Eduardo se reía a carcajadas en su oficina. Te doy toda mi fortuna si

traduces esto. Rosa, la mujer de limpieza, tomó el papel con manos temblorosas. Lo que salió de sus labios

hizo que la risa se le congelara en la cara para siempre. Eduardo Santillán se recostó en su silla de cuero italiano de

$,000, observando por el ventanal del piso 47 como las hormigas humanas corrían por

las calles de la ciudad que prácticamente le pertenecía. A los 45 años había construido un imperio

inmobiliario que lo había convertido en el hombre más rico del país, pero también en el más despiadado. Su oficina

era un monumento a su ego, paredes de mármol negro, obras de arte que costaban más que casas enteras y una vista

panorámica que le recordaba constantemente que estaba por encima de todos. Pero lo que más disfrutaba

Eduardo no era su riqueza, sino el poder que esta le daba para humillar a quienes

consideraba inferiores. “Señor Santillan”, la voz temblorosa de su secretaria interrumpió sus pensamientos

a través del intercomunicador. “Los traductores han llegado. Que pasen”,

respondió con una sonrisa cruel. Es hora del espectáculo. Durante la última

semana, Eduardo había hecho correr la voz por toda la ciudad sobre un desafío que consideraba absolutamente imposible.

había recibido un documento misterioso como parte de una herencia familiar escrito en múltiples idiomas que nadie

había logrado descifrar completamente. Era un texto antiguo con caracteres que

parecían mezclarse entre árabe, mandarín, sánscrito y otros idiomas que

ni siquiera los expertos podían identificar. Pero Eduardo había convertido esto en su juego favorito de

humillación pública. “Damas y caballeros”, exclamó cuando los cinco traductores más prestigiosos de la

ciudad entraron nerviosamente a su oficina. Bienvenidos al desafío que los convertirá en millonarios o en los

fracasados más públicos de sus carreras. Los traductores se miraron entre ellos con inquietud. Estaban el doctor

Martínez, especialista en lenguas. La profesora Chen, experta en dialectos

chinos, Hassan al Rashid, traductor de árabe y persa, la doctora Petrova,

lingüista especializada en lenguas muertas, y Roberto Silva, que se jactaba de conocer más de 20 idiomas. Aquí

tienen el documento. Eduardo agitó los papeles antiguos como si fueran un trapo. Si alguno de ustedes, estos

supuestos genios de los idiomas, logra traducir completamente este texto, les doy toda mi fortuna, toda. Estamos

hablando de 500 millones de dólares. El silencio en la habitación era ensordecedor. Los traductores se habían

quedado sin aliento ante la magnitud de la oferta. Pero, continuó Eduardo con

una sonrisa sádica, “Cuando fallen miserablemente, como estoy seguro de que lo harán, cada uno de ustedes me pagará

un millón de dólares por hacerme perder mi tiempo y además tendrán que admitir

públicamente que son unos charlatanes.” “Señor Santillán,” balbuceó el Dr.

Martínez, “esa cantidad es excesiva. Ninguno de nosotros tiene Exacto.”

Eduardo se levantó bruscamente golpeando el escritorio. Ninguno de ustedes tiene un millón de dólares porque ninguno de

ustedes vale un millón de dólares, pero yo sí tengo 500 millones porque soy superior a todos ustedes. La tensión en

la habitación se podía cortar con un cuchillo. Los traductores intercambiaban miradas de horror y humillación. ¿Qué

pasa? Eduardo comenzó a caminar alrededor de ellos como un depredador acechando a su presa. Ya no se sienten

tan seguros de sus habilidades. Ya no quieren demostrar lo inteligentes que son. En ese momento, la puerta se abrió

silenciosamente. Rosa Mendoza, de 52 años entró con su

carrito de limpieza. Llevaba trabajando en ese edificio durante 15 años, siempre

invisible para hombres como Eduardo. Su uniforme azul marino estaba impecable, a

pesar de que había empezado su turno a las 5 de la madrugada. “Disculpe, señor”, murmuró Rosa con la cabeza

gacha. “No sabía que tenía reunión. Vuelvo más tarde.” “No, no.” Eduardo la

detuvo con una carcajada cruel. “Quédate. Esto va a ser divertido. Miren todos. Aquí tenemos a Rosa, nuestra

querida señora de la limpieza. Rosa, diles a estos expertos cuál es tu nivel de educación. Rosa sintió que el calor

subía a sus mejillas. Señor, yo solo terminé la primaria. Primaria. Eduardo

aplaudió sarcásticamente. Y aquí tenemos a cinco doctores y profesores que probablemente no pueden

hacer lo que Rosa hace todos los días. limpiar mis zapatos correctamente. Los

traductores miraban al suelo, sintiéndose avergonzados no solo por la humillación hacia ellos, sino por

presenciar cómo Eduardo trataba a Rosa. De hecho, Eduardo tuvo una idea que le

pareció hilarante. Rosa, acércate. Quiero que veas esto. Rosa se acercó

lentamente, sus manos aferrando el mango de su carrito. Mira este documento.

Eduardo le puso los papeles frente a los ojos. Estos cinco genios no pueden traducirlo. ¿Tú puedes? Era una pregunta

retórica, una broma cruel diseñada para humillar tanto a Rosa como a los traductores profesionales. Rosa miró los

papeles y algo extraño pasó por sus ojos. Por un momento que pasó desapercibido para todos, excepto para

la profesora Chen, Rosa pareció reconocer algo en el texto. “Yo yo no sé

leer esas cosas, señor”, respondió en voz baja. “Por supuesto que no.” Eduardo

explotó en carcajadas, una mujer de la limpieza que apenas terminó la primaria,

mientras que estos supuestos expertos universitarios tampoco pueden. Se dirigió hacia los traductores, su voz

volviéndose venenosa. ¿Se dan cuenta de la ironía? Ustedes cobraron fortunas durante años por traducir documentos y

ahora no pueden hacer algo que ni siquiera Rosa, que limpia baños para vivir, podría hacer. Rosa apretó los

dientes. Durante 15 años había soportado comentarios como estos, pero algo en la

manera despectiva con que Eduardo se refería a su trabajo, la hirió más profundamente que de costumbre. Pero ya

basta de juegos. Eduardo regresó a su escritorio. Dr. Martínez, usted primero.

Demuéstreme por qué cobra $200 la hora. El Dr. Martínez se acercó al documento

con manos temblorosas. Durante 20 minutos intentó descifrar los caracteres, pero era evidente que estaba

luchando. El texto parecía cambiar entre diferentes sistemas de escritura, de manera que no seguía ningún patrón

lógico conocido. Yo, esto parece ser una mezcla de varios idiomas antiguos, pero

la estructura tiempo. Eduardo interrumpió. Siguiente. Uno por uno.