría respondido lo mismo de siempre: mantener el rancho en

pie, sobrevivir cada estación y no molestar a nadie. Terminó de martillar y

se secó el sudor con el dorso de la mano. El sol ya caía detrás del cerro

pedregoso al oeste cuando Creedon vio movimiento en el camino polvoriento.

Tres figuras avanzaban hacia la entrada. Eran mujeres envueltas en prendas de

gamusa clara, con trenzas simples cayendo sobre los hombros. Caminaban con una firmeza tranquila, sin

apuro y sin miedo. Cridon se irguió dudando si debía hablar

o esperar. La garganta se le cerró un poco. El territorio apache comenzaba a

menos de una milla de su cerca y las visitas sin aviso no eran comunes. A

medida que se acercaban, reconoció a la primera. Tenía más o menos su edad,

quizás un año menos. Llevaba tres inviernos como viuda. Apenas la había

visto en un par de intercambios comerciales o cuando su gente recogía plantas medicinales en la sierra

cercana. Se movía con disciplina silenciosa, rostro firme, mirada serena,

aún cuando cargaba peso en los ojos. Las otras dos mujeres, Lanka y Oana, también

eran viudas. Sus esposos habían muerto por enfermedades o ataques. Cridon no

sabía los detalles. Solo entendía que muchas casas en su tribu habían quedado

sin hombres y que la preocupación ya se escuchaba entre los ancianos. Las tres

se detuvieron frente al portón. El polvo descendió a su alrededor y la quietud

fue tanta que Cridon escuchó su propia respiración. Nolina habló primero.

Venimos a ti con respeto. Dijo con voz baja y firme. Pedimos hablar sobre algo

que pertenece al futuro. Cridon asintió, aunque el pecho se le apretó. Nunca

había sido bueno con visitas inesperadas. Las palabras no se le acomodaban cuando no estaba preparado.

Nolina continuó eligiendo cada frase como si debiera colocarse en el lugar exacto. Su pueblo estaba perdiendo

número, enfermedad, guerra, inviernos duros sin nombres que regresaran.

Los mayores habían dicho que las mujeres debían asegurar la siguiente generación.

Hizo una pausa y miró a las otras viudas antes de volver su rostro hacia él.

Se nos pidió venir a ti para pedirte ayuda y traer hijos a nuestro pueblo. Y si los espíritus lo permiten, gemelos.

El aire pareció detenerse. Creon no respondió. Sentía la respiración pesada

en su pecho. Entendió lo que pedían, pero su mente tardó en aceptar la realidad.

El peso de la petición no era solo un acto familiar, era un futuro que querían poner en sus manos. Y él por primera vez

en mucho tiempo, no supo qué palabra usar para responder.

Las manos de Cridon Hale se enfriaron a pesar del calor que aún apretaba. Su

mente se desordenó por completo, incapaz de encontrar un lugar donde reposar.

Entendía con claridad lo que ella quería decir, pero aceptar que aquella petición era real se le hacía casi imposible.

tragó con dificultad. ¿Por qué yo? Preguntó con la voz áspera de quien casi no habla. Nolina no dudó

ni un segundo. Porque vives con rectitud. Porque no llevas crueldad en tu espíritu. Porque caminas solo, pero

nunca has hecho daño a nadie. Lo miró con una mezcla de cansancio y esperanza

frágil. Y porque nuestros ancianos confían en un hombre que cumple su palabra.

Cridon sintió un golpe en el pecho. Se desvió apenas, incapaz de sostener

aquella mirada. Él no se veía como ella lo describía. A sus ojos, era un hombre

marcado por heridas viejas que no sabía borrar, alguien que había perdido a demasiados porque llegó tarde o actuó

antes de tiempo. Un hombre que evitaba cualquier lazo para no volver a sentir la misma pérdida. Respiró profundo,

intentando ordenar su cabeza. No podía responder. No en ese momento,

no con el peso que aquellas mujeres habían dejado sobre él. No era temor hacia ellas, sino miedo a la

responsabilidad que le ofrecían, un futuro que nunca pensó merecer. Las

viudas percibieron su lucha interna. Ninguna lo presionó. No hubo reclamos ni

urgencia, solo un entendimiento sereno. Nolina bajó ligeramente la cabeza con

respeto. No pedimos una respuesta hoy, solo que lo pienses. Confiamos en que

decidirás con un corazón limpio. Cridon asintió con rigidez, aunque las manos le

temblaban. Esperó que ellas no lo notaran. Lanca murmuró con suavidad. Queremos un

porvenir para nuestra gente, no desde la desesperación, sino desde la responsabilidad.

Pero no te obligaremos. O Ana llevó una mano a su pecho, gesto sencillo y

verdadero, agradeciendo sin palabras. Luego las tres mujeres se dieron la

vuelta, regresando hacia el horizonte cada vez más oscuro. Sus figuras se

fueron empequeñeciendo a medida que el sol caía tras las colinas. Cridon quedó quieto junto al portón

mucho después de que desaparecieron. Su pulso seguía agitado. La petición no